Érase otra vez 5 BLANCANIEVES
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5 BLANCANIEVES

El nombre acompañó a Pedro hasta el Salón de Baile, pero no llegaron a hacer nada con él. Antes necesitaban saber qué había ocurrido durante los segundos en que nadie pudo ver a Álvaro.

La pista estaba casi vacía. Algunas luces permanecían encendidas sin intención festiva y, desde la cabina, Peter hablaba con un técnico inclinado sobre una mesa de controles.

Sin música, el lugar parecía todavía más grande.

Quedaban vasos en los bordes, algún antifaz en el suelo y grupos de invitados que hablaban en voz demasiado baja para una sala construida para cientos de personas.

—Está ahí —dijo Dani, levantando una mano hacia la cabina.

Peter los reconoció al acercarse y terminó lo que estaba hablando antes de volverse hacia ellos.

—Por favor, decidme que no venís a pedirme una canción.

—Sobre el apagón —dijo Pedro.

—Vale. Peor. —Peter se quitó los auriculares y los dejó sobre la mesa—. ¿Qué quieres saber?

El disfraz seguía siendo el mismo, aunque sin música y rodeado de cables había perdido buena parte de su efecto.

—Cuánto duró exactamente.

—Treinta segundos. Estaba programado. Empezó cuando debía y las luces volvieron cuando debían.

—¿Pudo alargarse desde aquí?

—Poder, puedo hacer bastantes cosas desde aquí. Pero no pasó. —Peter señaló los controles sin convertir aquello en una explicación técnica—. Si hubiéramos tenido un fallo, lo habría sabido. Las luces de emergencia siguieron funcionando, el sistema respondió bien y nadie añadió tiempo.

Pedro había considerado la posibilidad de que alguien hubiera manipulado el apagón. Peter acababa de descartarla.

—¿La gente sabía que iba a pasar? —preguntó Julia.

—Bastante gente. Estaba dentro del espectáculo. No el segundo exacto, quizá, pero a medianoche iba a ocurrir algo y media organización lo sabía.

Dani seguía junto a ellos, escuchando. Peter volvió a mirar a Pedro.

—¿Por qué tantas preguntas?

—Está terminando Criminología —dijo Dani.

Peter miró a Pedro.

—Ah. ¿Y sabes qué ha pasado?

—No.

—Vale. Eso me tranquiliza un poco.

Pedro prefirió no preguntar por qué.

—Durante esos treinta segundos, ¿desde aquí podías ver algo de las plantas de arriba?

—Nada útil. Yo tenía esto lleno y estaba pendiente de que todo volviera como tenía que volver.

Así que la oscuridad no había sido preparada para Álvaro. Quien estuviera con él podía simplemente haber sabido que llegaría a medianoche.

Pedro miró hacia las salidas del Salón.

—¿Quién sabe qué accesos estaban abiertos?

Dani señaló hacia uno de los pasillos.

—Tomás. Si alguien lo sabe, es él.

Lo encontraron en una de las zonas de paso, hablando con dos miembros del personal, y esperaron hasta que terminó. Desde que había aparecido el cuerpo, Tomás parecía haber adquirido la capacidad de estar en varios sitios sin que ninguno de ellos pudiera permitirse retenerlo mucho tiempo.

—¿Tienes un minuto? —preguntó Pedro.

—Uno —dijo Tomás, y siguió caminando más despacio para que pudieran acompañarlo.

Pedro preguntó qué accesos estaban abiertos alrededor de la Sala de Columnas y la Fuentecilla cuando se produjo el apagón.

Tomás respondió sin dramatismo: las zonas destinadas a la fiesta seguían comunicadas por las escaleras habituales; algunos accesos de servicio permanecían restringidos y otros espacios estaban cerrados.

Nada se había abierto expresamente por el apagón y nadie necesitaba conocer una ruta especial para llegar o salir de aquella planta.

—¿Se podía bajar rápido desde allí sin que te viera nadie?

Tomás miró hacia las escaleras.

—Con la cantidad de gente que había, podías perder a alguien sin demasiada dificultad. Más aún con las luces fuera. Pero no hay ningún pasadizo secreto, si vas por ahí.

—No iba por ahí —dijo Pedro, negando con la cabeza.

Tomás no pareció del todo convencido.

—¿Y desde Columnas? —preguntó Pedro.

—Depende de dónde estuvieras. Entre los pilares, el espejo, la gente entrando y saliendo... hay ángulos malos. Puedes creer que alguien va hacia un lado y perderlo dos segundos después.

Pedro recordó su propia confusión con el reflejo de Julia. Con la sala llena y medio a oscuras, podía ser mucho peor.

—¿Alguien vio movimiento por allí? —preguntó Julia.

Tomás pensó un momento.

—Wendy estaba en esa planta. Hablé con ella hace poco porque dijo que había visto a alguien pasar.

Wendy seguía en la cuarta planta, sentada en el borde de uno de los bancos junto a una mujer que Pedro no conocía.

Se había quitado la pequeña máscara oscura y sostenía un vaso de agua entre las manos.

Cuando vio acercarse a Julia, se levantó y dejó a su acompañante con una disculpa.

La tira de confeti dorado que antes llevaba pegada al brazo había desaparecido; por lo demás, parecía exactamente la misma mujer con la que habían hablado antes de medianoche,

salvo por el cansancio y por esa atención algo incómoda con la que empezaban a mirarlos quienes sabían que Pedro había encontrado el zapato de la chica que salió corriendo.

—Tomás dice que viste a alguien por aquí —dijo Julia.

—Sí. Bueno, creo que sí —respondió Wendy, mirando hacia la Sala de Columnas.

