4
Daniel estaba guardando los platos del lavavajillas cuando el teléfono vibró sobre la encimera.
Terminó de colocar el vaso que tenía en la mano, cerró el armario y solo entonces miró la pantalla.
Mason le había enviado un archivo de vídeo y, debajo, un mensaje de dos palabras: MÍRALO ENTERO.
Dejó la puerta del lavavajillas abierta, cogió el teléfono y comprobó la hora.
Mason había dicho que volvería a llamarlo en cinco minutos. Habían pasado más.
No abrió el archivo. Pulsó directamente sobre el nombre de Mason y se llevó el teléfono a la oreja mientras cerraba el lavavajillas con el pie y salía de la cocina.
Cruzó el salón durante los tonos, apartó del borde de la mesa una carpeta del trabajo que llevaba allí desde la tarde y siguió hasta el recibidor.
La llamada terminó en el buzón de voz. Cortó antes del mensaje automático y volvió a marcar.
Esperó junto a la entrada mientras cogía las llaves del cuenco y comprobaba por costumbre que llevaba la cartera.
Cuando volvió a saltar el buzón, se quedó con el mensaje de Mason en la pantalla.
Llegó a escribir Contesta con el pulgar, pero lo borró antes de enviarlo.
Si Mason podía contestar, lo haría. Otro mensaje no iba a cambiar eso.
Daniel llamó al 911.
—Mi hermano está en su casa y hay varios hombres allí —dijo en cuanto la operadora terminó de identificarse—.
Me llamó hace unos minutos porque habían ido a verlo.
Thomas Wolf y Mike Wolf. Creo que había alguien más, pero él tampoco estaba seguro.
No quería abrirles. Me dijo que iba a recoger unas cosas, salir y volver a llamarme en cinco minutos. Ahora no responde.
La operadora le pidió que hablara un poco más despacio y empezó por el nombre completo de Mason y su dirección. Daniel se los dio sin tener que buscarlos. Cuando le preguntó si Mason había dicho que estuviera herido o si alguno de los hombres había intentado entrar, respondió que no.
—No. Cuando hablé con él seguían fuera. Al menos eso dijo. Querían hablar de algo que pasó hace años y yo le dije que llamara a la policía. No quiso. Después dijo que recogería unas cosas, saldría de casa y me volvería a llamar. Eso fue lo último.
Oyó teclear al otro lado.
—Ya existe un aviso activo en ese domicilio —dijo la operadora unos segundos después—. Tenemos unidades desplazándose hacia allí y también servicios médicos.
—Espera. ¿Servicios médicos por qué? —Daniel se quedó quieto.
—No tengo información sobre el estado de su hermano. Lo único que puedo decirle es que ya van hacia allí. ¿Usted está en ese domicilio ahora mismo?
—No. Estoy en mi casa. ¿Quién ha llamado? ¿Ha sido Mason?
La operadora le dijo que no podía facilitarle esa información y le pidió su propia dirección.
Se la dio mientras regresaba al salón; cada vez que apartaba un poco el teléfono de la oreja seguía viendo el vídeo de Mason y, debajo, las dos palabras.
Cuando ella preguntó si estaba solo, respondió que sí y añadió que su hija estaba con su madre aquella noche.
—Bien. Quédese ahí por ahora y no vaya a casa de su hermano. Si cualquiera de esas personas aparece en su domicilio, vuelva a llamar.
—No pienso salir a hablar con nadie —dijo Daniel acercándose a la ventana sin apartar la cortina—. Pero necesito saber si alguien ha conseguido contactar con Mason. Me acaba de mandar un archivo y un mensaje, así que hace muy poco estaba consciente.
—No tengo esa información en pantalla. Las unidades que van hacia el domicilio podrán comprobarlo.
Las dos palabras seguían en la pantalla: MÍRALO ENTERO.
—Vale. Si saben algo de él, necesito que me lo digan.
La operadora no se lo prometió. Le pidió que confirmara su número y volvió a insistir en que no fuera a casa de Mason y llamara otra vez si la situación cambiaba.
Daniel fue contestando mientras se dirigía hacia el pasillo.
Al colgar encontró en el registro dos llamadas a Mason sin respuesta, el archivo recibido y el último mensaje debajo.
En lugar de volver a marcar, buscó a Caleb y lo llamó mientras regresaba al salón.
Caleb contestó antes del tercer tono.
—¿Qué pasa?
—Creo que alguien está en casa de Mason —dijo Daniel mientras cogía la chaqueta del respaldo y metía un brazo en la manga.
—¿Cuántos?
—¿Cómo que cuántos? —Daniel dejó la otra manga a medio buscar.
—¿Cuántos son?
—No lo sé. Tom seguro. Mike también estaba allí cuando hablé con Mason y puede que hubiera alguien más. —Terminó de ponerse la chaqueta mientras volvía hacia el recibidor—. Caleb, ¿por qué me preguntas eso así?
Oyó un ruido al otro lado, como si su hermano estuviera moviéndose mientras hablaba.
—¿Mason está bien?
—No lo sé. Eso es lo que estoy intentando averiguar. Me ha enviado un archivo, no contesta y en emergencias me han dicho que ya hay policía y una ambulancia de camino. —Se detuvo junto a la entrada—. Ahora dime qué coño significa lo de cuántos.
—¿Dónde estás? —preguntó Caleb después de una pausa.
—En casa.
—Sal.
—Espera. ¿Qué? —Daniel se quedó quieto.
—Sal de casa, Daniel. Coge el coche y vete.
—Espera. Mason está allí con los Wolf, nadie me dice qué coño está pasando y tú, antes de preguntarme nada, quieres saber cuántos son. Y ahora tengo que salir de casa. No, Caleb. Explícame qué sabes.
