3 EL ZAPATO
—Julia.
Ella no se detuvo. Pedro no supo si su voz se había perdido entre la música y los aplausos o si Julia había llegado a oírlo.
La vio alcanzar el final del tramo de escaleras y meterse entre dos grupos que seguían celebrando el regreso de la luz.
Tuvo que esperar unos segundos para avanzar: una pareja se abrazaba en mitad del paso, alguien levantaba el móvil por encima de las cabezas y varios invitados bajaban hablando a gritos, todavía excitados por el apagón.
Pedro fue detrás.
No tenía muy claro qué esperaba hacer cuando la alcanzara.
Hacía menos de dos minutos Julia le había dicho que tenía algo pendiente y que volvería enseguida.
Podía haber salido mal una conversación, podía haberse encontrado con alguien a quien no quería ver, podía haber ocurrido cualquier cosa.
Pero ninguna de aquellas posibilidades explicaba del todo la manera en que bajaba.
La perdió detrás de una máscara con plumas y volvió a verla unos metros más adelante. Julia apartó a alguien con una disculpa que Pedro no llegó a oír, bajó otro tramo y, al apoyar el pie, tropezó ligeramente. Recuperó el equilibrio sin caer y siguió andando, pero uno de sus zapatos quedó atrás.
Pedro llegó hasta él unos segundos después y se agachó por puro reflejo para recogerlo.
—Julia.
Esta vez estaba más cerca, pero ella ya había alcanzado el siguiente rellano.
Pedro levantó el zapato y volvió a abrirse paso entre la gente.
Cuando consiguió bajar, distinguió el vestido verde al otro extremo durante apenas un instante; luego un grupo cruzó entre ambos y, cuando se apartó, Julia había desaparecido.
Continuó unos metros y miró hacia el pasillo, después hacia otro tramo de escaleras, intentando recuperar cualquier detalle reconocible entre los disfraces. Nada.
Se quedó quieto con el zapato en la mano.
Hasta hacía un momento podía haber pensado que Julia simplemente había ido a encontrarse con alguien. Ahora aquella explicación empezaba a quedarle pequeña. No sabía qué había ocurrido ni tenía todavía nada con lo que construir una respuesta razonable.
¿Qué coño había pasado?
El movimiento alrededor empezó a cambiar antes de que Pedro pudiera decidir dónde seguir buscando a Julia.
Varias personas dejaron de bajar y volvieron la cabeza hacia las plantas superiores.
Un miembro del personal pasó junto a él subiendo deprisa; detrás apareció otro.
Las conversaciones cercanas empezaron a orientarse en la misma dirección.
Pedro alzó la vista.
Algo estaba ocurriendo arriba.
Empezó a subir casi al mismo tiempo que otras personas se detenían para averiguar qué pasaba.
Las primeras explicaciones le llegaron a trozos, dichas por gente que tampoco parecía saber mucho más: alguien había pedido a seguridad, había una persona herida, mejor no subir.
Un miembro del personal bajó hablando por teléfono y otro pidió que dejaran libre la escalera.
Pedro miró hacia el tramo por el que Julia había aparecido hacía apenas unos minutos y siguió avanzando.
No llegó lejos.
Tomás León estaba junto al acceso, sin la tranquilidad seca que había tenido antes en la Sala de Columnas. Había apartado a varios invitados y repetía que esperaran abajo mientras dos personas con acreditación entraban y salían de la zona superior.
—Por aquí no.
Pedro se detuvo delante de él.
—Acabo de ver bajar a una chica de ahí.
Tomás ya iba a apartar la vista cuando volvió a mirarlo.
—¿De dónde exactamente?
—Venía por esas escaleras —dijo Pedro, señalando el tramo superior—. Vestido verde, máscara negra. Bajaba deprisa.
Aquello bastó para cambiar la atención de Tomás.
—¿La conoces?
—Julia Vega. Estaba conmigo abajo hace unos minutos.
