Érase otra vez 8 #3
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Al principio todo ocurrió deprisa. Piernas cruzando el encuadre. Una mano que recogía una botella. Daniel preguntando por el teléfono. Mason diciendo que esperara un momento. Caleb asomándose otra vez al borde. Voces que se pisaban y frases que nadie terminaba.

La cámara quedó torcida sobre la misma superficie mientras ellos entraban y salían del encuadre.

Daniel volvió a preguntar por el teléfono.

Mason pidió otro momento. Caleb regresó del borde después de llamar a Ethan y discutió con ellos; poco después, Daniel, que había dicho que no tocaran nada, apartó también unas botellas. Alguien preguntó qué iban a contar.

Entre una cosa y otra volvían hacia el borde, llamaban a Ethan, regresaban y discutían de nuevo. Hubo periodos enteros en los que ninguno hizo nada. El contador de la esquina siguió avanzando mientras los tres permanecían allí.

Cuando Mason cogió por fin el teléfono para llamar, habían pasado diecisiete minuto

—Él dijo que esperáramos —dijo Caleb.

Daniel tardó en responder.

—Y esperamos.

Daniel no añadió nada. Se quedó sentado frente al teléfono mientras Caleb se levantaba, cogía el suyo de la encimera y volvía a llamar a emergencias.

Dio primero su nombre y la dirección y, cuando la operadora localizó el aviso anterior, explicó que acababan de ver una grabación de 2008, de la noche en que murió Ethan Wolf.

Se veía la caída y también lo que habían hecho después.

La mujer le hizo varias preguntas y Caleb respondió únicamente con lo que sabía. Mason había conservado el archivo, se lo había enviado a Daniel antes de morir y ellos acababan de verlo completo. Cuando le preguntó si podían mantener la grabación sin modificar, Caleb respondió:

—Sí. Vamos a conservarla.

Confirmó también que los tres hombres continuaban dentro de la propiedad pero fuera de la casa y que ninguno había conseguido entrar.

La operadora le pidió que permanecieran donde estaban, que no abrieran ningún acceso y que volvieran a llamar si la situación cambiaba.

Caleb terminó la llamada y dejó el móvil sobre la encimera.

Durante aquellos minutos no se había oído ningún golpe.

En las cámaras, Thomas y Noah seguían a un lado de la casa mientras Mike se había alejado unos metros hacia el vehículo.

Caleb cogió entonces el teléfono de Daniel, hizo una copia del vídeo y empezó a enviársela al suyo.

La transferencia avanzó despacio. Ninguno habló mientras terminaba la copia.

Cuando terminó, Caleb buscó el número que Thomas le había dejado antes.

—¿Se lo vas a mandar? —preguntó Daniel.

Caleb abrió una conversación nueva y adjuntó el archivo.

—Ha venido por esto.

Daniel asintió.

Caleb comprobó el número una vez y pulsó enviar. Mientras la transferencia avanzaba volvió a las cámaras. Noah caminaba de un lado a otro junto a la casa. Thomas permanecía más quieto y consultaba su teléfono cada pocos segundos. Mike le dijo algo desde atrás; Thomas respondió sin volverse.

La transferencia terminó poco después. Thomas bajó la vista hacia la pantalla, permaneció inmóvil unos segundos y después hizo un gesto a Noah para que se acercara.

Mike no fue con ellos al principio. Thomas tuvo que llamarlo también y, tras dudar un momento, acabó reuniéndose con sus hermanos.

Los tres quedaron alrededor del teléfono, juntos por primera vez desde que habían entrado en la propiedad.

Caleb activó el audio de aquella cámara.

El viento rozaba el micrófono y, por detrás, llegaba de vez en cuando el ruido apagado de algún coche en la carretera.

Thomas subió el volumen del móvil hasta que la voz de Mason, dieciocho años más joven, consiguió llegar hasta la cocina distorsionada por los dos aparatos.

Daniel reconoció la escena enseguida y guardó silencio.

Caleb siguió pendiente de los hombres de fuera mientras Thomas dejaba correr el principio.

Al oír reír a Ethan, Noah se inclinó un poco hacia el teléfono y Mike se acercó también.

Después de unos minutos Thomas avanzó la grabación hasta encontrar la discusión.

Vieron el empujón, el primer golpe, la respuesta de Caleb y la caída.

Mike reaccionó casi de inmediato.

—Espera. Vuelve atrás.

Thomas seguía mirando la pantalla.

—¿Qué?

—La caída, Tom. Ponla otra vez.

