5 BLANCANIEVES #2
Se alejaron discutiendo en voz baja sobre si una oreja perdida obligaba a dar por muerto el disfraz. Pedro los siguió con la vista hasta que doblaron el pasillo.
—Ha mentido —dijo.
—Y no tenía nada que ver con Álvaro —respondió Julia.
Pedro asintió y volvió hacia Wendy, que seguía cerca.
La parte útil de su testimonio permanecía intacta: fuese quien fuese aquella figura, no era un nombre que pudieran dar todavía.
Un hombre había estado moviéndose por la Sala de Columnas en los minutos que importaban, y Wendy creía haberlo visto dirigirse hacia el lateral que acababa de señalar.
—¿Recuerdas con quién te cruzaste?
Wendy pensó unos segundos.
—Muchísima gente. Pero de los que conocéis... Clara estuvo por la planta. Me crucé con ella cerca de las escaleras.
Pedro recordó las plumas negras, la máscara plateada y los años suficientes de instituto como para que Clara reconociera a la mitad de las personas que él preferiría no tener que localizar en una fiesta. Esta vez al menos sabían a quién preguntar.
Encontraron a Clara una planta más abajo, apoyada junto a una pared con otras dos personas mientras intentaban decidir si podían marcharse o seguían teniendo que esperar.
Se había quitado las plumas de los hombros y llevaba la máscara plateada levantada sobre el pelo. Al ver a Pedro, se separó del grupo.
—Otra vez tú.
—Intento que no parezca personal.
—Vas regular.
Julia se quedó a su lado mientras Pedro le explicaba que estaban intentando reconstruir quién había pasado por las plantas superiores poco antes del apagón.
Clara aceptó la pregunta con bastante menos solemnidad de la que habría tenido un interrogatorio formal, quizá porque conocía a Pedro desde demasiado joven como para concederle autoridad con facilidad.
—Estuve dando vueltas casi toda la noche —dijo—. Subí con unas amigas después de las once y luego bajé porque una quería dejar el abrigo. Volví a subir antes de medianoche, pero Columnas estaba bastante llena y no nos quedamos mucho.
Pedro dejó que siguiera. No necesitaba convertir cada respuesta en otra pregunta.
—¿Recuerdas con quién te cruzaste?
Clara miró hacia arriba, ordenando la noche.
—Con muchísima gente. A Wendy seguro. También vi a Hugo y a Sofía por esa planta en algún momento. A Tomás varias veces, pero eso no cuenta porque parecía estar en todas partes. —Hizo una pausa breve—. Y a Dani.
—¿Dónde?
—En las escaleras. Yo bajaba y él subía. Iba con bastante prisa, además. Le dije algo y casi ni se paró.
Dani había pasado buena parte de la noche entrando y saliendo de conversaciones y atendiendo a gente del montaje.
—¿Sabes a qué hora sería? —preguntó Julia.
Clara negó con la cabeza.
—Exacta no. Antes de la cuenta atrás. No mucho antes, creo. Yo todavía estaba intentando convencer a una amiga de que no necesitaba otra copa.
Pedro asintió.
—Vale.
—Me alegra que cuatro años de Criminología te hayan enseñado a aceptar un «no sé» —dijo Clara, sonriendo.
Pedro dejó pasar aquello y siguió.
—¿Recuerdas a algún hombre alto, con ropa oscura, por esa zona?
Clara hizo una mueca.
—Pedro, acabas de describir a media fiesta.
Era justo el problema. Clara recordaba siluetas, grupos, alguien discutiendo por una copa derramada, dos mujeres intentando hacerse una fotografía frente al espejo y un hombre que había perdido parte de una corona.
Nada permitía identificar a la figura que Wendy había visto.
Tampoco recordaba haber visto a Octavio cerca de la Fuentecilla, aunque sí sabía quién era y lo había reconocido antes en el Salón de Baile.
Seguían sin tener un nombre para la figura de Wendy, pero al menos empezaban a saber quién había pasado por aquellas plantas antes de medianoche.
Clara miró hacia el pasillo.
—¿Habéis hablado ya con la chica que estaba vestida de Blancanieves?
Pedro siguió la dirección de su mirada.
—¿Por qué?
—Porque hace un rato estaba por arriba también. Vera. No sé el apellido.