Tomás miró el zapato que Pedro todavía llevaba en la mano.
—¿Eso es suyo?
—Lo ha perdido al bajar.
Tomás no preguntó nada más. Le indicó que esperara a un lado y volvió hacia el acceso, donde alguien acababa de llamarlo. Pedro obedeció. Ya había suficiente gente estorbando y aquello empezaba a parecer bastante más serio que una conversación que hubiera salido mal.
Desde donde estaba veía parte de la zona superior entre las personas que se movían. Reconocía el recorrido. Había pasado por allí con Julia hacía menos de una hora, cuando todavía le preocupaba bastante más no parecer perdido que cualquier otra cosa.
Una mujer se agachó junto a alguien en el suelo y otro miembro del personal pidió espacio. Pedro tuvo que desplazarse un poco para verlo mejor y, durante un instante, solo distinguió un traje oscuro y una postura extraña, demasiado inmóvil en medio de toda aquella actividad.
Después reconoció la cara.
Era el hombre que Julia había mirado durante la fiesta, el mismo que había visto hablando con aquel hombre mayor antes de que Dani pasara junto a ellos.
—Álvaro Rivas —oyó decir a alguien del personal unos pasos más arriba.
Había una pequeña mancha de sangre junto a su cabeza; no hacía falta nada más. Un invitado que había conseguido acercarse demasiado miró a Tomás con una mezcla de incomodidad y esperanza.
—Perdona... ¿esto forma parte del espectáculo?
—No —respondió Tomás sin dudar.
Casi al mismo tiempo, la música dejó de sonar y el efecto fue más claro que cualquier anuncio.
Las conversaciones se redujeron, alguien bajó el móvil que estaba grabando y quienes seguían riéndose tardaron unos segundos en advertir que los demás ya no lo hacían.
Desde abajo todavía llegaban voces, pero el edificio había cambiado de tono.
Pedro volvió a mirar a Álvaro. Un accidente seguía siendo la explicación más sencilla. Habían estado a oscuras, había alcohol, demasiada gente y demasiadas escaleras. Podía haber ocurrido en segundos. Pero Julia había salido de allí corriendo.
Bajó la vista hacia el zapato que seguía sosteniendo.
—Blue —lo llamó Dani a su espalda.
Pedro se volvió. Dani venía hacia él entre la gente y llegó con la expresión seria por primera vez en toda la noche.
—¿Qué ha pasado?
Pedro se apartó para dejar subir a dos miembros del personal.
—Hay un hombre arriba. Álvaro Rivas, creo; el que estaba antes hablando con ese hombre mayor. No sé qué ha pasado, pero parece grave.
Dani miró hacia la zona que seguridad empezaba a despejar.
—Joder. Con el apagón cualquiera podía haberse caído.
—Sí.
Era lo primero que habría pensado cualquiera: oscuridad, escaleras y gente que llevaba horas bebiendo.
Pedro volvió a mirar hacia arriba mientras Dani se quedaba junto a él, sin preguntar por detalles que tampoco tenía.
Durante un rato se limitaron a observar cómo el personal apartaba a los curiosos.
Tenerlo allí produjo un alivio pequeño y bastante más inmediato de lo que Pedro habría admitido. Hacía unos minutos Dani era el idiota que llevaba toda la noche prometiéndole una sorpresa; ahora era simplemente alguien conocido en mitad de una situación que empezaba a dejar de parecerlo.
Dani bajó entonces la vista.
—¿Qué haces con eso?
Pedro había olvidado por un momento el zapato que seguía sosteniendo.
—Es de Julia.
—¿Julia?
—Sí. La he visto bajar de ahí justo después del apagón. Iba deprisa. He intentado alcanzarla, pero ha perdido esto y cuando lo he recogido ya me llevaba ventaja.
Dani miró el zapato y después a Pedro.
—¿Y dónde está?
—No lo sé. La he perdido abajo.
—¿Estaba bien?
