10 DESPUÉS DE MEDIANOCHE
Dani no intentó marcharse cuando Pedro fue a buscar a uno de los agentes ni volvió a explicar nada.
Se quedó donde estaba mientras Pedro contó lo necesario y Julia entregó el teléfono con los mensajes de Álvaro.
Después llegó la carta, volvieron las preguntas y la investigación dejó de depender de ellos.
Pedro explicó lo que sabía. A partir de ahí se ocuparon otros.
Cuando se llevaron a Dani, el Círculo estaba casi vacío.
Dos agentes lo acompañaron hacia las escaleras mientras otro continuaba hablando con Tomás junto a la zona de producción.
Dani bajó con ellos como había recorrido aquellas plantas durante toda la noche, solo que esta vez no iba a volver veinte minutos después con una botella de agua o una explicación sobre cajas mal colocadas.
Pedro lo vio desaparecer al final del tramo.
Quince años no encontraban una forma especialmente útil de caber en aquel momento y Pedro tampoco sabía qué se suponía que debía hacer con ellos.
Estaba enfadado y podía pensar en Álvaro en el suelo, en Dani marchándose con la carta mientras Julia llegaba unos minutos después, pero también recordaba un gin-tonic sin pepino, una estantería que había durado cuarenta minutos y a un chaval de catorce años riéndose de su boca azul.
Una cosa no borraba las otras.
Julia se quedó a su lado sin preguntarle nada.
Lo que siguió ocurrió con la lentitud desordenada de las cosas que ya no dependían de ellos. Un agente volvió sobre algunos detalles y otro se llevó la carta. Octavio seguía en el edificio, pero lo que ocurriera después con él ya no les correspondía resolverlo aquella noche.
Con Elena era distinto. Estaban los documentos, la carta de Rafael y lo que Octavio había admitido. Julia ya sabía qué había ocurrido.
Pedro la miró de reojo. Llevaba horas buscando una respuesta sobre su madre y ahora la tenía, aunque no parecía más ligera. Al menos ya no tendría que seguir preguntándose si alguien le estaba ocultando algo.
Álvaro había seguido los documentos hasta Elena, después hasta Octavio y finalmente hasta Rafael.
Al final, la carta había llegado, aunque tampoco borraba lo que Rafael había hecho: había ayudado a mantener una mentira durante años y, mucho después, había dejado por escrito que lo sabía.
Ambas cosas pertenecían al mismo hombre que Pedro recordaba.
Ya habría tiempo para pensar en Dani, mañana, la semana siguiente o cuando pudiera hacerlo sin intentar decidir de una vez qué significaban quince años de amistad frente a unas horas. Aquella noche no sabía si algún día podría perdonarlo y no iba a decidirlo allí.
Julia apoyó un momento la espalda contra la pared y cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, el pasillo había quedado aún más vacío. El personal retiraba cajas y recogía cables; las voces de los agentes llegaban amortiguadas desde otra zona y nadie parecía necesitar ya nada de ellos.
Pedro miró hacia las escaleras. Desde medianoche siempre habían empezado a andar porque faltaba algo: una persona, un recorrido, un nombre. Ahora podían limitarse a bajar.
—Vamos —dijo Julia.
Pedro fue con ella. Bajaron sin decidir demasiado el recorrido, porque ya no tenían que alcanzar a nadie ni comprobar cuánto se tardaba entre dos puntos.
En los rellanos quedaban vasos apoyados junto a las paredes y algún antifaz abandonado donde horas antes nadie habría permitido que formara parte de la decoración.
Cerca de la Sala de Columnas, dos trabajadores recogían cables.
Uno enrollaba una tira de luces mientras el otro desmontaba un elemento escénico que Pedro recordaba encendido y bastante más convincente.
Sin música y sin gente alrededor, volvía a ser lo que probablemente había sido desde el principio: tela, madera, electricidad y alguien que después tendría que guardarlo todo en cajas.
Atravesaron el Salón de Baile. Pedro redujo el paso casi sin proponérselo.
La sala donde apenas había podido caminar entre disfraces estaba ahora abierta de un extremo al otro.
Quedaban copas sobre algunas mesas, confeti pegado al suelo y una máscara dorada debajo de una silla.
En el escenario, la cabina de Peter estaba apagada y dos técnicos empezaban a retirar parte del equipo.
Horas antes Pedro había entrado allí convencido de que vería la sala, terminaría una copa y se marcharía. Cerca del límite de aquella misma pista había visto a un príncipe perder una batalla contra su capa y, unos pasos más allá, había conocido a Julia.
Ella también aminoró el paso, aunque Pedro no supo si por el mismo motivo.
—Parece más pequeño —dijo Julia.
Pedro miró alrededor.
—Creo que por fin sé dónde estoy.
—No exageremos —respondió ella, volviendo la cara hacia él.
La respuesta le arrancó algo que todavía no llegó a ser una risa, pero se le pareció lo suficiente. Siguieron andando.
El Círculo continuaba teniendo demasiadas escaleras y probablemente varias plantas que Pedro habría sido incapaz de señalar correctamente en un plano, pero ya no le resultaba extraño.
Reconocía los giros, sabía qué corredor desembocaba cerca de Columnas y dónde la música había llegado amortiguada cuando subieron por primera vez a la Fuentecilla.
El edificio no se había vuelto más sencillo. Solo estaba lleno de lugares que ya habían ocurrido.
—¿Azotea? —preguntó Julia al llegar a otro tramo de escalera, señalando hacia arriba.
