Érase otra vez 6
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Siguió mirando a Mike a través del cristal. Thomas decía algo a su lado y Noah había empezado a acercarse desde el coche, pero apenas los oyó.

—No. Espera. ¿Mason ha muerto?

—Sí.

—Pero has dicho que cuando os fuisteis estaba vivo —replicó Daniel casi de inmediato.

—Lo estaba.

—Entonces... joder. ¿Cuándo? ¿Cuándo ha muerto?

—Daniel, el archivo —dijo Thomas.

Daniel giró hacia él.

—¿Qué archivo ni qué hostias? Estoy hablando de mi hermano.

—Tom, déjalo —intervino Mike, adelantándose un poco.

—No, espera. Me dijiste que te llamaron. ¿Fue para decirte eso? ¿Que Mason había muerto?

Mike asintió. Daniel sacó el teléfono casi sin darse cuenta. El nombre de Mason seguía entre las últimas llamadas. Dejó el pulgar encima unos segundos, pero no llegó a marcar y terminó bloqueando la pantalla.

—¿Qué pasó después de que os fuerais?

—Ya te dije que hubo una pelea —dijo Mike.

—Me dijiste que hubo una pelea. Esto no me lo dijiste.

—Fue un accidente —soltó Noah desde fuera.

—¿Qué fue un accidente? —Daniel dirigió la atención hacia él.

—Noah —dijo Thomas.

—No. Que hable. —Daniel se acercó un poco más al cristal—. ¿Qué pasó con Mason?

—Nos peleamos. Se fue todo de las manos muy rápido y... —Noah buscó un instante a Mike antes de volver hacia la casa.

—¿Y?

Noah bajó la vista hacia la sangre seca de sus manos.

—No tenía que acabar así.

—Eso ya lo sé. Te estoy preguntando qué hiciste.

—Daniel... —intentó Mike.

—No. Quiero oírselo a él.

—Fue un accidente.

—¿Y ya está? —Daniel señaló entonces la sangre seca de sus manos—. ¿Os fuisteis y lo dejasteis allí?

—No —dijo Mike enseguida—. Yo llamé a emergencias. Ya venían cuando nos marchamos.

—¿Y Mason cómo estaba?

Mike vaciló.

—Estaba vivo.

—Eso ya me lo has dicho. Te pregunto cómo estaba.

—Daniel, no lo sé. Estaba herido. Había hablado con emergencias, les había dado la dirección...

—¿Podía hablar?

—Sí.

—¿Y tú qué hiciste? —preguntó Daniel a Noah.

Thomas volvió hacia la puerta antes de que Noah respondiera.

—Esto no cambia por qué hemos venido.

—Mi hermano acaba de morir y tú sigues con el puto archivo —respondió Daniel.

—Mason guardó una grabación durante dieciocho años. Te la mandó antes de morir. Claro que sigo con el archivo.

—Pues vas a seguir sin verlo.

—Ni siquiera sabes qué contiene.

—¿Y tú sí?

—No. —Thomas señaló el teléfono que Daniel aún llevaba en la mano—. Por eso míralo.

La pantalla seguía apagada en su mano. Solo había visto el principio: los cuatro, Ethan riéndose, Mason detrás de la cámara, una noche que durante unos minutos parecía cualquier otra.

—No lo he visto entero.

—Entonces míralo antes de seguir diciendo que Caleb no hizo nada.

—Yo no he dicho que no hiciera nada —replicó Daniel—. He dicho que no lo vi empujar a Ethan.

—¿Y cómo puedes estar tan seguro después de dieciocho años? —preguntó Thomas.

—Porque estaba allí.

—Sí. También estabas allí cuando dijisteis que no.

—Vi la pelea. Vi a Ethan caer. No vi a Caleb empujarlo —dijo Daniel.

—Eso no significa que no pasara.

—Tampoco significa que pasara porque tú lleves dieciocho años pensando que sí.

Noah soltó un sonido por lo bajo y quiso acercarse, pero Mike le cruzó un brazo por delante.

—Ya está, Tom. Vámonos. —Mike seguía pendiente de Noah—. Han mentido, existe el vídeo... pues que lo vea la policía. Un abogado. Me da igual. Pero nosotros nos vamos.

—No.

Noah apartó el brazo de Mike.

