Érase otra vez 2
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—Tom.

El nombre le salió más bajo de lo que esperaba.

Thomas levantó la vista hacia la ventana y durante unos segundos ninguno de los dos hizo nada.

Mason seguía con dos dedos enganchados en la cortina; Thomas permanecía junto al vehículo, mirando la casa como si aquello todavía pudiera pasar por una visita normal y solo faltara que uno de los dos decidiera comportarse como si lo fuera.

Thomas fue el primero. Caminó hacia el porche sin prisa y Mason dejó caer la cortina, aunque permaneció junto a la ventana hasta verlo desaparecer de su campo de visión al subir los dos escalones. Poco después oyó dos golpes normales en la puerta, sin insistencia.

El pestillo estaba puesto, más por costumbre que por precaución. Mason llevaba cerrándolo desde que vivía allí, sobre todo para evitar discusiones con repartidores que entraban al porche como si la casa fuese suya. Thomas llamó otra vez.

—Mase.

Aquello le molestó más que los golpes. Hacía años que casi nadie lo llamaba así.

Mason se acercó lo suficiente para que pudiera oírlo, aunque dejó todavía un par de metros hasta la puerta.

—Es un poco tarde para plantarte aquí sin avisar.

—Son las siete menos cuarto.

—Ya. Para mí eso cuenta como tarde. Mi horario social termina sobre las seis y media.

Esperó la pequeña exhalación por la nariz que Thomas solía hacer cuando algo le divertía. Esta vez no llegó.

—Solo quiero hablar contigo.

—Pues habla.

—Preferiría que abrieras. No voy a entrar si no quieres, Mase. Abres, hablamos un momento y ya está.

—Llevas dieciocho años sin venir a verme y apareces un martes por la noche sin avisar —dijo Mason mientras apoyaba una mano en el respaldo del sofá—. Entenderás que lo de abrirte la puerta así, porque sí...

—No te voy a hacer nada.

—Ya. Bueno. Esa es una frase bastante rara para tener que decirle a alguien.

Thomas dejó escapar por fin aquella pequeña exhalación.

—Sigues igual.

—Más o menos. ¿Qué quieres, Tom?

—Hablar de Ethan.

Mason apartó la mano del sofá.

—¿Ahora? Han pasado dieciocho años.

—Ya sé cuánto ha pasado. No he venido a hablar de eso.

—Pues entonces no sé por qué has venido.

—Porque quiero saber qué pasó de verdad.

—Ya sabes lo que pasó —dijo Mason, todavía pendiente de la puerta—. Llevas sabiendo lo mismo desde entonces.

—Sé lo que contasteis vosotros. Y llevo mucho tiempo pensando que faltan cosas.

Mason se descubrió algo más cerca de la puerta.

—Tom, no sé qué quieres que haga con eso. Si has venido porque ahora crees que aquella noche fue distinta, no puedo darte otra historia solo porque hayan pasado dieciocho años y de repente la vuestra ya no os encaje.

—No es que no me encaje. Creo que no fue así.

—¿Y eso de dónde sale?

—De que durante todo este tiempo solo hemos tenido vuestra versión.

—Porque fue la que hubo. La mía, la de Daniel y la de Caleb.

—Sí —dijo Thomas—. La de los tres.

Mason no encontró nada que responder y Thomas tampoco tuvo prisa por llenar el silencio.

—No quiero que me cuentes otra vez lo mismo. No quiero escuchar dónde estabais, quién vio qué ni ninguna de las cosas que ya sé de memoria. Quiero saber qué falta.

—No sé de qué hablas —dijo Mason, aunque la mirada se le fue un instante al teléfono sobre la mesa.

—Había una grabación. Una cámara. Sabes perfectamente cuál.

—Había muchas cosas aquella noche.

—Sí. Seguro que sí.

—Si has venido buscando una cinta de hace dieciocho años, te has pegado un viaje bastante absurdo —dijo Mason, desviando la mirada hacia el pasillo.

—Hay más —dijo Thomas.

—No.

—No te he preguntado.

La televisión continuaba sonando a su espalda y, desde la cocina, el frigorífico arrancó con su zumbido habitual. Thomas no sabía cuánto había sobrevivido de aquella noche, pero Mason acababa de darle una respuesta que no le había pedido.

Antes de que pudiera pensar qué hacer con eso, fuera se cerró otra puerta del vehículo.

Fue hasta la ventana y apartó apenas la cortina.

Otro hombre avanzaba desde el lado del conductor hacia el porche, más corpulento que Thomas y algo inclinado de hombros dentro de una chaqueta de trabajo oscura.

Le bastó un instante para reconocer a Mike.

Al moverse, el vehículo quedó más visible desde la ventana.

