7
Caleb vio el coche de Daniel antes de oírlo.
La imagen apareció en una de las pantallas de la cocina cuando el vehículo terminó de subir por el camino y redujo frente a la casa.
Se acercó esperando que Daniel aparcara como siempre, pero al ver que tardaba demasiado en abrir la puerta salió a recibirlo.
Daniel bajó apoyándose un momento en el coche. Llevaba la manga izquierda oscura casi hasta el codo y olía a humo incluso desde un par de pasos de distancia; tenía los ojos enrojecidos y, cuando intentó decir algo, acabó doblándose ligeramente para toser.
—Dentro —dijo Caleb, acercándose a él.
—Estoy bien.
—Ya. Dentro.
Daniel no discutió. Caleb lo hizo pasar, cerró detrás de los dos y le señaló una silla junto a la mesa de la cocina mientras sacaba el botiquín de un armario bajo.
La sangre había atravesado la tela del antebrazo.
Daniel dejó el teléfono sobre la mesa y empezó a quitarse la chaqueta con una sola mano.
—Despacio —le dijo Caleb mientras le sujetaba la manga cerca del hombro para ayudarlo—. Si se queda pegada a la herida va a ser peor.
—Gracias por la perspectiva.
Debajo apareció un corte largo que había empapado buena parte de la manga. Caleb preparó unas gasas y empezó a limpiar alrededor mientras Daniel bebía.
—Si te mareas, me lo dices.
—No me mareo.
—Ya, pero si...
—Caleb.
—Vale.
Daniel tosió otra vez mientras Caleb limpiaba la sangre seca alrededor del corte. La casa estaba caliente y el olor que traía pegado a la ropa destacaba demasiado allí dentro: humo, polvo y algo parecido a madera recién cortada. La primera gasa se ensució enseguida y tuvo que coger otra.
—¿Qué han hecho? —preguntó Caleb mientras seguía con la venda.
—Entraron por el lateral. O lo intentaron. Noah estaba... —Daniel bebió antes de continuar—. Era él quien hacía casi todo. Thomas estaba con él. Mike no.
—¿Mike no estaba allí? —preguntó Caleb.
—Estaba, pero no ayudando.
Caleb terminó de vendarlo.
—¿Y el humo?
—Después. No sé exactamente qué hicieron. Empezaron por el garaje, abrieron parte de la pared y al poco había humo dentro. Saltaron los detectores y salí por detrás.
—¿Ahí te cortaste?
—Sí. Con un cristal.
—¿Cuánto tiempo estuviste respirando humo? —preguntó Caleb mientras terminaba de ajustar la venda.
—No sé. Poco.
—Eso no me dice mucho.
—Pues lo bastante para estar tosiendo y no tanto como para caerme al suelo.
Caleb no insistió. Le dejó el brazo apoyado sobre la mesa y fue hasta el fregadero a llenar otro vaso. Daniel todavía tenía polvo en el pelo y una mancha oscura junto al cuello.
—La policía sabe que estoy aquí —dijo cuando Caleb dejó el agua delante de él—. Les di tu dirección.
—Bien.
—¿Bien?
Caleb metió las gasas usadas en una bolsa.
—Preferiría que estuvieran ya aquí, claro. Pero sí. Mejor que sepan dónde estás.
Guardó el botiquín. Estaba cerrando el armario cuando Daniel habló a su espalda.
—Mason está muerto.
La mano se le quedó en el tirador.
—¿Qué?
—Mike me lo dijo.
Caleb terminó de cerrar el armario y volvió hacia la mesa.
—¿Seguro?
—Sí.
Se sentó enfrente de Daniel.
—Espera. ¿Mike estaba allí cuando hirieron a Mason?
—Sí. Noah y Thomas también.
—¿Y qué pasó?
Daniel bajó los ojos hacia el vaso.
—No lo sé entero. Hubo una pelea. Noah dijo que fue un accidente y Mike llamó a emergencias antes de que se fueran. Mason seguía vivo entonces.
—Entonces Mike tampoco lo vio morir —dijo Caleb después de una pausa.
—No.
—Joder.
Caleb cogió el teléfono de la encimera. Tenía varias notificaciones sin abrir y, al entrar en el grupo de los hermanos, encontró el último mensaje de Mason mezclado con los anteriores. Lo dejó boca abajo.
—¿Cuándo fue?
