Érase otra vez EPÍLOGO
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EPÍLOGO

La tercera vez que Pedro miró el móvil habían pasado doce minutos. No era un retraso especialmente preocupante: Julia podía haberse entretenido por el camino, confundido de calle o simplemente llegar tarde. Desde aquella noche en el Círculo procuraba no rellenar demasiado deprisa los huecos.

Le escribió un ¿dónde estás? y guardó el teléfono.

Habían quedado frente a una cafetería que ella había elegido, en una calle por la que Pedro había pasado muchas veces sin tener ningún motivo para detenerse.

A aquellas horas había gente entrando y saliendo de los comercios, una terraza casi llena y un repartidor que discutía con su navegador delante de un portal situado, según el propio portal, veinte metros más atrás.

Madrid seguía funcionando con suficiente normalidad para no colaborar con ninguna teoría.

A los quince minutos volvió a mirar la pantalla.

El mensaje seguía sin respuesta, así que la llamó, pero el teléfono no estaba disponible.

Pedro permaneció un poco más junto a la cafetería mirando hacia la calle por la que Julia había dicho que llegaría, hasta que decidió acercarse a la esquina. Solo hasta la esquina.

Junto al bordillo vio una mancha roja. Siguió de largo, pero dos pasos después encontró otra unos metros más adelante, pequeña y brillante sobre la piedra, y se detuvo. Podía ser salsa, fruta, una bebida o sangre; con dos manchas en el suelo no iba a decidir nada.

Se agachó junto a la segunda y vio una semilla en el centro.

—Vale.

Un poco más adelante encontró media frambuesa aplastada y, al incorporarse, vio otra mancha cerca de un portal, acompañada esta vez por una servilleta arrugada con restos de fruta. El rastro continuaba hacia dentro.

Pedro dudó un momento antes de entrar. El pasillo desembocaba en un patio interior pequeño, con varias macetas, dos bicicletas apoyadas contra una pared y una mesa redonda junto a una puerta abierta.

Julia estaba sentada allí con una mujer mayor.

Delante de ellas había una tetera, dos platos y una tarta de frambuesa a la que ya le faltaba una porción considerable.

—Puedo explicarlo —dijo Julia, levantando la vista con el tenedor en la mano.

Pedro se acercó a la mesa. La mujer, que rondaría los setenta y tantos y llevaba un delantal sobre la ropa, le sonrió como si llevara esperándolo desde el principio.

—Me alegro.

—Me he equivocado de calle —explicó Julia, dejando el tenedor en el plato—. Luego he visto a Carmen intentando entrar con tres bolsas y la he ayudado. Y aquí dentro no tengo cobertura.

Le enseñó el móvil. Ni una raya.

—Eso no explica esto —dijo Pedro, señalando la tarta.

—No —respondió Julia, mirando su plato—. Eso ha ocurrido después. Tenía hambre.

—La muchacha iba a marcharse sin probarla —dijo Carmen, apoyando una mano sobre la mesa—. Con lo delgada que está.

—¿Ves? —dijo Julia, señalándola con el tenedor—. No podía hacerle ese feo.

—Claro. Era una obligación —respondió Pedro, mirando la porción casi terminada.

Julia sonrió. Aquello, al menos, seguía funcionando exactamente igual.

Pedro estuvo a punto de preguntarle por qué no había salido a avisarlo, pero miró el móvil sin cobertura y después la tarta todavía caliente. Lo dejó.

—Siéntate tú también. Queda mucha —dijo Carmen mientras se levantaba.

—Gracias, de verdad, pero habíamos quedado para comer.

—Pues mejor. Así no comes con el estómago vacío.

Pedro buscó una respuesta y no encontró ninguna que pudiera competir con aquella lógica. Julia bajó la cabeza para ocultar la risa.

—Una porción —insistió Carmen—. Tengo otra en el horno.

Pedro miró la tarta y después el rastro de frambuesas que llegaba hasta el patio.

—No —dijo Julia al verle la cara.

—¿Qué?

—Esa cara.

—Es mi cara.

—No. Esa ya me la conozco.

Carmen desapareció hacia la cocina anunciando que la segunda tarta estaría lista enseguida.

—No me digas que ahora quieres irte —dijo Julia cuando Pedro dio un paso hacia el portal.

—Creo que deberíamos irnos.

—Pedro, es una señora que nos ha dado tarta.

—Y acaba de decir que tiene otra en el horno.

Julia se echó a reír.

—Pensaba que habías aprendido algo con todo aquello —dijo mientras recogía el bolso.

—He aprendido a esperar a tener pruebas —respondió Pedro, mirando la frambuesa que había quedado junto a su plato.

—¡Quedaos! ¡La otra está casi hecha! —gritó Carmen desde la cocina.

Pedro tendió la mano a Julia.

—Venga.

—Eres ridículo —dijo ella, aceptándola todavía riéndose.

Pedro echó a andar hacia la calle.

—Este cuento sí me lo sé.