Mason alcanzó a leer las letras blancas pintadas en el lateral —WOLF brOTHERS DEMOLITION ni siquiera hace falta que salgamos del porche.

—Ya. Lo de “nada más” pierde un poco de fuerza cuando venís dos.

Thomas se adelantó a Mike.

—No hace falta montar nada con esto, Mason. Me abres, hablamos cinco minutos y nos vamos. Si después quieres cerrar la puerta y no volver a verme, perfecto.

—Pues podemos ahorrarnos los cinco minutos —dijo Mason sin soltar la cortina.

—Mase...

—No, Mike. No sé qué os han contado ni qué creéis que habéis encontrado, pero no voy a abrir. Si Tom quiere decirme algo, ya lo estoy escuchando.

Mike buscó a Thomas, pero él no dijo nada.

Mason dejó caer la cortina y se apartó de la ventana mientras los oía hablar fuera en voz demasiado baja para distinguir las palabras. Al pasar junto a la mesa cogió el teléfono. Estuvo a punto de abrir el grupo de los tres, pero cambió de idea antes incluso de desbloquearlo.

Buscó directamente a Daniel y lo llamó mientras se alejaba de la ventana. No quería seguir allí, con la cortina a medio cerrar y pendiente de lo que ocurría al otro lado. Cruzó el salón hasta la cocina y esperó junto a la encimera. Daniel contestó al tercer tono.

—Si es por el seguro, te aviso de que he decidido no volver a mencionarlo hasta mañana. Es mi nueva estrategia. A ver si así te entra miedo de verdad.

—Pues has elegido un momento estupendo para cambiar de tema —dijo Mason mientras abría la nevera sin saber muy bien para qué y volvía a cerrarla—. Los Wolf están aquí.

Al otro lado hubo un silencio antes de que Daniel preguntara:

—¿Quiénes?

—Tom está en el porche. Mike también. No sé si hay alguien más en el vehículo. De momento solo quieren que abra para hablar.

—No abras. Y cuando colguemos, llama a la policía.

—Daniel, no están haciendo nada.

—Me da igual si son dos, tres o toda la puta familia. Tú no sales a averiguar qué quieren. Te quedas dentro y llamas.

—No he dicho que vaya a salir a preguntar nada. Tom ha venido a hablar y, de momento, eso es todo.

—Tú no me llamas porque alguien quiera hablar.

—Quiere hablar de Ethan —dijo Mason, apoyando una mano en la encimera. Desde allí veía parte de la puerta principal, el sofá ligeramente fuera de sitio y la televisión encendida sin volumen suficiente para entender nada.

Daniel tardó un instante en responder.

—¿Qué sabe?

—Dice que aquella noche no ocurrió como la contamos. No me ha explicado mucho más y yo tampoco me he puesto a ayudarle.

Sabiendo por dónde iba a seguir Daniel, se adelantó:

—No le he abierto ni pienso hacerlo. Y tampoco me han amenazado. Están ahí fuera hablando. Si llamo ahora... ¿qué coño les digo cuando me pregunten por qué han venido?

—Que hay gente en tu propiedad y que no quieres que esté ahí. Con eso basta. No tienes que contarles 2008 por teléfono.

—Ya sabes que no va a quedarse en eso.

—Pues que no se quede —dijo Daniel—. Pero primero sales de ahí. Si no quieres llamar todavía, coge las llaves y vete por detrás. Ya discutiremos después si estoy exagerando, cuando estés en el coche.

Desde el porche llegaron unos golpes más secos que los anteriores.

—Mase —llamó Thomas—. No voy a quedarme aquí toda la noche.

Daniel lo oyó.

—¿Era él?

—Sí. Y sigue sin intentar tirar la puerta abajo, por si ayuda.

—No ayuda. Sal por detrás.

Se separó de la encimera y cruzó despacio el salón. Al fondo del pasillo se veía la luz del segundo dormitorio; el ordenador seguía encendido y la carpeta, abierta. Daniel y Caleb creían que aquel material había desaparecido hacía años.

—Dame cinco minutos. Cojo un par de cosas, miro por dónde están y salgo.

—¿Qué cosas? Porque como te pongas a hacer una maleta voy yo mismo.

—No voy a hacer una maleta. El teléfono, la cartera, alguna mierda que no quiero dejar aquí. Cinco minutos.

—Mason, si hay algo que no me estás diciendo, este es un momento bastante malo para ponerte misterioso.

Llegó hasta la puerta del dormitorio. En el monitor seguía abierta la carpeta y podía contárselo allí mismo: decirle que la grabación seguía existiendo y que Thomas sabía lo suficiente como para preguntar por ella. Estuvo a punto de hacerlo.

—Te llamo cuando salga.