—Tiene el vídeo.

—Ya lo sé —dijo Mike.

—Pues que lo enseñe.

Daniel guardó el teléfono.

—No voy a abrir la puerta ni a daros nada. Si queréis saber qué hay en ese archivo, hablad con la policía, buscad un abogado, haced lo que tengáis que hacer. Pero aquí ya habéis terminado.

Thomas terminó apartándose de la entrada.

—Tom, vámonos —dijo Mike mientras iba detrás de él.

Daniel no oyó qué respondió. Noah continuó frente a la casa, con la vista fija en la puerta, hasta que Thomas lo llamó desde algún punto fuera de su campo de visión.

—Noah.

Él tardó un momento, pero terminó alejándose también.

Daniel permaneció dentro, escuchando. Solo quedó el ruido de la calefacción y llegó a pensar que de verdad se marchaban.

Un sonido mecánico empezó en el lateral de la casa.

Cogió las llaves del mueble y marcó el 911 mientras se alejaba del pasillo del garaje.

En cuanto respondieron dio su dirección y explicó que los hombres sobre los que ya había llamado estaban ahora intentando entrar en la vivienda. Le confirmaron que enviaban unidades.

El ruido volvió antes de que terminara la llamada.

El sonido aumentó antes de que llegara al final del pasillo.

No era continuo: arrancaba, se detenía unos segundos y volvía con una vibración que se transmitía por la pared y hacía temblar ligeramente el marco de una fotografía junto a la cocina.

Se quedó a varios metros de la puerta del garaje.

La había cerrado hacía poco, después de encontrarla entornada, y llegó a pensar en acercarse, pero un golpe sordo al otro lado hizo caer algo dentro y le quitó la idea.

Retrocedió hasta el recibidor con el teléfono en una mano y las llaves en la otra. Desde allí no veía a ninguno de los Wolf y tampoco sabía si seguían delante de la casa o se habían desplazado todos hacia el lateral. Acercarse a una ventana para averiguarlo le pareció una estupidez.

El ruido volvió a arrancar y duró más. La vibración recorrió el tabique junto al garaje; algo crujió dentro y una línea fina de polvo cayó junto al rodapié. Daniel se apartó cuando llegó otro sonido, más seco, seguido de un golpe que hizo moverse la puerta en el marco.

—¡Parad! —gritó desde el recibidor—. ¡La policía ya viene!

No hubo respuesta. Durante unos segundos regresó el ruido de la calefacción, pero enseguida aquello empezó otra vez.

Guardó las llaves en el bolsillo y se alejó hacia la cocina sin perder de vista el pasillo.

Otro golpe hizo vibrar la pared y abrió una grieta en el acabado.

Cayó polvo, después un trozo irregular del revestimiento, dejando al descubierto madera nueva y pálida, astillada en los bordes.

El olor de la madera recién expuesta se mezcló con el de la cena y la calefacción.

No se acercó; volvió hacia el salón. La carpeta del trabajo seguía sobre la mesa, una de las sillas había quedado ligeramente fuera de sitio y la chaqueta de Emma continuaba colgada en el respaldo de otra.

Todo seguía pareciendo su casa mientras, al otro extremo de la planta baja, la vibración recorría las paredes y el polvo empezaba a extenderse por el pasillo.

Oyó una voz fuera, probablemente Noah, y otra contestando algo que no llegó a entender. Después distinguió a Thomas diciendo su nombre con suficiente claridad para saber que no hablaban con él.

El ruido se desplazó unos metros.

La cocina quedaba a un lado y el pasillo trasero al otro. No sabía dónde estaban los tres ni si alguna de las salidas seguía libre; con la policía ya de camino, lo único claro era alejarse del punto que estaban golpeando. Subió.

Otro golpe hizo caer yeso detrás de él mientras empezaba a subir.

Al volver apenas la cabeza vio una parte del revestimiento separándose de la pared, polvo suspendido bajo la luz y más estructura expuesta donde antes solo había una superficie lisa.

Continuó hasta la planta superior y se apartó del hueco de la escalera.

Allí el ruido llegaba amortiguado a través del suelo y las paredes. En una de las pausas oyó a Thomas decir algo desde fuera y, más lejos, a Mike pedirles que lo dejaran ya. Noah respondió, pero el siguiente golpe se tragó sus palabras.

