8 #2
El generador de respaldo se puso en marcha en otra parte de la vivienda.
Primero llegó el sonido, bajo y constante. Después regresó parte de la iluminación y las pantallas comenzaron a encenderse una detrás de otra. Caleb esperó a que apareciera la primera imagen. Hubo unas interferencias y volvió el lateral de la casa.
La ventana seguía intacta. Noah ya no estaba allí. Thomas tampoco. Mike continuaba cerca del vehículo.
Caleb cambió de cámara hasta localizarlos. Daniel regresó a la mesa y se sentó con cuidado, buscando una postura que no tirara del brazo. Tosió una vez y acabó manteniéndolo pegado al cuerpo.
Luego cogió el teléfono que había dejado junto a la carpeta y buscó el archivo de Mason. Lo dejó preparado sobre la mesa.
—Si vas a verlo, yo lo haría ahora.
Caleb no apartó los ojos de las cámaras.
—Siguen ahí fuera.
—Ya lo sé. Pero ahora mismo no están golpeando nada y esto puede cambiar en cualquier momento.
Daniel empujó el teléfono unos centímetros hacia él.
—Mason te lo mandó por algo.
Caleb no contestó. El vídeo quedó preparado sobre la mesa entre los dos.
—Fue lo último que hizo.
Thomas y Noah seguían alejados de la casa; Mike permanecía más cerca del vehículo. En algún punto fuera de cuadro se cerró una puerta y, después, no ocurrió nada.
—No sé si quiero verlo —dijo Caleb.
Daniel se acomodó con cuidado para no tirar del brazo vendado.
—Ya.
Debajo del nombre del archivo seguían las dos palabras de Mason: MÍRALO ENTERO. Daniel esperó un poco antes de señalar las pantallas con la barbilla.
—Ahora están quietos.
Caleb comprobó otra vez las cámaras. La casa seguía funcionando y ninguno de los Wolf estaba haciendo nada que exigiera su atención inmediata.
Cogió el teléfono.
—¿Desde el principio?
Daniel asintió.
Caleb pulsó reproducir. La imagen apareció torcida y demasiado oscura, acompañada por el ruido de alguien manipulando la cámara. Una voz joven dijo algo que ninguno de los dos consiguió entender y, casi enseguida, alguien se echó a reír fuera de plano. Otra risa respondió.
La segunda risa era de Daniel. Caleb la reconoció antes de distinguirlo en la imagen, aunque apareció enseguida cruzando por detrás de Ethan con una bolsa de hielo apretada contra el pecho mientras protestaba porque alguien había dejado las cervezas demasiado lejos del coche.
Mason intentó seguirlo con la cámara y durante unos segundos solo grabó hombros, oscuridad y un pedazo del edificio a medio construir.
—Te juro que si se cae otra al suelo no vuelvo a bajar —decía Daniel.
Ethan se volvió hacia él.
—Has bajado una vez.
—Precisamente. Ya he cumplido.
Mason dijo algo desde detrás de la cámara y Daniel le enseñó el dedo corazón sin molestarse siquiera en mirarlo. Ethan se echó a reír y aprovechó para quitarle una cerveza de la bolsa antes de que pudiera dejarla en el suelo.
Entonces Caleb se vio a sí mismo. Estaba sentado sobre un bloque de hormigón, mucho más delgado, con una sudadera gris y una botella entre las manos. Miraba a los otros con esa sonrisa pequeña que utilizaba cuando algo le hacía gracia pero no pensaba darles la satisfacción de admitirlo.
Mason acercó demasiado la cámara a Ethan.
—Deja de grabar y trae otra cerveza.
—Estoy documentando nuestra juventud.
—Tu juventud es una mierda.
—Pues imagina la tuya.
—Habla el que vio Babe veinte veces —dijo Daniel desde fuera de cuadro.
Mason giró la cámara hacia él.
—Tenía ocho años.
—Teníamos doce.
—Eso no se puede demostrar.
Ethan se echó a reír y levantó una mano para tapar el objetivo. La imagen quedó negra un instante y reapareció torcida cuando Mason retrocedió riéndose.
Daniel dejó por fin la bolsa en el suelo y parte del hielo se desparramó alrededor.
El Caleb de dieciocho años señaló el charco que empezaba a formarse.
—Estás dejando agua por todas partes.
—Es hielo, Caleb.
—Ahora es agua.
Daniel se agachó a recoger una de las botellas.
—Gracias, Napoleón.
—¿El francés?
Mason se rió detrás de la cámara.
—No. El de Rebelión en la granja.
—No lo he leído.
—Se nota —dijo Ethan.
Ethan se agachó a por otra botella y, al incorporarse, empezó a hablar con Daniel de una chica cuyo nombre no le dijo nada a Caleb hasta unos segundos después, cuando consiguió colocarla: una compañera del instituto, quizá.
Ethan insistía en que le gustaba Daniel; Daniel, ya sentado junto a la bolsa, le recordó que llevaba dos meses diciendo lo mismo de cualquier mujer que le dirigiera la palabra.
—Porque tú no detectas señales —dijo Ethan.
—Y tú detectas señales que no existen.
—También —admitió Ethan.
Mason se rió detrás de la cámara. Ethan se encogió de hombros y cambió de tema como si perder aquella discusión no tuviera ninguna importancia.
Había olvidado eso de él: podía insistir hasta resultar insoportable y, de pronto, dejarlo estar porque ya había encontrado otra cosa con la que entretenerse.
Mason terminó apoyando la cámara sobre alguna superficie y la imagen quedó ligeramente inclinada.
