2 MEDIANOCHE #3
—Sí. Instituto, universidad... bueno, universidades distintas. Trabajos malos, novias, alguna bronca seria. Está ahí desde hace tanto que ya ni pienso en cuándo empezó.
Julia miró hacia el lugar por el que Dani había desaparecido.
—Se nota.
—A veces demasiado —dijo Pedro, sonriendo.
Explicarlo habría sido bastante más complicado que resumirlo en una cifra, así que dejó los nueve años donde estaban.
La música subió de volumen y Julia tuvo que acercarse para oírlo cuando añadió:
—Además, no te fíes demasiado de su versión del Bic.
—¿Hay más? —preguntó ella, sonriendo.
Pedro se arrepintió inmediatamente de haber abierto aquella puerta.
—No.
—Eso ha sonado muchísimo a que sí.
—Pregúntame otro día.
Julia iba a responder cuando un fotógrafo se detuvo delante de ellos. Llevaba la cámara colgada al cuello, otra más pequeña en una mano y la velocidad de alguien que tenía que retratar a varios cientos de personas antes de que acabara la noche.
—¿Una foto?
—No —dijo Julia al mismo tiempo que Pedro decía:
—Sí.
Ella se volvió hacia él.
—En serio.
—Ya está aquí. Ahora queda feo decirle que no.
—Eso te lo acabas de inventar.
El fotógrafo ya había levantado la cámara. Julia hizo un gesto de resignación y se colocó al lado de Pedro, dejando una distancia prudente entre ambos.
—Un poquito más juntos, por favor —pidió el fotógrafo antes de que Pedro pudiera comentar nada.
Julia le lanzó una mirada que lo responsabilizaba de aquello y dio medio paso hacia él. Su hombro quedó pegado al suyo y, al acomodarse para entrar en el encuadre, apoyó por un instante una mano en su brazo.
—No digas nada —murmuró.
Pedro levantó las manos justo cuando saltó el flash.
—Perfecto, gracias —dijo el fotógrafo antes de alejarse.
Julia lo siguió con la mirada.
—Ni siquiera la ha mirado.
—Seguro que estaba perfecta.
—Eso lo dices porque no eras tú quien quería salir corriendo.
Pedro se rio y Julia acabó haciéndolo también.
Cerca de la cabina, Peter había abandonado cualquier intento de mantener una conversación con el público y encadenaba canciones cada vez más reconocibles.
La respuesta del Salón era inmediata. Había más gente bailando, menos grupos quietos y un movimiento general hacia el centro que obligó a Pedro y Julia a apartarse un poco para no quedar absorbidos.
Terminaron cerca de uno de los laterales, donde todavía podían hablar sin tener que gritar.
Julia le preguntó si aquello mejoraba o empeoraba su opinión sobre las fiestas y Pedro sostuvo que seguía recopilando datos.
Ella quiso saber cuántos necesitaba para alcanzar una conclusión y él explicó que una muestra de una sola fiesta era científicamente lamentable.
Julia propuso que asistiera a otras diez.
Pedro señaló que aquello empezaba a parecer una estrategia muy elaborada para sacarlo de casa.
—No creo que haga falta una estrategia tan elaborada —dijo Julia—. Dani te ha traído casi sin esfuerzo.
—Lleva nueve años perfeccionando el método.
—Pues funciona.
Pedro iba a contestar cuando el teléfono de ella vibró.
Lo notó porque Julia dejó de mirarlo. Sacó el móvil y leyó la pantalla sin hacer ningún gesto brusco ni cambiar de postura; fue algo menor, apenas una quietud que no estaba allí un segundo antes.
Pedro ya había visto aquella atención en ella desde que se conocieron, cada vez que comprobaba el teléfono o miraba hacia la entrada. Fuera lo que fuese, acababa de llegar.
—¿Todo bien?
—Sí —respondió Julia mientras bloqueaba la pantalla.
Pedro esperó un instante por si añadía algo.
No lo hizo y él tampoco insistió. A su alrededor, el Salón seguía preparándose para medianoche sin prestarles ninguna atención: gente acercándose a la pista, vasos que se vaciaban con urgencia absurda, móviles levantados para grabar algo que todavía no había ocurrido.
Julia miró hacia las escaleras.
—Tengo que irme un momento.
—Vale.
—Es una cosa que tengo pendiente.
Pedro asintió. Así que sí había estado esperando algo durante toda la noche.
—Nos vemos ahora —dijo ella.
—Aquí estaré.
Julia dio un paso, pero se volvió.
—No aproveches para escapar.
—Ya he perdido mi oportunidad.
