ERASE UNA VEZ 8 Hasta aquí
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Julian no tenía ninguna intención de quedarse en el bar. La música continuaba sonando y la gente alrededor seguía con sus conversaciones, como si nada hubiese ocurrido, pero para él la noche había terminado.

Tomó su chaqueta del respaldo de la silla.—Me voy.

Frederick lo miró, serio.—Te acompaño.

Julian asintió. No tenía ganas de discutir, ni tampoco de escuchar una sola explicación de Christine o de Samantha. Había visto suficiente.

Mientras caminaban hacia la salida, Frederick permaneció unos segundos en silencio antes de hablar.—Lo siento.

Julian lo miró de reojo.—¿Por qué?

—Por mi hermana.

Julian soltó un suspiro pesado.—No es culpa tuya.

—Lo sé. Pero fui yo quien aceptó venir con ellas.

—No sabías que iban a montar este espectáculo.

Frederick bajó la mirada durante unos pasos.—Se les fue la boca. De mala manera.

—Sí.

Julian empujó la puerta del bar y el aire fresco de la madrugada le golpeó el rostro.

Respiró profundamente, necesitando purgar el ambiente del local.

No entendía exactamente qué había ocurrido en el pasado entre Vivianne y aquellas dos, pero sabía una cosa: había sido demasiado.

Y la expresión de Vivianne antes de marcharse no dejaba de repetirse en su cabeza.

Ella había creído que él tenía algo que ver.

Aunque intentó aclararle que no sabía que ellas estarían allí, la situación había quedado mal. Muy mal.

—Julian. —La voz de Frederick lo sacó de sus pensamientos.

—¿Qué?

—Mira.

Julian siguió la dirección de su mirada. Christine y Samantha habían salido detrás de ellos. Por supuesto. La noche todavía no había terminado.

—¿Ya te vas? —preguntó Christine, acortando la distancia con paso firme.

Julian se detuvo y se quedó mirándola con frialdad.—Sí.

—Qué lástima —respondió ella con una sonrisa de suficiencia—. Pensé que ibas a quedarte para ver cómo terminaba la historia.

Frederick frunció el ceño, plantándose entre ellas y su amigo.—Christine, ya basta.

—¿Qué? Solo estoy hablando.

Samantha se acercó también, encogiéndose de hombros.—No entiendo por qué están tan molestos. Nadie hizo nada malo.

Julian soltó una breve risa, seca y carente de humor.—¿En serio? —Las dos lo miraron, sorprendidas por su tono—. ¿No tienen nada mejor que hacer?

Christine levantó una ceja.—¿Perdón?

—Lo que escuchaste. ¿No tienen una vida propia que vivir? ¿De verdad les resulta tan divertido estar pendientes de las miserias de los demás?

Samantha se cruzó de brazos, a la defensiva.—No estamos pendientes de nadie.

—Claro que no.

—Solo estábamos conversando.

Julian negó con la cabeza, harto.—Eso no era conversar.

Christine dio un paso hacia él, picada en el orgullo.—¿Y tú desde cuándo te preocupas tanto por Vivianne?

Julian le sostuvo la mirada fijamente, sin parpadear.—No necesito que me importe ella para saber que lo que hicieron fue una canallada.

—Ah, por favor...

—No, en serio. ¿No se cansan de dar pena?

Christine soltó una carcajada estridente.—Mira quién habla. Tú siempre fuiste demasiado blando con ciertas personas.

Julian entrecerró los ojos. Su voz descendió un octavo, volviéndose peligrosa.—¿Qué quieres decir con eso?

—Nada.

Samantha intervino, detectando el cambio de humor en el muchacho.—Christine, déjalo.

Julian clavó sus ojos en la rubia.—No. Que termine la frase.

Christine sonrió con malicia.—¿Qué pasa? ¿Ahora vas a ser su caballero blanco?

—Voy a defender el sentido común.

—Pero ¿quién demonios te crees que eres?

Julian dio un paso hacia ella, acortando el espacio de forma amenazante.—Alguien que está harto de escucharte hablar como si fueras dueña de la verdad.

La sonrisa de Christine se evaporó de golpe.—Tú no sabes nada de lo que pasó.

—Y tú tampoco.

—Yo era su compañera de clase. Lo sé todo.

