Érase otra vez 3
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La siguiente vibración fue más fuerte. El vaso que Mason había dejado junto al sofá se desplazó unos milímetros sobre la mesa y chocó contra la botella vacía.

El ruido mecánico seguía llegando a intervalos desde el mismo lateral de la casa y cada vez encontraba alguna respuesta dentro: un traqueteo en el mueble del televisor, una vibración bajo los pies,

un crujido seco que Mason no supo situar hasta que vio caer algo de polvo cerca de la esquina del salón.

Se acercó sin pegarse a la pared. No veía a ninguno de los Wolf y tampoco pensaba asomarse para averiguar qué estaban haciendo.

Cada vez que regresaba el ruido miraba por reflejo hacia la puerta principal, todavía cerrada detrás del sofá, aunque ya sabía que venía de más allá y siempre del mismo punto.

—¡Tom! —gritó desde el centro del salón—. Ya vale. ¿Me oyes? Si querías hablar, habla.

Nadie respondió. El sonido cesó durante unos segundos y llegó a pensar que Thomas lo había oído, hasta que algo golpeó desde fuera y la parte baja de la pared se movió. Retrocedió mientras junto a una de las uniones aparecía una separación estrecha, una línea irregular más oscura que el resto.

Otro empuje hizo crecer la abertura. Una corriente de aire frío le alcanzó las piernas y una tira de material interior se desprendió y cayó al suelo. Por el hueco ya podía ver la oscuridad del terreno y una parte iluminada del vehículo aparcado más allá.

Se quedó mirando hasta que el aire de octubre levantó uno de los papeles de la mesa. Eso le recordó el ordenador y cruzó deprisa el pasillo hacia el segundo dormitorio.

La lámpara seguía encendida y las cajas continuaban donde las había dejado.

Con los ruidos llegando amortiguados desde el otro extremo de la casa, aquella normalidad tenía algo absurdo.

Se sentó frente al monitor y comprobó que la copia seguía trabajando.

No miró cuánto faltaba; dejó todo preparado para actuar en cuanto terminara.

La mesa vibró ligeramente con otro impacto.

—Vamos —murmuró, sin saber muy bien si se lo decía al ordenador o a sí mismo.

Desde el salón llegó el ruido de algo cayendo al suelo.

Empezó a levantarse, pero la pantalla cambió antes de que pudiera hacerlo: la copia había terminado.

Volvió al teclado, buscó a Daniel y adjuntó la grabación completa.

Comprobó el nombre una sola vez, sin abrirla, y pulsó enviar.

Esperó hasta que apareció la confirmación.

Cogió el teléfono. El chat con Daniel seguía arriba, con la conversación de hacía apenas unos minutos y la promesa de llamarlo cuando saliera. Abrió el teclado y escribió dos palabras.

MÍRALO ENTERO.

Mandó el mensaje y guardó el teléfono sin esperar respuesta. Desde el salón llegó otro crujido y una corriente de aire frío alcanzó ya el pasillo. Desconectó el disco externo donde conservaba el original, se lo guardó en el bolsillo y salió del cuarto dejando el ordenador encendido.

La abertura había crecido. Parte del revestimiento interior estaba en el suelo y el aire que entraba desde fuera movía ligeramente la cortina de la ventana.

Entre los bordes rotos podía distinguir el terreno oscuro y una parte del exterior iluminada por el vehículo.

No esperó a ver cuánto más pensaban abrir y echó a andar hacia la salida secundaria.

Antes de llegar, una figura apareció en la abertura.

El hombre entró por la zona dañada con más dificultad de la que habría esperado, apartando un trozo suelto con el antebrazo y agachándose para no engancharse la chaqueta. Cuando consiguió incorporarse quedó a pocos metros, entre él y la abertura.

Era el mismo que había visto junto a la salida secundaria. Necesitó un instante para encontrar en aquella cara algo que reconociera.

—¿Noah?

—Sí.

—Joder.

Mason intentó encontrar en aquel adulto al niño que recordaba y enseguida renunció.

—Vale. Escucha, no sé qué te habrá dicho Tom, pero esto... esto ya se ha ido bastante de madre. Sal de aquí y hablamos fuera. Ahora, mañana, cuando quieras.

Noah no contestó. La mirada se le fue al bolsillo de Mason.

—¿Qué llevas ahí?

