9 EL MEJOR AMIGO
Rafael Aranda.
Pedro no necesitó relacionar el apellido con Dani.
Durante años había sido simplemente el padre de su amigo: el hombre que abría la puerta de casa cuando llegaban del instituto, que alguna vez les había llevado en coche,
que preguntaba por los estudios sin esperar una respuesta demasiado detallada y que tenía la costumbre de dejar la televisión encendida aunque estuviera haciendo otra cosa.
Pedro no guardaba de él ninguna escena extraordinaria.
Costaba verlo ahora al final de una cadena que empezaba con Elena Vega muerta y terminaba con una carta que alguien había intentado impedir que llegara a su hija.
Julia seguía mirando el teléfono mientras Pedro volvía a la referencia que había encontrado Álvaro y empezaba a seguir las fechas.
Con el nombre delante, varias anotaciones secundarias adquirían una relación que antes no tenían: Rafael había trabajado cerca del entorno en el que se movían Octavio y Elena y, después de la muerte de ella, había intervenido en la documentación que podía haber contradicho la versión oficial.
No había provocado la caída de Elena ni estado en aquella discusión.
Su papel empezaba después, cuando todavía era posible contar la verdad.
—Era él —dijo Julia.
Pedro asintió.
—El que ayudó a Octavio.
Las notas de Álvaro señalaban una intervención concreta de Rafael: había modificado o retirado documentación después de la muerte de Elena. También explicaban por qué había cedido ante Octavio. Su trabajo dependía de aquel entorno; tenía una carrera y una familia que proteger.
Pedro había conocido a Rafael después de aquello. Durante años. Saber por qué lo había hecho no cambiaba lo que había hecho.
Julia pasó a la siguiente referencia. Había documentos conservados por Rafael mucho después de la muerte de Elena y, entre ellos, menciones a un escrito personal que nunca llegó a entregar. Álvaro lo había localizado al ordenar aquel material.
La carta.
Pedro leyó despacio el resumen que Álvaro había dejado. Rafael contaba lo ocurrido después de la muerte de Elena, admitía su intervención y dejaba por escrito lo que sabía de Octavio. Nunca había ido a la policía ni buscado a la familia de Elena. Había muerto sin hacerlo público.
Pero había escrito la carta.
—Quería contarlo —dijo Julia.
—Al final.
Álvaro había encontrado esa carta. Había localizado a Julia porque pensaba que tenía derecho a conocerla y también a Dani, porque el hombre que la había escrito era su padre.
Pedro regresó a la captura de la conversación.
Tenemos que hablar antes de que se lo des.
Hasta hacía unos minutos todavía podía fingir que aquel pronombre admitía demasiadas posibilidades. Ahora costaba bastante más. Álvaro tenía la confesión de Rafael y pretendía enseñársela a Julia. Dani lo sabía antes de medianoche y había querido hablar con él antes de que ocurriera.
Eso no significaba necesariamente que hubiera hecho nada a Álvaro. Podía haber subido únicamente para hablar con él y marcharse después, y hasta la frase sobre la caída seguía admitiendo una explicación inocente. El problema era que Pedro tenía que ir explicando cada pieza por separado.
Julia no intentó completar el razonamiento por él. Clara había visto subir a Dani; los mensajes demostraban que había hablado con Álvaro y que sabía que iba a entregar algo.
—Podía haber ido a buscarlo y marcharse antes —dijo Pedro.
—Sí —respondió Julia.
Y lo dejó ahí.
Pedro siguió mirando la pantalla hasta que Julia preguntó:
—¿Qué podrías comprobar?
Él levantó la vista. Había dos cosas: si Dani tenía tiempo de recorrer aquella ruta y dónde había terminado la carta original.
—La ruta. Quiero saber si Dani podía estar allí y salir por donde vimos.
Julia recogió el móvil.
—¿Y después?
Pedro pensó en la carta de Rafael, en el mensaje y en todo lo que todavía no sabían.
—Después quiero saber dónde está el original.
Antes de hablar con Dani, quería agotar lo que todavía podía comprobar.
Tomás los acompañó de nuevo hasta la zona que habían reconstruido con Wendy.
A aquellas horas el edificio había perdido casi por completo el aspecto con el que Pedro lo había conocido al llegar.
Quedaban luces encendidas donde hacían falta, empleados recogiendo material, algunas cajas abiertas junto a las paredes y restos de una fiesta que parecía haber terminado mucho antes de lo que marcaba el reloj.
La música llevaba tanto tiempo apagada que los pasos volvían a pertenecer al edificio.
Pedro le explicó a Tomás lo justo. No mencionó todavía el nombre de Dani como acusación; preguntó por recorridos, accesos y tiempos.
—Desde donde cayó Álvaro, ¿podía alguien incorporarse a la ruta que vio Wendy después del apagón sin cruzar por delante de la zona principal?
