Érase otra vez 7 PRÍNCIPE AZUL
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7 PRÍNCIPE AZUL

La conclusión no mejoró cuando Pedro intentó desmontarla. Todo seguía apuntando en la misma dirección y hasta el testimonio de Wendy parecía favorecer aquella versión: un hombre de ropa oscura y una complexión compatible con Octavio moviéndose por la Sala de Columnas cuando regresaron las luces.

Pedro habría preferido encontrar alguna pieza que no encajara. Wendy, al menos, no podía identificar a aquel hombre.

Julia caminaba a su lado con el móvil en la mano, aunque ya no lo miraba.

—Wendy no le vio la cara ni sabía quién era —dijo.

—No.

Pedro notó la dirección de la conversación y, por una vez, agradeció que Julia insistiera. Llevaban demasiadas horas viendo cómo una historia podía parecer perfecta solo porque nadie se molestaba en preguntarle dónde fallaba.

—¿Y sabemos que estaba con Álvaro cuando se apagaron las luces?

Pedro redujo el paso. Alrededor, el Círculo empezaba a mostrar el cansancio de la madrugada: una copa abandonada en el alféizar, confeti aplastado contra el suelo, dos miembros del personal pasando con cajas en dirección contraria.

La fiesta continuaba, aunque ya había lugares donde empezaba a notarse que terminaría.

—Directamente, no —dijo—. Nadie los vio juntos en ese momento.

Julia esperó.

—Pero Wendy vio salir a un hombre de esa zona justo después.

—Que podría ser él.

—Sí —dijo Pedro, mirándola.

Aun así, la alternativa exigía bastante. Para que Octavio no tuviera nada que ver, había que aceptar demasiadas coincidencias alrededor de alguien que ya había mentido sobre lo que hizo aquella noche.

—Quiero volver a hablar con él —dijo Pedro.

—Yo también.

—Eso esperaba.

La voz llegó desde detrás de ellos. Dani se acercaba por el pasillo con una botella de agua en una mano y la máscara desplazada hacia arriba, sobre el pelo.

—Llevo cinco minutos intentando encontraros. ¿Qué me he perdido?

Pedro le resumió lo imprescindible mientras seguían andando: Elena había descubierto la manipulación, Octavio había estado con ella cuando murió y Álvaro había encontrado una carta relacionada con el encubrimiento. Dani dejó de intentar quitarse la máscara del pelo a mitad de la explicación.

—Joder, Julia.

Ella asintió.

—Toma —dijo Dani, tendiéndole la botella de agua.

—Gracias.

—Era para Pedro, pero puede sobrevivir.

Pedro no protestó. Julia necesitaba bastante más el agua que él.

Julia bebió mientras Dani acababa por conseguir sacar la máscara sin arrancarse media cabeza. Con él allí, Pedro aflojó un poco. No tenían el caso resuelto, pero al menos había dejado de multiplicarse: una dirección, una persona a la que volver, algo que podían comprobar.

Dani escuchó sin interrumpir. Lo único que podía aportar era el horario: la secuencia de medianoche había empezado y terminado cuando debía.

—Entonces los tiempos siguen siendo los mismos.

—Sí —dijo Pedro.

—Y Octavio estaba arriba —añadió Dani, haciendo una mueca—. No está siendo una gran noche para el prestigio cultural madrileño.

Julia sonrió detrás de la botella.

—Por cierto —continuó Dani, mirándola con una seriedad impostada—, ¿Pedro te ha contado ya lo del Bic?

—La versión básica —dijo Julia—. Que le explotó en la boca y acabó azul.

Pedro señaló a Dani.

—Y con eso es suficiente.

—Eso es el comunicado oficial —respondió Dani.

—Sabía que faltaban cosas —dijo Julia, levantando ligeramente la botella.

Dani no repitió cómo había ocurrido. Fue directamente a lo que Pedro había omitido.

