6 LA MADRE
Durante unos segundos ninguno apartó la vista de la fotografía. Julia siguió ampliándola hasta que la imagen dejó de dar más de sí. Pedro volvió entonces a la página completa y encontró el nombre de Elena Vega entre las personas que habían colaborado en documentación y catálogo.
—¿Sabías que hacía esto?
Julia tardó en contestar.
—Sabía que trabajaba con archivos, exposiciones, catálogos... Yo era pequeña. Para mí trabajaba con papeles. —Miró otra vez la pantalla—. Recuerdo carpetas en casa. Fotografías de cuadros. Se enfadaba muchísimo cuando una fecha estaba mal.
Álvaro había enviado otro enlace. Esta vez eran dos versiones de la ficha de una misma obra, separadas por varios años. Pedro tardó un poco en entender el vocabulario, pero los datos básicos coincidían: autor, medidas, técnica.
La procedencia no.
En la ficha antigua había un periodo sin documentar. En la posterior, el hueco estaba cubierto por un propietario, una fecha y una transmisión que terminaba en una colección vinculada a Octavio Valdés.
Pedro señaló ambas líneas.
—¿Eso se puede corregir así?
—Si encuentras documentación nueva, supongo que sí.
—¿Y aquí está?
Julia buscó en la pantalla. Había referencias a otros documentos, pero ninguno acompañaba la ficha. Álvaro había marcado precisamente esa diferencia en una de las capturas: una fecha rodeada y, al lado, el mismo apellido que acababan de reconocer en la fotografía.
Pedro no necesitaba saber de arte para ver la diferencia. Entre una ficha y otra había aparecido información que beneficiaba a Valdés, y Elena había trabajado precisamente con aquella documentación.
—Puede que mi madre viera esto —dijo Julia sin apartar los ojos de la pantalla.
Pedro volvió a los créditos y después a las fichas. Elena trabajaba con aquella documentación. Podía haber encontrado la discrepancia simplemente haciendo su trabajo.
—Quiero hablar con Octavio —dijo Julia, bloqueando el teléfono.
Pedro ya estaba mirando hacia el pasillo. Esta vez tenían algo más que una fotografía que explicarle.
No tardaron en encontrar a Octavio. Seguía en una de las zonas próximas al Salón, apartado del centro del movimiento pero no aislado, hablando con un hombre del equipo que se marchó en cuanto Julia se acercó.
Sin la multitud de antes alrededor, resultaba más fácil entender la impresión que había dado desde el principio: no parecía un invitado intentando hacerse sitio en el Círculo, sino alguien acostumbrado a que sitios como aquel ya lo conocieran.
Octavio reconoció a Julia antes de que ella dijera nada. Después miró a Pedro y esperó.
Julia le enseñó la fotografía en el teléfono.
—¿Conocía a mi madre?
Octavio observó la imagen sin necesidad de acercarla.
—Sí. Coincidimos algunas veces.
—Trabajó en esa exposición —continuó Julia.
—Colaboró en la documentación. Había mucha gente implicada.
—Y usted aportó obras.
—En una exposición así coincidía muchísima gente —dijo Octavio, asintiendo—: conservadores, propietarios, documentalistas, galeristas... Durante años acabas viendo las mismas caras en inauguraciones, préstamos, catálogos. Eso no significa que conozcas personalmente a todo el mundo.
Pedro esperó a que terminara.
—Álvaro Rivas también le preguntó por esa exposición.
Octavio volvió la atención hacia él.
—Álvaro me preguntó por muchas cosas. Era su trabajo.
—¿Lo conocía?
—De coincidir. No diría que lo conociera bien.
Pedro pensó en la mujer del equipo describiendo varios minutos de conversación antes del apagón.
—Esta noche hablaron bastante rato.
Octavio no discutió el dato.
—Me hizo unas preguntas.
—¿Sobre Elena Vega?
Octavio se tomó un instante antes de responder.
—Sobre documentación antigua. Elena podía aparecer en ella.
Pedro dejó pasar la respuesta. Julia desbloqueó entonces el teléfono y abrió las fichas que acababan de revisar.
—Aquí aparece una procedencia distinta años después. Mi madre trabajó con la versión anterior.
Octavio echó un vistazo a la pantalla.
—Los catálogos se corrigen. Aparecen archivos, ventas privadas, herencias que no estaban documentadas. No hay nada extraño en eso.
—¿Aparecieron en este caso?
—Tendría que verlo con calma. Estamos hablando de hace muchos años.
—Álvaro no parecía pensar que fuera una simple corrección —dijo Pedro.
Octavio lo miró durante un instante.
—Álvaro llevaba semanas intentando convertir documentación incompleta en algo más interesante de lo que era.
Semanas.
Pedro siguió por otro lado.
—¿Por eso lo estaba buscando antes de medianoche?
—No estaba buscándolo —respondió Octavio con tranquilidad—. Subí un momento porque abajo apenas se podía hablar y tenía que hacer una llamada.
—Pasó por la Sala de Columnas.