Thomas retrocedió unos segundos. Los tres se inclinaron hacia la pantalla y esta vez nadie dijo nada mientras Ethan reculaba, apoyaba mal el pie y desaparecía. Se veía también a Caleb ir hacia él, demasiado tarde, con el brazo extendido.

—Fue un accidente —dijo Mike.

Thomas no contestó. Dejó que el vídeo siguiera y Noah continuó mirando por encima de su hombro. Cuando Ethan volvió a aparecer antes de la pelea, riéndose cerca de la cámara y hablando con los otros, Noah se quedó muy quieto. Parecía haber dejado de seguir lo que ocurría.

—Joder —murmuró.

Noah tardó un poco en hablar.

—No me acordaba de su voz.

Ninguno respondió a eso. Thomas avanzó hasta después de la caída. Oyeron a Daniel pedir que llamaran, a Caleb insistir y, después, la voz de Mason:

—Esperad.

Thomas fue recorriendo los minutos siguientes. Bastó con ver el contador y algunos fragmentos de los tres moviéndose por la obra para entender cuánto habían tardado.

Mike fue apartándose del teléfono antes de que terminara.

—Tom, ya.

Thomas detuvo el vídeo.

—¿Qué?

Mike señaló el móvil.

—Ya lo hemos visto.

—Sí.

—Caleb no lo empujó. Se ve.

Thomas bajó la vista hacia el teléfono.

—No lo empujó. Pero estaba vivo.

Mike no respondió.

—Se oye, Mike. Ellos también lo saben y, en vez de llamar, empiezan a recoger las botellas.

—Ya lo he visto.

Mike soltó el aire y miró un momento hacia la carretera.

—¿Qué quieres que te diga? ¿Que no importa? Claro que importa. Pero no es lo que pensábamos.

Thomas tardó unos segundos en responder.

—Pero estaba vivo.

Mike negó con la cabeza.

—Ya está, Tom.

—No, no está.

—Para mí sí.

Thomas volvió la cara hacia la casa.

—Lo dejaron allí abajo diecisiete minutos.

—Sí —dijo Mike—. Y eso sí lo sabían.

—Con eso les bastaba.

Desde la cocina, Caleb no apartó la vista de las pantallas. Daniel se había sentado otra vez y mantenía el brazo vendado pegado al cuerpo.

—Sí, Tom. Ya lo sé.

—Pues entonces no sé qué coño estás intentando explicarme.

—Nada. Ya no hay nada más que explicar.

Mike echó a andar hacia el vehículo. Thomas tardó un segundo en reaccionar.

—¿Adónde vas?

—Al coche.

—Mike.

Él se detuvo, pero siguió de espaldas.

—Yo hasta aquí he llegado.

—No hemos terminado.

Mike se volvió despacio.

—¿Qué falta?

Thomas señaló la casa.

—Caleb.

—¿Qué pasa con Caleb?

—Quiero hablar con él.

—Pues yo no. Hemos visto el vídeo. Caleb no empujó a Ethan, ellos esperaron antes de llamar y la policía viene para acá. Yo me voy.

—Caleb me lo va a decir a la cara.

—Eso ya es cosa tuya.

—Es cosa de Ethan.

—No. Ethan está muerto.

La frase dejó a Thomas inmóvil.

Mike bajó la voz antes de continuar.

—Yo también llevaba dieciocho años queriendo saberlo, Tom. Y ya está. Ya lo sé. No arregla una mierda, pero lo sé.

—Te basta muy poco.

—Por eso me voy.

Noah había seguido la discusión sin intervenir. Parte de él parecía continuar viendo la grabación incluso después de que Thomas guardara el teléfono.

Thomas se volvió hacia él.

—Vamos.

Noah no reaccionó.

—Noah.

Bajó la vista hacia la herramienta que aún llevaba en la mano. La sangre se había secado entre sus dedos. La sostuvo un poco más antes de dejarla en el suelo junto al camino.

Thomas frunció el ceño.

—¿Qué haces?

Noah se limpió la palma contra el pantalón.

—No sé.

Noah no se movió hacia la casa.

—Yo apenas me acordaba de él. No así.

Thomas no respondió.

—Tenía diez años, Tom. Yo... qué sé yo. Para mí Ethan era lo que vosotros contabais.

—Y ahora lo he visto —añadió Noah.

—¿Y? —preguntó Thomas después de una pausa.

—Y ya no quiero seguir haciendo esto.

Mike permaneció donde estaba. Thomas miró de uno a otro y ninguno hizo ademán de acercarse otra vez a la casa. Guardó el teléfono en el bolsillo de la chaqueta y se apartó de sus hermanos.

Después volvió a mirar hacia la vivienda.