7 La verdad que nadie preguntó
Christine reconoció primero a la pelirroja. Samantha siguió la dirección de su mirada y ambas permanecieron unos segundos en silencio.
Christine observó la escena: Vivianne estaba sentada con cuatro personas más, y dos de ellas eran Julian y Frederick, todos riendo como si fuesen mejores amigos.
Sonrió lentamente.—Mira eso.
Samantha miró de nuevo. Un leve fuego, producto de los celos, le empezó a corroer el cuerpo. Con la voz empañada por la ira, murmuró:—No puede ser. ¿Por qué está con Julian?
Christine tomó un sorbo de su copa.—Parece que nuestra querida Vivi no ha perdido el tiempo. Quizás quiere quedarse con tu hermano y con tu querido Ju.
Samantha no respondió, porque en aquel momento ambas entendieron lo mismo: la noche acababa de dejar de ser tranquila.
La velada había empezado demasiado bien; quizá por eso nadie vio venir el problema. Julian y Frederick se habían levantado de la mesa para buscar otra ronda de bebidas. Las chicas habían permanecido conversando, riendo por alguna ocurrencia de Susanne, mientras Vivianne terminaba su copa.
Por unos minutos, todo siguió exactamente como hasta entonces, hasta que una voz conocida llegó desde su espalda.—Mira quién decidió salir de su escondite.
Vivianne cerró los ojos durante un segundo. No necesitaba girarse para saber quién era: Christine. Susanne fue la primera en notar su reacción.—¿Qué ocurre?
Vivianne dejó la copa sobre la mesa.—Nada.
Christine se acercó, escoltada por Samantha.—No pensé que fueras de salir a bares como este —comentó con una sonrisa fingida—. Supongo que algunas cosas cambian.
Vivianne se volvió lentamente hacia ellas.—Hola, Christine.
—Vivi. —La forma en que pronunció el apodo sonó más como una provocación que como un saludo.
Samantha se quedó detrás, barriendo la mesa con la mirada.—Parece que estás bastante bien acompañada.
Vivianne no respondió; no pensaba darles esa satisfacción. Volvió su atención hacia Julie y Susanne, intentando continuar la conversación como si las otras dos no estuvieran allí. Pero Christine no estaba dispuesta a permitirlo.—Qué casualidad encontrarte otra vez.
—La ciudad es grande —respondió Vivianne con indiferencia.
—Aunque parece que ya te acostumbraste perfectamente.
—Sí.
—Qué bien.
El silencio que siguió fue incómodo. Christine miró a las otras dos chicas.—¿Ellas son tus amigas?
Vivianne asintió.—Sí.
Samantha soltó una pequeña risa.—Vaya. Al menos aquí sí conseguiste hacer amigas.
Julie levantó ligeramente una ceja. Vivianne la miró de reojo; era una advertencia silenciosa para que no interviniera. Todavía no.
—¿Necesitan algo? —preguntó Vivianne.
—Nada —respondió Christine—. Solo nos sorprendió verte tan... relajada.
—No sabía que tenía que pedir permiso para estarlo.
Christine sonrió.—No, claro que no.
Samantha se cruzó de brazos.—Aunque supongo que es fácil actuar como si nada hubiera pasado cuando estás lejos de casa.
Aquella frase hizo que Vivianne dejara de sonreír.—No sé de qué hablas.
—Vamos, Vivi.
—No me digas así.
Samantha levantó las cejas.—¿Qué? ¿Ahora también te molesta que te llamemos como siempre?
—Me molesta que ustedes sigan creyendo que tienen derecho a decirme cualquier cosa.
Christine soltó una pequeña carcajada.—Sigues siendo la misma.
—Y tú sigues hablando demasiado.
Susanne tuvo que contener una sonrisa. Christine la miró con desprecio.—¿Te parece gracioso?
—Un poco —respondió Susanne, encogiéndose de hombros.
Julie intervino antes de que aquello fuera a más.—Creo que ya quedó bastante claro que no son bienvenidas en nuestra mesa.
Samantha la fulminó con la mirada.—No estamos hablando contigo.
—Estás en mi mesa, así que sí, estás hablando conmigo.
Vivianne respiró profundamente.—Chicas, déjenlo. —No quería una escena. No allí. No frente a todos. Había aprendido hacía mucho tiempo que discutir con aquellas personas nunca terminaba bien.
Pero Samantha tenía otro problema aquella noche.
Había estado observando la forma en que Julian hablaba con Vivianne; la había visto reír, había visto cómo él se inclinaba hacia ella para escucharla cuando la música aumentaba y la naturalidad con la que conversaban.
Aquello la había irritado mucho más de lo que quería admitir.
Cada vez que ella intentaba acercarse a Julian, él parecía encontrar una excusa para marcharse.