—Llegó a casa con los labios y los dientes azules. Su madre pensó que se había intoxicado.

—Durante unos treinta segundos —dijo Pedro.

—Hasta que vio el Bic.

Julia empezó a reírse.

—¿También los dientes?

Pedro miró a Dani.

—Esta parte no era necesaria.

—Era la parte importante.

Julia ya se reía sin disimulo mientras Pedro acusaba a Dani de llevar quince años exagerando la historia.

—Quince años dan para perfeccionarla —respondió él, sonriendo—. Y así sobrevivió Blue.

—Por culpa tuya.

—De nada.

Julia apoyó una mano en la pared mientras terminaba de reírse. Pedro la observó un instante y decidió que, dadas las circunstancias, podía sobrevivir a la humillación.

Entonces Julia dejó de reír y lo miró.

—Espera.

Pedro supo que aquello no iba a gustarle.

—Blue —dijo ella antes de sonreír—. Príncipe Azul.

Dani tardó un segundo en entenderlo y después empezó a reírse.

Pedro cerró los ojos. Claro. Faltaba eso.

—No soy un príncipe.

—Tú recogiste mi zapato —dijo Julia.

—Como prueba.

—Sí. Muchísimo más romántico.

Dani los miró a los dos.

—Yo aquí ya no digo nada.

—Sería una novedad —dijo Pedro.

Dani sonrió y bebió de su botella.

—Los cuentos nos han hecho bastante daño —dijo Julia.

—Sobre todo a los que intentan sacar conclusiones de ellos —respondió Pedro, apoyándose contra la pared.

—Eso lo dices ahora.

Dani miró de uno a otro y decidió concentrarse en la botella.

Julia tardó un momento antes de preguntar:

—¿Y tú qué quieres?

La pregunta dejó a Pedro sin respuesta unos segundos.

—No sé.

Julia pareció sorprendida por la sinceridad.

—De verdad. No sé —añadió Pedro, encogiéndose de hombros.

Dani tuvo la sensatez de mirar hacia otro lado.

Dejaron de hablar del caso. Julia seguía con la botella de Dani entre las manos y Pedro apoyado contra la pared mientras el personal empezaba a desmontar partes de una fiesta que todavía no había terminado del todo.

Una voz llamó a Octavio desde el extremo del pasillo.

Había terminado de hablar con el miembro del personal y se disponía a marcharse cuando los vio acercarse.

Dani llegó con ellos hasta el cruce, pero una mujer de producción lo llamó desde el otro lado para preguntarle por una incidencia con el desmontaje de una de las zonas.

—Ahora voy —dijo Dani, levantando una mano hacia Pedro a modo de despedida provisional antes de alejarse discutiendo sobre unas cajas que no debían estar donde estaban.

Pedro volvió a Octavio.

—¿Otra vez?

—Otra vez —dijo Julia.

Esta vez no sacó el teléfono.

—Álvaro encontró una carta —dijo Pedro directamente—. Una que hablaba de lo ocurrido después de la muerte de Elena.

Octavio mantuvo la expresión.

—No sé qué encontró Álvaro.

—Pero sabía que estaba buscando.

—Eso ya se lo he dicho.

—No exactamente.

Julia habló antes de que Octavio pudiera llevar la conversación otra vez hacia los documentos.

—Quiero que deje de llamarlo accidente.

Octavio la miró.

—Lo fue.

—Mi madre descubrió que había documentación manipulada. Fue a hablar con usted. Discutieron. Usted intentó impedir que se marchara y ella cayó. Después no pidió ayuda.

El pasillo seguía teniendo gente a cierta distancia, pero alrededor de ellos se había formado ese pequeño espacio que crean las conversaciones cuando nadie quiere acercarse demasiado. Octavio miró hacia el Salón y luego a Julia.

—Yo no quería que muriera.

—No le he preguntado si quería.

Octavio apretó los labios.