Sacó el teléfono y volvió al archivo de Mason. Dudó antes de tocar el icono de reproducción.

La risa de Ethan llenó el pasillo.

Bajó el volumen casi por reflejo. La grabación continuaba exactamente donde la había dejado: Ethan demasiado cerca de la cámara, sonriendo por algo que Mason acababa de decir desde detrás del objetivo; después un movimiento torpe y la voz del propio Daniel hablando fuera de plano.

Los tres sonaban jóvenes, despreocupados.

Mason seguía moviendo la cámara de un lado a otro sin saber todavía qué iba a terminar grabando.

Abajo, Noah volvió a golpear la casa.

Avanzó el vídeo buscando el momento que Thomas llevaba toda la noche intentando arrancarles.

Pasaron voces superpuestas, música y fragmentos de los cuatro entrando y saliendo de cuadro hasta que encontró a Ethan hablando con Caleb.

Al principio tampoco parecía una discusión.

Caleb decía algo que la cámara apenas recogía y Ethan contestaba sin mirarlo, entretenido con otra cosa.

Subió un poco el volumen, pero un nuevo golpe desde el lateral hizo vibrar el suelo y tuvo que retroceder el vídeo unos segundos.

Cuando volvió a reproducirlo, Ethan ya estaba frente a Caleb.

—Te he dicho que lo dejes —se oyó decir a Caleb.

Ethan respondió algo que quedó tapado por la voz de Mason detrás de la cámara.

Después se acercó demasiado. Caleb intentó apartarlo con una mano y Ethan le soltó un golpe rápido, más feo que fuerte, en un lado de la cara.

La imagen se movió con Mason. Caleb recuperó el equilibrio y respondió casi inmediatamente.

Detuvo el vídeo. Ethan quedó congelado a media vuelta, con Caleb todavía delante de él. Otro golpe llegó desde abajo y, después, un crujido más difícil de situar dentro de la casa. El olor que hasta entonces había confundido con polvo había cambiado. Respiró otra vez y lo reconoció.

Había humo.

Guardó el teléfono y salió al pasillo justo cuando empezó a sonar el detector de la planta baja.

El de arriba respondió unos segundos después.

Llegó a la escalera y bajó un par de peldaños: no veía fuego, pero una neblina gris empezaba a extenderse por el pasillo, precisamente desde la zona en la que Noah llevaba varios minutos golpeando desde fuera.

—¡Ya está! ¡Me voy! —gritó hacia abajo.

Oyó a Mike responder desde fuera, pero otro golpe en el lateral se tragó casi todas sus palabras. Daniel volvió arriba buscando una salida que no lo obligara a pasar junto al garaje. El humo todavía no era espeso, aunque ya le picaban los ojos y empezaba a dejarle un sabor seco en la boca.

Al pasar frente a la habitación de Emma vio la luz que había dejado encendida, la sudadera sobre la silla y los libros junto a la cama. Aflojó el paso, pero continuó hacia la escalera.

Los detectores seguían sonando cuando bajó cubriéndose la boca con el antebrazo.

La zona próxima al garaje había desaparecido detrás de una capa gris mucho más densa que un minuto antes, así que giró hacia la cocina y fue directamente a la salida trasera.

Allí todavía se respiraba mejor. Abrió la puerta y salió al patio.

El frío le golpeó la cara. Aspiró demasiado deprisa, tosió y apoyó una mano en la pared mientras avanzaba hacia el lateral de la casa.

El paso era estrecho y las vibraciones habían tirado varias cosas al suelo; entre ellas había cristal roto.

Al intentar esquivarlo, uno de los bordes le abrió el antebrazo izquierdo a través de la manga.

Primero notó el tirón de la tela y después el calor de la sangre.

Miró la herida solo lo suficiente para comprobar que podía cerrar y abrir la mano, y continuó.

Al doblar la esquina encontró el coche donde lo había dejado. Noah estaba junto al lateral de la casa, todavía con la ropa manchada de Mason; Thomas permanecía unos metros detrás y Mike se había quedado bastante más lejos, cerca del vehículo de los Wolf.

Noah lo vio y echó a correr hacia él.