—¿Qué?

—En el bolsillo.

—Noah, acabáis de abrirme una pared.

—Ya.

—Pues no me preguntes ahora qué llevo encima como si esto fuera una conversación normal.

Noah dio un paso hacia él.

—Solo dámelo.

—¿El qué?

—Mason...

—No, en serio. ¿Qué quieres?

—Lo que has cogido.

—No sabes ni lo que llevo —dijo Mason.

—Tom dice que tienes algo.

—Tom lleva un rato diciendo cosas.

—Mason... Eso. Dámelo y ya está.

Dejó de intentar sonar tranquilo.

—¿Y ya está qué? ¿Os vais? ¿Volvéis a ponerme la pared? ¿Me mandáis una factura?

—No quiero discutir contigo.

—Pues llegas un poco tarde.

Noah alargó la mano.

—Dámelo.

—No.

Cuando volvió a intentarlo, Mason se apartó, pero Noah consiguió agarrarle la manga cerca del codo y tiró de él hacia delante.

—Eh. No.

Mason echó el peso atrás para soltarse. La tela se tensó, uno de sus pies resbaló y acabó empujando a Noah con las dos manos, más por recuperar espacio que por otra cosa. El otro salió hacia atrás y chocó contra el marco del pasillo con el hombro y la cara antes de llevarse una mano a la ceja.

Cuando volvió a mirarlo, una línea de sangre empezaba a bajar hacia la sien.

—Mierda —dijo Mason—. Para. Noah, ya está. Quédate ahí.

Thomas gritó algo desde fuera, pero Noah apenas pareció oírlo. Se limpió la sangre con el dorso de la mano y volvió hacia Mason.

—Dame eso.

—No.

Mason intentó pasar, pero Noah volvió a engancharle la chaqueta.

Durante unos segundos apenas hicieron otra cosa que empujarse en aquel espacio estrecho, uno protegiendo el bolsillo y el otro intentando apartarle la mano.

Tropezaron contra el sofá y Mason se golpeó la rodilla antes de recuperar el equilibrio.

—Suéltame.

—Pues para.

—¿Que pare yo? Estás dentro de mi casa, joder.

Mason consiguió meterle un golpe corto en la cara, mal colocado pero suficiente para que Noah aflojara. Se soltó de la chaqueta y ganó un par de pasos hacia el pasillo.

—Noah, se acabó.

—Espera.

Siguió avanzando.

—Mason, espera.

Noah lo alcanzó por detrás y tiró de él para hacerlo girar.

—Déjame —dijo Mason, levantando el antebrazo entre los dos para apartarlo.

Noah lo empujó con ambas manos.

Mason perdió pie y retrocedió hacia la zona dañada.

Golpeó de costado contra el borde abierto y una de las partes rígidas que habían quedado deformadas al romper la pared le rasgó la ropa a la altura del pecho.

El aire le salió de golpe; buscó apoyo, encontró polvo y material suelto y terminó cayendo de lado.

No entendió al principio por qué no conseguía llenar los pulmones. Al bajar la vista vio la sangre extendiéndose por la camisa. Noah seguía donde lo había empujado, con la ceja ensangrentada y las manos todavía abiertas delante del cuerpo, como si esperara que Mason se levantara.

Mason lo intentó.

Apoyó una mano en el suelo y tensó el brazo, pero el dolor le cruzó el pecho y volvió a caer sobre el costado. El aire entraba a medias, demasiado poco cada vez.

Mike apareció por la abertura llamando a Noah. Dio apenas un par de pasos antes de ver a Mason en el suelo, la camisa manchada y la sangre que ya le había alcanzado una mano.

—¿Qué coño ha pasado?

Noah abrió la boca, pero Mike ya estaba agachándose junto a Mason. Apartó con cuidado la tela rota, miró apenas lo necesario y levantó la cabeza.

—Llama.

Noah seguía inmóvil.

—Yo... me ha pegado y luego...

—Noah, ahora no.

Thomas entró por la abertura y se detuvo al ver a Mason en el suelo. Sus ojos pasaron de las manos ensangrentadas de Mike a la ceja abierta de Noah y terminaron en el pasillo.

—Thomas —dijo Mike—. Llama a una ambulancia.

Thomas miró a Mason, pero no sacó el teléfono.

—¿Dónde está?