Tomás recorrió con ellos el trayecto y no necesitó pensarlo demasiado.
—Sí. Por aquí se puede salir hacia la zona de apoyo y volver a las áreas de la fiesta sin dar la vuelta completa.
Pedro siguió andando hasta donde el recorrido volvía a hacerse visible. Era una ruta normal del edificio, fácil para alguien que conociera las zonas de apoyo.
Dani las conocía.
—¿Cuánto se tarda? —preguntó Pedro.
—Un minuto, quizá menos, si sabes adónde vas —respondió Tomás, encogiéndose ligeramente de hombros.
Pedro asintió. Dani podía hacerlo, aunque aquello por sí solo no demostraba nada.
Regresaron sin hablar y pasaron a la siguiente comprobación: la carta. La policía ya había inventariado las pertenencias y la documentación recuperadas junto a Álvaro, pero el original de Rafael no figuraba entre ellas. Pedro pidió que lo comprobaran de nuevo y tampoco apareció.
Mientras esperaban junto a Tomás, volvió a leer el mensaje.
Tenemos que hablar antes de que se lo des.
Ahora sabían además que la carta había desaparecido.
—¿Dani pasó por alguna zona de producción después de que encontraran a Álvaro? —preguntó Pedro.
Tomás tardó un momento en reconstruirlo.
—Sí. Creo que sí. Estuvo entrando y saliendo varias veces durante el lío. Como todos los de producción.
—¿Recuerdas dónde?
—Material —dijo Tomás, señalando hacia una de las zonas de apoyo que habían quedado cerradas al público durante la fiesta—. Allí guardamos parte de lo que se iba retirando y cosas del montaje.
Era una respuesta completamente normal. Dani podía entrar allí porque trabajaba en el evento, igual que podía moverse por zonas donde ningún invitado habría tenido motivo para estar.
—Si estuviera ahí... —dijo Julia, mirando hacia la puerta.
Pedro fue a hablar con el agente que coordinaba aquella parte de la investigación y le explicó lo de Rafael, la carta y el mensaje de Dani. Fueron ellos quienes revisaron la zona mientras Pedro y Julia esperaban fuera y Tomás ayudaba a identificar el material de producción.
Cuando el agente salió llevaba una funda transparente con varias hojas dobladas.
Pedro reconoció el apellido antes de leer nada más.
Aranda.
Le permitieron verla sin manipularla. No necesitó leer cada línea para entender qué era.
Rafael hablaba de Elena Vega, de Octavio y de lo que había hecho después de aquella muerte.
Admitía haber retirado y alterado parte de la documentación que habría podido contradecir la versión del accidente.
Explicaba también que había callado por miedo a perder su trabajo, su posición y la estabilidad de su familia.
Años después seguía sin encontrar una forma decente de nombrar aquella decisión.
Julia leyó por encima de su hombro. Rafael no pedía que lo perdonaran ni había una gran justificación esperando al final. Había dejado por escrito lo que sabía y lo que había hecho para ocultarlo.
Pedro levantó la vista del documento. La carta se había escrito años antes y no decía nada sobre Dani. Lo importante era dónde había aparecido: había desaparecido de las pertenencias de Álvaro y terminado en una zona de producción a la que Dani tenía acceso.
Dani todavía podía tener una explicación, pero ya no quedaba ningún pasillo, horario o documento que Pedro pudiera completar por él.
—¿Y ahora? —preguntó Julia cuando apartó la mirada de la funda.
Pedro pensó en los quince años que llevaba haciendo preguntas a Dani sin recordar haber tenido nunca miedo de la respuesta.
—Ahora se lo pregunto a él.
Lo encontraron cerca de una de las zonas de producción, hablando con dos personas del equipo.
Dani escuchaba a una de ellas con la atención cansada de quien llevaba demasiadas horas resolviendo cosas pequeñas.
Al ver acercarse a Pedro, terminó la conversación, señaló algo sobre una caja que debían mover y fue hacia ellos.
—¿Qué pasa?
Pedro había pensado la pregunta durante el camino. Aun así, delante de él tuvo que volver a encontrarla.
—¿Estabas con Álvaro?
Dani dejó de caminar. Julia se quedó unos pasos atrás, suficientemente cerca para oír y lo bastante lejos para no convertir aquello en un interrogatorio entre tres.
—¿Cuándo? —preguntó Dani, mirando primero a Pedro y después a ella.
—Antes del apagón.
Dani tardó un momento.
—Ya te dije que me moví bastante esa noche.
—Eso es lo que he estado intentando recordar. Nunca me dijiste dónde estabas.
Dani bajó la vista un instante mientras Pedro le decía que Clara lo había visto subir antes de medianoche y que habían encontrado sus mensajes con Álvaro. Lo escuchó sin interrumpir.