Daniel corrió hacia el coche. Las llaves se engancharon al sacarlas del bolsillo y perdió un segundo mientras la manga del brazo izquierdo empezaba a empaparse.

—¡Noah, para! —oyó gritar a Mike detrás.

Noah no paró. Daniel alcanzó el coche, abrió la puerta y se dejó caer en el asiento casi al mismo tiempo que tiraba de ella para cerrarla. Noah llegó a la parte trasera justo cuando arrancaba el motor.

—¡Noah! ¡Déjalo! —gritó Thomas desde más atrás.

Salió sin esperar a ver si obedecía. En el retrovisor alcanzó a distinguir a Noah detenido en mitad de la calle, a Thomas acercándose hacia él y, bastante más lejos, a Mike junto al vehículo de los Wolf. Dobló la esquina y los perdió de vista.

Condujo un par de calles mirando más el retrovisor de lo que habría querido.

No vio el vehículo de los Wolf detrás, aunque entre los faros de otros coches tampoco podía estar seguro.

El corte del antebrazo le tiraba cada vez que movía el volante y la manga empezaba a pegarse a la piel.

Bajó un poco la ventanilla para sacar el olor a humo del coche, pero el aire frío le provocó otra tos y volvió a cerrarla.

Volvió a llamar al 911 desde el soporte del salpicadero. Entre dos accesos de tos explicó que ya había conseguido salir, que había humo dentro de la casa y que tenía un corte en el brazo.

—¿Está herido? —preguntó la operadora.

—Tengo un corte en el brazo. Puedo conducir.

—Necesito que se detenga en un lugar seguro.

—No puedo quedarme cerca de mi casa.

—No le estoy diciendo que vuelva. Busque un sitio iluminado, con gente, y espere allí a los agentes.

Un coche se incorporó detrás. Lo vigiló por el retrovisor hasta comprobar que no era el de los Wolf.

—Voy a casa de mi hermano.

—Necesito esa dirección.

Se la dio mientras entraba en la carretera principal.

—¿Esas personas conocen también ese domicilio?

—No lo sé.

—Entonces no vaya allí.

—Ya estoy yendo.

La operadora confirmó la dirección de Caleb y su número, y le pidió que volviera a llamar si veía a los hombres detrás o si el corte empeoraba. Dijo que sí y terminó la llamada. Mantuvo las dos manos en el volante hasta que el dolor del antebrazo le obligó a aflojar la izquierda.

Esperó un par de minutos antes de llamar a Caleb. Esta vez contestó inmediatamente.

—¿Daniel?

—Estoy en el coche.

Oyó algo moverse o cerrarse al otro lado.

—¿Dónde?

Le dijo por qué carretera iba.

—No vengas.

—Ya voy.

—Daniel, escúchame. No vengas aquí.

Redujo al llegar a un cruce. En el retrovisor había varias luces, ninguna lo bastante cerca para distinguir qué coche era.

—Pues abre cuando llegue.

—¿Te siguen? —preguntó Caleb después de una pausa.

Un coche tomó la salida anterior; otro se mantuvo detrás un poco más antes de girar hacia una urbanización.

—No lo sé. No veo el suyo.

—Eso no significa que no vengan.

—Ya.

Volvió a toser. Caleb empezó a preguntarle si estaba bien, pero lo cortó antes de que pudiera seguir.

—Estoy llegando.

—Llámame cuando veas el portón.

Terminó la llamada. La carretera se fue quedando más oscura a medida que dejaba atrás las zonas con tráfico.

Conocía el camino, aunque hacía tiempo que no lo recorría de noche, y estuvo a punto de pasarse la entrada.

Redujo a tiempo y el portón apareció entre dos tramos de cerramiento, iluminado por los faros.

Se detuvo delante. La cámara situada sobre uno de los pilares giró ligeramente hacia el coche y ni siquiera llegó a llamar; poco después, el portón empezó a abrirse.

Entró y esperó a que se cerrara detrás antes de continuar.

Ahora que solo tenía que seguir el camino, el brazo empezó a dolerle más.

Parpadeó varias veces para aliviar el escozor de los ojos y condujo despacio mientras los faros alcanzaban primero el camino, después la vegetación baja y, finalmente, el espacio abierto frente a la vivienda.

Los faros barrieron una fachada baja de ladrillo oscuro.