—No lo sé.
Daniel terminó el agua y se levantó. Caleb estuvo a punto de mandarlo de nuevo a la silla, pero lo dejó. Su hermano cruzó despacio la cocina y, al llegar a la entrada, se fijó primero en el cierre. Después en la pequeña pantalla de la pared y en la cámara exterior.
—¿Eso estaba la última vez que vine?
—Creo que sí —respondió Caleb mientras terminaba de recoger la mesa.
—No me suena —dijo Daniel, todavía pendiente de la pantalla.
—Tampoco vienes tanto.
—¿Desde cuándo tienes todo esto?
Caleb dejó la bolsa con las gasas usadas junto al fregadero.
—Desde hace años.
Daniel se volvió hacia él.
—¿Cuántos?
—Dieciséis.
Daniel tardó en reaccionar. Volvió a la mesa y se sentó con más cuidado que antes, manteniendo el brazo vendado cerca del cuerpo.
—¿Dieciséis de verdad?
—Desde 2010, más o menos.
—No me digas «más o menos».
—La primera que guardé es de entonces —dijo Caleb.
—¿La primera qué?
Daniel levantó la mano sana antes de que pudiera responder.
—No, espera. Da igual. Lo que no entiendo es cómo has estado dieciséis años con esto y no dijiste nada.
—No era algo constante. Podían pasar meses sin que ocurriera nada y luego aparecía una carta, una llamada... alguna camioneta demasiado tiempo fuera. Una vez dejaron algo en el buzón y ni siquiera sabía si tenía que ver con ellos. Ese era el problema: no sabía qué era suyo y qué no.
—Pero lo guardabas.
—Sí.
—Y a nosotros no nos contaste nada.
—¿Qué querías que os dijera? Había veces que ni siquiera sabía si eran ellos. Mason habría querido ir a buscar a alguien y tú tenías a Emma y...
—No metas a Emma.
—No la metas porque eso es lo que haces —continuó Daniel—. Decides algo y luego encuentras una razón para decir que era por nosotros.
—No fue así.
—Vale.
Caleb apartó la vista y recogió la taza que seguía en la encimera.
—Podían pasar meses sin nada y yo pensaba que se había terminado. Luego llegaba otra carta o una llamada y volvía a empezar.
—Pues nos lo cuentas.
—Mason habría querido hacer algo.
—Eso lo habría decidido Mason.
Daniel apoyó el antebrazo sobre la mesa y lo retiró enseguida.
—Mason está muerto.
—No hagas eso —dijo Caleb.
—¿El qué? Llevas dieciséis años decidiendo que no necesitábamos saberlo y ahora Mason está muerto.
—No sabes que una cosa tenga que ver con la otra.
—Exacto.
Caleb apartó la silla con el pie y fue hasta el fregadero. Abrió el grifo y se lavó las manos, aunque apenas quedaban restos de sangre entre los dedos.
—No puedes ponerme eso encima.
—No te estoy diciendo que sea culpa tuya. Te estoy diciendo que no lo sabes. Yo tampoco.
Caleb cerró el grifo.
—¿Y qué habría cambiado? Os lo cuento una vez, os preocupáis durante meses y luego ¿qué?
Daniel se echó hacia atrás en la silla.
—No lo sé. Pero habría sido cosa nuestra también.
Caleb no respondió.
Daniel lo observó un momento antes de continuar.
—Siempre odiabas que Ethan decidiera por todos —dijo Daniel.
—No hagas eso.
—¿El qué?
—Compararme con Ethan.
—No te he comparado con él. He dicho que odiabas que decidiera por todos.
—Es lo mismo.
—No, no lo es. Lo que digo es que llevas dieciséis años decidiendo qué teníamos que saber y qué no.
—Intentaba que siguierais con vuestra vida.
—Sí. Y eso también lo decidiste tú.
—Daniel...
—No, espera. —Tuvo que interrumpirse para toser y recuperar el aire—.
Entiendo que tuvieras miedo. Después de Ethan, después de todo aquello...
claro que lo entiendo. Lo que no entiendo es tener que enterarme hoy.
Así. Mason muerto, mi casa llena de humo y tú diciéndome que esto lleva pasando dieciséis años.
—Pensé que podía ocuparme yo —dijo Caleb.
—Joder, Caleb.
