Érase otra vez 5
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Daniel siguió unos segundos frente a la puerta del garaje, con el mensaje de Caleb todavía abierto en el teléfono.

No volvió a acercarse a la cámara. Había visto suficiente para saber que no quería atravesar aquella puerta, pero tampoco pensaba salir por la principal sin hacerse una idea de qué había ocurrido dentro de la casa.

Guardó las llaves en el bolsillo y dejó la puerta del garaje como estaba.

Al volverse hacia el pasillo, empezó a reparar otra vez en los ruidos normales de la casa: el frigorífico arrancando en la cocina, la calefacción moviendo aire por una rejilla, una tubería que sonó brevemente en la planta de arriba.

Los conocía todos, y por eso esperó un momento antes de avanzar. No oyó nada fuera de sitio.

Cruzó el salón. La taza seguía en la mesa baja y la carpeta del trabajo donde él mismo la había apartado durante la llamada.

Desde la entrada miró hacia la cocina y alcanzó a ver que la puerta trasera seguía cerrada.

No intentó averiguar todavía cómo encajaba aquello con el garaje; no tenía suficiente.

Subió las escaleras despacio. El pasillo estaba a oscuras salvo por la luz que llegaba desde abajo, y encendió la lámpara del descansillo antes de continuar. Pasó de largo su dormitorio y el baño.

La puerta de Emma estaba entornada al final del pasillo.

La empujó con dos dedos y encendió la luz.

La habitación seguía con ese desorden que a él le parecía incomprensible y a Emma perfectamente organizado: una sudadera sobre la silla, dos libros abiertos junto a la cama y los bolígrafos metidos en una taza que ella había convertido en portalápices.

Entonces vio la fotografía sobre el escritorio. Desde la puerta alcanzaba a distinguir que era una copia vieja, algo descolorida, apoyada contra la base de la lámpara entre un cuaderno y una caja de rotuladores. Entró y la cogió por un borde.

Ethan tendría dieciocho años. Estaba solo, de pie delante de algo que quedaba fuera de foco, mirando hacia la cámara con una expresión que Daniel conocía demasiado bien: medio sonriendo, como si quien hacía la foto acabara de decirle alguna estupidez y él estuviera a punto de devolver otra peor.

No reconoció aquella fotografía.

Comprobó el pasillo vacío y después el resto de la habitación. Nada más parecía fuera de sitio.

Volvió a la fotografía.

No sabía cuándo la habían dejado allí. Podía haber sido esa misma tarde o días antes; la puerta del garaje, la cámara desplazada y la foto podían pertenecer al mismo momento o no.

Lo único seguro era que él no la había puesto allí y Emma no tenía ningún motivo para guardar una fotografía de Ethan que Daniel ni siquiera recordaba haber visto.

Sacó el teléfono. El mensaje de Caleb seguía abierto: SAL.

Lo cerró, buscó a Rachel entre los contactos y llamó sin soltar la fotografía.

El tono empezó mientras salía de la habitación de Emma.

Rachel contestó cuando llegaba al rellano de la escalera; todavía sujetaba la foto por una esquina y tuvo que cambiarse el teléfono de mano antes de empezar a bajar.

—¿Emma está contigo?

—Sí. ¿Qué pasa?

—¿Está ahí ahora mismo?

—Daniel, sí. Está en el salón. ¿Qué ocurre?

Daniel bajó un par de escalones más y se detuvo desde donde aún podía ver, al fondo del recibidor, la puerta del garaje separada unos centímetros del marco.

—No la traigas esta noche. Da igual la hora, da igual lo que te diga. Que se quede contigo.

—Daniel, se iba a quedar conmigo de todas formas.

—Ya. Bien. Pues mañana tampoco vengáis hasta que yo te llame.

Rachel tardó un momento en responder.

—¿Estás en casa?

—Sí.

—Vale... ¿y qué está pasando? Porque primero me preguntas dos veces si Emma está conmigo y ahora me dices que no vuelva mañana.

—Emma está bien. Está contigo —dijo Daniel mientras seguía bajando.

—Ya sé que está conmigo. Te estoy preguntando si corre algún peligro.

Al llegar al recibidor dejó la fotografía sobre el mueble y volvió a cogerla casi de inmediato.

—Alguien ha entrado en casa. No sé cuándo. He encontrado algo en su habitación.

—¿Qué has encontrado? —preguntó Rachel después de un breve silencio.

—Una foto —respondió Daniel, con la fotografía todavía en la mano.

—¿Una foto de qué?

—De Ethan.

El silencio al otro lado duró algo más.

—Joder, Daniel... —Rachel bajó un poco la voz—. ¿Esto tiene que ver con los Wolf?