Pedro tardó un instante en responder.
—No lo parecía.
Dani apretó los labios.
—Igual ha visto lo que le ha pasado a Álvaro.
Pedro volvió a mirar el zapato. Julia había subido para resolver «una cosa pendiente» y, minutos después, había bajado corriendo de la misma zona. De momento, eso era todo lo que sabía.
Poco después la situación empezó a adquirir cierto orden.
Seguridad despejó la escalera, apartó a quienes solo estaban mirando y pidió a varios invitados que no se marcharan.
Llegaron emergencias y policía, y el espacio que durante toda la noche había pertenecido a disfraces, copas y música se llenó de conversaciones en voz baja y gente esperando instrucciones.
Pedro no vio necesidad de acercarse más. Tomás ya había avisado a uno de los agentes de que había visto salir a una mujer de la zona y aquello bastó para que le pidieran que permaneciera allí.
Cuando le tocó contar lo ocurrido, se limitó a lo que sabía.
Había estado en el Salón de Baile durante el apagón; al regresar parte de la iluminación había reconocido a Julia Vega bajando deprisa por las escaleras; la había llamado y había intentado alcanzarla; durante el trayecto ella había perdido un zapato y él lo había recogido.
Después la había perdido entre la gente.
—¿Desde qué zona la vio aparecer? —preguntó el agente.
Pedro indicó el recorrido. No añadió que Julia le había parecido asustada ni que él empezaba a relacionarla con el hombre de arriba. Eso no lo había visto.
—¿El zapato es este?
Pedro se lo entregó. Hasta ese momento casi había olvidado que continuaba llevándolo en la mano. El agente lo recogió con cuidado y confirmó lo que Pedro había oído entre el personal: el hombre al que estaban atendiendo era Álvaro Rivas.
El nombre quedó unido a la imagen de la fiesta: traje oscuro, máscara levantada, Julia mirándolo desde lejos, la conversación con el hombre mayor.
Después no tuvo mucho que hacer salvo esperar junto a Dani. La secuencia seguía siendo incómoda, pero Pedro todavía no sabía qué significaba.
Uno de los agentes se acercó de nuevo y pidió una descripción más precisa de ella. Pedro dio el color del vestido, la máscara negra que llevaba al huir y su nombre completo.
—Julia Vega.
La información pasó de una persona a otra y desapareció escaleras abajo. No transcurrió mucho tiempo antes de que Tomás regresara acompañado por una mujer del personal y se dirigiera hacia ellos.
—La han encontrado.
Pedro no supo qué esperaba sentir, pero fue alivio antes que cualquier otra cosa. Tomás señaló hacia el pasillo y explicó que Julia seguía dentro del edificio, en una de las zonas inferiores, y que la estaban acompañando hasta allí. Nadie dijo que hubiera intentado marcharse.
Dani se quedó a su lado mientras esperaban. Pedro miró una vez hacia las escaleras, donde el movimiento alrededor de Álvaro continuaba fuera de su vista. La música no había vuelto y, sin ella, las voces del Salón y los pasos por los pasillos parecían pertenecer a otro edificio.
Julia apareció acompañada por una mujer del personal y un agente.
Pedro tardó un momento en reconocerla sin la máscara.
Llevaba el pelo algo desordenado y caminaba descalza, con el otro zapato sujeto por dos dedos, como si en algún punto hubiera renunciado también a él.
No parecía la mujer que hacía menos de media hora se había reído de su incapacidad para orientarse por el Círculo.
Tampoco alguien que acabara de salir de una fiesta.
Cuando levantó la vista y encontró a Pedro entre la gente, redujo apenas el paso. Fue entonces cuando él vio la sangre: muy poca, una mancha oscura junto a la base de dos dedos de la mano derecha. Julia siguió su mirada y cerró la mano.
El agente que la acompañaba habló con otro antes de apartarse unos pasos con ella.
