9 La historia que nunca contó
El camino hasta el apartamento transcurrió prácticamente en silencio.
Vivianne caminaba unos pasos por delante de sus amigas, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada fija en algún punto frente a ella.
Julie y Susanne no sabían qué decir. Habían visto muchas versiones de su amiga desde que la conocían.
La divertida. La sarcástica. La que convertía cualquier situación incómoda en motivo de risa.
La que nunca parecía tener miedo de decir lo que pensaba.
Pero nunca habían visto aquella: callada, tensa, herida, y, sobre todo, agotada.
Cuando llegaron al apartamento, Vivianne abrió la puerta sin decir una palabra, entró, dejó el bolso sobre el sillón, se quitó los zapatos y caminó directo a la cocina. Julie cerró la puerta detrás de ellas. Susanne se quedó unos segundos junto a la entrada.
—Vi...
Vivianne no respondió. Abrió una botella de vino que quedaba de la noche anterior, tomó tres copas y las llenó una por una. Las dejó sobre la mesa y se sentó. Julie y Susanne hicieron lo mismo. Durante unos segundos, ninguna habló.
Vivianne tomó un sorbo, dejó la copa sobre la mesa y suspiró.
—Supongo que ya no puedo seguir diciendo que estoy bien.
Julie la miró con cuidado.
—No tienes que contarnos nada que no quieras.
—Lo sé. —Vivianne pasó los dedos por el borde de la copa antes de continuar—. Pero creo que ya es hora de que sepan.
Susanne frunció el ceño.
—¿Quiénes eran esas dos?
Vivianne levantó la mirada.
—Christine James y Samantha Williams, ambas fueron a la preparatoria conmigo.
—Eso ya lo suponemos —dijo Julie—. Me refiero a qué problema tienen contigo.
Vivianne soltó una risa corta, sin humor.
—No deberían tener ninguno, pero… es una historia bastante larga.
—Tenemos toda la noche.
La pelirroja observó a sus amigas. Ninguna parecía dispuesta a marcharse. Y, por primera vez, comprendió que podía contárselo. No porque las necesitara para resolver nada, sino porque quizá estaba cansada de cargar con todo sola.
Tomó aire.
—Nací en un pueblo pequeño. Eso ya lo saben.
Las dos asintieron.
—Mi familia estaba bien. Quiero decir... económicamente nunca tuvimos problemas. Mi infancia fue bastante buena. Pero mis padres siempre tuvieron problemas entre ellos. Muchos. Y cuando yo era adolescente, finalmente se separaron.
Vivianne tomó otro sorbo.
—Fue un desastre.
Julie no dijo nada.
—No fue una separación tranquila. Hubo peleas, acusaciones, infidelidades... todo lo que puedan imaginar y más. Y en un pueblo pequeño, esas cosas no se quedan dentro de una casa. Todo el mundo termina enterándose hasta de lo más mínimo.
Se quedó mirando el vino.
—Mi padre era mujeriego, si soy sincera, siempre lo fue, pero mi madre lo terminaba perdonando por el bien de la familia, hasta que no pudo más. Tras el divorcio, ella cayó en una depresión severa, se alejó de todos. Y yo... yo estaba en medio del caos.
Susanne extendió una mano sobre la mesa.
Vivianne la miró, pero no la tomó. Todavía no.
—En aquella época empecé a salir menos, no podía soportar las miradas, los susurros constantes cada vez que pasaba. Dejé de confiar en algunas personas. Y fue entonces cuando conocí a Alfred.
Julie alzó ligeramente la mirada.
—¿Alfred?
Vivianne asintió.
—Alfred Mars. —Pronunció el nombre con una tranquilidad que no coincidía con la tensión de su rostro—. En ese entonces, tenía veinticinco años y yo tenía diecisiete.
Susanne frunció el ceño.
—¿Era el hombre del que hablaban?
—Sí y no. El hombre del que hablaban no existe, aunque sí fue un producto de Alfred.
