8
Thomas permaneció frente a la cámara antes de acercarse al interfono. Tan cerca, la lente deformaba ligeramente su cara, y Caleb tuvo que bajar el volumen cuando el altavoz de la cocina se activó.
—Abre.
—No.
Thomas no se apartó.
—Caleb.
—Te oigo.
—Pues abre.
—No voy a abrir.
Thomas volvió la cabeza hacia el vehículo. Mike seguía junto a la puerta del acompañante y Noah se movía algo más atrás, apareciendo y desapareciendo del ángulo de la cámara. Cuando Thomas volvió al interfono parecía estar haciendo un esfuerzo por mantener la voz baja.
—No quiero hablar contigo así.
—Entonces vete.
—Joder, Caleb. Cinco minutos. Ni siquiera hace falta que salgáis.
Daniel estaba apoyado en el borde de la mesa detrás de él.
Se había vuelto a poner la chaqueta, aunque no había conseguido meter bien el brazo vendado en la manga, y al toser se giró un momento hacia el fregadero.
El móvil de Caleb seguía sobre la encimera con la llamada al 911 en altavoz.
La operadora, que podía oír a Caleb pero no necesariamente lo que llegaba por el interfono, preguntó si la situación había cambiado.
Caleb localizó a Noah otra vez en una de las pantallas.
—Siguen fuera. Uno de ellos está hablando por el interfono.
—De acuerdo. No abran ningún acceso y permanezcan dentro —respondió la mujer desde el teléfono.
Caleb dejó el móvil donde estaba.
—¿Qué quieres, Tom?
—Sabes lo que quiero —respondió Thomas mirando hacia la cámara.
—Dilo.
—Mason le mandó algo a Daniel.
Caleb esperó.
—El vídeo —continuó Thomas—. La grabación, o como quieras llamarlo.
—Sí.
—Quiero verla.
Daniel se acercó un poco para oír mejor el interfono, pero no intervino.
—Yo también —dijo Caleb.
Thomas tardó un instante.
—¿Cómo que tú también?
—No la he visto entera.
Esta vez el silencio de Thomas duró algo más.
—¿Me estás diciendo en serio que no sabes lo que hay?
—He visto una parte.
—¿Qué parte?
El teléfono de Daniel seguía sobre la mesa, junto a la carpeta de las amenazas.
—Hasta la pelea. Lo estaba viendo en su casa y paró ahí.
—¿Y eso es todo?
—Eso es lo que hemos visto.
—Joder, Caleb. Después de dieciocho años aparece una grabación de aquella noche y ninguno de los dos llega hasta el final.
Caleb volvió la vista hacia la pantalla.
—Daniel tenía a tres hombres desmontándole la casa mientras la veía. Igual no era el mejor momento.
Thomas bajó un poco la cabeza.
—Vale. Pero ahora estáis ahí dentro, tenéis el vídeo y yo sigo sin saber qué pasó con mi hermano.
Daniel levantó ligeramente la cabeza al oírlo, pero no intervino.
—Has venido por el vídeo —dijo Caleb—. Ya te he dicho que voy a verlo.
—Sí, pero no me has dicho qué pasa después. Lo ves tú, decides qué significa y luego, si te parece, vienes y me lo cuentas.
—No he dicho eso.
—Pues explícame qué estás diciendo, porque llevo toda la noche intentando que alguien me enseñe esa grabación.
—Estoy diciendo que primero quiero saber qué contiene. Nada más —respondió Caleb.
Thomas se acercó un poco más a la cámara.
—Mason la guardó dieciocho años. Se la manda a Daniel justo antes de morir y ahora está dentro de tu casa. Entenderás que no me voy a subir al coche y esperar tranquilamente a que decidáis qué hacer con ella.
—No te he pedido que esperes tranquilamente.
—No, me estás pidiendo que me vaya.
Mike dijo algo desde junto al vehículo, demasiado lejos para que el micrófono lo recogiera bien. Thomas volvió la cabeza.
—Tom, venga.
—Ya voy.
Siguió frente al interfono unos segundos más y, cuando volvió a mirar hacia la cámara, había bajado la voz.
—Mira el vídeo. Cuando termines, me lo mandas. Te doy un número.
Caleb cogió el teléfono.
—Dime.
Thomas se lo dictó y Caleb lo guardó sin añadir nada.
—¿Eso significa que vas a enviármelo?
—Significa que puedes dejar el número.
—Tú estabas allí, Caleb. Yo no estaba. Llevo dieciocho años teniendo que imaginarme lo que pasó.
Caleb no respondió.
—Mi hermano sí estaba —añadió Thomas.
Caleb apoyó la mano en la encimera. A unos pasos, sobre la mesa, seguía el teléfono con el vídeo.
—Ya lo sé.
Mike volvió a llamarlo desde atrás. Thomas se apartó del interfono y fue hasta él. Hablaron junto al vehículo; Noah terminó acercándose también, aunque se quedó algo separado. Mike señaló hacia la carretera mientras decía algo. Thomas respondió. Noah no intervino.
Daniel siguió la discusión desde la pantalla.
—Mike quiere irse.
—Eso parece.
—¿Y los otros?
Caleb buscó el lateral del acceso en las pantallas.
—No.
Noah apareció detrás de uno de los pilares y volvió a desaparecer. Poco después llegó un golpe metálico desde el portón, no especialmente fuerte pero suficiente para transmitirse por el cerramiento.
Daniel se apartó de la mesa.
—¿Qué están haciendo?
—Intentando pasar.
