ERASE UNA VEZ 4 Una conversación
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4 Una conversación

Julian Wolf no podía dejar de pensar en Vivianne Scott.

Habían pasado varias horas desde aquel fugaz encuentro, pero la imagen de la joven seguía apareciendo una y otra vez en su cabeza.

Y no era únicamente por lo ocurrido con Christine y Samantha; era por ella.

Era como si nunca hubiera sido aquella adolescente de la que todo el pueblo hablaba con tanta ligereza.

Como si los últimos años no hubieran existido.

Le sorprendía cuánto había cambiado. Siempre había sido una chica bonita, pero se había convertido en una mujer sumamente atractiva, con esos ojos verdes que a él tanto le gustaban en secreto cuando era más joven, llenos de vida, y un rostro pecoso que le daba un aire de inocencia.

Él se había marchado del pueblo antes que ella, pero solía volver con frecuencia en las vacaciones.

En uno de sus regresos, ella ya no estaba.

Había desaparecido. Hasta ese día. No es que la tuviese demasiado presente en su día a día, pero cada cierto tiempo se preguntaba qué sería de su vida, si estaría bien.

Julian se dejó caer sobre la cama y tomó el teléfono.

Abrió una red social y buscó su nombre. Tras revisar varias cuentas que resultaron falsas o llevaban años abandonadas, encontró una que coincidía con su edad, su universidad y algunas fotografías.

Se quedó contemplando el perfil. No había demasiados detalles personales: fotos de libros, de apuntes, alguna reunión con compañeros y actividades del campus; nada que permitiera indagar demasiado en su intimidad.

Apretó el icono de mensajes y escribió: «Hola, Vi. Soy Julian». Lo leyó. Borró el mensaje. Volvió a escribir: «Hola, Vivianne. Soy Julian Wolf. Nos vimos hoy». Y volvió a borrarlo.

—¿Qué estoy haciendo? —murmuró, arrojando el teléfono sobre la colcha.

Pasaron unos segundos. Lo tomó otra vez al caer en la cuenta de que, en realidad, había una forma mucho más sencilla de llegar a ella: Thomas. El delegado de su carrera probablemente tendría su número de móvil. Después de todo, ese chico la conocía y seguramente seguían en contacto.

Abrió el chat de Thomas y meditó unos instantes antes de teclear.

«Hola, Thomas. Disculpa que te moleste, pero ¿tienes el contacto de Vivianne Scott?».

El mensaje quedó enviado. La respuesta no tardó en llegar.

«Sí. ¿Por?».

Julian apoyó la cabeza contra la pared. Ahora tenía que inventar una respuesta que no sonara ridícula.

«Somos viejos amigos del pueblo. La vi de lejos en la conferencia que dieron hoy en su facultad y no me dio tiempo de pedirle el número».

Thomas tardó unos segundos en replicar.

«¿Vivianne? ¿La conoces de antes? Vaya sorpresa, el mundo es un pañuelo».

«Sí. Vivíamos en el mismo vecindario, pero perdimos el contacto».

«Ah, claro, comprendo. Te lo envío».

Julian guardó el número, no sin antes pensar que su delegado era demasiado confiado. Sus intenciones al obtener el teléfono de su antigua vecina no eran oscuras, pero eso Thomas no lo podía saber.

Y mientras reflexionaba en lo fácil que había sido conseguirlo, apareció el verdadero problema.

Ahora que tenía su contacto y podía escribirle, ya no estaba tan seguro de querer hacerlo.

Recordó el momento en que se habían cruzado en el auditorio.

Había estado a pocos metros de ella y Vivianne ni siquiera le había dedicado una mirada.

Tal vez no lo había reconocido. Tal vez sí.

Prefería no pensar demasiado en la segunda posibilidad; si lo había visto y había decidido ignorarlo, probablemente no recibiría bien un mensaje suyo.

Era lógico. Habían pasado años desde la última vez que cruzaron palabra. Él hacía tiempo que no formaba parte de su vida.

Observó fijamente la pantalla. Podía dejar las cosas así, no tenía ninguna obligación de escribirle. Pero entonces recordó el rostro de Christine, su enojo y la forma en que había reaccionado cuando Vivianne se marchó.

—Solo voy a saludarla. Si me manda a volar, al menos lo habré intentado —se dijo.

Abrió una nueva conversación y escribió: «Hola, Vivianne. Soy Julian Wolf.». Se quedó observando la pantalla antes de pulsar enviar.