—Sí.
Pedro esperó un segundo.
—Y preguntó si alguien había visto a Álvaro.
Octavio sostuvo su mirada.
—Habíamos hablado antes. Quería terminar la conversación.
—Entonces lo estaba buscando.
—Si quiere formularlo así.
La llamada podía explicar que estuviera arriba. No explicaba por qué había preguntado por Álvaro.
Julia seguía mirando a Octavio.
—¿Qué sabía mi madre?
Octavio bajó los ojos hacia la fotografía que aún permanecía abierta en el teléfono.
—No sé exactamente qué sabía.
—Pero sabía que había un problema.
—Elena era meticulosa. Veía problemas donde otros veían expedientes que todavía estaban incompletos.
Julia no respondió enseguida.
—Habla de ella como si la recordara bastante bien.
Octavio levantó la vista y la miró con más atención. Fue un gesto breve, sin teatralidad. Quizá precisamente por eso la frase salió antes de que pudiera protegerla con otra explicación.
—Te pareces mucho a tu madre.
Julia se quedó inmóvil.
—La vi varias veces —añadió Octavio, demasiado tarde—. Coincidimos durante una temporada. Fue hace mucho.
Julia guardó el teléfono.
—Pero se acuerda de su cara.
Octavio no respondió.
Cuando se alejaron, Pedro no quiso convertir las evasivas de Octavio en algo que todavía no podían demostrar.
Julia volvió a abrir los archivos de Álvaro.
Entre los enlaces encontraron una copia anterior de la ficha y, junto a ella, una anotación de Elena: la procedencia no estaba acreditada, faltaba documentación original y no debía incorporarse al catálogo hasta comprobarla. Debajo figuraban el nombre de Octavio Valdés y una fecha.
La ficha definitiva era posterior. La advertencia había desaparecido y aquella procedencia figuraba ya como válida.
Pedro tuvo que leer otra fecha dos veces.
—Esto es de pocos días antes de que muriera.
Álvaro había añadido una referencia a una reunión posterior entre Elena y Octavio por aquellas discrepancias. Después aparecía el documento oficial sobre su muerte: accidente, ninguna participación de terceros.
Julia cerró un poco los dedos alrededor del teléfono y volvieron con Octavio. Esta vez no le enseñó la fotografía, sino la anotación de su madre.
Octavio la leyó y tardó algo más en devolverle el teléfono.
—Esto no demuestra lo que creéis.
—¿Qué creemos? —preguntó Pedro.
—Mi madre pidió verlo —dijo Julia, ampliando la fecha.
—Hablamos muchas veces.
—Antes eran unas cuantas coincidencias.
Octavio guardó silencio.
—¿Se reunió con ella antes de que muriera? —preguntó Julia sin elevar la voz.
Octavio tardó en responder.
—Sí.
Julia volvió a la ficha modificada.
—Ella dijo que esa procedencia no estaba demostrada. Después murió y la ficha cambió.
—Una cosa no convierte automáticamente a la otra en consecuencia.
—No —dijo Pedro—. Pero alguien eliminó su objeción.
La ficha definitiva pertenecía a un archivo en el que Octavio no trabajaba. Podía beneficiarse del cambio o presionar para conseguirlo, pero hacer desaparecer una objeción interna requería a alguien dentro.
—¿Quién cambió esto? —preguntó Julia, levantando la vista.
—No lo sé.
—¿Y qué pasó cuando habló con mi madre?
Octavio mantuvo la vista en Julia durante varios segundos antes de responder. Su voz había perdido parte de aquella facilidad con la que hasta entonces conseguía convertir cualquier pregunta en una cuestión administrativa.
—Discutimos.
—¿Por esto? —preguntó Julia sin moverse.
—Por la documentación. Elena estaba convencida de que había encontrado algo deliberado. Yo le dije que estaba equivocada.
—Pero no lo estaba.
Octavio no contestó.
—La versión oficial dice que murió en un accidente —dijo Pedro.
—Fue un accidente —respondió Octavio después de cerrar los ojos un instante y volver a abrirlos.
—No le he preguntado eso —dijo Julia con la misma voz que había utilizado hasta entonces. Lo miró directamente—. ¿Estaba usted allí?
Octavio tardó en responder.
—Sí.
Julia no apartó los ojos de él.
—Discutimos —continuó Octavio, sin mirar ya el teléfono—. Elena quiso marcharse con la documentación y yo intenté impedírselo. Forcejeamos. Elena cayó.
—¿Pidió ayuda? —preguntó Julia.
—No de inmediato.
Julia bajó la mirada mientras Octavio hablaba de pánico, de unos minutos en los que no supo qué hacer, de pensar después en lo que aquello significaría. Pedro lo dejó terminar.
—Y después alguien modificó el expediente —dijo.
Octavio no respondió.
La ficha original y la advertencia de Elena existían. Después de su muerte habían desaparecido de la versión oficial, y Octavio no podía haberlo hecho solo.
