3 Reencuentro no deseado
Todos los oyentes aplaudían el cierre de la conferencia. La mayoría comenzó a dispersarse; algunos comentaban sus impresiones y otros simplemente se marchaban para continuar con su día.
A lo lejos, alguien reconoció una silueta menuda y una cabellera rojiza.
Al verla voltearse para despedirse de la persona que la acompañaba, confirmó que se trataba de Vivianne Scott.
Nada más y nada menos. Después de tantos años, volvían a encontrarse cara a cara con la joven a la que le habían perdido el rastro por completo.
Sin perder tiempo, el grupo —liderado por quien la había reconocido y conformado por Christine James, Samantha Williams, su hermano Frederick Williams y Julian Wolf— se acercó aparentando una falsa cordialidad.
—Vivi, ¡tanto tiempo! Todos te perdimos la pista. No sabíamos qué había sido de tu vida —dijo Christine con esa voz chillona capaz de crisparle los nervios a cualquiera.
Al escuchar aquella voz a sus espaldas, Vivianne intentó mantener la compostura antes de girarse. Justo cuando iba a responder a la rubia oxigenada, que iba cargada de maquillaje como siempre, esta continuó:—Pero, al parecer, te está yendo bien. —La frase iba cargada de ironía y veneno.
Para ellos, o al menos para quien hablaba, Vivianne seguía siendo la protagonista de aquella vieja historia. Había sido fácil creer los rumores porque ella nunca les había caído bien; sobre todo a Christine, que le profesaba una profunda aversión desde la infancia.
—Hola. Qué casualidad. También se te ve bien —respondió Vivianne—.
Perdona que no pueda quedarme, pero tengo la agenda ocupada; ya saben cómo es la vida en la ciudad.
Nos vemos luego. Ah, y Christie, usa paraguas al salir: anunciaron tormenta y sería una pena que se te corriera el maquillaje.
Hay que cuidarnos entre chicas. —Le guiñó un ojo y levantó la mano en un gesto de falso apoyo mientras se alejaba.
Parece un payaso. Maldita loca, pensó Vivianne mientras se retiraba sin mirar atrás. Se colocó rápidamente los auriculares para aislarse de cualquier otra réplica, dejando a la rubia con el rostro encendido de ira.
—Me las vas a pagar, zorra —escupió Christine.
—Tranquila. Seguro solo vino a hacerse la importante. Su vida debe de ser un desastre, no pensemos más en ella —la consoló Samantha, tratando de calmarla, aunque en el fondo el comentario le había hecho gracia.
Ese encuentro iba a traer problemas. No porque Vivianne hubiera hecho algo malo, sino porque conocía de sobra la malicia de esa gente. Por primera vez desde que escapó, su pasado regresaba para embestir su presente.
El murmullo de la ciudad acompañó a los cuatro jóvenes al salir del auditorio, pero el único sonido que dominaba el ambiente era la furia de Christine.
Acostumbrada a ser temida y venerada en su pequeño reino rural, se ponía enferma ante la humillación.
Esperaba encontrarse con la muchacha derrotada, avergonzada y sumisa de antaño, a la que tanto había atormentado; en cambio, se había estrellado contra un muro de seguridad que le devolvió el golpe con la misma saña.
Al entrar en una cálida cafetería, Samantha intentó calmar las aguas.—Christine, cariño, es una actuación. Esa aparente seguridad es una fachada; obviamente iba a fingir, pero todos sabemos quién es. No dejes que nos arruine el día, ¿sí?
Los muchachos, Frederick y Julian, estudiantes de último año de Administración de Empresas y amigos de toda la vida, observaban la escena con un fastidio silencioso.
A sus veintitrés años, ambos se habían salvado de los últimos escándalos pueblerinos por estar viviendo en la gran ciudad, y conocían de sobra el infierno que era su lugar natal para cualquiera que rompiera los moldes.