El corazón comenzó a latirle un poco más rápido. Era ridículo. No era un adolescente intentando hablarle a la chica que le gustaba; era un hombre de veintitrés años escribiéndole a una antigua conocida del vecindario. Nada más.

El teléfono vibró. Julian lo tomó al instante.

«Hola, Julian».

Sintió un pequeño alivio. Al menos no lo había bloqueado. Escribió:

«Perdón que te escriba después de tanto tiempo. Le pedí tu número a Thomas Rindler, es delegado en mi universidad y lo había escuchado nombrarte algunas veces, así que supuse que eran amigos. Hoy te vi de lejos en la conferencia, pero no me dio tiempo de acercarme».

La respuesta llegó enseguida.

«No pasa nada. No recuerdo haberte visto, lo siento».

Julian leyó la frase dos veces. No sabía si sentirse aliviado o decepcionado.

«Me lo imaginé. Por eso decidí conseguir tu número».

Apenas envió el mensaje, se arrepintió. Sonaba demasiado directo. Demasiado interesado. Vivianne tardó unos segundos en contestar.

«¿Querías hablar conmigo?».

Julian se quedó inmóvil. La pregunta podía ser inocente, pero también una forma de marcar distancia. Incapaz de decidirse, redactó y borró dos respuestas antes de presionar las teclas.

«Sí. Éramos vecinos, ¿no? Es algo extraño verte después de tanto tiempo y no poder saludarte».

La réplica tardó un poco más.

«Supongo que sí. Ha pasado bastante tiempo».

Julian intuyó que había una parte de esa respuesta que se quedaba fuera, pero no quiso presionar.

«¿Cómo has estado?».

Vivianne se tomó su tiempo para responder.

«Bien. Estoy bien».

Julian volvió a mirar la pantalla. No parecía una frase que invitara al diálogo, y como ya no sabía cómo sostener la conversación, optó por la prudencia.

«Me alegro».

Después de unos segundos, ella escribió:

«¿Y tú?».

«Bien. También estoy bien».

«Me alegra saberlo».

Julian sonrió sin querer. Era una conversación sencilla, cautelosa, pero ella seguía respondiendo. Eso ya era más de lo que había esperado.

Durante unos minutos charlaron sobre la conferencia, la facultad y el tiempo transcurrido. Julian le mencionó que Frederick había encontrado la noticia sobre su pasantía.

«¿Así que estuvieron investigando mi vida?».

«No exactamente».

«Suena exactamente a eso».

«Solo encontramos una noticia».

«Claro».

Julian soltó una carcajada. Era ella. Definitivamente era ella, la de sus recuerdos de la niñez.

Después de un rato, el intercambio comenzó a apagarse y Julian vio la oportunidad de despedirse de forma natural.

«Bueno, no quería molestarte. Solo quería saludarte».

«No me molestaste».

Julian dudó. Podía despedirse, era lo razonable. Pero había una pregunta que llevaba años queriendo formular.

«¿Por qué nunca volviste al vecindario? Tu madre sigue viviendo allí».

Se arrepintió apenas envió el texto. Demasiado personal. Demasiado pronto. Vivianne tardó bastante en responder.

«No tenía motivos para volver».

Julian sintió un nudo en el pecho. No sabía qué decir.

«Entiendo».

La siguiente línea apareció después de unos segundos.

«Además, supongo que nadie me ha extrañado, así como yo no los echo de menos tampoco».

Julian miró la pantalla. Él no estaba seguro de aquella afirmación, pero no se atrevió a escribirlo.

«Quizás».

Vivianne no respondió de inmediato. Finalmente tecleó:

«Buenas noches, Julian».

«Buenas noches».

La conversación terminó.

Julian dejó el teléfono sobre la cama. Había conseguido ponerse en contacto con Vivianne y había cumplido con la excusa que se había dado a sí mismo: la había saludado.

Eso era todo. O eso quería creer. Porque, en realidad, mientras repasaba el chat, sabía perfectamente que si hubiera querido únicamente saludarla, habría bastado con un solo mensaje.

No lo había hecho. Había rastreado su número, había dudado durante casi una hora, había inventado preguntas para retenerla y, sobre todo, había sonreído como un idiota frente a la pantalla.

Julian dejó escapar un suspiro. Quizá, después de tantos años, todavía había cosas que no había terminado de comprender. Y tal vez Vivianne era una de ellas. Se quedó unos segundos mirando el techo antes que el sueño lo venciera.