—Vera Soler —dijo Julia, que pareció recordar el nombre.
—Esa. Iba con un grupo cerca de la barra.
Pedro iba a preguntarle si recordaba algo más cuando un murmullo se extendió desde el otro extremo de la planta. No era el ruido de la fiesta; ese había muerto hacía rato. Era el tipo de alteración que hacía que varias personas se volvieran a la vez.
Alguien llamó a seguridad y otra voz pidió agua. Pedro y Julia echaron a andar casi al mismo tiempo.
Vera Soler estaba tumbada en el suelo, con una mujer arrodillada junto a ella y varias personas apartándose para dejar espacio.
A su lado había caído un plato de cartón con un trozo de tartaleta de manzana.
Una amiga explicaba deprisa que Vera había dicho que se encontraba mareada, había intentado sentarse contra la pared y, unos segundos después, había perdido el conocimiento.
Durante un instante Pedro solo vio el vestido. Azul, amarillo, capa roja.
Vera empezó a reaccionar mientras se acercaban. Abrió los ojos, los volvió a cerrar y tardó un momento en responder cuando su amiga la llamó por su nombre. Estaba muy pálida y respiraba deprisa, pero parecía consciente otra vez. Alguien apareció con un vaso de agua y la amiga lo apartó.
—Espera. Todavía no.
Después explicó que aquello ya le había ocurrido alguna vez y que sabía qué hacer. Pedro y Julia se quedaron a distancia mientras el personal del Círculo llegaba hasta ellas. Vera consiguió incorporarse poco a poco, todavía apoyada contra la pared y con la mirada algo perdida.
No parecía que fueran a necesitar nada de Pedro, lo cual era una excelente noticia teniendo en cuenta que su formación médica seguía limitada a saber cuándo debía apartarse.
—Ha comido algo —dijo alguien detrás de ellos—. Igual estaba envenenado.
Pedro bajó la mirada hacia la tartaleta y después al vestido de Vera.
Manzana. Blancanieves.
Julia lo vio llegar.
—Ni una palabra —dijo.
—No he dicho nada.
—Mejor.
Hasta entonces Pedro había tratado las coincidencias como eso: coincidencias. Baile, medianoche, zapato, hermanastras. Ahora Blancanieves acababa de desplomarse después de comer manzana.
La idea fue inmediata y bastante estúpida: ¿y si alguien estaba utilizando los propios cuentos?
Sofía llegó apartando a dos personas del corrillo y se quedó blanca al ver a Vera en el suelo. Hugo venía detrás, todavía con parte de la Bestia bajo el brazo.
—Joder. Vera.
La amiga que estaba ayudándola levantó la cabeza.
—¿Sabes qué ha comido?
—Una tartaleta. Se la di yo —dijo Sofía mirando el plato. Tardó un segundo demasiado largo antes de añadir—: Era de pera. O eso creía. Había dos bandejas y las de pera estaban a la derecha.
Pedro y Julia se miraron.
—Era manzana —dijo Vera al abrir los ojos.
—Entonces cogí de la bandeja equivocada —respondió Sofía, volviendo a mirar el plato.
Pedro no estaba seguro de que nadie hubiese dicho todavía qué parecía, pero Sofía ya había decidido defenderse.
—Ella me preguntó cuál podía comer. Yo sabía lo de la alergia. Precisamente por eso miré —explicó—. Había dos bandejas: pera y manzana. Cogí una de la que pensaba que era de pera.
—Alguien sabía que soy alérgica —dijo Vera, apoyando la cabeza contra la pared.
Nadie respondió de inmediato. Pedro miró el postre roto en el plato, el disfraz de Vera y después a Julia. Ella ya lo estaba mirando otra vez.
—Estás disfrutando demasiado, ¿verdad?
—Un poco.
Dos miembros del personal consiguieron por fin abrir espacio alrededor de Vera. Entre ellos apareció Peter, ya sin parte del disfraz que llevaba en la cabina.
—¿Hace falta llamar otra vez a emergencias? —preguntó mientras se acercaba.
Wendy, que había seguido a Pedro y Julia desde el pasillo, empezó a apartar a varios curiosos por el otro lado y los oyó hablar.
—¿Qué?
—Nada —dijeron Pedro y Julia casi a la vez.