Se hizo un silencio breve.
—Era oficial de policía. Recién se había graduado y lo habían destinado a la comisaría del pueblo. Era alto, atractivo, rubio, con los ojos castaños y una forma de hablar que hacía que todo pareciera estar bajo control.
Sonrió apenas.
—Al principio pensé que eso era lo que me gustaba de él.
Vivianne hizo una pausa.
—Lo conocí en el supermercado, un día cualquiera, no fue nada especial.
Julie permanecía completamente quieta.
—La primera vez se acercó a preguntarme por algún lugar donde pudiera cenar, con la excusa de que era un nuevo en el lugar. Pensé que era casualidad aquello, pero luego volvió a aparecer.
Tomó la copa.
—Y otra vez. Y otra más. Así siguieron los encuentros, aparentemente sin nada raro. Y yo estaba demasiado sumida en mis preocupaciones y como me veían que no presté atención. Supuse que estaba siendo amable, o que no me juzgaba por lo de mis padres porque no era de allí.
Otra pausa.
—Pero poco tiempo después, ya en una relación con él, entendí que no había sido casualidad.
Susanne la observaba con atención.
—¿Te estaba siguiendo?
—No sé si llamarlo así, pero sabía cosas de mí antes de que yo se las contara. Sabía dónde solía ir. Qué días estaba fuera de casa. A qué hora salía de mis clases. Básicamente, sabia toda mi rutina.
Julie frunció el ceño.
—Vivianne...
—Sí.
La pelirroja bajó la mirada.
—Él se había empezado a interesar por mí antes de que yo supiera quién era. Y eso es escalofriante si lo pensamos con claridad.
El silencio volvió a instalarse en el apartamento.
—Al principio fue bonito —continuó—. Muy bonito. Me hacía sentir protegida. Después de todo lo que pasaba en casa, estar con alguien que parecía tener las cosas claras era... reconfortante.
Vivianne soltó una risa breve y amarga.
—Supongo que era fácil convencerme de que aquello era amor. Estaba tan necesitada de afecto, de comprensión…
—¿Y cuándo cambió? —preguntó Julie.
—Poco a poco.
Vivianne levantó la vista.
—Primero dejó de gustarle que saliera con determinadas personas, que ya de por si era un número muy reducido de gente. Después empezó a decirme que algunas amigas no me convenían, que me llenaban la cabeza de cosas, que él era quien de verdad se preocupaba por mí.
Hizo una pausa.
—Y claro, no falto mucho para que empezaran las discusiones.
—¿Te prohibía salir? —preguntó Susanne.
—No al principio. Lo hacía peor.
Las dos la miraron.
—Me hacía sentir culpable.
Vivianne sostuvo la copa con ambas manos.
—Si quería salir, se enojaba. Si tardaba en contestar, decía que no lo respetaba. Si quería estar con mis amigas, decía que las prefería a ellas antes que a él. Si algo le molestaba, terminaba siendo culpa mía.
Tragó saliva.
—Y, mientras tanto, él podía hacer lo que quisiera.
Susanne apretó los labios.
—¿Te engañaba?
Vivianne asintió.
—Muchas veces, todo el tiempo.
—¿Y tú lo sabías?
— Lo supe pronto, pero cada vez que lo confrontaba, decía que eran alucinaciones mías, que dejara de ser tan inmadura.
Bajó la mirada.
—Durante mucho tiempo intenté convencerme de que estaba exagerando. Hasta que dejé de poder hacerlo.
Se produjo un silencio incómodo.
—Llegó un momento en que prácticamente no tenía vida fuera de él. Había dejado de salir a los pocos lugares que me gustaban. Mis amistades se habían alejado porque nuestra relación estaba mal vista, y yo tampoco sabía cómo volver a acercarme a ellas. Él se convirtió en el centro de todo.
Julie sintió que se le humedecían los ojos.