Durante los minutos siguientes los cuatro fueron entrando y saliendo del encuadre sin hacer gran cosa.
Daniel rebuscó otra cerveza entre el hielo; Ethan encontró algo en el suelo y se lo lanzó a Mason; Caleb hablaba desde un extremo de la imagen, demasiado bajo a veces para que el micrófono recogiera bien sus palabras.
Se interrumpían, empezaban una conversación y acababan en otra y, en algún momento, los cuatro se echaron a reír por algo que Caleb ya no recordaba.
Daniel, sentado ahora frente al teléfono, tampoco dijo nada.
En la grabación, Ethan fue el primero en levantarse. Miró hacia la parte superior de la estructura y empezó a alejarse del grupo.
—¿Adónde vas? —preguntó Mason desde detrás de la cámara.
—Arriba.
Lo dijo como si no hubiera otra respuesta posible.
—Déjalo —dijo el Caleb de dieciocho años.
Ethan se volvió a medias.
—¿El qué?
—Sabes el qué.
Pero ya estaba caminando. Habían subido antes a una zona más elevada de la construcción y Caleb recordó entonces que aquella no había sido la primera discusión de la noche por lo mismo. Solo era la que Mason había grabado.
—No empieces otra vez —dijo Ethan.
—No estoy empezando nada. Te estoy diciendo que lo dejes.
Daniel intervino desde el suelo, diciendo que podían largarse ya, pero Ethan apenas le prestó atención.
—Cinco minutos.
—Llevas diciendo cinco minutos desde que llegamos —dijo Caleb.
—Pues dame otros cinco y deja de dar por culo.
El Caleb de dieciocho años se puso de pie. Mason todavía no había recogido la cámara y los dos quedaron casi en el centro de la imagen, Ethan de medio lado y Caleb frente a él.
—No merece la pena.
—Claro. Como todo lo que digo yo —se burló Ethan.
—No he dicho eso.
—No hace falta.
Caleb masculló algo que el micrófono no llegó a recoger bien. Ethan se volvió del todo hacia él.
—Es que siempre haces lo mismo. Vienes, estás bien un rato y luego empiezas con que si cuidado, que si eso no, que si vámonos ya...
—Porque vas borracho.
—Mira quién habla.
—Sí, Ethan. Yo también. Por eso precisamente.
Ethan sonrió todavía, más divertido que enfadado. Caleb intentó pasar a su lado, pero él volvió a ponerse delante.
—Venga, ¿ahora qué?
—Quítate.
—¿Qué te pasa?
—Nada. Déjame pasar.
Ethan ladeó la cabeza.
—Es que te acojona todo.
—No empieces.
—Si es verdad.
—Que te calles.
Daniel dejó la cerveza en el suelo y empezó a incorporarse.
—Eh, venga. Dejadlo ya.
Ethan ni siquiera lo miró. Dio otro paso hacia Caleb y siguió hablando, pero Mason acababa de acercarse a la cámara y su voz tapó parte de la frase.
La imagen se movió cuando la recogió y volvió a enfocar justo cuando Ethan puso una mano en el pecho de Caleb y lo empujó con fuerza suficiente para hacerlo retroceder.
Caleb recuperó el equilibrio.
—No me toques, joder.
Intentó rodearlo otra vez. Ethan le cerró el paso y esta vez fue él quien golpeó primero: un puñetazo corto y torpe que alcanzó a Caleb en un lado de la cara.
La cámara cayó hacia el suelo.
Cuando Mason consiguió levantarla, Caleb acababa de devolverle el golpe.
Ethan retrocedió un par de pasos. Daniel ya estaba llegando hasta ellos y Mason repetía sus nombres desde detrás de la cámara.
Caleb no avanzó. Ethan, en cambio, siguió encarado con él mientras reculaba, todavía diciendo algo que el micrófono no recogió bien.
El pie de Ethan encontró mal el borde.
Algo bajo él cedió.
Caleb avanzó en el mismo instante. En la pantalla se vio con claridad: su brazo saliendo hacia Ethan, la mano abierta, los dedos rozando apenas la manga antes de que se le escapara.
Ethan desapareció del encuadre.
La cámara dio un tirón. Daniel gritó su nombre y durante unos segundos solo hubo suelo, oscuridad y una pierna cruzando la imagen a toda velocidad. Caleb mantuvo una mano apoyada en la mesa.
No había empujado a Ethan.
Había intentado agarrarlo.
Mason llegó al borde con la cámara todavía encendida y, al inclinarse, terminó apuntando hacia abajo. La imagen temblaba tanto que al principio apenas se distinguía nada. Después Ethan apareció entre las sombras, varios metros más abajo.
Se movía.
El Daniel de dieciocho años llegó junto a Mason.
—Joder. Ethan.
Caleb apareció detrás.
—¿Está consciente?
—No sé.
Uno de ellos gritó su nombre. Desde abajo llegó un sonido breve, imposible saber si era una respuesta o solo dolor.
Daniel se volvió hacia Mason.
—Llama.
Mason no hizo nada.
—Llama —repitió Daniel.
Caleb miró también hacia él.
—Llama al puto 911.
La cara de Mason había quedado fuera del encuadre. Solo se oyó su voz.
—Esperad.
En la cocina, Daniel cambió ligeramente de postura. Caleb no apartó la vista.
En la grabación empezaron a hablar los tres a la vez. Mason decía que había botellas por todas partes; Daniel contestaba que daba igual. Caleb volvió al borde y llamó a Ethan mientras, detrás de él, alguien empezaba a recoger cosas del suelo.
La cámara acabó apoyada de lado sobre una superficie y siguió grabando.