—Bien.
Se alejó entre la gente. Pedro pudo seguir el verde del vestido durante unos segundos, primero junto a la barra, después entre dos grupos que avanzaban en dirección contraria. Julia apareció una vez más al otro lado de una pareja y luego desapareció.
Pedro siguió mirando el lugar por el que Julia había desaparecido hasta que la voz de Peter irrumpió sobre la música.
—¡Un minuto!
La reacción fue inmediata. Un grito colectivo respondió a Peter y la gente empezó a concentrarse hacia el centro del Salón.
Quienes seguían hablando cerca de las paredes abandonaron sus sitios, aparecieron móviles por encima de las cabezas y hasta los que llevaban un rato bailando parecieron entender que aquello era distinto.
Pedro se dejó arrastrar unos pasos por el movimiento general mientras Peter pedía desde la cabina que se acercaran.
Buscó a Dani casi por costumbre: barra, laterales, la gente acumulada frente al DJ. Nada. Muy propio de él pasarse dos horas vendiéndole una sorpresa de medianoche y desaparecer justo antes.
Después buscó el vestido verde.
Tampoco vio a Julia.
Eso le hizo mirar una segunda vez. No había vuelto todavía.
Pedro intentó localizarla entre las máscaras, las coronas y los brazos que empezaban a levantarse, pero cada vez resultaba más difícil distinguir a nadie.
Una mujer se colocó delante de él con una diadema imposible; un hombre vestido de rey pasó a su lado intentando avanzar con dos copas sin derramarlas.
Pedro se desplazó un poco para recuperar la vista de las escaleras, pero Julia no apareció.
Peter bajó la música de golpe y el Salón respondió con un rugido. Ya no había tiempo para seguir buscando.
—¡Cinco!
El Salón repitió el número.
—¡Cuatro!
Pedro se oyó gritarlo con los demás y casi se rio. Había llegado allí negociando una hora y una copa y ahora estaba en mitad de varios cientos de desconocidos contando los segundos para una sorpresa que Dani ni siquiera estaba presente para ver.
—¡Tres!
Esta vez ni siquiera se lo pensó.
—¡Dos!
Cientos de voces llenaron el Salón.
—¡Uno!
Y todo se apagó.
Durante el primer segundo, el Salón pareció disfrutar de su propia desaparición.
Hubo gritos, risas, aplausos y el choque de alguna copa que provocó otra carcajada cerca de Pedro.
Alguien silbó y otro respondió desde el extremo contrario.
La música seguía sonando y Peter dejó que el ruido de la gente se mezclara con ella.
Pedro sonrió en la oscuridad. Así que era esto. La famosa sorpresa de Dani, el motivo por el que llevaba toda la noche insistiendo en que no se marchara antes de medianoche. Tendría que reconocer que había merecido la pena, aunque pensaba esperar al menos una semana antes de concedérselo.
No estaba completamente a oscuras. Algunas señales permanecían encendidas, varias pantallas aportaban rectángulos de luz y desde otros puntos del edificio llegaba una claridad escasa que permitía distinguir volúmenes.
Pedro veía cuerpos, brazos levantados, máscaras convertidas en manchas y teléfonos que empezaban a iluminarse en manos impacientes.
No habría sabido reconocer a nadie a unos metros de distancia.
La fiesta continuó en la oscuridad. Una mujer chocó con Pedro y se disculpó riendo mientras alguien pedía a voces que nadie encendiera la linterna del móvil.
Cerca de la cabina volvieron los aplausos y el Salón entero pareció aceptar el juego: estar allí sin verse, esperando que ocurriera lo siguiente.
Entonces empezó a regresar algo de luz. No de golpe. Primero una claridad débil que dibujó las columnas de cuerpos; después, suficiente para recuperar algunos colores. Pedro miró hacia las escaleras casi sin proponérselo y distinguió movimiento entre la gente que seguía celebrando.
Una mujer bajaba.
Lo hacía demasiado deprisa para el atasco de los escalones. Tuvo que agarrarse un instante a la barandilla al alcanzar el rellano, miró hacia arriba y siguió bajando. Un hombre se cruzó delante de ella y estuvo a punto de llevársela por delante; la mujer lo esquivó sin detenerse.
Pedro dejó de mirar el resto del Salón.
El siguiente pulso de luz recuperó el color del vestido.
Verde.
Pedro se desplazó para verla entre dos personas que seguían celebrando con los brazos en alto. La mujer alcanzó el siguiente tramo, volvió la cabeza hacia arriba y la luz le dio de lleno en la máscara.
Julia.