Érase otra vez 8 EL ESPEJO
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8 EL ESPEJO

Pedro miró el espejo y después el pasillo que acababa de señalar. Julia no estaba diciendo que Wendy se hubiera equivocado al ver a un hombre, sino que ellos podían haber dado por hecho que también lo había visto alejarse con sus propios ojos.

—Wendy dijo que lo perdió un momento y después volvió a verlo —dijo Julia—. ¿Dónde?

Con la Sala casi vacía resultaba mucho más fácil leer el espacio. Pedro se colocó aproximadamente donde Wendy había señalado durante su declaración. Desde allí veía una parte del pasillo de frente y otra distinta en el espejo.

—Sigue habiendo visto a un hombre moverse.

—Sí. Lo que no sabemos es si lo vio siempre en el mismo sitio.

Fueron a buscar a Wendy y la encontraron a pocos minutos de allí. No hizo falta volver a preguntarle por ropa, altura ni tiempo; Pedro solo le pidió que se colocara donde recordaba haber estado cuando volvieron las luces.

—Más o menos aquí —dijo Wendy después de avanzar unos pasos y dudar entre dos columnas.

—¿Y lo viste por primera vez dónde? —preguntó Julia.

Wendy indicó una abertura entre las columnas. Pedro se desplazó hasta allí y comprobó la línea directa: desde aquel punto podía verse a alguien cruzando cerca de la Sala.

—Lo perdí uno o dos segundos cuando se movió gente delante —recordó Wendy—. Después volvió a aparecer por allí.

Señaló hacia el lado opuesto, pero Julia caminó en dirección contraria.

—¿Así?

—No. Más hacia... —Wendy frunció ligeramente el ceño y se detuvo.

Julia ya había salido del campo de visión directo de Pedro, aunque seguía perfectamente visible en el espejo. Wendy giró la cabeza hacia el reflejo.

—Ahí.

Pedro no dijo nada. Julia avanzó un par de pasos más y, desde la posición de Wendy, su imagen pareció desplazarse hacia el lado que ella había señalado aunque el cuerpo real estuviera recorriendo la dirección contraria.

No hacía falta medir ángulos ni convertir la sala en un problema de geometría.

Bastaba con colocarse donde había estado Wendy y mirar al frente y al cristal.

—Yo pensé que seguía viéndolo delante —dijo Wendy, señalando el espejo—. Había gente por medio. No sé cuándo empecé a verlo ahí.

Julia regresó junto a ellos.

—Era el mismo hombre —dijo Pedro.

—Creo que sí. Pero ahora ya no sé cuándo dejé de verlo directamente.

Julia señaló el pasillo contrario.

—Si salió desde ahí, pudo ir hacia ese lado.

Pedro siguió la nueva dirección con la vista. La trayectoria que habían atribuido a Octavio ya no se sostenía. Wendy había visto a un hombre, pero el espejo impedía saber por dónde se había marchado realmente.

Cuando ella se fue, Pedro y Julia recorrieron una vez la nueva dirección. Octavio seguía habiendo subido y seguía habiendo buscado a Álvaro; lo que acababan de perder era el elemento que parecía situarlo saliendo de allí después del apagón.

Pedro volvió al punto donde había estado Wendy. Había utilizado su testimonio para completar justo el recorrido que necesitaba la teoría sobre Octavio.

—Entonces Octavio podía estar arriba y no ser ese hombre —dijo Julia—. Incluso podía estar buscando a Álvaro sin haber estado con él cuando cayó.

Pedro tardó un momento.

—Sí.

Octavio seguía siendo responsable de Elena y tenía motivos para temer lo que Álvaro hubiera descubierto, pero ya no podían colocarlo junto a él cuando cayó.

—Me equivoqué —dijo Pedro.

Julia no intentó suavizarlo.

—Entonces seguimos.

Pedro miró una última vez el espejo. Si dejaban a Octavio fuera de la reconstrucción, al menos durante unos minutos, también tenían que sacar a Julia, a Wendy y a cualquiera cuyo nombre estuviera condicionando la historia.

—Quitamos personas —dijo—. Solo movimientos.

Julia asintió y empezaron por lo único que sabían que había ocurrido.

Antes del apagón, Álvaro ya estaba arriba y Julia seguía abajo con Pedro.

Las luces se apagaron y, en algún momento de aquellos segundos, alguien estuvo con Álvaro y se produjo la caída.

Cuando regresó la luz, Wendy vio a un hombre moverse por la zona y después volvió a localizarlo en el espejo.

Julia subió más tarde, encontró a Álvaro en el suelo y huyó.

Pedro recorrió la secuencia sin completar los huecos. No sabían por qué aquel hombre estaba allí ni qué había ocurrido entre él y Álvaro.

—Entonces la pregunta no es quién tenía motivos —dijo Julia.

Pedro miró hacia la entrada de la sala.

—No. Primero necesitamos saber quién estaba aquí. O quién había subido.

Recordó a Clara repasando a quién había visto antes de medianoche. Dani subía las escaleras con prisa poco antes de la cuenta atrás.