Julian soltó una mueca despectiva.—Ese es precisamente tu problema. Ya que tanto te gusta regodearte en lo que la gente dice, ¿por qué no hablamos de lo que dicen de ti?

Samantha lo miró con sorpresa. Frederick permaneció en un tenso silencio.

—¿De qué hablas? —preguntó Christine, perdiendo un poco de seguridad.

—De que en el pueblo no eres precisamente la reina que crees ser. Allí te tienen por lo que eres: una chica vulgar, chismosa y bastante insoportable.

—¡Cuidado con lo que dices, Julian!

—¿Por qué? ¿Te molesta escuchar rumores? —Julian no apartó los ojos de los de ella—. Tienes una voz insufrible, hablas de todo el mundo como si tuvieras derecho a juzgarlos y la mayoría de las personas solo te mastican porque no quieren ganarse problemas contigo.

Christine apretó los labios, con el rostro pálido de la rabia.—Eres un imbécil.

—Puede ser. —Julian se encogió de hombros con total desdén—. Pero al menos no necesito inventarme la vida de los demás para sentirme importante.

Samantha intentó dar un paso al frente.—Julian, ya basta...

Frederick la tomó del brazo antes de que pudiera continuar.—Samantha.

Ella lo miró, ultrajada.—¿Qué?

Frederick negó lentamente con la cabeza, con una fijeza implacable.—Déjalo.

Samantha tragó saliva y permaneció callada.

Julian respiró profundamente. Sentía que se había quitado un poco de la frustración que tenía encima, pero no había terminado. Miró nuevamente a Christine.—Y todavía tienes suerte.

—¿Suerte? ¿De qué?

—De que, con todo lo que arrastras, al menos tienes una amiga. —Miró a Samantha de reojo—. Aunque sea una tonta útil como ella.

Samantha abrió los ojos como platos.—¡Oye!

Julian no pudo evitar que la comisura de sus labios se elevara mínimamente.—¿Ves? Al menos alguien te soporta.

Frederick soltó una carcajada involuntaria que resonó en la calle vacía.—Vamos —dijo Julian, dándose la vuelta.

Fred asintió y los dos comenzaron a alejarse a paso firme.

—¡Julian! —gritó Christine a sus espaldas, con la voz quebrada por la humillación—. ¡No creas que esto va a quedar así!

Él ni se molestó en girarse. Solo levantó una mano en el aire sin detener el paso.—Buenas noches, Christine.

Continuó caminando. Fred aceleró el ritmo hasta emparejarse con él. Durante una cuadra, ninguno dijo nada. Finalmente, Frederick rompió el silencio con otra carcajada.—No puedo creer que hayas tenido el valor de soltarle todo eso.

Julian suspiró, frotándose la nuca.—Me cansé, hermano. Me cansé de callarme.

—Estuvo brillante, de verdad.

—No debería haber bajado a su nivel.

—Probablemente no —coincidió Frederick—, pero se lo merecía desde hacía años.

Frederick volvió a reír, contagiando un poco de ligereza al ambiente. Caminaron en silencio durante unos segundos más, hasta que miró de soslayo a su amigo.—¿Estás seguro de que solo estás molesto por el escándalo que armaron?

Julian lo miró de reojo, cortante.—Sí.

Frederick sonrió con picardía.—Claro, lo que tú digas.

—No empieces.

—Yo no he dicho nada.

Julian suspiró.—Fred...

—Está bien, lo dejo ahí.

Siguieron caminando bajo las luces de la avenida.

Julian metió la mano en el bolsillo y rozó el teléfono.

Por un instante, la urgencia de escribirle a Vivianne le quemó los dedos.

Quería saber si había llegado bien. Quería jurarle de nuevo que él no sabía nada de la encerrona.

Quería asegurarse de que entendiera que no era su cómplice.

Pero contuvo el impulso. No sabía si presionar con otro mensaje sería una buena idea ahora mismo; después de todo, ella había dejado claro con esa última mirada que no quería saber nada de él.

Guardó el dispositivo en el fondo del bolsillo. Quizá lo mejor era dejarla tranquila. Por ahora.

Sin embargo, una certeza flotaba en el aire gélido de la noche: lo que había comenzado como una simple casualidad en Le Brum, había terminado por dinamitarlo todo.