1
Mason dejó que el microondas siguiera pitando mientras buscaba el mando a distancia entre los cojines del sofá. Cuando por fin apareció debajo de una sudadera, el hombre del informativo ya había pasado a otra noticia y el microondas insistía con una regularidad que empezaba a parecer personal.
—Ya voy.
No había nadie más en casa, pero Mason llevaba años hablando con electrodomésticos y no veía ninguna razón para dejarlo ahora.
La bandeja de pollo teriyaki estaba demasiado caliente por los bordes y todavía fría en el centro.
Removió el arroz con el tenedor, la metió treinta segundos más y abrió la nevera mientras esperaba.
Había cerveza, un par de refrescos, mostaza, queso rallado y medio limón que llevaba allí demasiado tiempo. Sacó una cerveza y cerró.
La cocina era pequeña y estaba abierta al salón, de modo que desde allí podía ver casi toda la televisión, un aparato ridículamente bueno para el resto de la casa.
Mason siempre había pensado que había cosas en las que uno podía ahorrar y cosas en las que no; el televisor pertenecía claramente a la segunda categoría; los altavoces también y, según Daniel, unas cuantas cosas más.
Cuando el microondas terminó, sacó la comida, decidió que tibio también era una temperatura y se llevó la bandeja y la cerveza al sofá.
Tuvo que apartar con el pie una mochila que llevaba varios días en el suelo.
En uno de los bolsillos seguía colgando una etiqueta de equipaje.
Mason la miró un segundo, intentó recordar de qué viaje era y acabó sentándose sin averiguarlo.
El teléfono vibró sobre la mesa. Daniel quería saber si había pagado el seguro del coche.
Mason sostuvo el móvil delante de la cara un momento antes de abrir el grupo que compartían los tres hermanos.
Daniel vuelve a acosarme por cuestiones administrativas. Necesito testigos.
La respuesta de Daniel llegó antes de que Mason pudiera dar otro bocado: no necesitaba meter a Caleb en aquello. Mason contestó que Caleb tenía derecho a saber en qué clase de familia estaba viviendo y siguió comiendo mientras esperaba. Caleb tardó algo más en aparecer.
¿Qué has hecho?
—Gracias por la confianza —murmuró Mason antes de escribir que nada.
Daniel aclaró que se trataba del seguro del coche, que llevaba dos días recordándoselo y que Mason seguía sin responder a una pregunta bastante sencilla. Caleb fue más breve:
Págalo.
Se le escapó una risa y escribió que por eso siempre recurría a él cuando necesitaba apoyo emocional.
Caleb le recordó que no había recurrido a él y Daniel, antes de que pudiera defenderse, quiso saber si el coche seguía haciendo aquel ruido.
Mason respondió que había mejorado bastante desde que había subido la radio. Caleb preguntó qué clase de ruido era.
Daniel respondió que aquello no era una descripción y Mason dijo que precisamente por eso existían los mecánicos. Discutir contigo es como revolcarse en el barro con un cerdo, escribió Daniel. Al cabo de un rato te das cuenta de que tú intentas tener razón y el cerdo solo se lo está pasando bien.
Mason sonrió antes de responder:
No sé si me molesta más lo del cerdo o que creas que esto era una discusión.
Caleb preguntó por la última revisión.
—Joder, qué pesados sois —murmuró mientras abría la aplicación del banco. Solo quería comprobar una cosa que ya sabía y terminó respondiendo que pagaría el seguro al día siguiente. Daniel escribió únicamente su nombre. Mason empezó una respuesta, la borró y mandó otra cosa.
Mañana también existe.
Caleb reaccionó con un pulgar hacia abajo.
—Tú ni siquiera usas esos.
Antes de que pudiera seguir protestando, Daniel envió una fotografía de su cena.
Mason la abrió y encontró carne, verduras y una servilleta de tela, todo colocado con la clase de orden que hacía parecer su propia bandeja de plástico una pequeña derrota moral.
Le preguntó si aquello era una cena o una reunión de empresa, y Daniel respondió que Emma había escogido las verduras.
Mason dejó el tenedor sobre la bandeja y preguntó si Emma estaba con él. Daniel explicó que no, que estaba con Rachel; las verduras se las había dejado preparadas el día anterior.
Mason le pidió que dijera a su sobrina que su tío favorito aprobaba cualquier cosa que pudiera hacerse pasar por patata, pero Daniel respondió que Emma sostenía que Caleb era su tío favorito.
Caleb tardó apenas unos segundos.
Correcto.
—No puedes autoproclamarte.
Daniel recordó que Caleb le había arreglado la bicicleta. Mason respondió que él le había comprado un videojuego.
Daniel tardó muy poco:
Ese es el problema.
La conversación siguió un rato más sin ir realmente a ninguna parte. Daniel tenía trabajo pendiente y Caleb estaba terminando algo fuera de casa. Mason preguntó qué hasta que Caleb acabó enviando una fotografía de una pieza metálica sobre un banco de trabajo. Amplió la imagen con dos dedos.
No sé qué estoy mirando.
Ya.
Se le escapó una risa.
Terminó de cenar con el teléfono en una mano y el informativo de fondo y, cuando llevó la bandeja vacía a la cocina, fuera aún quedaba algo de luz, esa claridad gris de octubre que se mantenía unos minutos pegada a las ventanas después de que el día empezara a apagarse.
No encendió la luz exterior; desde el salón todavía alcanzaba a ver el pequeño porche y una parte del terreno.
Tiró el envase, dejó el tenedor en el fregadero y volvió al salón con la cerveza. El teléfono se iluminó antes de que pudiera sentarse. Una notificación cualquiera apareció y desapareció de la pantalla, pero Mason ya había visto la fecha.
