Érase otra vez 4 HERMANASTRAS
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4 HERMANASTRAS

Pedro no dijo nada. Julia seguía mirando hacia el suelo y durante unos segundos pareció que aquella respuesta era todo lo que iba a darle.

A unos metros, el agente esperaba sin perderlos de vista; más allá continuaban los pasos del personal, teléfonos sonando en voz baja, puertas que se abrían y se cerraban.

La música seguía apagada. Hacía menos de una hora Pedro había recorrido aquellas mismas plantas con Julia mientras ella se reía de su incapacidad para orientarse.

Ahora estaban hablando de una mujer muerta.

—Se llamaba Elena Vega —dijo Julia al fin—. Mi madre. Murió cuando yo era pequeña.

Pedro esperó.

—Fue un accidente. Al menos eso es lo que siempre me han contado.

Hace unos días Álvaro se puso en contacto conmigo y me preguntó si era hija de Elena.

No sabía quién era él. Busqué su nombre, comprobé que existía, que trabajaba con archivos y colecciones, pero poco más.

—Julia levantó la vista hacia él—. Me dijo que había encontrado algo relacionado con su muerte. Algo que yo debería conocer.

Así que era eso. Los mensajes, las miradas hacia Álvaro, aquella «cosa pendiente» antes de medianoche. Pedro había acertado en que Julia esperaba algo; no en qué.

—¿Qué había encontrado?

—No me lo dijo. No por mensaje. Quería enseñármelo en persona.

—¿Y tú le creíste?

Julia tardó en responder.

—No sé. Supongo que lo suficiente para venir. Si hubiera estado segura, habría sido distinto.

Pedro asintió. Había acudido a encontrarse con un desconocido que ahora estaba muerto.

Era imprudente; no decía todavía mucho más.

Miró hacia el pasillo por el que se habían llevado parte del movimiento policial.

No necesitaba saber qué había descubierto Álvaro para entender por qué Julia no había ido contando aquello durante la fiesta.

Aun así, quedaba una pregunta demasiado evidente.

—¿Por qué no se lo dijiste a nadie?

—Porque no sabía si había algo que contar —dijo Julia mientras se pasaba el pulgar por el borde del teléfono antes de guardarlo—.

Álvaro era un hombre al que no conocía diciéndome que sabía algo sobre la muerte de mi madre.

Si se equivocaba, removía una historia de hace años para nada.

Y si no se equivocaba... —Se detuvo un instante—.

Entonces afectaba a más gente que a mí. Quería ver primero qué tenía.

Pedro entendía por qué no había querido contarlo antes. El resto seguía sin saberlo.

—¿Y cuando subiste?

Julia miró hacia las escaleras antes de contestar. Esta vez no parecía estar decidiendo qué ocultar, sino por dónde empezar.

—Recibí el mensaje y fui a la Fuentecilla. Él no estaba donde habíamos quedado. Pensé que se habría movido porque había demasiada gente y seguí un poco más. Entonces lo vi en el suelo.

—¿Ya estaba así?

—Sí. Me acerqué, lo llamé... no respondió. Lo toqué para ver si respiraba o reaccionaba, no sé. —Julia abrió la mano derecha y mostró la sangre seca sobre dos dedos—. De ahí sale esto.

La sangre, al menos, tenía una explicación.

—Y saliste corriendo.

La mirada de Julia cambió apenas. No indignación, pero sí algo más duro.

—Oí movimiento.

—¿Dónde?

—No sé. Cerca. Acababan de volver las luces y... no vi a nadie, Pedro. Solo oí a alguien.

Él evitó completar una escena que no había presenciado. Podía haber sido alguien acercándose. O podía no haber sido nadie relacionado con Álvaro.

—¿Y no pediste ayuda?

—No —respondió Julia, sosteniéndole la mirada.

Se pasó una mano por el brazo antes de continuar—.

Me asusté. Pensé que podía seguir allí quien fuera que había oído y bajé.

Luego llegué a donde había gente y... no sé.

Ya estaba corriendo. Creo que te oí detrás, pero todo el mundo gritaba.