—Eras una niña, a pesar de que eran pocos años, él tenía autoridad, no era cualquier persona.
Vivianne sonrió con tristeza.
—Lo sé ahora, claro que lo sé.
Tomó un pequeño sorbo.
—Pero en aquella época no lo veía así, tampoco tenía a alguien que me lo hiciera notar.
Se quedó callada unos segundos.
—Por eso, llegué a pensar que era yo el problema. Que él era un buen hombre, que me trataba bien y yo solo podía ver lo malo.
Susanne tomó finalmente su mano.
Esta vez, Vivianne no la apartó.
—¿Cómo terminaste? —preguntó Julie.
Vivianne respiró hondo.
—Cuando por fin comprendí que no era yo la que no se conformaba, sino que toda esa relación estaba mal. Esperé.
—¿A qué?
—A graduarme.
Las dos comprendieron.
—Sabía que si intentaba terminar con él mientras seguía viviendo allí, iba a ser mucho peor. Así que esperé. Aguanté hasta terminar mis estudios y, cuando llegó el momento, me fui.
—¿Con quién? —preguntó Susanne, intentando contener las lágrimas.
—Con nadie. Simplemente desaparecí. Tomé el último autobús que se dirigía aquí.
No conocía a nadie en la ciudad, pero pude llegar un hotel económico, donde me hospedé temporalmente, gracias a algunos ahorros que tenía.
A pesar de todo, me comuniqué con mi mamá.
No quería preocuparla. Al poco tiempo ella me envió dinero para conseguir este lugar y que pudiera comenzar mis estudios.
—¿Tu madre no quiso que regresaras? ¿Aún tienen contacto?
—Aunque parezca raro, no. Supongo que entendió los motivos. Jamás llegué a presentarlo ante ella, pero desde luego se enteró, y también los rumores que empezó a esparcir. Así que, con más razón, dentro de lo que podía me animo a quedarme y hacer mi camino lejos de aquel lugar y aquella gente.
La frase salió con una naturalidad que hizo que a Julie se le anudara la garganta.
—Alfred—continuó Vivianne—. Hasta el día de hoy vive en el pueblo. Yo jamás volví ni di mi versión. Así que, por eso Christine y Samantha, repiten lo que escucharon hasta el cansancio.
—¿Y qué fue lo que dijo para que ellas te hagan esas preguntas? Imagino lo que puede ser pero…—dijo Julie.
Viviane asintió.
—Debes imaginar bien.
La expresión de su rostro cambió.
Por primera vez desde que había empezado a hablar, apareció algo parecido a la rabia.
—Cuando entendió que de verdad no iba a volver, empezó a hablar.
—¿Qué decía? —preguntó Susanne.
Vivianne soltó una risa amarga.
—Que él había intentado salvarme.
Julie permaneció en silencio.
—Que yo era una chica problemática. Que venía de una familia rota que mis padres eran de todo menos eso.
Apretó ligeramente la copa.
—Y que yo tenía enfermedades mentales y que todo era culpa de la poca supervisión que había tenido en mi casa. Como si eso fuera posible.
Susanne abrió los ojos.
—Eso es horrible.
—Todavía no termina.
Vivianne tomó aire.
—Dijo que él me había querido, y que había intentado ayudarme haciendo todo lo posible. Pero que lamentablemente no tenía salvación.
Su voz empezó a quebrarse.
—Y como si no fuera suficiente dijo que yo lo había abandonado por otro hombre.
Julie ya sabía lo que venía.
—El embarazo...
Vivianne cerró los ojos.
—Sí.
La palabra quedó suspendida entre las tres.
—Dijo que me había ido porque estaba embarazada de otro.
Susanne negó con la cabeza.
—Pero eso es mentira.
Vivianne abrió los ojos.
—Completamente. A pesar de toda la locura que vivía, solo estuve con él, y nos protegíamos. Al menos yo sí lo hacía.
Vivianne soltó una carcajada vacía.
