Érase otra vez 9 #2
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Caleb llegó primero a la esquina; Daniel empezó a quedarse atrás casi desde el principio, con el brazo vendado inmóvil contra el cuerpo, y a mitad del lateral una tos lo obligó a aflojar durante un par de pasos antes de continuar.

Mike estaba de rodillas junto al hueco donde había caído Thomas. Noah se había metido más cerca del muro, encajado entre las dos estructuras para poder verlo sin tirar de él ni obligarlo a cambiar de posición.

Al oírlos llegar, Mike levantó la cabeza.

—Aquí.

Thomas había quedado encajado de lado entre el cuerpo bajo y la pared principal.

Una pierna estaba doblada bajo él en un ángulo que Caleb prefirió no mirar demasiado y tenía sangre en la cara, pero Mike no estaba pendiente de eso.

Miraba cómo respiraba: demasiado deprisa, con esfuerzos cada vez más cortos.

Caleb se agachó junto a ellos.

—Thomas.

Los ojos de Thomas se movieron hacia él. No dijo nada.

Noah seguía metido cerca del muro, con las manos temblándole.

—No sé cómo sacarlo. Si lo cogemos de aquí y...

—No tires —dijo Mike.

—Ya lo sé.

—Pues no lo hagas.

—No estoy haciendo nada.

—Noah.

No hizo falta más. Noah apartó las manos y se quedó agachado donde estaba.

Daniel llegó detrás, tosiendo, y tuvo que apoyarse contra el muro para recuperar aire.

—¿Está consciente?

Mike miró a Thomas.

—Va y viene.

Caleb ya había sacado el teléfono. Marcó de nuevo mientras se acomodaba como pudo junto al hueco y, cuando respondieron, dio la dirección y explicó que había una persona gravemente herida. La operadora empezó a preguntarle qué había ocurrido.

—Se ha caído. Está atrapado entre la pared y otra estructura. Respira, pero le cuesta.

Respondió solo a lo que podía comprobar. A su lado, Mike mantenía una mano cerca del hombro de Thomas sin llegar a moverlo.

—Tom, mírame.

Thomas dejó escapar un sonido bajo.

Noah se inclinó enseguida.

—Estoy aquí.

—Dale aire —dijo Mike, y Noah retrocedió lo justo para despejarle algo de espacio.

Caleb puso el teléfono en altavoz junto a su rodilla cuando le pidieron que no movieran a Thomas mientras no hubiera otro peligro. Miró alrededor. El hueco era demasiado estrecho y los cuatro estaban intentando acercarse al mismo sitio.

—Daniel, quédate fuera —dijo, apartándose un poco para dejar más espacio a Mike—. Si ves venir a la ambulancia, avísame.

Daniel no discutió esta vez. Se apartó hacia la esquina de la casa para vigilar la entrada mientras Caleb volvía a inclinarse sobre Thomas.

—¿Me oyes?

Los párpados de Thomas se movieron.

—Sí.

La palabra salió apenas entera. Mike volvió a acercarse.

—Bien. Eso está bien. Quédate con nosotros, Tom.

Noah seguía mirándole la cara.

—Eh. Mírame a mí.

Thomas no reaccionó. Caleb se raspó la muñeca contra el revestimiento al cambiar de postura, pero apenas lo notó. Mike siguió hablándole, Noah se obligó a mantener las manos quietas y Caleb respondió a las preguntas que llegaban desde el teléfono.

Desde la esquina llegó la voz de Daniel.

—Ya vienen.

Ninguno se volvió. Thomas abrió otra vez los ojos y esta vez pareció encontrar a Mike.

—Eso es —dijo él, inclinándose un poco más—. Ya están aquí. Aguanta.

Thomas no contestó.

Noah se acercó.

—Tom.

Thomas dejó de responder. Su respiración, ya irregular, se volvió difícil de distinguir.

—Thomas —lo llamó Mike otra vez.

Las sirenas ya estaban encima.

—Thomas.

Nada.

La voz del teléfono preguntó qué ocurría y Caleb respondió mientras se recolocaba como podía en aquel espacio. A partir de ahí todo se volvió más confuso: Mike intentando dejar sitio, Noah sin saber dónde ponerse y Daniel regresando pese al brazo herido.

—Coge el teléfono —le dijo Mike a Noah cuando volvió a verlo buscar dónde meter las manos—. Solo eso. Cógelo.

Noah obedeció.

Daniel levantó la cabeza.

—Voy a buscarlos.

Se marchó hacia la entrada y Caleb apenas lo registró; solo notó que de pronto podía moverse un poco mejor junto al muro.

Thomas no volvió a hablar.

La primera luz azul apareció temblando sobre el ladrillo antes de que se oyera frenar el vehículo al otro lado de la casa.

Después llegaron voces, pasos rápidos y alguien preguntando dónde estaba el herido.

Mike se puso en pie para guiarlos mientras Noah permanecía de rodillas, todavía con el teléfono en la mano, junto a Thomas.

Caleb siguió agachado junto a Thomas hasta que uno de los sanitarios apareció por el extremo del paso lateral y le pidió sitio.

Se levantó y retrocedió hacia la pared principal, dejando libre el hueco estrecho donde Thomas había quedado encajado entre el muro y el cuerpo bajo.

Noah se apartó con él. En cuanto tuvieron espacio, dos sanitarios ocuparon el lugar: uno se arrodilló junto a Thomas y el otro se quedó algo más atrás, casi en la salida del hueco, pidiendo luz y material.