Pedro no intentó acercarse. Esperó hasta que terminaron las primeras preguntas y fue Julia quien, al quedarse momentáneamente junto a la pared mientras decidían dónde llevarla, volvió a mirarlo.
Había suficiente distancia entre ellos para que Pedro pudiera fingir que no había entendido. No lo hizo.
Se acercó.
—¿Estás bien?
Julia tardó un instante.
—Sí.
La misma respuesta de antes. Pedro tampoco se la creyó esta vez.
—Te he llamado cuando bajabas.
—No te he oído.
Podía ser verdad. Había música, gritos y cientos de personas celebrando el apagón. Pedro no tenía forma de saberlo, así que no intentó convertirlo en otra cosa.
—¿Qué hacías arriba?
Julia miró hacia el agente que esperaba a unos metros y después volvió a Pedro. Ya no había ironía en su cara, ni aquella facilidad que había tenido durante toda la noche para devolverle cualquier pregunta cambiada de forma.
—Había quedado con alguien —dijo.
La respuesta encajaba demasiado bien con el resto.
—Álvaro.
Julia no lo negó. Pedro habría preferido que lo hiciera. Acababa de contar a un policía exactamente lo que sabía; no podía inventarse ahora una versión más cómoda solo porque Julia le gustara.
—Tienes sangre —dijo Pedro, volviendo a mirar su mano.
Julia abrió los dedos, como si se hubiera olvidado de la mancha.
—Lo toqué.
—¿A Álvaro?
—Sí.
Pedro tardó antes de hacer la siguiente pregunta.
—¿Estaba consciente?
—No —respondió ella en voz baja.
Pedro dejó pasar la pregunta siguiente. No era el momento ni él era quien tenía que hacérsela. Aun así, Julia debió de verla en su cara.
—Cuando llegué estaba en el suelo —dijo mientras apartaba la vista y se pasaba la mano limpia por el brazo.
Eso podía explicar la sangre, pero no la huida.
—Julia, ¿lo conocías?
—No exactamente.
—Pero habías quedado con él.
Julia tardó más en responder esta vez.
—Sí.
Pedro miró hacia las escaleras. La sangre podía venir de haber intentado ayudarlo; seguían quedando la cita y la huida. Cuando volvió a mirarla, Julia sostuvo su mirada. Estaba cansada; eso sí era nuevo.
—No fui allí por casualidad —dijo.
—Entonces, ¿por qué?
Julia miró un instante hacia el policía que esperaba para continuar hablando con ella.
—Álvaro me había citado.
Pedro esperó a que continuara. Julia volvió a mirar hacia el agente, que seguía a unos metros, y sacó el teléfono de la pequeña bolsa que llevaba colgada del hombro. La pantalla estaba llena de notificaciones de la última media hora, pero no tuvo que buscar demasiado.
—Mira —dijo mientras abría una conversación y se lo enseñaba.
El último mensaje era breve.
Ahora. Fuentecilla.
Pedro reconoció el momento: el teléfono vibrando en el Salón, la quietud repentina de Julia, aquel «sí» demasiado rápido. Después se había marchado.
—¿Llevabais tiempo hablando?
—Unos días —dijo Julia, guardando el móvil—. Él se puso en contacto conmigo.
—¿Por qué?
—Al principio no quiso explicármelo por teléfono. Dijo que tenía algo que enseñarme y que prefería hablar en persona.
Pedro miró hacia las escaleras. Así que Álvaro la había citado en la Fuentecilla, uno de los lugares por los que habían pasado juntos apenas un rato antes.
—¿Y tú aceptaste sin saber qué quería?
—Sabía de qué quería hablar. No sabía exactamente qué tenía.
Pedro la observó unos segundos. Julia parecía decidir cuánto estaba preparada para contar allí, con Álvaro unas plantas más arriba y un policía esperando para continuar con ella.
—¿Por qué quería verte Álvaro Rivas?
Julia bajó la mirada antes de responder, con la voz más baja que en toda la noche.
—Por mi madre.