Cuando Pedro mencionó la carta de Rafael, Dani levantó la cabeza.
—La hemos encontrado —dijo Pedro—. Estaba en material de producción. Álvaro iba a entregársela a Julia. Tú lo sabías.
Dani volvió a bajar la vista.
—Pedro...
—Le escribiste antes de medianoche.
Dani miró hacia el pasillo. Al fondo seguía habiendo gente trabajando; alguien arrastró una caja y una puerta se cerró con un golpe que ninguno de los tres comentó.
—Quería hablar con él.
—Lo sé.
—No quería que entregara la carta sin hablar conmigo antes —dijo Dani, pasándose una mano por la nuca—. Eso era todo.
Pedro esperó. Ya no quedaba nada que pudiera encontrar en un teléfono, en un pasillo o en el recuerdo de un testigo. Había llegado hasta allí precisamente para dejar de reconstruir una conversación en la que no había estado.
—¿Estabas con él?
Dani miró hacia el suelo.
—Sí.
Pedro tardó un momento en hacer la siguiente pregunta.
—¿Qué pasó?
Dani abrió la boca, pero volvió a cerrarla.
—No quería que pasara nada —dijo antes de apartarse del paso y entrar en una zona lateral ya vacía, con algunas sillas arrimadas a la pared y material recogido en un extremo.
Julia entró detrás, aunque se quedó cerca de la puerta. Pedro permaneció frente a Dani.
—Cuéntamelo.
—Fui a buscarlo antes de las doce —dijo Dani, pasándose una mano por la cara—. Sabía lo del apagón y pensé que... no sé, que habría menos gente mirando. Que podríamos hablar sin montar una escena. Yo quería la carta, Pedro. Solo eso.
Pedro no dijo nada.
—Le dije que mi padre estaba muerto. Que si quería ir a por Octavio, que fuera a por Octavio, pero que dejara a mi padre fuera. Que aquello ya no arreglaba nada.
—¿Y Álvaro?
—Me dijo que la carta no era mía. Que la había escrito mi padre y que Julia tenía derecho a verla. —Dani bajó la vista—. Intenté quitársela. Él la apartó, me agarró... yo solo quería que me soltara.
Pedro esperó.
—Lo empujé.
—¿Y entonces?
—Cayó —respondió Dani después de tardar un momento.
Pedro dejó pasar unos segundos.
—¿Y después?
—Pensé que se levantaría —dijo Dani, levantando la vista—. De verdad. Me acerqué, le hablé... no contestaba. Yo no sabía si... —Se pasó una mano por la cara—. Me asusté.
—¿Por qué no pediste ayuda?
—No sé.
Pedro dejó pasar un momento.
—Y te fuiste.
—Oí a alguien acercándose —dijo Dani, apretando la mandíbula—. Había ruido abajo y... no sé. Cogí la carta. Era lo único que seguía pensando en ese momento. Salí por la zona de apoyo y después la escondí entre el material.
—¿Por qué te la llevaste?
—Porque todavía pensaba que podía arreglar algo. Supongo. No sé —dijo Dani, negando lentamente con la cabeza.
Julia se separó de la puerta.
—Me viste salir.
Dani tardó un poco.
—Sí.
—Y después dejaste que Pedro pensara que podía haber sido yo.
Dani no respondió.
Pedro recordó el agua, las preguntas, a Dani ayudándolo a reconstruir recorridos, hablando con gente, permaneciendo a su lado mientras él buscaba una explicación para incriminar a Julia primero y a Octavio después. Durante todo ese tiempo sabía que Julia no había empujado a Álvaro.
—Podías haberlo dicho —dijo Julia.
—Lo sé —respondió Dani mientras ella retrocedía un paso.
Pedro tomó su lugar frente a él.
—Y después hiciste lo mismo que tu padre.
—¿Lo mismo? —Dani levantó apenas la vista.
—No la caída. Después.
Dani volvió a bajarla. Rafael había callado para protegerse y Dani acababa de hacer lo mismo para protegerlo a él.
Pedro pensó en las entradas, en los días que Dani había pasado insistiendo para que fuera y en todas aquellas veces en que lo había metido en planes a los que no quería ir.
—¿Por qué me trajiste?
—¿Qué? —preguntó Dani, levantando despacio la mirada.
—Sabías que Álvaro estaría aquí y que ibas a hablar con él. No me necesitabas para eso. Podías haber venido solo. —Pedro lo miró—. ¿Por qué insististe tanto en que viniera?
Dani no respondió enseguida. Pedro volvió a ver al chico que conocía desde los quince años, el que siempre encontraba una manera de meterlo en planes a los que no quería ir y después conseguía que acabara agradeciéndoselo.
Dani levantó la vista.
—Porque siempre encuentras las cosas.