Caleb tenía las manos sucias de tierra y sangre ajena; solo la línea fina de la muñeca era suya.

Daniel apareció por la esquina delantera de la casa, llegando desde la entrada.

Se detuvo antes de meterse en el paso lateral, donde ya apenas cabía nadie.

Estaba más pálido que antes y la venda que llevaba desde el ataque en su casa volvía a mancharse a la altura del antebrazo.

—¿Está...?

Caleb, pegado al muro para no entorpecer a los sanitarios, miró hacia Thomas.

—No sé.

Detrás de Daniel, las luces de los vehículos de emergencia entraban desde el camino y se reflejaban a intervalos en la fachada. Las sirenas fueron apagándose una a una.

Durante los minutos siguientes el lateral de la casa se llenó de gente.

Los sanitarios trabajaban en el extremo más estrecho, junto a Thomas; Caleb y Noah permanecían unos metros atrás, contra el muro, dejando libre el paso desde la entrada.

Mike salió hacia la parte delantera cuando uno de los policías que había llegado detrás de la ambulancia le pidió que se apartara para contarle qué había ocurrido.

Daniel regresó hasta la fachada principal y se sentó en el escalón de la entrada, desde donde podía ver la esquina por la que iban y venían sanitarios y agentes. Mantenía el antebrazo herido contra el cuerpo y todavía tosía de vez en cuando por el humo.

Más vehículos fueron ocupando el camino frente a la casa. Uno de los agentes pasó junto a la camioneta de los Wolf, apagó el motor que seguía en marcha y, cuando regresó hacia la entrada, reparó en la herramienta que Noah había abandonado junto al borde del camino.

—¿Eso es vuestro?

Noah tuvo que asomarse desde el lateral para ver qué señalaba.

—Mío.

—Déjalo donde está.

—Sí. Tranquilo.

El agente continuó hacia la puerta principal. Noah volvió a retirarse junto al muro, desde donde apenas alcanzaba a ver a los sanitarios inclinados sobre Thomas al fondo del paso.

Cuando por fin consiguieron sacar a Thomas del hueco entre el muro y el cuerpo bajo, Caleb tuvo que pegarse otra vez a la pared para dejar pasar la camilla.

Los sanitarios avanzaban despacio por el lateral, hablando entre ellos en voz baja y sin explicar nada.

Mike echó a andar detrás de ellos hasta que un policía le cruzó el brazo delante.

—Es mi hermano.

—Lo sé. Déjales sitio.

Mike se quedó donde estaba, siguiendo la camilla con la mirada hasta que desapareció por la esquina.

Caleb salió detrás, ya sin correr, y al llegar a la fachada volvió a verla entre las luces azules y rojas.

Un sanitario seguía inclinado sobre Thomas mientras otro abría la ambulancia y preparaba el interior.

Daniel se levantó del escalón.

—¿Te han dicho algo?

—Nada.

Volvió a sentarse. Apenas tuvieron tiempo de hablar. Un agente se acercó con una libreta y señaló primero la casa y después a los dos.

—¿Quién vive aquí?

—Yo —dijo Caleb.

—Necesito que me cuentes qué ha pasado. De momento, lo básico. Luego hablaremos con cada uno por separado.

Daniel frunció el ceño.

—¿Ahora?

—Lo que podamos ahora, sí.

Mike hablaba con otro policía; Noah permanecía unos metros más allá, solo y con las manos vacías. La herramienta seguía junto al camino.

El agente esperó.

Caleb empezó por Ethan.

Dijo su nombre completo, el año y el lugar. Contó que habían bebido, que había habido una pelea y que Ethan cayó. Cuando el policía preguntó quiénes estaban allí, dio los cuatro nombres.

—¿Y llamasteis a emergencias?

—Sí.

El agente levantó la vista de la libreta.

—¿Enseguida?

—No.

—¿Cuánto tardasteis?

—Diecisiete minutos.

Daniel habló desde el escalón.

—Esperamos antes de llamar.

El policía miró primero a uno y luego al otro.

—¿Por qué?

—Habíamos bebido. Había drogas. Pensamos en la policía, en nuestros padres, en lo que nos iba a pasar. Mason dijo que esperáramos y nosotros... esperamos.

El agente volvió a escribir.

—¿Y eso tiene relación con lo de esta noche?

—Sí.

Caleb le contó entonces lo necesario: que Thomas, Mike y Noah Wolf eran hermanos de Ethan; que llevaban años apareciendo amenazas; que aquella noche habían ido primero a casa de Mason; que Mason conservaba una grabación de lo ocurrido y se la había enviado a Daniel.

Después habían ido a casa de Daniel y, finalmente, hasta allí.

Al mencionar a Mason, el policía levantó la cabeza.

—¿Mason qué?

Caleb dijo el apellido. El agente lo repitió por radio y esperó con la libreta baja. La respuesta tardó unos segundos. Caleb no entendió lo que dijeron al otro lado, pero el policía miró hacia Daniel antes de contestar.

—Sí. Ese mismo.

Guardó la radio.

Daniel se quedó inmóvil en el escalón. Hasta entonces había estado pendiente de la ambulancia; ahora miraba al suelo, con la mano buena cerrada sobre la rodilla.

—Joder, Mason... —murmuró.

Ya sabían que estaba muerto, pero oír su nombre por la radio hizo que Daniel se quedara inmóvil en el escalón.

El agente miró a los dos.

—¿Tenéis los móviles encima?

—Sí.