5 BLANCANIEVES #3
Uno de los responsables de restauración confirmó que habían servido dos bandejas casi idénticas, una de pera y otra de manzana. Al revisar las tartaletas que quedaban, quedó claro que Sofía había confundido las bandejas.
No había un segundo ataque. Solo una equivocación.
—Me va a odiar toda la vida —dijo Sofía dejándose caer contra la pared.
—Ahora mismo, bastante —respondió Vera al abrir los ojos.
Sofía soltó el aire por primera vez desde que había llegado. Pedro miró una última vez la tartaleta. Había estado dispuesto a convertir una alergia y un zapato perdido en un patrón.
Julia se acercó.
—¿Asesino de cuentos?
—No he llegado a decirlo.
—Menos mal.
Una mujer del equipo se acercó buscando a Tomás y, al reconocer a Pedro, se detuvo.
—Antes estabais preguntando por Álvaro, ¿verdad? Acabo de acordarme de algo. Lo vi hablando con Octavio Valdés antes del apagón.
Pedro asintió.
—¿Qué recuerdas exactamente?
—Estaban junto a uno de los laterales del Salón —dijo la mujer, señalando en esa dirección—. No era un saludo de paso ni dos frases. Estuvieron hablando varios minutos. No podía oír lo que decían, pero no parecía una conversación casual.
—¿Discutían? —preguntó Julia.
—No sabría decirte. Álvaro hablaba bastante y Octavio escuchaba. Luego se apartaron un poco cuando empezó a pasar más gente.
Pedro recordó a Álvaro con el hombre de la máscara sobria y a Dani saludándolo al pasar. Había tenido la escena delante desde el principio.
—¿Los viste separarse?
—No. Me reclamaron en la barra.
Octavio y Álvaro no se habían limitado a saludarse. Habían permanecido hablando varios minutos y después se habían apartado del resto de la gente.
Eso sí era nuevo.
Julia guardó silencio mientras la mujer se marchaba. Pedro la conocía todavía demasiado poco para saber todo lo que significaba aquel silencio, pero ya distinguía cuándo no convenía llenarlo.
—Álvaro estaba investigando la muerte de mi madre —dijo Julia—. Y esa noche estaba hablando con Octavio.
Aquello no dependía de ningún disfraz ni de una coincidencia.
—Entonces no fue solo un saludo —dijo Dani después de escuchar lo que había contado la mujer.
Pedro lo miró.
—¿Tú los habías visto juntos?
—Sí, antes. Pensé que se conocían. En estos sitios todo el mundo acaba hablando con todo el mundo.
Antes de que Julia pudiera responder, alguien de producción llamó a Dani desde el otro extremo del pasillo.
—Ahora os encuentro —dijo él, levantando una mano antes de alejarse.
Julia volvió entonces a la conversación con Álvaro. Había escrito poco y mal para alguien que, según parecía, poseía información que llevaba años enterrada: una frase vaga, otra todavía peor, un par de enlaces y varias insistencias en que prefería hablar en persona.
—Aquí —dijo mientras abría uno de los enlaces que él le había enviado días atrás.
Era una página digitalizada de una publicación antigua relacionada con una exposición.
Julia explicó que la había mirado por encima cuando Álvaro contactó con ella, buscando el nombre de su madre entre el texto.
No había encontrado nada que entendiera y, sin contexto, el documento le había parecido precisamente eso: una de las muchas cosas que un desconocido podía mandar para demostrar que sabía más que tú.
Pedro iba leyendo por encima cuando Julia retrocedió una página.
—Espera.
En la parte inferior había una fotografía de grupo. Pequeña, algo granulada, con un pie de foto demasiado borroso para leerlo desde aquella ampliación. Julia acercó la pantalla.
Mientras lo hacía, un hombre del equipo pasó junto a ellos después de negar a Tomás que hubiera entrado en una zona reservada. Tenía una nariz extraordinariamente grande y una acreditación doblada en el bolsillo.
—Está mintiendo —dijo Julia, siguiéndolo con la mirada.
Pedro apartó los ojos del móvil.
—¿Por qué?
—No sé. ¿Te has fijado en la nariz?
—No funciona así.
—¿Seguro? Yo ya esta noche no descartaría nada.
Unos segundos después, Tomás llamó al hombre por su nombre desde el otro lado del pasillo y le recordó que lo había visto entrando precisamente en aquella zona para coger hielo.
Julia volvió a mirar a Pedro sin decir una palabra.
—La foto —dijo él.
—Sí, sí.
Amplió otra vez la imagen. Varias personas posaban ante una pared blanca, probablemente después de algún acto. Julia recorrió las caras con el dedo y se detuvo tan bruscamente que Pedro dejó de mirar la pantalla para mirarla a ella.
—Esa es mi madre.
Julia volvió a ampliar la imagen y Pedro vio a Elena Vega por primera vez. Parecía más joven que ella, aunque quizá fuera la ropa o la calidad de la fotografía. No hacía falta buscar semejanzas; Julia no estaba dudando.
—¿Estás segura?
—Sí.
Pasó el dedo hacia un lado, quizá buscando el resto de la imagen, y se quedó quieta.
El hombre situado junto a Elena no miraba a cámara. Estaba vuelto ligeramente hacia ella, como si la fotografía los hubiera sorprendido en mitad de una conversación. Más joven, sin máscara y con bastante más pelo, pero Pedro reconoció primero la forma de la cara y después la expresión.
Julia acercó todavía más la imagen.
No preguntó quién era.
Pedro tampoco necesitó comprobar el pie de foto.
Octavio Valdés.