Érase otra vez 2 MEDIANOCHE #2
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2 MEDIANOCHE #2

—Ven. Te voy a enseñar otra sala —dijo Julia, apartándose de la barandilla.

Pedro la siguió con una confianza nueva. Esta vez se fijó en el recorrido, en el tramo de escalera y en el giro que tomaron. Ya tenía una referencia: el Salón abajo, la Fuentecilla encima y ellos moviéndose desde allí. Por fin empezaba a entender el Círculo.

La sensación duró hasta que entraron en la Sala de Columnas, que no ayudó demasiado.

Pedro había entrado convencido de que, por una vez, sabía qué puerta tenía a su espalda y qué parte del edificio quedaba debajo.

Duró poco. Las columnas cortaban la sala en franjas y obligaban a mirar entre ellas para seguir a la gente; grupos que parecían juntos se separaban al avanzar unos pasos y otros aparecían donde un segundo antes solo había un hueco.

La fiesta también era distinta allí. Había menos densidad que en el Salón de Baile, más espacio para detenerse y hablar, aunque las dieciocho columnas se encargaban de que ese espacio nunca pudiera verse entero.

—Dieciocho columnas —dijo Julia mientras avanzaban entre ellas.

Pedro la miró.

—No las estaba contando.

—No he dicho que lo estuvieras.

Él dejó la conversación ahí antes de empeorarla y siguió a Julia mientras rodeaban a un grupo que ocupaba el paso. Bastó ese rodeo. La perdió de vista detrás de dos columnas, avanzó buscando el verde de su vestido y volvió a encontrarla al otro lado de la sala, junto a un grupo de personas.

Dio un paso hacia ella y estuvo a punto de dar el segundo cuando algo en la forma en que los demás ocupaban el espacio lo hizo detenerse.

—¿Adónde vas? —preguntó Julia a su espalda.

Pedro miró al frente. La otra Julia seguía allí.

El gran espejo ocupaba buena parte de la pared y devolvía la sala con suficiente limpieza para que, entre columnas, máscaras y gente moviéndose, hubiera tardado demasiado en comprender que estaba mirando un reflejo. Se volvió hacia la auténtica.

—Estaba comprobando una cosa.

—Claro —dijo Julia después de mirar el espejo y volver a él.

—Entre las columnas parecía que estabas allí.

—Te has acercado bastante convencido.

Pedro decidió no responder. Julia se acercó al espejo todavía sonriendo y se miró de frente. Una de las cintas de la máscara se había desplazado hacia el pelo; intentó colocarla sin soltar la copa, pero solo consiguió torcerla más.

—Espera —dijo Pedro, situándose a su lado y levantando una mano.

Julia se quedó quieta para dejarle hacer.

De cerca, la operación resultó bastante más delicada de lo que había previsto.

Pedro apartó con cuidado un mechón atrapado bajo la cinta y la llevó hacia atrás mientras intentaba centrar la máscara mirando el reflejo.

Sus dedos rozaron el pelo de Julia y fue demasiado consciente de la poca distancia que quedaba entre ambos.

—¿Así?

—Un poco torcida —dijo ella después de comprobarlo en el espejo.

Pedro corrigió la cinta con cuidado.

—¿Ahora?

Julia lo miró a través del reflejo y asintió.

—Ahora sí.

Pedro bajó las manos y encontró de pronto muy interesante una de las dieciocho columnas, aunque un pequeño revuelo al fondo de la sala le proporcionó enseguida una excusa mejor.

Dos invitados habían apartado una cinta que cerraba uno de los accesos laterales y estaban intentando pasar cuando un hombre con acreditación se interpuso sin necesidad de levantar la voz.

—Por ahí no.

—Antes hemos visto entrar gente —protestó uno de ellos.

—Personal.

El invitado señaló el acceso.

—Pues parecía una fiesta.

—No lo es.

Pedro y Julia habían quedado lo bastante cerca para oírlo. El hombre recolocó la cinta y esperó hasta que los dos desistieron.

—Eso suena sospechosamente poco interesante —comentó Pedro.

El hombre de la acreditación lo oyó.

—Porque lo es. Material de producción.

Julia le dio un pequeño golpe con el brazo antes de que siguiera molestándolo y, al pasar junto al hombre, echó un vistazo a la acreditación.

—Tomás León. Coordinación.

—Ese soy yo —respondió él antes de volverse otra vez hacia el acceso.

—¿Ves? No todo son secretos —dijo Julia mientras seguía caminando.

Pedro la alcanzó. Detrás de ellos, Tomás había vuelto a su trabajo y la cinta recuperaba su aspecto poco interesante.

—Eso todavía está por demostrar.

Mientras bordeaban la sala, Julia le contó que aquel espacio había sido originalmente un salón de juegos. Pedro miró las columnas, el espejo y la gente repartida entre ambos y pensó que el lugar seguía teniendo algo de tablero, aunque ahora nadie pareciera conocer las reglas.

La música cambió antes de que pudiera decirlo.

No fue un corte, sino una subida de ritmo que se extendió desde las plantas inferiores y alteró el movimiento de la gente.

Algunos invitados empezaron a dirigirse hacia las escaleras; otros consultaban el móvil o llamaban a sus acompañantes.

La fiesta, dispersa hasta entonces por el edificio, parecía empezar a reunirse de nuevo.

—¿Volvemos? —preguntó Julia después de sacar el teléfono y mirar la hora.

Pedro echó un vistazo hacia las columnas y señaló una salida sin dudar.

—Por ahí.

Julia comprobó la dirección y lo miró con una aprobación exageradamente solemne.