Se quedó de pie junto al sofá. Ethan Wolf llevaba muerto dieciocho años. Bajó un poco el volumen de la televisión. Una mujer hablaba de tipos de interés y de algo que, a juzgar por su sonrisa, debía de ser una noticia estupenda, aunque no consiguió seguirla.
Abrió otra vez el grupo. Daniel había vuelto a insistir con el seguro y Caleb ya no participaba.
Mañana. Palabra de ciudadano ejemplar.
Daniel respondió que aquello no significaba nada viniendo de él. Mason empezó a escribir una réplica, la dejó a medias y bloqueó el teléfono.
Intentó seguir las noticias, cambió de canal sin saber muy bien qué había puesto y regresó al anterior casi enseguida. Al cabo de un minuto estaba otra vez de pie, a mitad de camino de la cocina y sin nada en las manos.
—Muy bien.
Se quedó allí un momento, entre el salón y el pasillo, con la cerveza todavía sobre la mesa y la televisión hablando a su espalda.
Desde donde estaba veía la puerta del segundo dormitorio, entreabierta como la había dejado aquella tarde.
Miró una vez hacia la televisión y acabó cruzando el pasillo.
Entró en el dormitorio sin encender la luz del techo.
Le bastaba con la lámpara del escritorio y con la claridad que llegaba desde el salón.
Aquel cuarto llevaba años funcionando a la vez como despacho, trastero y lugar de destino para todo lo que no sabía dónde poner: cajas con cables que quizá todavía servían para algo, consolas que ya no conectaba, discos duros,
una impresora que juraba arreglar desde hacía dos inviernos y una silla sobre la que había terminado creciendo una pequeña montaña de ropa limpia.
Apartó un par de camisetas, se sentó y despertó el ordenador con el ratón.
Había dejado el proceso a medias unas horas antes.
Una ventana seguía abierta con varios archivos ya transferidos y otros pendientes.
Recuperarlos había sido menos complicado de lo que esperaba una vez consiguió que el equipo viejo colaborara, aunque pasó un rato buscando en internet qué adaptador necesitaba para conectarlo al ordenador actual.
Daniel habría disfrutado viéndolo. Caleb probablemente habría tenido el cable correcto guardado en algún cajón desde 2011.
La carpeta llevaba únicamente la fecha: año, mes y día.
Ni Ethan ni el nombre de la urbanización.
Comprobó cuánto faltaba para que terminara la copia y apoyó la mano en el ratón.
Podía dejarla trabajando y volver al salón.
Todavía tenía media cerveza, algo en la televisión y un seguro del coche que, si se ponía verdaderamente ambicioso, incluso podía pagar antes de que Daniel volviera a recordárselo.
Con la televisión sonando demasiado baja desde el salón, llevó el cursor hasta la carpeta, comprobó otra vez la barra de progreso y terminó abriéndola.
Los archivos aparecieron en una lista. Algunos duraban pocos minutos; otros, bastante más.
Los nombres automáticos no le decían gran cosa, pero sabía aproximadamente cuál era el primero y, sobre todo, cuáles prefería no tocar.
Recorrió la lista una vez, pasó de largo uno de ellos y terminó abriendo una de las grabaciones iniciales.
La imagen apareció con un pequeño tirón.
Durante un segundo solo se vio tela demasiado cerca de la lente; después una mano la apartó y el movimiento dejó la cámara apuntando hacia un espacio mal iluminado.
Alguien hablaba fuera de plano. Otra persona se rió.
Oyó su propia voz, más aguda de lo que recordaba, diciendo algo que quedó tapado por una segunda carcajada.
Ethan apareció casi enseguida, sin mirar a cámara, hablando con otro de ellos mientras sostenía una botella en una mano.
A mitad de frase se echó a reír y el ratón quedó inmóvil bajo los dedos de Mason.
Había olvidado cómo empezaba aquella risa, el pequeño corte de aire antes de que terminara saliéndole entera, o quizá llevaba tanto tiempo sin oírla que había acabado recordándola de otra manera.
Ethan levantó una mano hacia la cámara.
—Deja de grabar y trae otra cerveza.
Mason cerró el reproductor antes de que la grabación continuara. La voz desapareció y volvieron de golpe la televisión del salón y el ventilador del ordenador. La lista de archivos reapareció en la pantalla. No abrió ninguno más.
Volvió a la ventana de transferencia. Quedaba bastante menos que aquella tarde. Cerró la carpeta, dejó el proceso trabajando y regresó al salón.
La cerveza seguía junto al teléfono. Daniel había enviado un único mensaje nuevo: Seguro.
Lo leyó sin contestar, dio un trago y se quedó frente al televisor.
Las noticias habían terminado y ahora un hombre tumbado en una cama explicaba por qué su colchón le había cambiado la vida.
Estaba a punto de subir el volumen cuando oyó un motor fuera.
Por aquel camino aparecían de vez en cuando coches que se equivocaban de entrada, repartidores tardíos o vecinos que necesitaban dar la vuelta, así que esperó a que continuara de largo. En vez de eso, el motor bajó de vueltas y se apagó.
Se acercó a la ventana. Con la luz ya casi perdida apenas distinguía el vehículo detenido frente a la propiedad y una puerta que acababa de abrirse. Apartó un poco la cortina. Un hombre bajó y echó a andar directamente hacia la casa, sin consultar el teléfono ni buscar un número.
Lo siguió con la vista hasta que atravesó una zona algo mejor iluminada. Entonces dejó la cerveza sobre el mueble.
Los hombros o la manera de andar le resultaron familiares antes de que pudiera reconocer la cara. El nombre tardó un segundo más en llegar. Abrió un poco más la cortina.
—Tom.