—Hoy, al contarlo, ya no me produce nada.
—¿Nada? — preguntaron sorprendidas al unísono ambas muchachas que oían con atención.
—Nada.
Julie apretó su mano.
Vivianne siguió hablando.
—Yo me fui, y claro que me dolió cuando supe lo que dijo, pero fue mi madre quien tuvo que soportar todos los comentarios, y miradas. La primera vez que supe, pensé en volver y explicarlo todo. En decir cómo habían sido realmente las cosas. No por mí, sino por ella.
Hizo una pausa.
—Pero después entendí que no tenía sentido.
—¿Por qué?
—Porque ya habían elegido.
Vivianne miró a sus amigas.
—Habían decidido que yo era una mala persona. Una chica sin valores. Una consecuencia de una mala dinámica familiar. Y Alfred les dio exactamente la historia que necesitaban para confirmarlo.
Susanne negó lentamente con la cabeza.
—Y las dos de esta noche...
—Ellas simplemente no me tenían en mejor estima, y estos rumores alimentaron más su aversión hacia mí.
Christine… buena, ella nunca fue la más cercana, aunque jamás sabré que le hice.
Y Samantha, solo es su fiel amiga, pero sé que no es mala.
Nadie, ni los que alguna vez fueron cercanos, me dieron el beneficio de la duda.
Quizás, hubo personas que no opinaron ni repitieron los dichos.
En todos lados hay personas buenas y malas.
El problema es, que a pesar de que existan personas que no se sumen a los rumores, tampoco quieren que se los asocie con una persona que les podría dañar la reputación. Al final del día, todo se reduce a eso.
Julie se levantó de su silla y rodeó la mesa.
Abrazó a Vivianne.
La pelirroja se quedó quieta unos segundos antes de rodearla también con los brazos. No lloró. Pero cerró los ojos.
Susanne se unió al abrazo.
Las tres permanecieron así durante un largo momento.
Cuando se separaron, Julie se limpió una pequeña lágrima que se le había escapado.
—Ahora entiendo un poco.
Vivianne la miró.
—¿Qué cosa?
—Por qué nunca hablas de tu pasado.
Vivianne bajó la mirada.
—No quería que me vieran diferente.
Susanne tomó su copa.
—Eso es imposible.
—¿Por qué?
—Porque sabemos quién eres. Y ahora incluso te conocemos mejor.
Vivianne sonrió débilmente. Por primera vez desde que habían llegado al apartamento, parecía respirar un poco mejor.
Pero entonces Julie recordó algo.
—Vi.
—¿Qué?
—Julian.
La sonrisa desapareció lentamente del rostro de Vivianne.
—¿Qué pasa con él?
—Él estaba allí.
Vivianne se quedó callada.
—Y fue él quien te escribió después de la conferencia.
—Sí.
—¿Crees que sabe todo esto?
Vivianne miró la copa.
No respondió enseguida.
—No lo sé. Supongo que sí. Hasta donde sé, desde que se vino a estudiar aquí siguió volviendo al pueblo con regularidad, aunque cuando yo desaparecí él ya hacía un par de años que no vivía por allá.
Y, por primera vez aquella noche, la pregunta no le produjo rabia, sino inquietud. Porque Julian no era como Christine; no era como Samantha. Se conocían desde pequeños, habían tenido otro trato. Y precisamente por eso no quería descubrir que también él había creído la historia.
Vivianne levantó la mirada hacia sus amigas.
—No quiero perder lo que tengo aquí.
Julie entendió perfectamente lo que quería decir.
—No lo vas a perder.
Susanne levantó la copa.
—Y si alguien intenta arruinarlo, tendrá que pasar primero por nosotras.
Vivianne soltó una risita.
—Están locas.
—Sí —respondió Susanne—. Pero somos tus locas.
Las tres chocaron sus copas.
Y, desde que aquella parte de su pasado había regresado a su vida, Vivianne sintió que quizá no estaba completamente sola.