Con Vivianne, en cambio, parecía disfrutar de su compañía. Y eso le molestaba. Mucho.
—Bueno —dijo Samantha con una sonrisa torcida—, no quería arruinarte la noche.
Vivianne la ignoró. Samantha insistió.—Aunque me causa curiosidad algo.
Vivianne levantó la mirada.—¿Qué?
—¿Tu esposo sabe que estás aquí?
Julie frunció el ceño. Vivianne se quedó completamente inmóvil. Samantha continuó antes de que pudiera responder.—¿ Cómo está tu hijo?
El silencio cayó sobre la mesa. Por un instante, nadie pareció procesar lo que acababa de escuchar. Susanne fue la primera en reaccionar.—¿Qué demonios acabas de decir?
Samantha sonrió.—Solo preguntaba.
Vivianne sintió que el estómago se le cerraba.
Había escuchado esas palabras antes. Años atrás.
Las había escuchado de bocas de personas que ni se habían molestado en averiguar si eran ciertas.
Y ahora aparecían nuevamente en su vida, en su nueva ciudad, delante de las dos personas que más cerca estaban de ella.
—No tengo esposo —dijo finalmente, con la voz más baja de lo que pretendía.
Samantha fingió sorpresa.—¿No?
Christine soltó una carcajada.—Tal vez ya se divorció.
Susanne se levantó de la silla de golpe.—Escúchame bien, rubia. No sé quién demonios eres ni qué problema tienes con mi amiga, pero vas a dejar de hablarle así.
—Su, no —pidió Vivianne.
—No, Vivianne. Ya fue suficiente.
Julie también se puso de pie.—No tienes por qué explicarle absolutamente nada.
Samantha rodó los ojos.—Relájense. Solo estamos conversando.
—Esto no es conversar —respondió Julie—. Esto es atacar a alguien.
Christine se cruzó de brazos.—Defienden bastante bien a una persona que conocen desde hace tan poco.
Susanne dio un paso hacia ella.—La conocemos lo suficiente para saber que tú eres una maleducada.
—¿Perdón?
—Lo que escuchaste.
Vivianne tomó el brazo de Susanne.—Su, vámonos. —No quería quedarse; no quería que las cosas siguieran escalando.
Pero Samantha volvió a golpear.—¿Qué pasa? ¿Te molesta que recuerde tu historia?
Vivianne se quedó quieta. Por primera vez, la expresión de su rostro cambió por completo. Ya no había ironía ni ganas de defenderse; solo cansancio. Un cansancio profundo.—No sabes nada de mi historia.
Samantha abrió la boca, altanera.—Claro que sé.
—No. —Vivianne la miró directamente a los ojos—. No sabes absolutamente nada.
Christine dio un paso al frente.—Todos sabemos lo que pasó.
—No —repitió Vivianne—. Todos saben lo que les contaron.
Aquello dejó a Christine callada. Por unos segundos, nadie fue capaz de articular palabra, hasta que una voz masculina apareció detrás de ellas.—¿Qué está pasando?
Era Julian. Frederick estaba a su lado con varios vasos en las manos y ambos se quedaron inmóviles al captar la escena. Susanne seguía de pie, Julie tenía el rostro serio, Christine parecía enfurecida y Samantha sonreía con una mezcla de satisfacción y desafío.
Y Vivianne... Vivianne parecía querer desaparecer.
Julian dejó los vasos inmediatamente sobre la mesa.—¿Qué pasó?
—Nada —respondió Christine—. Estábamos hablando.
—No parecía una conversación —intervino Frederick.
Samantha se volvió hacia ellos y dijo mirando en dirección a su hermano:—Tu amigo debería preguntarle a Vivianne por qué se pone tan nerviosa cuando alguien menciona su vida.
Julian miró a Vivianne. No sabía qué había ocurrido, pero era evidente que todo estaba mal.—Vi...
Ella levantó los ojos hacia él, y fue entonces cuando Julian lo entendió.
Aquella mirada no era de miedo ni de enojo; era de reproche y, peor aún, de profunda decepción.
Vivianne lo miró como si acabara de descubrir algo que no quería descubrir.
Como si en algún momento de la noche hubiera confiado en él un poco más de lo debido y ahora se arrepintiera por completo.
Julian dio un paso hacia ella.—Vivianne, yo no...
Ella negó ligeramente con la cabeza.—No. —Su voz fue un hilo apenas audible—. No tienes que explicarme nada.
Julian quedó desconcertado.—¿Qué?
Vivianne tomó su bolso.—Nos vamos.
Julie y Susanne la siguieron inmediatamente. Antes de marcharse, Susanne les lanzó una última mirada cargada de desprecio a Samantha y Christine.—No vuelvan a acercarse a ella jamás.