5 Lo que ella no dijo
Vivianne dejó el teléfono sobre la mesa de noche y se quedó mirando hacia un punto fijo de la pared. Si le hubiesen dicho días atrás que se cruzaría con personas de su pueblo y que hablaría con ellas, aunque en contextos tan diferentes, se habría reído por considerarla una broma de mal gusto.
Tomó nuevamente el dispositivo y abrió la conversación. Leyó el primer mensaje otra vez y esbozó una leve sonrisa.
Era extraño recibir un mensaje suyo después de tanto tiempo.
Más extraño todavía porque ella ni siquiera se había percatado de que él estaba allí esa tarde.
Cuando escuchó la voz de Christine a sus espaldas, su cuerpo reaccionó antes que su cabeza; reconoció aquel tono de inmediato y supo que no quería quedarse ni un segundo más de lo necesario.
No había mirado a los demás ni prestado atención al entorno. Solo había pensado en huir.
Por eso, cuando Julian le dijo que la había visto en la conferencia, le resultó sorprendente. Ni siquiera sabía dónde había estado parado. Probablemente detrás de sus acompañantes, o quizá a unos metros. Al final, no importaba.
Lo que sí le resultaba curioso era otra cosa: había conseguido su número a través de Thomas.
Su conexión con Thomas Rindler tenía una explicación sencilla: ese muchacho trabajaba en la empresa donde ella había obtenido la pasantía, y siempre era útil tener un conocido de edad similar en el entorno laboral. Lo que jamás imaginó fue que ellos dos se conocieran.
Pero ¿por qué se había molestado en preguntar por ella? Claramente había tenido la intención de encontrarla. La idea le produjo una sensación difícil de identificar. No era molestia; tampoco incomodidad.
Apoyó la cabeza contra el respaldo de la cama e intentó recordar al Julian de su infancia.
Lo primero que afloró en su memoria fue un chico dos años mayor, casi siempre acompañado por Frederick Williams. Era tranquilo, bastante reservado y mucho menos conflictivo que el resto de los muchachos del barrio.
Y entonces apareció otro recuerdo. Uno mucho más antiguo.
Antes de que su vida comenzara a complicarse.
Antes de que aprendiera a desconfiar de prácticamente todo el mundo.
En aquella época, su vecino le había parecido bastante atractivo.
Tenía esa seguridad serena que tanto le llamaba la atención.
Alguna vez llegó a pensar que, si él se hubiese acercado a hablarle con otras intenciones, ella no habría tenido ningún reparo en escucharlo.
Pero nunca ocurrió nada. Ni siquiera estuvo cerca de pasar.
La vida siguió su curso y aquella pequeña atracción adolescente quedó enterrada bajo el peso de todo lo que vino después.
Hasta esa noche.
Se quedó observando la foto de perfil de Julian.
Era un retrato de medio cuerpo, pero apenas quedaban rastros del chico de sus recuerdos.
El hombre de la imagen lucía un físico tonificado y llevaba el cabello azabache con un corte clásico que contrastaba con esos ojos azules que siempre le habían recordado al mar.
Sus facciones eran marcadamente varoniles y lucía una barba de pocos días, prolija e intencional. Vaya que había crecido.
Vivianne negó con la cabeza.—Dios, qué tontería. En qué demonios estoy pensando.
Era la primera vez en mucho tiempo que hablaba con alguien de su pasado sin sentir la necesidad de medir cada palabra.
Julian no había hecho preguntas incómodas ni había mencionado los viejos rumores; no había tocado aquella época en absoluto.
Simplemente había conversado con ella. Y eso había sido agradable. Quizá demasiado.
Vivianne dejó escapar un suspiro. Había una pregunta que seguía dándole vueltas en la cabeza: ¿por qué buscarla después de tanto tiempo?
Entonces recordó el mensaje del final: «¿Por qué nunca volviste al vecindario? Tu madre sigue viviendo allí».
Volvió a quedarse inmóvil. Ese texto sí había sido diferente. Pasaron de hablar de cosas triviales a interrogarla directamente por el lugar que compartían.
Julie y Susanne conocían pequeñas partes de su historia, pero no todo. No era por falta de confianza, sino porque no quería que su pasado definiera la manera en que la veían. Y ahora aparecía él.
Se levantó de la cama y caminó hasta la ventana. La ciudad seguía despierta; las luces de los edificios iluminaban las calles y, desde la altura de su apartamento, todo parecía lejano. Era una sensación que había aprendido a valorar: la distancia.
Durante años creyó que alejarse físicamente del pueblo sería suficiente.
Después descubrió que no era tan sencillo.
Las personas podían seguir hablando, los rumores podían cruzar kilómetros y los recuerdos también.
Sin embargo, ella había conseguido algo que en otro momento le pareció imposible: una vida que no estaba construida alrededor de lo que los demás opinaran de su persona.
No estaba dispuesta a perder eso. Y mucho menos por Christine. Ni por Julian. Ni por nadie.
Regresó a la cama y tomó el teléfono una última vez. Abrió el chat. No sabía si volverían a hablar; probablemente sí, si él volvía a escribirle. Ella no pensaba dar el primer paso. No todavía.
Leyó el último mensaje: «Buenas noches».
Sonrió sin querer.—Buenas noches para ti también —murmuró para sí misma antes de apagar la pantalla.