—La discusión se descontroló. Elena tenía unos documentos y quería llevárselos. Intenté quitárselos. Ella se apartó, yo la sujeté y perdió el equilibrio.

Pedro escuchó sin intervenir. Octavio seguía escogiendo con cuidado cada verbo.

—Y cuando cayó —preguntó Julia—, ¿qué hizo?

Octavio tardó en responder.

—Me asusté.

—Eso tampoco es una respuesta.

—No pedí ayuda enseguida —dijo él, bajando la voz.

Julia asintió una sola vez.

—¿Y después?

Octavio la miró durante unos segundos.

—Después intenté protegerme.

—¿Haciendo desaparecer la objeción de Elena?

—Yo no podía hacer eso solo.

—Pero ocurrió.

Octavio no lo negó.

Julia no preguntó todavía quién había ayudado. Pedro volvió a Álvaro.

—Álvaro había encontrado la carta, llevaba semanas haciéndole preguntas y esta noche usted subió a buscarlo.

—Quería saber qué tenía —respondió Octavio sin tardar esta vez.

—¿Por qué?

—Porque llevaba años cerrado.

Pedro miró a Julia.

—Para ella no.

La frase salió más seca de lo que Pedro pretendía. Octavio apartó la vista hacia Julia.

—No sabía hasta dónde había llegado Álvaro.

—Por eso subió a buscarlo —dijo Pedro.

Octavio no respondió. Tampoco hacía falta insistir: acababa de admitir que había subido porque quería saber qué había encontrado Álvaro.

Julia seguía observándolo.

—¿Alguna vez pensó en decirme la verdad?

Octavio pareció buscar una respuesta y no encontrar ninguna que pudiera mejorar lo anterior.

—Sí.

—Pero no lo hizo.

—No.

Pedro lo miró. La explicación más sencilla era la que tenían delante.

Se alejaron de Octavio sin necesidad de decidirlo.

Pedro esperó hasta doblar el pasillo para hablar, más por dejar a Julia unos segundos que por prudencia.

Todavía faltaba el apagón. Nadie había visto qué ocurrió entre Álvaro y quien estuviera con él durante aquellos treinta segundos, aunque el resto seguía encajando.

—Encaja —dijo Julia.

—Sí.

Octavio había subido a buscar a Álvaro porque quería saber qué había encontrado. Siguieron andando sin sonreír hasta que Julia se detuvo.

—Lo de Wendy.

Pedro volvió hacia ella.

—¿Qué pasa?

—Dijo que vio al hombre salir hacia el otro lado, ¿no?

—Sí. Desde la zona de Columnas.

Julia miró en dirección a las escaleras.

—Quiero verlo.

—¿El qué?

—Desde donde estaba ella.

Pedro estuvo a punto de decir que ya conocían el testimonio, pero Julia había empezado a andar y la siguió.

Fueron hacia la Sala de Columnas. Parecía otra a esas horas. Seguían allí las columnas, el espejo y la misma geometría del principio de la noche, pero había menos gente, menos ruido y demasiadas cosas habían ocurrido ya allí.

Julia se colocó donde recordaba que había estado Wendy.

—Desde aquí.

Pedro miró hacia el lado que ella señalaba.

—Sí. Dijo que vio a un hombre moverse desde esa zona y salir hacia allí cuando volvieron las luces.

Julia no respondió. Recorrió con la vista las columnas y el pasillo hasta detenerse en el espejo. Desde donde estaba Wendy, parte de aquel recorrido aparecía también reflejado, pero en una dirección distinta de la que Pedro había dado por supuesta.

—Wendy no lo vio ir hacia allí —dijo Julia, sin apartar los ojos del espejo.

—Claro que sí.

—No directamente. Vio al hombre entre las columnas y después volvió a verlo aquí.

Pedro siguió su mirada hasta el reflejo.

Habían unido las dos imágenes como si fueran un solo recorrido.