Caleb no respondió. Cruzó el salón, abrió un mueble bajo y volvió con una carpeta gruesa que dejó sobre la mesa, apartando un poco el vaso.
—Mira.
Daniel la abrió con la mano derecha. Dentro había sobres, impresiones de correos, fotografías, notas con fechas y algunas matrículas apuntadas a mano. Pasó un par de páginas.
—¿Todo esto es de ellos?
—No.
—¿Cómo que no?
—Que algunas cosas sí. Otras no tengo ni idea.
Daniel siguió pasando las hojas.
—Entonces ¿qué estoy mirando?
Caleb se acercó y señaló una de las fotografías.
—Esa camioneta sí era de Wolf Brothers. La vi varias veces. Las llamadas y algunos daños... no puedo demostrar que fueran ellos.
Daniel siguió pasando hojas hasta detenerse en una fotografía tomada desde lejos de la entrada de la propiedad y otra de una obra antigua. En el borde de esta última aparecía un muchacho demasiado lejos para verle bien la cara.
—¿Este es Noah?
Caleb se inclinó sobre la fotografía.
—Puede ser.
—Otra vez «puede ser».
—Tenía diez años cuando murió Ethan. Con esa foto no puedo asegurártelo.
Daniel dejó la fotografía sobre la mesa y continuó revisando la carpeta. Algunas cosas tenían sentido; otras, fuera de contexto, podían no significar absolutamente nada: un coche aparcado, una llamada sin nombre, una puerta dañada, una nota doblada.
—¿Y la casa?
Caleb no respondió.
—¿Todo lo que has ido haciendo aquí viene de esto?
—Fui haciendo cosas cuando podía.
—Durante dieciséis años.
—No todo tiene que ver con ellos.
—Ya.
Caleb arrastró una silla y se sentó por fin. Daniel cerró la carpeta despacio.
—Lo que no entiendo es que nunca pensaras que quizá queríamos decidir nosotros si vivir sabiendo esto o no.
—Sí se me ocurrió —dijo Caleb.
—¿Y?
—Y no os lo dije.
—Mason tenía el vídeo —dijo Daniel.
—¿Qué vídeo? —preguntó Caleb.
Daniel cogió el teléfono y buscó el archivo con el pulgar. Manejándolo con una sola mano, se equivocó un par de veces antes de encontrarlo.
—El de aquella noche. Entero, creo.
Caleb dejó de mirar la carpeta.
—No.
—Sí.
—Mason dijo que lo había borrado.
—Pues mintió.
Daniel giró el teléfono y lo dejó sobre la mesa, entre los dos. Caleb reconoció el nombre del archivo y, encima, el mensaje de Mason.
MÍRALO ENTERO.
No tocó el teléfono.
—Me lo mandó antes de... antes de que pasara lo de su casa.
—¿Lo has visto? —preguntó Caleb.
—No entero.
—¿Hasta dónde?
—Vi el principio. Luego avancé más en casa y encontré la pelea.
—¿Qué se ve?
Daniel tardó en responder.
—A Ethan acercándose a ti. Estáis discutiendo. Tú intentas apartarlo y él te pega primero.
Caleb no dijo nada.
—La cámara se mueve un poco —continuó Daniel—, pero se ve lo suficiente. Recuperas el equilibrio y le devuelves el golpe.
—¿Y después?
—Paré ahí.
Caleb se acercó a la pantalla de la entrada. El camino y el portón seguían vacíos.
—Entonces no sabes qué pasa después.
—No llegué más lejos —dijo Daniel desde la cocina.
Caleb volvió la cabeza.
—¿Por qué?
—Porque en ese momento estaban desmontándome la casa.
—Claro.
Antes de volver a la cocina comprobó el cierre de la puerta.
—No hace falta que hagas eso cada treinta segundos —dijo Daniel.
—No lo hago cada treinta segundos.
—Vale.
Cuando volvió a la cocina, Daniel tenía el teléfono en la mano, aunque no estaba reproduciendo el vídeo.
—¿Tú recuerdas lo que pasó? —preguntó Daniel.
—Partes.
—Ya.
—No pongas ese «ya» ahora.
—No he puesto nada —dijo Daniel.
—¿Qué recuerdas? —preguntó Daniel.
—Que discutimos. Que me pegó. Yo le pegué. Luego cayó —dijo Caleb.
—Eso ya lo sabemos.