—Eso no responde a lo que te he preguntado.

—Ya lo sé.

—Vale. Cinco minutos —cedió Daniel—. Pero si vuelven a tocar, intentan entrar o ves a alguien rodeando la casa, te vas. Nada de quedarte a comprobar qué quieren. Sales, llamas a la policía y me llamas a mí, aunque sea solo para decirme que soy un pesado.

—Para eso último no hace falta que sea una emergencia.

—Mason.

—Cinco minutos.

Colgó antes de que Daniel pudiera añadir nada y entró en el cuarto.

La ventana de transferencia seguía abierta y los archivos recuperados estaban donde los había dejado.

Se sentó, acercó el teclado y abrió la carpeta.

Había llamado a su hermano, le había contado que los Wolf estaban fuera y aun así había conseguido no decirle nada de aquello.

Conectó el teléfono al ordenador y empezó a copiar allí todos los archivos.

No abrió ninguno; comprobó que estaban seleccionados y puso el proceso en marcha.

Si tenía que mandárselos a Daniel, no quería depender de volver a aquel cuarto.

La barra empezó a avanzar como si estuviera transfiriendo fotos de unas vacaciones cualquiera.

Dejó la copia trabajando y se incorporó para volver al salón cuando oyó un ruido apagado al otro extremo de la casa, cerca de la salida secundaria.

El ruido volvió antes de que llegara a la puerta del cuarto.

Ahora pudo situarlo mejor: venía del otro extremo de la casa, hacia la salida secundaria, algo breve, como un roce o un golpe donde no debía.

La copia seguía en marcha. Dejó el teléfono junto al teclado, cambió de idea y volvió a cogerlo antes de salir al pasillo.

Avanzó sin llamar a Thomas ni preguntar quién estaba ahí.

Utilizaba aquella salida lateral mucho menos que la principal y empezó a reducir el paso antes incluso de llegar a la puerta.

Buscó el ángulo de la ventana más próxima.

Fuera ya estaba prácticamente oscuro, aunque la luz de la casa alcanzaba para distinguir el borde del camino y parte del lateral.

Se acercó sin pegarse al cristal y apartó apenas la cortina.

Había un hombre a unos metros de la salida secundaria, lejos del vehículo y del porche. No le veía bien la cara, pero parecía más joven que Thomas y Mike y llevaba ropa de trabajo parecida a la de ellos. Estaba quieto junto al lateral de la casa, sin ninguna razón aparente para encontrarse allí.

Soltó la cortina y retrocedió un paso. Daniel acababa de decirle que saliera por detrás. Si hubiese colgado dos minutos antes y le hubiera hecho caso, habría abierto aquella puerta con ese hombre al otro lado.

Regresó al salón. Thomas seguía fuera; alcanzaba a oír su voz y otra más baja que debía de ser la de Mike, aunque no distinguía las palabras. Ninguno volvió a llamar, y el silencio en la puerta resultó más incómodo que la insistencia de antes.

Se acercó a la puerta principal y comprobó el pestillo sin abrirla.

Seguía en su sitio. Después agarró el sofá por un extremo y empezó a arrastrarlo.

Era bastante más pesado de lo que parecía cuando uno solo tenía que sentarse en él; las patas se resistieron sobre el suelo y durante unos segundos apenas consiguió moverlo unos centímetros.

Cambió de lado, empujó con el hombro y terminó dejándolo atravesado delante de la puerta, lo bastante cerca para dificultar que pudiera abrirse del todo.

No impediría que alguien entrara si estaba decidido a hacerlo, pero quizá lo retrasaría.

Retrocedió un poco para comprobar el resultado.

El sofá ocupaba ahora una posición absurda en mitad del salón y, detrás, la televisión seguía mostrando a dos personas que discutían en silencio sobre algo que ya no habría sabido identificar.

El teléfono seguía a su alcance. Podía volver a llamar a Daniel o llamar de una vez a la policía.

Antes de decidirse oyó arrancar fuera un motor distinto al del vehículo, más pequeño y agudo. Funcionó apenas unos segundos y se apagó. Se volvió hacia la puerta principal, pero la hoja no se movió, el pestillo siguió donde estaba y nadie intentó empujar desde el porche.

Se acercó lo suficiente para que pudieran oírlo desde fuera.

—Tom, ¿qué coño estáis haciendo?

Nadie respondió.

El sonido volvió desde el lateral de la casa y la vibración le llegó bajo los pies. Uno de los objetos sobre el mueble del televisor se desplazó apenas contra la madera.

Se quedó escuchando. En el porche no ocurría nada y la puerta principal seguía intacta detrás del sofá, con el pestillo en su sitio.

NO ESTÁN TRABAJANDO EN LA PUERTA.