—Ahora no.
—Pues encuentra un momento.
—No sé qué está pasando en casa de Mason. Si lo supiera, te lo diría —respondió Caleb con algo entre una protesta y un suspiro.
—Eso no es lo que te he preguntado.
—Ya lo sé.
Daniel permaneció junto a la entrada, con las llaves todavía en la mano. Un minuto antes tenía claro que iba a salir; ahora no sabía ni adónde.
—Voy a ir allí.
—Daniel, no. Ya va la policía. Deja que lleguen ellos.
—Es nuestro hermano.
—Precisamente. No sabes quién sigue allí ni qué ha pasado desde que hablaste con él. Presentarte ahora no va a ayudar.
La cortina del salón seguía como antes, apenas separada del marco.
—Caleb, deja de hablarme como si llevaras diez minutos de ventaja.
Hubo un silencio breve.
—Sal de casa.
—Otra vez lo mismo —dijo Daniel volviéndose hacia el salón.
—Porque sigues ahí.
—¿Esperabas esto?
Caleb no respondió a la pregunta.
—Coge el coche. No vayas a Mason. Busca un sitio con gente y llámame cuando estés fuera.
—¿Y tú dónde estás?
—En casa.
—Claro.
—Daniel...
—No. No hagas eso. No digas mi nombre como si con eso bastara. Si sabes algo, me lo dices.
—Te estoy diciendo lo que necesitas saber ahora.
Daniel esperó una explicación que no llegó. Apartó el teléfono de la oreja. El archivo de Mason seguía allí, intacto, encima de las dos palabras que llevaba evitando desde que había llegado.
—Te llamo cuando salga.
—Daniel...
—Sí. Ya te he oído.
Terminó la llamada.
Se quedó de pie en el recibidor unos segundos antes de regresar al salón. Se quitó la chaqueta, la dejó sobre una silla junto con las llaves y abrió el archivo que Mason le había enviado.
El vídeo tardó un par de segundos en cargar.
Apoyó el teléfono sobre la mesa y subió un poco el volumen mientras esperaba.
La imagen apareció torcida y demasiado oscura al principio, como si Mason hubiera empezado a grabar antes de decidir qué quería grabar: suelo, una zapatilla, algo de cielo y, enseguida, una cara que pasó demasiado cerca del objetivo protestando por estar en medio.
La cámara se levantó y durante unos segundos estuvieron los cuatro.
Tardó más en reconocerse a sí mismo que a los demás.
Caleb estaba sentado sobre algo que quedaba fuera de plano, con los codos apoyados en las rodillas; Mason movía la cámara mientras hablaba y apenas aparecía cuando giraba el objetivo hacia sí mismo.
Ethan ocupaba el centro sin estar haciendo nada especial, una cerveza en la mano, riéndose de algo que Daniel no consiguió entender porque todos hablaban a la vez.
—Deja de grabar y trae otra cerveza —dijo Ethan, intentando apartar la cámara con la mano.
Mason respondió desde detrás del objetivo y Ethan volvió a reírse.
Bajó el volumen. La grabación siguió unos segundos más: Caleb diciendo algo, Ethan contestándole sin darle demasiada importancia, el propio Daniel cruzando por detrás con una bolsa en la mano.
Tocó la pantalla y cerró el vídeo antes de que continuara.
Volvió a coger las llaves.
La chaqueta de Emma seguía colgada en una silla del comedor desde el jueves, pese a que le había dicho dos veces que la llevara a su habitación. Su mochila continuaba junto a la escalera. La casa siempre estaba más silenciosa cuando ella no dormía allí, aunque nunca llegaba a parecer vacía.
Comprobó la hora. A esas alturas Emma estaría cenando con Rachel o negociando alguna ampliación imposible de la hora de acostarse. Estaba con su madre. Eso, al menos, no tenía que resolverlo.
Guardó el teléfono en el bolsillo, comprobó que llevaba la cartera y volvió hacia la entrada.
Caleb le había dicho que saliera; la operadora del 911, que no fuera a casa de Mason.
Podía conducir hasta algún sitio abierto, esperar allí y llamar de nuevo cuando supiera algo.
Era un plan mediocre, pero al menos tenía pasos.
Ya estaba cerca de la puerta principal cuando reparó en la que comunicaba con el garaje.
Estaba separada del marco apenas un par de centímetros, lo suficiente para que la luz del pasillo dibujara una línea estrecha sobre el suelo oscuro del otro lado.
Se detuvo. No recordaba cerrarla aquella tarde porque no había nada que recordar.
Había entrado con la compra y la había cerrado como hacía siempre.
Aquella puerta no se quedaba así sola.
Se acercó sin tocarla. Desde el hueco alcanzaba a ver una parte del garaje: el lateral del coche, las estanterías del fondo y la luz apagada.
Nada se movía. Sacó el teléfono y encendió la linterna, pero antes de dirigirla hacia dentro levantó la vista.
La pequeña cámara instalada en la esquina superior no estaba orientada como debía.
Se acercó un poco más. El soporte seguía en su sitio, pero la cámara había quedado girada hacia un lado, lo suficiente para dejar fuera de cuadro la zona de entrada, y uno de los cables colgaba unos centímetros más de lo habitual junto a la pared.
No la tocó. Desde allí alcanzaba a ver la puerta entreabierta, parte del salón, la mesa donde había dejado el archivo abierto y, más allá, la chaqueta de Emma sobre la silla.
Todo seguía exactamente igual que hacía unos minutos.
El teléfono vibró en su mano.
Era Caleb.
SAL