Pedro siguió su gesto.
—Sí.
Subieron. A medida que dejaban atrás las plantas abiertas, el silencio aumentó y Pedro empezó a notar por fin el cansancio en las piernas. Julia iba a su lado sin apresurarse y ninguno intentó llenar el trayecto.
Al final encontraron la puerta y Julia la abrió primero. El aire frío entró de golpe y borró en un segundo el calor acumulado del edificio.
Pedro salió detrás de ella. Madrid seguía allí y, sobre ellos, Minerva también.
La azotea estaba casi vacía y el frío resultó más serio de lo que parecía desde dentro. Julia se abrazó los brazos nada más salir; Pedro metió las manos en los bolsillos y avanzaron unos pasos hasta poder ver Alcalá.
Desde aquella altura, la ciudad conservaba una normalidad difícil de aceptar después de tantas horas encerrados en una sola noche: coches, semáforos, alguna ventana encendida.
Abajo, cerca de la entrada del Círculo, las luces azules de varios vehículos se reflejaban intermitentemente sobre la calle y la fachada.
Pedro evitó mirar demasiado tiempo hacia allí. Se quedaron junto a la barandilla sin hablar, agotados, dejando que el aire frío les recordara que llevaban toda la noche despiertos.
Miró a Julia. Tenía el pelo desordenado, la máscara había desaparecido hacía horas y el vestido verde con el que la había conocido ya no parecía pertenecer a ninguna fiesta.
Pensó en la primera conversación junto a la pista, cuando todavía creía que lo más complicado que podía ocurrir aquella noche era que Dani contara la historia del Bic delante de una desconocida.
—Tengo que pedirte perdón.
—¿Por qué parte? —preguntó Julia, volviendo la cara hacia él.
Había cansancio en la pregunta, pero no dureza.
—Por pensar que habías matado a Álvaro.
—Ah. Esa parte.
—No fue exactamente mi mejor momento —dijo Pedro, apoyando los antebrazos sobre la barandilla.
Julia miró hacia la calle.
—Tenías motivos.
—También tenía motivos para sospechar de Dani —respondió Pedro—. Y con él no hice lo mismo.
Julia no respondió. Se acercó un poco más a la barandilla y el aire le movió el pelo sobre la cara.
—Supongo que mañana todo va a parecer distinto —dijo mientras se lo apartaba.
—Mañana me parece una idea bastante ambiciosa.
—¿Qué propones?
Pedro miró el cielo sobre los edificios. Seguía siendo de noche.
—Llegar primero.
Julia dejó escapar una respiración que casi fue una risa.
Volvieron a quedarse callados. Minerva seguía a su espalda, enorme y quieta, y desde Alcalá subía de vez en cuando el sonido de un coche. Pedro no supo cuánto tiempo pasó y tampoco miró la hora.
—Hay una cosa que sigue sin resolverse —dijo Julia.
Pedro volvió la cabeza hacia ella. La expresión de Julia era lo bastante seria para que durante un instante empezara a repasar mentalmente todo lo que acababan de dejar abajo.
—No.
—Ni siquiera sabes qué voy a decir.
—Si es otro recorrido, otro testigo o cualquier cosa que incluya la palabra «documentación», puede esperar.
Julia tuvo que contener una sonrisa.
—No es nada de eso.
Pedro la miró con desconfianza.
—Entonces, ¿qué?
Julia dejó por fin que apareciera la sonrisa.
—Mi zapato.
—Claro —dijo Pedro, cerrando los ojos un instante—. La policía sigue teniendo uno.
—Uno de Marta —corrigió Julia—. Y lo encontraste tú.
—También cometí el error de entregarlo.
—Muy poco Príncipe Azul —dijo ella, sonriendo.
—En el cuento tenían menos cadena de custodia.
Julia intentó contenerse, pero terminó riéndose, y Pedro empezó sonriendo y acabó acompañándola, más cansado que divertido.
Cuando dejaron de reír, seguían muy cerca. Pedro la miró; Julia no apartó los ojos ni hizo ninguna broma y, después de todo lo ocurrido, él seguía siendo capaz de ponerse nervioso por aquello.
Se inclinó un poco y Julia hizo la otra mitad.
El beso fue breve y torpe. Los dos tenían frío, Pedro calculó mal la distancia y sus narices chocaron lo suficiente para que Julia se apartara riéndose.
—Muy bien, Príncipe Azul.
—Ha sido el frío.
—Claro.
Pedro la besó otra vez, esta vez sin intentar demostrar nada. Cuando se separaron, Julia siguió a su lado.
—Tengo hambre —dijo, apoyando de nuevo los brazos en la barandilla.
Pedro tardó un segundo en procesar una necesidad tan normal.
—Yo también.
—¿Hay algún sitio abierto a estas horas?
—Estamos en Madrid.
Julia lo miró.
—Eso no responde a la pregunta.
—Ya encontraremos algo.
—Desayuno.
Pedro asintió.
—Desayuno.
Ninguno empezó a andar todavía.
Abajo seguían las luces azules. Más allá, Madrid continuaba despierta y el Círculo permanecía bajo sus pies, silencioso después de haberles ocupado la noche entera. Pedro recordó la acera de Alcalá, muchas horas atrás. Una copa. Una hora. La certeza de que todavía podía marcharse.
Ahora Julia estaba a su lado.
La puerta para volver al interior quedaba a pocos pasos.
Pedro no la miró.
Y se quedó.
FIN