—Mira qué rápido aprende.

Pedro echó a andar antes que ella.

Esta vez acertó.

Al volver al Salón de Baile, supo dónde estaba antes incluso de terminar de entrar.

Reconoció la barra, el lugar donde había hablado con Julia y, al otro lado, la salida por la que habían desaparecido hacía un rato.

Después de recorrer medio edificio detrás de ella, aquella pequeña certeza le produjo una satisfacción desproporcionada.

—No digas nada —advirtió Pedro en cuanto reconoció la entrada.

—Ni siquiera he abierto la boca —respondió Julia, sonriendo.

—Ya.

La música recuperó de golpe el volumen que habían ido perdiendo al subir. El Salón estaba más lleno que antes y la gente empezaba a concentrarse hacia la zona del DJ. Pedro buscó un hueco por el que avanzar y entonces vio una máscara conocida abriéndose paso hacia ellos.

—Míralo. Sigue aquí —dijo Dani al llegar, apoyándole una mano en el hombro con satisfacción.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La de que has conseguido algo.

—He conseguido que no se pierda —intervino Julia.

Dani la miró.

—Eso sí tiene mérito.

—No empecéis —dijo Pedro.

Julia sonrió y Dani tuvo la sensatez de dejarlo ahí. Pedro los miró a ambos. Hacía poco más de una hora que no se conocían y ya habían encontrado un idioma común basado casi exclusivamente en tocarle las narices.

—Me alegra haber contribuido a esta amistad.

—A mí también —dijo Dani—. Llevaba años necesitando refuerzos.

Pedro acabó riéndose. Dani lo conocía lo suficiente para saber exactamente cuándo parar y cambió de asunto antes de que la broma tuviera que sobrevivirse a sí misma.

—¿Qué habéis visto?

—La Fuentecilla y la Sala de Columnas —respondió Julia—. Y el espejo.

—Me confundí un segundo —se apresuró a decir Pedro antes de que aquello adquiriera demasiado detalle.

Dani sonrió.

—Eso me lo tienes que contar luego.

—No.

Un hombre con acreditación apareció junto a ellos y tocó a Dani en el brazo. Pedro lo había visto antes cruzando el Salón con una caja de cables.

—Perdona, Dani. ¿Sabes si al final han subido los pies de micro?

—Creo que estaban todavía con el material de abajo —respondió él, negando con la cabeza—. Pregunta a Marcos o a Tomás.

—Vale, gracias.

El hombre se marchó sin más y Dani volvió a la conversación con la misma naturalidad. Julia, en cambio, lo miró con cierta curiosidad.

—¿Trabajas aquí?

—Ya no. —Dani siguió con la vista al hombre que se alejaba—. He hecho varios montajes y al final sigues conociendo a la gente, así que te preguntan igual.

—Y tú contestas.

Dani se encogió de hombros.

—Si sé la respuesta...

Pedro sonrió. Eso era muy Dani.

El móvil vibró en la mano de su amigo. Dani miró la pantalla apenas un instante, la bloqueó y se guardó el teléfono antes de volverse hacia Pedro.

—¿Y qué tal el edificio? Ya que era tu gran motivo para quedarte.

—Le está gustando —respondió Julia, sonriendo.

—Ha hecho preguntas, ¿verdad? —preguntó Dani.

—Unas cuantas.

Dani asintió, satisfecho.

—Entonces sí. Cuando algo le interesa empieza a hacer preguntas hasta que parece enfadado con ello.

Pedro los miró a los dos.

—Me encanta que hayáis encontrado esto tan rápido.

—Facilitas mucho el trabajo —dijo Dani, echándose a reír.

Julia negó con la cabeza. Pedro quiso protestar, pero hacerlo habría requerido fingir que todavía tenía alguna intención seria de marcharse. Hacía rato que había dejado de mirar la hora y, peor aún, empezaba a sospechar que Dani lo había notado.

La música cambió otra vez. Peter estaba probando algo desde la cabina y una parte del público respondió levantando los brazos antes de tiempo.

—Ya queda poco —dijo Dani, mirando hacia allí con una sonrisa.

—Espero que merezca las dos horas de campaña publicitaria.

—Si no te gusta, mañana puedes quejarte todo el día.

El teléfono volvió a vibrarle. Dani lo sacó, leyó la pantalla y volvió a guardarlo.

—Tengo que mirar una cosa. Ahora os encuentro.

—¿Antes de tu gran momento?

—Llego de sobra.

Pedro señaló hacia la cabina mientras Dani empezaba a apartarse.

—No te pierdas tu gran sorpresa de medianoche.

—No me la pierdo.

Dani dio un par de pasos, pero antes de alejarse del todo miró a Julia.

—Que no se me vaya antes de medianoche.

—No prometo nada —respondió ella, levantando la copa.

Pedro negó con la cabeza mientras Dani se perdía entre la gente, esquivando a una pareja y saludando de paso a alguien junto a la barra. En pocos segundos se confundió con el resto de la fiesta.

—No le hagas caso —dijo Pedro al volver hacia Julia.

—¿A qué parte?

—A ninguna. Es una buena norma general.

—Eso es imposible. Me cae bien.

—Llevas cinco minutos hablando con él.

—Me han bastado.

—Es exactamente así como consigue engañar a la gente.

Julia miró hacia donde Dani había desaparecido antes de volver a Pedro.

—¿Cuánto lleváis siendo amigos?

Pedro tuvo que pensarlo, no por la cifra sino porque hacía mucho que nadie se lo preguntaba.

—Desde los quince.

—Mucho tiempo.