Pedro estuvo a punto de preguntarle si había visto a un hombre salir hacia las escaleras, pero se contuvo.

—¿Qué viste?

Wendy volvió la vista hacia la sala antes de responder.

—Estaba por esa zona. No dentro del todo, más cerca de la salida.

Cuando se apagaron las luces me quedé quieta porque llevaba una copa y no me apetecía tirársela encima a nadie.

Había luz suficiente para distinguir cosas, pero no caras.

—Señaló entre dos de los pilares—. Vi moverse a alguien por ahí cuando empezaban a volver las luces. Un hombre, creo.

—¿Por qué un hombre?

—Por el tamaño. La forma de andar. —Wendy dudó—. Ya sé que eso no demuestra nada.

—No tiene que demostrar nada —dijo Pedro—. Dinos solo lo que recuerdes.

Julia lo miró un instante sin decir nada mientras Wendy volvía a concentrarse.

—Era alto. O me lo pareció. Más bien ancho. Llevaba algo oscuro. Traje, chaqueta... no sabría decirte. No vi la cara. Entre las máscaras y la luz podía ser cualquiera.

—¿Hacia dónde iba?

Wendy señaló de nuevo. Esta vez trazó con la mano una dirección más precisa, desde el espacio entre las columnas hacia uno de los laterales que comunicaban con la zona de paso.

Pedro siguió la línea. Desde allí parecía lógico: alguien podía atravesar la sala, tomar aquel lateral y alcanzar las escaleras sin necesidad de acercarse al punto donde Julia había encontrado a Álvaro.

El gran espejo devolvía fragmentos de la sala, pilares y luces sin música, pero Pedro apenas le prestó atención. Ya conocía el efecto extraño del lugar; aquella noche incluso había conseguido caminar hacia una mujer que estaba varios metros más lejos de donde él creía.

—¿Iba deprisa? —preguntó Julia.

—No corriendo. Pero tampoco paseando. Lo vi dos o tres segundos y luego desapareció.

—¿Lo habías visto antes durante la fiesta?

Wendy negó con la cabeza.

—No podría reconocerlo.

Era poco: un hombre, ropa oscura y una silueta grande. Pero Wendy colocaba a otra persona en aquella zona alrededor del apagón.

Una figura grande pasó por el extremo del pasillo y Pedro tardó apenas un segundo en reconocerla, incluso sin la cabeza completa del disfraz.

Hugo llevaba una parte de la Bestia bajo el brazo.

Sofía caminaba a su lado con el vestido amarillo de Bella y una expresión que sugería que la noche había conseguido empeorar sin pedirle permiso.

Pedro miró a Wendy.

—¿Podría haber sido él?

Ella siguió su mirada y frunció ligeramente los labios.

—De tamaño... podría. Pero no te diría que sí.

Era suficiente para comprobarlo y demasiado poco para hacer nada más.

Hugo los vio acercarse y levantó la cabeza de Bestia que llevaba bajo el brazo.

—Si es por el disfraz, ya he perdido una oreja.

—Te dije que no ibas a aguantar toda la noche con eso —dijo Sofía.

Hugo la miró.

—Ahora mismo no me ayuda demasiado que tuvieras razón.

La inversión seguía intacta: Hugo podía haber interpretado a una criatura capaz de arrancar una puerta de cuajo y, aun así, era Sofía quien conseguía que Pedro midiera mejor sus palabras.

—Estamos intentando saber quién estaba por la Sala de Columnas cuando se apagaron las luces —dijo.

La expresión de Hugo cambió sin dramatismo.

—Nosotros pasamos por allí antes.

—¿Durante el apagón?

—Estábamos juntos.

Sofía lo miró.

—No todo el tiempo.

Hugo cerró los ojos un momento.

—Me aparté unos minutos.

—Siete —dijo ella.

—Más o menos siete.

Pedro esperó.

—¿Adónde fuiste? —preguntó antes de que descubrieran una tercera unidad de medida.

Hugo señaló vagamente hacia uno de los laterales de la planta.

—A quitarme esto. Antes me había quitado la mandíbula; luego ya no aguantaba la cabeza entera.

Sofía terminó de explicarlo. El traje llevaba horas convirtiéndose en una sauna y, poco antes de medianoche, Hugo se había escondido detrás de un cortinaje para quitarse la cabeza y secarse el sudor sin aparecer medio desmontado en las fotos.

Ella había preferido decir que estuvieron juntos porque, según admitió, «parecía menos ridículo».

—No lo era —dijo Hugo.

—Ahora ya da igual.

El lugar no coincidía con la trayectoria que Wendy había señalado y Sofía podía volver a situar a Hugo con ella antes de que terminara el apagón. La mentira llevaba a una cortina y a un disfraz insoportable. Nada más.

—¿Visteis a alguien subir o bajar mientras estabais allí?

Sofía negó con la cabeza y Hugo se lo pensó un poco más.

—Gente había. Antes del apagón, bastante. Después ya no sé. Con la cabeza quitada veía mejor, pero tampoco estaba precisamente vigilando.

—¿Recordáis a Octavio Valdés?

Ambos conocían el nombre, aunque ninguno pudo aportar más que haberlo visto durante la fiesta.

Pedro no insistió. Todavía no sabía qué significaba que Octavio hubiera hablado con Álvaro, y convertir cada persona que lo hubiera visto en una nueva rama podía mantenerlos allí hasta que reabrieran el Círculo por la mañana.

Al separarse, Hugo alzó la cabeza de Bestia.

—¿Puedo preguntar si de verdad pensasteis que era yo?

Julia hizo una mueca.

—Durante un momento.

—Estupendo —dijo Hugo, y siguió caminando con Sofía.