—Creo que sí. Mason me llamó antes. Bueno, me llamó y después me mandó un archivo. Ahora no consigo hablar con él y hay policía y una ambulancia yendo a su casa.

—Espera. ¿Una ambulancia?

—No sé nada más todavía.

Oyó a Rachel apartarse del teléfono y decirle algo a Emma que no alcanzó a entender. Cuando volvió, hablaba más bajo.

—¿Llamo a la policía?

—No. Tú no vengas a ningún sitio. Cierra y quédate con Emma, ¿vale? Si pasa algo te llamo yo.

—Daniel, ¿qué hay en ese archivo?

Apenas había visto unos segundos del vídeo.

—No lo he visto entero.

—Pero sabes lo que es.

—Sí —admitió Daniel después de una pausa.

Rachel no dijo nada, y él apoyó la espalda contra la pared del recibidor.

—Lo que te contamos de aquella noche no fue todo.

—¿Quiénes?

—Nosotros. Mason, Caleb y yo. Mentimos sobre algunas cosas.

Hubo otro silencio.

—Joder. Otra vez Ethan —dijo Rachel.

—Sí.

—¿Qué hicisteis?

Abrió la boca para responder, pero en ese momento oyó un motor entrando en la calle. Las luces barrieron las ventanas del salón y desaparecieron hacia la parte delantera de la casa.

—Espera.

Cruzó hasta la ventana y apartó apenas la cortina con dos dedos. El vehículo acababa de detenerse delante. Reconoció primero el nombre de la empresa en el lateral y después a Thomas al bajar del asiento delantero. Mike salió por el otro lado.

Noah fue el último.

Dejó de escuchar lo que Rachel estaba diciendo. Noah tenía sangre seca desde la ceja hasta un lado de la cara, y bastante más en las manos y en una manga de la chaqueta. Demasiada para venir solo de aquel corte.

—Daniel —insistió Rachel—. ¿Qué estás viendo?

—No vengas aquí. Pase lo que pase, no vengas. Quédate con Emma y, si dejo de contestarte, llamas a la policía y les das mi dirección.

—¿Quién está ahí?

—Los Wolf.

—Daniel...

—Rachel, por favor.

Rachel no volvió a preguntar. Colgó, guardó el teléfono y se acercó a la puerta sin abrirla. Thomas ya miraba hacia la casa; Mike se había quedado algo más atrás y Noah seguía junto al vehículo, sin levantar apenas la vista. Daniel sostuvo la fotografía de Ethan contra el muslo.

—¿Dónde está Mason?

Mike fue el primero en acercarse.

—Daniel, escucha...

—No. Primero me contestas. ¿Dónde está? —Daniel permaneció detrás de la puerta.

—Estoy intentando hacerlo.

—Pues hazlo.

—Mason te mandó algo —dijo Thomas desde más atrás.

—¿Qué le habéis hecho? —preguntó Daniel, ahora sí mirando a Thomas.

—El archivo, Daniel.

—Me importa una mierda el archivo ahora mismo.

—Tom, déjame —dijo Mike, levantando una mano cuando Thomas empezó a acercarse.

—¿Para qué? Ya sabemos que lo tiene.

—Y él quiere saber qué ha pasado con su hermano.

Daniel buscó a Noah junto al vehículo.

—¿Está vivo?

Noah levantó los ojos hacia la casa, pero apenas aguantó la mirada. Mike intervino antes de que Daniel pudiera insistir.

—Hubo una pelea en casa de Mason.

La fotografía empezó a doblarse entre los dedos de Daniel y aflojó la presión.

—¿Una pelea con quién?

La mirada de Mike fue hacia Noah.

—¿Tú? —preguntó Daniel.

Noah abrió la boca, pero Thomas se adelantó.

—Mason tenía una grabación. Sabemos que te la envió.

—Y yo sé que uno de vosotros ha estado en la habitación de mi hija —dijo Daniel levantando la fotografía hasta la altura del cristal.

Los tres se fijaron en la foto. Mike pasó de Ethan a Noah, que amagó con acercarse y volvió a detenerse.

—¿La conoces? ¿La pusiste tú ahí? —Daniel mantuvo la foto levantada cuando Mike intentó intervenir—. No te estoy preguntando a ti.

Noah se limpió la ceja con dos dedos.

—Yo no... No sé qué quieres que te diga.

—Que si pusiste esto en el escritorio de mi hija.

Noah apartó la vista.

—Emma no tiene nada que ver con esto.

—Ya lo sé. Por eso quiero saber qué hacía la foto en su habitación.

Noah no respondió.

Thomas dijo algo por lo bajo que Daniel no alcanzó a entender. Mike respondió sin levantar demasiado la voz; solo llegó a distinguir «ahora no» y después el nombre de Mason.

—Mentimos —dijo Daniel.

Mike dejó de discutir con Thomas.

