6 Una noche cualquiera
Los días siguientes transcurrieron con una normalidad casi reconfortante.
Vivianne volvió a su rutina habitual: clases por la mañana, horas en la librería algunas tardes y, cuando la agenda lo permitía, tiempo de ocio con Julie y Susanne.
La universidad continuaba con su ritmo frenético de entregas, exposiciones y exámenes, y la noticia de la pasantía ya había empezado a circular entre algunos compañeros.
Ella intentaba no darle demasiada importancia.
Después del encuentro con Christine, había esperado que algo sucediera, pero no ocurrió nada.
Nadie volvió a buscarla, ni a confrontarla, ni a mencionar su pasado.
Aquello le permitió respirar un poco, aunque no se confiaba.
Tampoco había vuelto a hablar con Julian; desde aquella noche de mensajes, ninguno de los dos había tomado la iniciativa de escribir.
—¿En qué estás pensando? —preguntó Julie mientras caminaban por los pasillos de la facultad.
Vivianne giró la cabeza.—En nada.
—Eso dices siempre.
—Porque normalmente no pienso en nada. Es un talento.
Julie soltó una pequeña carcajada.—Claro.
Susanne apareció detrás de ellas haciendo equilibrio con tres cafés medianos.—Dejen de discutir y tomen esto antes de que me queme las manos.
—Gracias, Su —dijo Vivianne.
—¿Qué harían sin mí?
—Probablemente gastaríamos menos dinero en cafeína —respondió Julie.
—Qué poco valoran mi aporte a esta amistad.
Las tres continuaron caminando entre risas. Era una tarde común, de esas en las que la vida parecía exactamente lo que debía ser.
◆◆◆
Al otro lado de la ciudad, Julian también llevaba unos días bastante normales entre clases, trabajos pendientes y entrenamientos en el gimnasio.
Estaba cada vez más cerca de terminar la carrera y la carga de responsabilidades parecía multiplicarse.
Frederick lo acompañaba en prácticamente todas.
Eran amigos desde hacía tantos años que muchas veces ni siquiera necesitaban hablar para saber qué pasaba por la mente del otro.
—No pienso hacer ese informe otra vez —se quejó Julian mientras salían de un aula.
—Lo vas a hacer.
—No.
—Julian, vale la mitad de la nota final.
—Entonces odio la universidad.
Frederick soltó una carcajada.—Eso lo dices desde primer año.
—Y cada semestre tengo más razones.
Caminaron juntos hacia la cafetería del campus. La conversación derivó en temas habituales: un profesor insoportable, una entrega pendiente, el futuro y, de vez en cuando, alguna broma absurda.
Julian había considerado la idea de escribirle a Vivianne, pero cada vez que tomaba el teléfono encontraba una excusa diferente para postergarlo.
No quería parecer insistente, ni invasivo, ni mucho menos hacerle creer que buscaba presionar un espacio que ella no estaba dispuesta a darle.
Así que prefirió dejarlo pasar. Por ahora.
—Esta noche voy a salir —anunció Fred mientras guardaba el celular.
Julian lo miró de reojo.—¿A dónde?
—Al bar de siempre, Le Brum.
—¿Con quién?
—Con unos compañeros de los viernes de Básquet. Vamos a tomar algo y después veremos que se presenta.
Julian dudó unos segundos.—Iré contigo.
Fred levantó una ceja, sorprendido.—¿Tú? ¿Sin tener que rogarte?
—Necesito despejarme.
—Eso sonó sospechosamente serio.
—No empieces.
—No he dicho nada.
—Pero lo estás pensando.
—Siempre.
Julian negó con la cabeza, divertido.—Nos vemos más tarde.
◆◆◆
En su apartamento, Vivianne estaba frente al espejo tratando de decidir qué ponerse.
—No quiero arreglarme demasiado —comentó mientras revisaba varias prendas sobre la colcha.
Julie, sentada en el borde del colchón, levantó la mirada de la pantalla.—Nunca quieres arreglarte demasiado.
—Porque me gusta estar cómoda.
—Eso es verdad, pero hoy vas a salir conmigo y con Susanne, así que la sudadera se queda en el armario.
Susanne apareció detrás de ellas con una expresión triunfal y dos perchas en las manos.—He decidido qué te pondrás.
—¿Qué? —preguntó Vivianne con desconfianza.
Susanne le tendió un pantalón vaquero de corte recto y tiro alto, combinado con un top de punto fino en color verde botella que realzaba de inmediato el tono de su cabello. Era un estilo sencillo, minimalista y desenfadado, pero que estilizaba su figura sin esfuerzo.
Julie, por su parte, ya estaba lista y lucía un gusto clásico pero impecable a la moda: unos pantalones de vestir de sastre negros, una camisa blanca de seda ligeramente desabotonada y unos mocasines de plataforma que le daban un aire sofisticado y pulcro.
En contraste, Susanne representaba el extremo opuesto. Fiel a su estilo, se había decantado por un vestido corto de canalé gris que se ceñía a sus curvas de forma magnética, sexy pero sin caer en lo exagerado, combinado con una chaqueta vaquera de corte oversize para rebajar la formalidad.