Perdí el zapato y seguí. Cuando paré ya me había dado cuenta de lo mal que iba a parecer todo.

Pedro no dijo nada. Julia apartó la vista. Seguía sin saber si le estaba contando todo, pero la cita tenía un motivo y la sangre una explicación. Incluso la huida podía ser exactamente lo que ella decía: miedo.

Pedro ya no tenía una sola versión de lo ocurrido.

—Si Álvaro te escribió cuando estabas conmigo —dijo—, podemos comprobar cuánto tardaste en subir.

Julia lo miró, pero antes de que pudiera responder los llamó uno de los miembros del equipo. Llevaba un teléfono en la mano y explicó que estaban reuniendo las fotografías tomadas antes del apagón para entregárselas a la policía. En una de ellas los había reconocido.

Pedro recordó al fotógrafo del Salón antes incluso de ver la imagen completa. Allí estaban los dos, bastante más preocupados entonces por dónde ponerse que por la hora a la que se había hecho la foto.

Esta vez Pedro solo miró la hora: pocos minutos antes de medianoche.

Julia seguía a su lado en el Salón, con el vestido verde, la máscara negra y los dos zapatos puestos.

Detrás de ellos, la fiesta seguía funcionando con absoluta normalidad; nadie en aquella fotografía sabía que quedaban apenas unos minutos para que las luces se apagaran.

Pedro pidió ver la hora otra vez. La foto era anterior al mensaje de Álvaro y Julia se había marchado poco después de recibirlo. Le daba tiempo a subir y encontrarse con él, pero el margen era mucho más estrecho de lo que Pedro había imaginado cuando la vio huir. Devolvió el teléfono al trabajador.

—Eso no demuestra que yo no hiciera nada —dijo Julia.

—No —respondió Pedro, mirándola—. Pero estabas conmigo poco antes del mensaje. Si subiste después, llevabas allí muy poco tiempo.

Julia no sonrió, aunque relajó un poco los hombros.

Pedro volvió la vista hacia las escaleras.

Hasta entonces había empezado la historia con Julia bajando de allí; la fotografía obligaba a retroceder unos minutos.

Antes de que ella subiera, Álvaro había estado en algún sitio y había hablado con alguien. Eso también importaba.

Un agente se acercó para devolver el teléfono al miembro del equipo y aprovechó para confirmar un detalle de la declaración de Pedro.

—El zapato que recogiste. ¿Era suyo?

—Bueno... mío exactamente, no —respondió Julia antes que él.

El agente levantó la vista de sus notas y ella aclaró que se lo había prestado su hermana para la fiesta.

El dato no pareció interesarle demasiado más allá de dejar correctamente establecida la procedencia del zapato; hizo un par de preguntas prácticas, anotó el nombre de Marta y se alejó con el trabajador del evento.

Pedro se quedó mirando a Julia.

—¿Marta?

—Mi hermana. Y sí, sabe que he perdido uno. El otro, por suerte, sigue conmigo. —Julia levantó ligeramente el zapato que llevaba en la mano—. No sé cuánto va a consolarla.

Pedro sonrió.

—¿Tanto miedo da?

—Laura será peor. Le encanta tener razón y me dijo que no me los pusiera.

Pedro iba a dejarlo ahí, pero algo en la sucesión de nombres terminó de llamar su atención.

—¿Hermanas?

—Hermanastras.

Pedro tardó un segundo de más en responder y Julia lo miró.

—¿Qué?

—Nada. Tonterías.

Aquello sí consiguió arrancarle una sonrisa, pequeña pero reconocible.

—Marta y Laura son hijas de Beatriz. Mi padre se casó con ella unos años después de morir mi madre.

Pedro asintió.

—Así que Beatriz es mi madrastra —añadió Julia, observándolo ya con cierta sospecha—. Y antes de que montes ninguna teoría: es estupenda.

Pedro tuvo que sonreír. Su cabeza intentó hacer lo que llevaba toda la noche haciendo: juntar piezas porque estaban demasiado cerca unas de otras. Baile. Medianoche. Zapato. Hermanastras. Madrastra.