—¿Sobre qué?

—Sobre aquella noche.

—Ya lo sé.

—No. No sabes —Daniel negó con la cabeza.

Thomas y Noah se volvieron hacia la puerta. Mike esperó un momento antes de contestar.

—Vale. Entonces dime qué no sé.

Daniel dejó la fotografía sobre el mueble del recibidor.

—No estaba solo cuando cayó. Hubo una pelea. Ethan y Caleb habían discutido antes y luego... se pegaron. No fue como dijimos.

—¿Caleb le pegó? —preguntó Thomas mientras se acercaba otro paso.

—Se pegaron los dos.

—¿Quién empezó?

—No me acuerdo —dijo Daniel.

Thomas soltó una risa corta.

—Eso sí que no te lo crees ni tú. Llevo dieciocho años oyendo que Ethan se fue solo, que se cayó solo, que vosotros lo encontrasteis después, y ahora resulta que Caleb estaba allí pegándose con él.

—He dicho que hubo una pelea —replicó Daniel sin apartar la vista de él—. No he dicho que Caleb lo empujara.

—Claro —dijo Thomas.

—Yo no lo vi empujarlo.

Thomas iba a responder, pero Mike lo cortó.

—Tom.

Noah, que hasta entonces había permanecido apartado junto al vehículo, habló por fin.

—¿Y después qué?

—Después cayó.

—Eso ya lo sabemos.

—Pues entonces no sé qué quieres que te diga.

—Pues empieza por la verdad.

Mike se adelantó antes de que Daniel respondiera.

—Noah, espera. Cuando dices que mentisteis... ¿qué más cambiasteis?

—Dijimos que no estábamos allí arriba —admitió Daniel—. Que lo encontramos después.

—Pero estabais —dijo Mike, frunciendo apenas el ceño.

—Sí.

—¿Los tres?

—Sí. Los tres.

—¿Y llamasteis cuando cayó? —preguntó Mike después de una pausa.

Daniel no respondió. Thomas murmuró algo por lo bajo y Mike insistió, más despacio:

—Daniel. ¿Llamasteis?

—Sí, pero...

—No te he preguntado si acabasteis llamando, Daniel.

—No. No fue enseguida.

Mike cambió apenas de postura.

—¿Cuánto tardasteis?

Daniel dejó pasar unos segundos antes de contestar.

—Diecisiete minutos.

—¿Cuánto? —preguntó Noah.

Daniel no repitió el número.

—Joder —murmuró Mike.

—¿Qué hicisteis durante ese tiempo? —preguntó Thomas sin apartar la vista de la puerta.

—No voy a empezar a contarte todo desde aquí —dijo Daniel.

—¿Todo qué? —replicó Thomas, dando un paso hacia la entrada.

—No lo sé, Tom. Éramos unos críos, habíamos bebido, había cosas allí que no queríamos que encontraran y... —Daniel dejó la frase a medias—. Nos asustamos. Eso fue lo que pasó. Nos entró miedo.

—Ethan también tenía dieciocho —dijo Mike

Daniel no contestó.

—Estaba vivo cuando llamasteis —dijo Noah, apartándose del vehículo.

Mike giró hacia su hermano.

—Noah.

—No, espera. Estaba vivo y vosotros os quedasteis allí... ¿haciendo qué? ¿Esperar? —Noah siguió avanzando hacia la casa—. Diecisiete minutos.

Thomas lo agarró del brazo antes de que alcanzara el porche.

—No vas a entrar ahí —dijo Thomas mientras lo sujetaba.

Noah se soltó de un tirón.

—¿Y qué coño quieres que haga?

—Ahora mismo, nada.

—Sí, claro. Nada. ¿Y Mason qué?

—No empieces —dijo Mike.

—¿Qué pasa con Mason? —preguntó Daniel, acercándose desde dentro a la puerta—. Mike.

Thomas dio un paso hacia el porche antes de que Mike pudiera responder.

—Danos el archivo, Daniel.

—Ahora no me hables del puto archivo.

—Mason te lo mandó por algo.

—Y yo te estoy preguntando dónde está Mason.

La atención de Daniel volvió a las manchas de las manos de Noah.

—Eso no es de la ceja.

Noah bajó la vista hacia sus dedos.

—Mike —insistió desde el otro lado de la puerta—. ¿Qué le pasó?

Mike se quedó fuera, a pocos metros de la entrada, y tardó en responder.

—Cuando nos fuimos estaba vivo.

—¿Cuando os fuisteis? Entonces ¿qué ha pasado?

Mike miró a Noah antes de responder.

—Me llamaron cuando veníamos para aquí.

—¿Y qué te dijeron?

Mike no respondió.

—Mike. ¿Está vivo?

Mike sostuvo su mirada a través del cristal.

—Mason está muerto.