Vivianne se acercó y tomó el top verde.—Este no está tan mal.
—¡Gracias! —exclamó Susanne.
—No he dicho que me lo vaya a poner.
Susanne puso los ojos en blanco. Después de varias discusiones y algunos cambios de último minuto, finalmente salieron. La noche prometía.
El bar Le Brum era bastante popular entre los universitarios, sobre todo por sus precios accesibles, y esa noche estaba más abarrotado de lo habitual. La música sonaba lo suficientemente fuerte como para obligarlos a acercarse al hablar, pero no tanto como para impedir una buena conversación.
Las tres consiguieron una mesa cerca de la barra, pidieron algo de beber y comenzaron a charlar. Por primera vez en varios días, Vivianne se sintió completamente relajada. Hasta que alguien se plantó frente a su mesa y, con una voz profunda, interrumpió el ambiente:
—Hola.
La pelirroja levantó la mirada y se quedó inmóvil durante un segundo. Era Julian. Él también parecía gratamente sorprendido.
—Hola —respondió ella, parpadeando.
—No sabía que frecuentabas este lugar.
—Yo tampoco sabía que tú venías.
Julian sonrió, relajando los hombros.—Parece que hoy tendremos que compartir territorio.
—Supongo que en esas estamos.
Durante unos segundos ninguno supo cómo continuar, hasta que él desvió la mirada hacia las dos jóvenes que los observaban con curiosidad.
—¿Me presentas?
Ella sonrió tímidamente.—Claro. —Señaló primero a la morena—. Ella es Julie.
Julie levantó una mano, adoptando su habitual postura educada.—Hola, un gusto.
—Igualmente.
Después señaló a la otra, quien ya lo había estado escaneando de arriba abajo con evidente aprobación.—Y ella es Susanne.
—Encantada.
—Lo mismo digo. —Él volvió a centrar su atención en Vivianne—. ¿Puedo quedarme un rato? Si no les molesta, claro... Perdí de vista a mis amigos y no quiero pasarme la noche rastreándolos entre la multitud.
Ella se encogió de hombros, disimulando el vuelco que le había dado el corazón.—Claro, si no te incomoda estar rodeado de chicas.
Julian sonrió y arrastró una silla cercana.
La conversación comenzó de forma un tanto torpe, pero no tardó en fluir con naturalidad.
No había tensión ni silencios incómodos.
Julian y Vivianne empezaron a rememorar anécdotas de su infancia en el vecindario, un detalle que no pasó desapercibido para Julie y Susanne, quienes intercambiaron una rápida mirada de complicidad.
Justo cuando Susanne se disponía a indagar más sobre el pasado que compartían, un chico rubio y corpulento se abrió paso hacia ellos.
Llevaba el cabello recogido en una media coleta, un estilo muy rockero y una barba bastante tupida que capturó de inmediato la atención de Julie, haciéndola enderezar la espalda.
Fred se acercó por detrás de su amigo y le dio una palmada en el hombro.—Te estaba buscando, creí que te habías marchado —dijo, antes de pasar la mirada por la mesa—. Pero ya veo que simplemente me cambiaste por mejor compañía —sentenció con una sonrisa descarada.
Julian giró la cabeza.—Deja que te presente: Julie y Susanne, las amigas de Vivianne.
Fred fijó sus ojos celestes, intensos como los de un husky, directamente en la morena.—Un gusto, bellas damas. Y es bueno volver a verte, Vivianne.
Julian sonrió ante el comentario de su amigo y las chicas hicieron lo mismo. Le ofrecieron unirse al grupo y Frederick no se lo pensó dos veces. Sin planearlo, las dos pequeñas reuniones terminaron convirtiéndose en una sola.
Hablaron, rieron y compartieron rondas. Julian y Vivianne descubrieron que el paso de los años no había mermado su complicidad para bromear.
—No puedo creer que todavía recuerdes eso —dijo Vivianne entre risas, cubriéndose un poco el rostro.
—No puedo creer que tú lo hayas olvidado.
—Era muy pequeña.
—Yo también.
—Tú eras mayor.
—Solo dos años.
—Para mí, en ese entonces, era muchísimo.
—Ahora ya no —dijo Julian. Su voz sonó un poco más grave de lo que pretendía, sosteniéndole la mirada.
Vivianne sonrió y un leve cosquilleo le recorrió la espina dorsal antes de responder en un hilo de voz:—Ahora ya no.
Por un momento, todo pareció sencillo. Cinco universitarios compartiendo una noche cualquiera.
Sin embargo, mientras ellos reían, en otra mesa del bar alguien levantó la mirada.
Y luego otra persona hizo exactamente lo mismo.
Eran dos rubias con un estilo pulcro y pretencioso que desentonaba por completo con la onda relajada del local.
Iban ataviadas con unos vestidos casi idénticos en diseño, pero de diferente color; dos figuras de espaldas que observaban la escena con una fijeza gélida.