—¿Dónde está qué? —preguntó Mike.

—La grabación.

—Tom, me da igual ahora mismo. Saca el teléfono y llama.

Thomas no respondió. La mirada se le fue al bolsillo de Mason y después al pasillo.

Mason intentó hablar, pero apenas consiguió sacar aire. Noah se acercó un paso, pendiente de la sangre del suelo.

—Ven aquí —dijo Mike—. Vamos. Ponte donde estoy yo.

Noah se arrodilló.

—¿Aquí?

—Sí. Ahí. Aprieta.

Colocó las manos demasiado arriba y Mike se las corrigió.

—No, espera. Aquí. Eso es. Aprieta y no levantes para mirar, ¿vale? Tú sigue.

La sangre le manchó los dedos casi de inmediato.

—Yo no quería...

—Ya. Ya lo sé. Sigue apretando.

Mike sacó el teléfono al ver que Thomas empezaba a moverse hacia el pasillo.

—Tom, ¿adónde vas?

—Ha enviado algo

Mason cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, Thomas ya no estaba en el salón. Mike marcó y permaneció agachado junto a Noah mientras esperaba respuesta.

—Sí, necesito una ambulancia. Hay un hombre herido. Respira, pero mal y... un segundo. —Mike se inclinó hacia él—. Mason. Mírame.

Mason consiguió abrir algo más los ojos.

—Sí, está consciente —dijo Mike al teléfono—. Hay bastante sangre.

Mike dio la dirección y escuchó.

—Hubo una pelea.

Noah levantó la vista. Mike lo miró apenas un segundo antes de volver al teléfono.

—Sí. Sigue aquí. La persona que lo hirió está aquí conmigo.

Se quedó callado mientras el operador continuaba hablando.

La voz del operador llegaba pequeña desde el teléfono de Mike, demasiado baja para que Mason entendiera las palabras. El frío de la pared abierta le alcanzaba ya el cuello y parte de la cara. Noah seguía con las dos manos sobre él, respirando demasiado rápido.

—No te duermas.

Mason intentó enfocarlo.

—No... estoy...

El pecho se le cerró antes de que pudiera terminar.

—No hables —dijo Mike, inclinándose un poco para escuchar mejor el teléfono—. Déjalo. Respira.

Thomas regresó desde el pasillo.

—Se lo mandó a Daniel.

Mike apartó el móvil de la oreja.

—¿Seguro?

—Lo he visto en la pantalla —dijo Thomas, señalando hacia el dormitorio.

Noah no quitó las manos de Mason.

—¿Y qué?

—Que ya no depende de esta casa.

El operador volvió a decir algo y Mike se llevó otra vez el teléfono a la oreja. Respondió un par de preguntas, explicó que la entrada principal estaba bloqueada y les indicó por dónde podían llegar hasta Mason. Cuando colgó, mantuvo el móvil en la mano.

—Nos quedamos.

—La ambulancia ya viene —dijo Thomas.

—Precisamente.

—Mike, saben dónde está. Aquí ya no...

—Me importa una mierda lo que tenga Daniel ahora mismo. Yo no voy a dejarlo solo.

—Si Daniel abre ese archivo, tenemos otro problema —dijo Thomas, pendiente todavía del pasillo.

—Pues lo tendremos dentro de diez minutos. Podemos esperar a oír la ambulancia.

—No. —Thomas ya se estaba moviendo hacia la abertura—. Ahora.

—No puedo soltar —dijo Noah sin mover las manos.

Mike volvió a agacharse junto a él.

—No las quites todavía.

Mike colocó una toalla doblada sobre la herida y mantuvo la mano encima mientras Noah retiraba las suyas.

—Vale, ya está. Levántate.

Noah tardó en hacerlo. Cuando tuvo las manos libres se quedó un instante con ellas delante, cubiertas de sangre, sin saber muy bien qué hacer.

Thomas esperaba ya junto a la abertura. Mike permaneció un poco más agachado frente a Mason, con una mano sobre la toalla.

—Vienen de camino.

Mason no supo si había conseguido asentir.

Mike se levantó y siguió a los otros. Poco después Mason oyó cerrarse las puertas del vehículo y el motor alejándose por el camino.

La televisión continuaba encendida frente al sofá atravesado contra la puerta principal. Por el otro lado de la habitación, donde antes había pared, entraba aire frío.