Pedro siguió mirando hacia el pasillo. Dani trabajaba en el evento y llevaba toda la noche moviéndose por el edificio, así que estar arriba podía no significar absolutamente nada.

—¿Qué? —preguntó Julia.

—Estoy intentando colocar a todo el mundo.

Ella asintió y esperó. Clara había visto a Dani subir, pero en aquel edificio tenía motivos para hacerlo por trabajo.

Pedro pensó entonces en el intervalo que nunca había llegado a preguntarle. Dani se había marchado antes de medianoche con un «ahora vuelvo» y había reaparecido después de encontrar a Álvaro. Pedro siempre lo había rellenado con lo obvio: producción, personal, problemas que resolver.

Dani, en realidad, nunca se lo había explicado.

—Espera —murmuró Pedro.

Julia se acercó un poco.

—¿Qué?

Había obligado a casi todos a explicar dónde estaban: Wendy, Clara, Hugo y Sofía, Julia, Octavio. A Dani nunca se lo había preguntado. No tenía una coartada que Pedro hubiera comprobado; simplemente había dado por hecho que la tenía.

¿Dónde estabas exactamente cuando se apagaron las luces?

Pedro no tenía respuesta. Podía imaginar media docena de explicaciones razonables, pero todas las estaba poniendo él. Clara había visto a Dani subir, Dani había hablado de una caída y Pedro nunca le había preguntado dónde estaba.

Acababa de rehacer una teoría entera precisamente por confundir lo que sabía con lo que encajaba.

—Pedro.

Julia no preguntó de nuevo. Solo dijo su nombre.

Él levantó la vista. No quería acusar a nadie, mucho menos a una persona que podía explicar cada una de aquellas cosas sin esfuerzo. Pero a todos los demás les había exigido una explicación antes de descartarlos. A Dani ni siquiera se la había pedido.

—Dani.

Julia no reaccionó como si Pedro acabara de señalar a un culpable. Esperó.

—Clara lo vio subir, pero podía ser por trabajo. Y lo de la caída podía ser simplemente una deducción.

—Claro —dijo Julia—. Puede ser todo eso.

Pedro asintió. Dani tenía una explicación razonable para cada pieza. Lo inquietante era que Pedro estaba proporcionando todas.

—¿Qué te faltaría para dejarlo fuera? —preguntó Julia, mirando hacia el pasillo por el que Wendy se había marchado.

Pedro supo la respuesta antes de querer formularla.

—Saber dónde estaba. Y saber que no conocía a Álvaro más de lo que dijo.

Dani había dicho que conocía a Álvaro de vista, de coincidir en montajes y actos. Poco más.

—En lo que me envió había capturas de conversaciones —dijo Julia, sacando el móvil.

Volvieron a los archivos de Álvaro. Ya no buscaron a Elena ni a Octavio; recorrieron nombres, capturas y referencias que antes habían pasado por alto porque no tenían ninguna razón para detenerse en ellas. Pedro deseó no encontrar nada.

—Aquí —dijo Julia.

Era una captura incluida entre otros documentos, sin nada que la hubiera vuelto importante la primera vez. Mostraba parte de una conversación y, arriba, aparecía un nombre.

Dani Aranda.

Pedro acercó el teléfono. Había varias entradas en días distintos. Algunos mensajes podían ser de trabajo; otros no tenían contexto suficiente para saberlo.

—Puede ser por el evento —dijo.

Julia no respondió. Fuera cual fuera el motivo, aquello ya contradecía una parte de lo que Dani había contado: no conocía a Álvaro solo de vista.

Julia desplazó la captura hacia abajo. Entre varios intercambios breves cuya importancia resultaba imposible reconstruir sin el resto de la conversación apareció otro mensaje de Dani:

Tenemos que hablar antes de que se lo des.

Pedro leyó la frase dos veces. Se lo podía referirse a cualquier documento y la captura ni siquiera mostraba a quién iba dirigido.

—Puede ser cualquier cosa.

Julia volvió a los mensajes que Álvaro le había enviado dos días antes. La carta. Había insistido en enseñársela en persona aquella misma noche.

Pedro sostuvo ambas conversaciones juntas sin añadir nada que no estuviera allí. Álvaro tenía algo que pretendía entregar. Dani sabía que iba a entregarlo y quería hablar con él antes. Seguían sin saber por qué ni qué había ocurrido arriba, pero ya no podían aceptar que apenas se conocían.

—Si «se lo» era la carta... —dijo Julia.

Pedro volvió a mirar la captura.

—Sabía que iba a dártela.

Estar arriba todavía podía explicarse por trabajo, pero el mensaje añadía algo que no tenían antes: Dani quería hablar con Álvaro antes de que viera a Julia. Faltaba saber por qué.

Julia volvió a los archivos y buscó la referencia que Álvaro había dejado junto a la carta. No estaba el documento completo, solo una nota de catalogación y varias líneas sobre su procedencia. Pedro leyó primero la fecha y después una descripción demasiado breve para servirles de mucho.

Al final aparecía el autor.

Pedro acercó el teléfono.

Rafael Aranda.