El segundo golpe hizo vibrar el portón dentro del marco. La cámara tembló un instante y recuperó la imagen. Noah volvió a entrar en cuadro con algo en las manos que Caleb no alcanzó a distinguir y no necesitaba distinguir. Thomas se había acercado unos metros. Mike seguía junto al vehículo.
—¿Va a aguantar? —preguntó Daniel.
Caleb observó el cierre y después el punto en el que el portón se unía al poste.
—De momento.
El siguiente intento sonó peor. Esta vez hubo un movimiento visible en la imagen y, después, varios segundos sin nada. Noah desapareció del ángulo. Thomas fue hacia él mientras Mike decía algo desde atrás que ninguno de los dos pareció escuchar.
La operadora volvió a preguntar qué estaba ocurriendo. Caleb cogió el teléfono.
—Están intentando entrar en la propiedad. Seguimos dentro, los dos.
Respondió un par de preguntas más sin apartar la vista de las pantallas.
Al cambiar de cámara encontró primero el vehículo y después el acceso desde otro ángulo.
El portón seguía en pie, pero ya no estaba encajado como antes: uno de los lados había quedado desplazado y dejaba una abertura suficiente para pasar a pie.
Caleb dejó el teléfono otra vez sobre la encimera y cambió a la cámara siguiente.
Noah ya estaba al otro lado.
Thomas pasó detrás de él. Mike tardó unos segundos más y, cuando finalmente cruzó, se quedó cerca del acceso en lugar de seguirlos hacia la casa.
—Han entrado en la propiedad —dijo Daniel.
Caleb ya lo había visto.
Noah avanzaba hacia la casa por un lateral y Thomas lo seguía a cierta distancia; Mike había cruzado el portón después de ellos, pero se había quedado atrás, cerca del acceso, y no hizo ademán de acompañarlos cuando Noah siguió hacia la entrada.
Caleb comprobó el indicador de la puerta principal y después fue hasta ella para asegurarse con la mano. Seguía cerrada. Daniel se había apartado de la cocina y avanzaba hacia el salón, intentando encontrar un ángulo desde el que mirar fuera sin acercarse demasiado a las ventanas.
—Daniel.
Él se detuvo.
—No voy a abrir nada. Solo quiero ver dónde están.
—Pues no te acerques más.
El primer golpe contra la puerta sonó mucho peor desde dentro que a través de las cámaras.
Daniel se volvió de inmediato. Caleb notó la vibración bajo los pies y miró antes el marco que la hoja, buscando cualquier movimiento.
No lo hubo. Afuera se oyó la voz de Thomas, luego la de Noah, y un segundo golpe recorrió la entrada mientras Daniel seguía mirando desde el salón.
La puerta aguantó.
Caleb volvió a las pantallas. Noah había retrocedido unos pasos y Thomas se acercó a hablar con él.
Mike apareció al fondo del encuadre poco después.
Durante unos segundos estuvieron los tres juntos, aunque la distancia entre ellos decía bastante más que la imagen: Mike señaló hacia el vehículo, Thomas negó y Noah terminó apartándose de ambos.
—Mike no quiere seguir —dijo Daniel acercándose a las pantallas.
—Sigue aquí.
—Sí, pero no está haciendo lo mismo que ellos.
Caleb no contestó. Noah ya se había movido otra vez y desapareció alrededor de la casa. Cambió de cámara antes de que Daniel tuviera que preguntarle adónde iba. El lateral quedó vacío durante unos segundos y después Noah apareció acercándose a una de las ventanas.
Caleb dejó esa imagen en grande.
El primer golpe contra el cristal hizo que Daniel retrocediera aunque estaban en otra habitación. El sonido atravesó la casa, seco y demasiado cercano. Caleb observó el marco y luego la superficie. El segundo impacto hizo vibrar el vidrio, pero no llegó a abrirlo.
Noah volvió a intentarlo mientras Daniel se cubría la boca con la mano sana para toser y miraba hacia el pasillo.
—¿Cuánto pueden seguir así?
—No lo sé.
Noah se apartó finalmente de la ventana. Thomas llegó hasta él poco después y los dos hablaron unos segundos fuera del alcance del micrófono; Mike seguía más lejos, cerca del vehículo. Caleb mantuvo la imagen seleccionada mientras esperaba a ver qué hacían.
Durante un rato no hicieron nada. En la cocina solo se oían la respiración áspera de Daniel, el zumbido de los aparatos y, desde el teléfono sobre la encimera, la voz baja de la operadora.
Las pantallas se apagaron a la vez que el resto de la cocina y el zumbido de los aparatos se cortó de golpe.
Solo quedaron una pequeña luz junto al panel de la entrada y otra bajo uno de los muebles.
Daniel no dijo nada. Caleb tampoco. Sin las cámaras no podía ver qué ocurría fuera ni escuchar nada que viniera de ellas. Solo distinguía la silueta de Daniel junto a la mesa y el rectángulo pálido de su venda.
Desde algún punto del exterior llegó una voz que no consiguió identificar y después un único golpe contra el lateral de la casa. El silencio que quedó detrás hizo que Caleb mirara hacia el pasillo.
Daniel habló más bajo que antes.
—Dime que esto estaba previsto.
—Quedarnos sin corriente, sí.
Caleb cogió el teléfono. La operadora estaba preguntando si seguía allí.
—Sí. Se ha ido la luz, pero seguimos dentro y tenemos comunicación.
Confirmó que ninguno había salido y que algunos sistemas seguían activos. La mujer le dijo que las unidades continuaban de camino, volvió a insistir en que no abrieran ningún acceso y le pidió que llamara otra vez si alguien conseguía entrar.
—De acuerdo.
Terminó la llamada y dejó el teléfono sobre la encimera. La casa seguía casi completamente a oscuras.