Julian, en particular, llevaba sumido en sus pensamientos desde el encuentro.
Conocía a Vivianne del vecindario y siempre le había parecido diametralmente opuesta al monstruo que los rumores pintaban.
Incluso, años atrás, había sentido cierta atracción por ella, así que rabieta de la rubia le traía sin cuidado.
Soportaba a aquel par de víboras únicamente por respeto a su amigo Frederick.
Samantha estaba allí como una sombra enamorada de Fred, aunque este la ignorara por completo, y Christine rara vez aportaba algo productivo.
Ambas habían insistido en acompañarlos a la facultad con la excusa de hacer unas compras por la zona, a pesar de que la conferencia no les interesaba en lo más mínimo.
Esas dos estudiaban en la misma universidad que ellos y parecían no haber logrado adaptarse a la vida urbana, sobre todo por la actitud de Christine.
Le daba cierta pena la hermana de su amigo; por no dejar de lado a su insoportable compinche, tenía que cargar con el aislamiento del resto de sus compañeros.
La voz de Frederick cortó el aire.—¿De verdad crees que asistiría solo para aparentar? —le susurró a su amigo, intentando evitar un conflicto; pero las chicas lo escucharon alto y claro.
Antes de que Christine pudiera soltar su habitual discurso de superioridad, Julian tuvo una epifanía que congeló la mesa.
—Creo recordar que estudia aquí; de hecho, algo relacionado con Finanzas.
Fred, ella es la chica que ganó la pasantía en la prestigiosa firma de inversión.
Me parece que es conocida de Thomas, el delegado. Ambos compitieron en aquel certamen.
—Imposible. Esa inútil no es capaz de algo así —bramó Christine, al borde del colapso.
—Hermano, seguro que Julian se equivoca, ¿verdad? Debe de haber muchas pelirrojas que se llamen Vivianne —secundó Samantha con nerviosismo, temiendo que su amiga estallara allí mismo.
—¿Recuerdan su apellido? —preguntó Frederick, tecleando rápidamente en su celular.
—Scott —respondieron Christine y Julian al unísono.
Frederick localizó el boletín digital en la pantalla.—Sí, es ella: «Vivianne Scott, estudiante de tercer año de Economía y Finanzas... ha sido seleccionada tras ganar...».
El chirrido violento de una silla interrumpió la lectura. Christine salió disparada del local, seguida de cerca por su fiel escudera. Julian dejó escapar un suspiro de puro agotamiento.
—Frederick, amigo, sabes que te quiero como a un hermano, pero no quiero volver a salir con ellas. Son insoportables, sobre todo Christine. Siento que me absorbe la energía.
Frederick soltó una carcajada resonante.
—Fue mi culpa por avisarle a mi hermanita; ya sabes que no pierde oportunidad de seguirte los pasos.
No podía imaginar que pasaría esto. —La risa se le apagó, dando paso a la duda—.
¿Tú qué opinas de Vivianne? Yo la conocía de vista; recuerdo cómo la condenaron por lo de sus padres.
Fueron muy crueles. Incluida mi madre. Y luego, aquella loca historia.
—Si te soy sincero, no me creo nada —respondió Frederick con franqueza—.
Ya sabes cómo es el pueblo: la mitad es mentira y la otra mitad son verdades a medias.
Como ella no aclaró nada, se quedó como una certeza.
Espero que estas dos no inventen algo en su contra.
Pero si te preocupa, ponte en contacto con ella y dile que esté alerta; ya saben en qué facultad estudia.
Julian frunció el ceño.—Ahora me siento culpable por haber abierto la boca.
—No te tortures, viejo amigo. Pensemos que no harán nada; al fin y al cabo, están en época de exámenes y tendrán cosas más importantes que hacer.
De todos modos, hablaré con mi hermana. Bebamos esto y volvamos a clase —concluyó Frederick, intentando disipar el oscuro presentimiento que flotaba en el aire.