—Mi padre siempre dijo que fue un accidente —dijo Julia, todavía mirando la fecha de la anotación de su madre.
Octavio abrió la boca, pero ella levantó los ojos.
—¿Por qué nadie me dijo que estaba usted allí?
Octavio no respondió. Pedro apartó la vista.
—Necesito un minuto —dijo Julia mientras guardaba el teléfono. Tardó unos segundos en moverse y después señaló hacia las escaleras.
Pedro fue con ella.
Bajaron un tramo sin hablar y se detuvieron en un rellano donde apenas llegaba el ruido del Salón.
La fiesta seguía existiendo en alguna parte del edificio, reducida allí a un golpe lejano de música y pasos ocasionales.
Julia se sentó en uno de los escalones y Pedro permaneció de pie unos segundos, sin saber si acercarse demasiado era peor que quedarse lejos, antes de sentarse dos escalones más abajo.
Julia apoyó los antebrazos sobre las rodillas. No lloraba. Tampoco parecía estar intentando evitarlo. Miraba la barandilla como si en aquel momento fuera suficiente tener delante algo que no exigiera ninguna respuesta.
Pedro podía haber dicho muchas cosas. Casi todas le parecieron inútiles.
—Mi madre enderezaba cuadros —dijo Julia al cabo de un rato.
—¿Cuadros? —preguntó Pedro, volviendo ligeramente la cabeza.
—En cualquier sitio. En casa de otra gente también. Entraba en un salón, veía uno torcido y no podía evitarlo. —Julia pasó un dedo por el borde del escalón—. A mi padre le daba una vergüenza horrible. Yo pensaba que lo hacía para fastidiarlo.
Pedro la imaginó entrando en una casa ajena y corrigiendo un cuadro torcido sin pedir permiso.
—Quizá un poco también.
—Probablemente —dijo Julia, dejando escapar una sonrisa breve.
Volvió el silencio. Esta vez Pedro no sintió ninguna necesidad de romperlo.
—Perdona —dijo Julia después.
—¿Por qué?
—Por esto. Nos conocemos desde hace unas horas y acabas sentado en una escalera mientras descubro que llevo media vida sin saber cómo murió mi madre.
Pedro miró hacia arriba. Las plantas se sucedían alrededor del hueco de la escalera, vacías a aquellas horas salvo por alguna voz distante.
—No tienes que disculparte.
Julia lo miró y permanecieron allí un rato más. Pedro no supo cuánto.
Fue ella quien sacó el móvil. No abrió las fichas, sino que volvió a la conversación con Álvaro y leyó algunos mensajes en silencio hasta detenerse en uno.
—Él ya sabía todo esto.
Pedro miró la pantalla desde donde estaba.
—Al menos una parte.
—No me hizo venir para enseñarme una procedencia falsa —dijo Julia mientras desplazaba el historial un poco más arriba.
Había una referencia que antes no habían entendido.
Una sola palabra.
Carta.
Julia abrió el mensaje completo. Álvaro había encontrado una carta entre documentación antigua y quería enseñársela en persona porque, según él, aclaraba cosas que los registros solo permitían sospechar.
No decía quién la había escrito ni qué contenía.
Julia le había pedido que se la enviara; Álvaro prefirió esperar a que se vieran.
—¿La llevaba esta noche? —preguntó Pedro.
Los mensajes daban por hecho que Álvaro podría enseñársela. No había fotografía ni copia adjunta. Si la llevaba encima, Pedro no recordaba haber visto ninguna carta entre los objetos recogidos junto al cuerpo.
—Dice que confirma lo de la documentación —dijo Julia, volviendo al mensaje anterior.
Pedro leyó por encima de su hombro. Álvaro hablaba de una persona que había conservado información sobre lo ocurrido después de la muerte de Elena. No daba el nombre del autor.
Pero la carta podía explicar quién había ayudado a mantener aquella versión durante años.
—Por eso quería verte —dijo Pedro.
Julia asintió despacio.
—Y por eso llevaba días haciendo preguntas a Octavio.
Octavio sabía que Álvaro llevaba semanas investigando. Habían hablado antes del apagón y después había subido a buscarlo, aunque al principio intentara presentar ambas cosas como algo menor.
La muerte de Elena y la de Álvaro seguían siendo dos hechos distintos. Pero la carta daba a Octavio un motivo concreto para preocuparse por lo que Álvaro había descubierto. Y poco antes del apagón lo había estado buscando.
—¿Crees que la carta era lo que buscaba? —preguntó Julia, apagando la pantalla.
Pedro tardó en responder.
—Creo que necesitaba saber qué había encontrado Álvaro.
Julia asintió.
Elena había descubierto una manipulación que beneficiaba a Octavio y murió después de enfrentarse a él. Años más tarde, Álvaro encontró una carta capaz de sacar aquella historia de nuevo a la luz.
Octavio lo sabía y, poco antes del apagón, había ido a buscarlo. Años atrás había tenido una razón para impedir que Elena hablara.
Aquella noche, Álvaro podía haberle dado otra.