—Pues eso es lo que recuerdo.
—Caleb.
—¿Qué?
—¿Lo empujaste?
Caleb se quedó de pie frente a la mesa.
—No lo sé.
Daniel esperó.
—Siempre te he dicho que no —continuó Caleb—.
Y sigo creyendo que no. Pero hay un momento que tengo...
mezclado. Recuerdo que se echa hacia atrás y que yo voy hacia él.
A veces pienso que llegué a tocarlo. Otras no.
Llevo tanto tiempo dándole vueltas que ya no sé qué parte recuerdo de verdad y qué parte he reconstruido después.
—Pues ahí puede estar.
El teléfono quedó entre los dos. Ninguno lo tocó.
—Mason lo guardó todo este tiempo.
—Sí.
—Y decidió mandártelo hoy.
—Sí.
Caleb cogió por fin el teléfono, leyó otra vez MÍRALO ENTERO y lo dejó delante de Daniel sin abrir el archivo. Después fue hasta una de las pantallas y comprobó primero el camino, luego el portón y la parte trasera de la casa.
—¿Qué haces? —preguntó Daniel.
—Mirar.
—Ya veo.
Caleb cogió su propio móvil y empezó a marcar.
—¿A quién llamas?
—A la policía.
La llamada entró enseguida. Caleb dio su nombre y la dirección mientras Daniel seguía sentado a la mesa, con el brazo vendado junto a la carpeta y su teléfono entre los dos.
—Mi hermano ha llamado hace unos minutos —explicó—. Daniel. Venía hacia aquí desde su casa.
La operadora localizó el aviso y le preguntó si Daniel estaba con él y si necesitaba atención médica.
—Está aquí. Tiene un corte en el brazo y ha respirado humo, pero está consciente y puede hablar. —Caleb miró a Daniel; él hizo un gesto para que continuara—. Los hombres que estaban en su casa pueden venir hacia aquí.
Caleb dio los nombres: Thomas, Mike y Noah Wolf. Cuando le preguntaron si estaban armados, respondió que no lo sabía.
—¿Ha tenido problemas anteriores con ellos?
Caleb miró la carpeta abierta sobre la mesa.
—Sí. Algunos los denuncié. Otros no podía demostrar que fueran ellos.
—¿Y esta noche?
Caleb miró el teléfono de Daniel.
—Esto está relacionado con la muerte de Ethan Wolf en 2008. Nosotros mentimos entonces.
Caleb miró el teléfono de Daniel. La pantalla estaba apagada.
—¿Durante la investigación?
—Sí.
—¿Sobre qué?
—Eso prefiero explicarlo en persona. Pero los hombres que pueden venir hacia aquí son sus hermanos, y esta noche ya han estado en casa de mis dos hermanos.
—Bien. No salgan de la vivienda y no intenten hablar con ellos si aparecen. ¿La entrada está cerrada?
—Sí.
—¿Hay alguna otra persona con ustedes?
—Solo mi hermano y yo.
Daniel se levantó para coger agua mientras la operadora seguía hablando. Caleb contestó un par de preguntas más sobre el acceso a la propiedad y estaba escuchando las indicaciones cuando una de las pantallas de la cocina cambió.
—Un momento.
—¿Qué ocurre?
La cámara del acceso mostraba la carretera. Dos faros entraron en cuadro y redujeron frente al portón.
—Creo que acaban de llegar —dijo Caleb acercándose a la pantalla.
Daniel dejó el vaso sobre la mesa.
—¿Puede ver el vehículo? —preguntó la operadora.
—Sí. Espere.
Caleb cambió a la cámara más cercana a la entrada. El vehículo se detuvo frente al portón y reconoció la rotulación del lateral antes incluso de que se apagaran los faros.
WOLF brOTHERS DEMOLITION incluso en la imagen nocturna Caleb distinguió la marca en la cara y la ropa desordenada. Mike salió por el otro lado, más despacio, y Thomas fue el último.
—Los tengo en la entrada —dijo Caleb a la operadora mientras dejaba el teléfono sobre la encimera con la llamada abierta.
Thomas empezó a caminar hacia el portón. No miró a Noah ni a Mike ni perdió tiempo observando la propiedad. Fue directamente al interfono.
Caleb se acercó un poco más a la pantalla.
Thomas levantó la cara hacia la cámara hasta llenarla.