Se obligó a parar. La fiesta se llamaba Érase una vez. Si buscaba coincidencias, iba a encontrarlas en todas partes.

—¿Qué? —preguntó Julia, que seguía mirándolo.

—Nada. Me estaba montando una película.

—Al menos lo reconoces.

—Estoy mejorando.

La sonrisa de Julia desapareció cuando volvió la vista hacia las escaleras.

—Si yo estaba contigo poco antes de que Álvaro me escribiera, alguien pudo estar con él antes de que yo llegara.

Pedro asintió.

—Tenemos que saber con quién habló esta noche.

—Y quién estaba arriba.

Julia lo miró. La pregunta había dejado de estar entre ellos y empezaba a apuntar en otra dirección.

La policía ya estaba investigando; ellos podían limitarse a algo mucho más sencillo: recordar a quién habían visto y preguntar sin estorbar.

Si Álvaro había quedado con Julia, quizá también había hablado con alguien más aquella noche.

Dani los encontró todavía junto al pasillo. Había desaparecido unos minutos mientras Pedro hablaba con Julia y regresó con dos botellas de agua que había conseguido de algún lugar del edificio. Le ofreció una a Pedro y, al ver que Julia seguía allí, extendió la otra hacia ella sin ninguna ceremonia.

—¿Cómo estás? —preguntó Dani.

Julia aceptó la botella y tardó un momento en responder.

—No sé, la verdad.

Dani asintió y Pedro le explicó lo imprescindible: Álvaro se había puesto en contacto con Julia por algo relacionado con la muerte de su madre, y la fotografía la situaba todavía en el Salón pocos minutos antes del apagón. Según ella, cuando llegó arriba Álvaro ya estaba en el suelo.

Dani escuchó sin interrumpir y, cuando Pedro terminó, miró a Julia.

—Lo siento —dijo—. Por tu madre. Y por todo esto.

Julia asintió.

Cuando Pedro explicó que querían saber con quién había hablado Álvaro durante la fiesta, Dani reaccionó como llevaba haciendo toda la noche: intentando ayudar.

—Podemos preguntar sin montar ningún circo. Hay gente del equipo por todas partes; alguien habrá visto con quién estaba.

—¿Tú lo conocías? —preguntó Pedro.

—De vista. De coincidir en montajes, actos... poco más —respondió Dani, haciendo una mueca.

Pedro asintió y siguieron. Los tres volvieron hacia el Salón por las zonas que seguían abiertas.

Sin música, el recorrido resultaba más corto y menos reconocible.

Había invitados agrupados en los laterales, algunos sentados donde habían encontrado sitio, otros pendientes del móvil o preguntando cuándo podrían marcharse.

Máscaras levantadas sobre la frente, vasos abandonados y restos de confeti sobrevivían a una fiesta que ya nadie estaba celebrando.

Pedro empezó por lo que tenía delante. Al trabajador que les había enseñado la fotografía le preguntó si recordaba haber visto a Álvaro antes del apagón.

Había pasado buena parte de aquellos minutos entrando y saliendo del Salón y no podía asegurar con quién había estado todo el tiempo, pero sí recordaba haberlo visto hablando con varias personas.

—¿Alguna te llamó la atención? —preguntó Julia.

El hombre negó con la cabeza. Demasiada gente, demasiadas máscaras. Se disculpó y volvió con el resto del equipo.

Pedro siguió mirando hacia el Salón. Había visto a Álvaro hablar con alguien, no después del apagón, sino mucho antes, cuando todavía no sabía su nombre.

Un hombre mayor, esmoquin oscuro, máscara sobria.

Álvaro se había detenido con él durante la fiesta y, poco después, Dani había pasado junto a los dos y lo había saludado.

Pedro se volvió hacia su amigo.

—Antes, en el Salón. Había un hombre mayor hablando con Álvaro. Tú lo saludaste.

Dani tardó un momento en situarlo.

—Ah, sí.

—¿Sabes quién era?

—Octavio Valdés.