2 MEDIANOCHE
—Entonces, ¿lo de huir queda cancelado? —preguntó Julia.
Pedro miró hacia la salida del Salón de Baile. Seguía allí, aunque ahora tenía una mujer de verde entre medias.
—Aplazado.
—Vale. Aplazado —dijo Julia, sonriendo.
Empezaron a andar. La fiesta había ganado densidad mientras hablaban y obligaba a avanzar entre grupos, copas y disfraces.
A unos metros, el príncipe seguía vivo. La capa no había tenido tanta suerte: otra persona intentaba desengancharla de una silla mientras él colaboraba dando instrucciones inútiles.
—Sigue vivo —dijo Julia al seguir la mirada de Pedro.
—De momento.
—¿Blue?
La voz de una mujer llegó desde un lado y Pedro se volvió. Llevaba una máscara plateada y unas plumas negras sobre los hombros, y lo miraba con la familiaridad suficiente para que resultara evidente que él debía conocerla. Ese era el problema.
—Hola —dijo.
Ella entrecerró los ojos.
—No sabes quién soy.
—Claro que sí.
A su lado, Julia guardó un silencio de una calidad excepcional.
Pedro conocía aquella voz. La mandíbula también le resultaba familiar, pero la máscara ayudaba poco y las plumas, menos. La mujer esperó unos segundos antes de apiadarse de él y levantó apenas el borde de la máscara.
—Clara.
—Enhorabuena.
Julia se rio.
—Era la máscara —se defendió Pedro.
—Sí, Blue. Es Carnaval. Era una posibilidad.
Pedro las presentó y Clara saludó a Julia antes de volver enseguida hacia él.
—¿Has venido con Dani?
—Sí. Anda por ahí.
—Ya. Lo he visto antes con esa máscara suya. —Clara miró alrededor, como si Dani pudiera materializarse entre dos invitados—. Pensé que, si estaba él, tú no andarías muy lejos.
—Eso suena preocupante.
—Os conozco desde hace demasiados años.
Alguien la llamó desde un grupo cercano y Clara levantó una mano para indicar que iba.
—Me reclaman. Encantada, Julia.
—Igualmente.
Clara empezó a alejarse y, antes de perderse entre la gente, se volvió lo justo.
—Nos vemos, Blue.
Pedro esperó a que desapareciera antes de seguir andando junto a Julia.
—Veo que Blue está bastante extendido —dijo ella después de unos pasos.
—Por desgracia.
—Empiezo a pensar que Dani se quedó corto con la historia.
Pedro la miró.
—No le des ideas.
Julia sonrió y siguió avanzando con él.
No llegaron mucho más lejos. Una mujer de amarillo apareció entre la gente acompañada por una Bestia enorme cuya cabeza amenazaba con independizarse del resto del disfraz.
El hombre avanzaba con una mano bajo la mandíbula de pelo, intentando mantenerla en su sitio, mientras ella tiraba de una pieza junto al cuello con la concentración de quien llevaba demasiado rato solucionando el mismo problema.
—Sofía —dijo Julia al reconocerla, levantando una mano.
—No preguntes —respondió la mujer al acercarse. Dio un último tirón, se apartó para comprobar el resultado y añadió—: Cuarenta euros de pegamento.
—Está aguantando —protestó la Bestia, sujetándose todavía la mandíbula.
La mandíbula volvió a abrirse por un lado en cuanto Hugo habló. Sofía la empujó hacia arriba con dos dedos y él tuvo la sensatez de sujetarla. Pedro decidió que, si aquello pretendía ser La Bella y la Bestia, los años habían introducido algunos cambios razonables en el reparto de poder.
—Hugo —dijo Sofía, señalándolo sin demasiado entusiasmo—. Julia ya lo conoce. Tú debes de ser Pedro.
Aquello último hizo que Pedro mirara a Julia, pero ella no le concedió ninguna explicación.
—Y Wendy Serrano —añadió, presentando a la otra mujer que estaba con ellos, de vestido oscuro, una máscara pequeña y una copa de agua en la mano.
Pedro tardó una fracción de segundo de más en responder. Wendy. Después de Peter. La coincidencia le hizo gracia, aunque en una fiesta como aquella tampoco podía exigir demasiado a las estadísticas.
—Pedro.
Wendy le estrechó la mano y lo observó un momento.
—¿Tú eres el que quería irse pronto?
Pedro volvió la cabeza hacia Julia.
—¿Se lo has contado ya a todo el mundo?
—No he tenido tiempo. Esto debe de venir de Dani.
—Entonces sí —dijo Wendy, sonriendo—. Está bastante extendido.
Sofía, entretanto, había vuelto a ocuparse de la mandíbula de Hugo.
—Vamos a buscar un baño antes de que la Bestia termine decapitándose en público.
Hugo abrió la boca para objetar algo, notó que la pieza volvía a ceder y decidió reservarse la opinión. Se despidieron allí mismo y Wendy se marchó con ellos; en pocos segundos, los tres se habían perdido entre máscaras y hombros.
Pedro y Julia recuperaron el paso sin necesidad de decidir hacia dónde iban.
Quizá porque ya llevaba suficiente tiempo dentro, él empezaba a dejar de ver disfraces aislados y a reconocer primero los cuentos: una corona torcida sobre un grupo junto a la barra, una capa roja abriéndose paso entre dos mesas,
una princesa que había renunciado a sus tacones y los llevaba colgados de dos dedos.
Nada especialmente extraño. Era Carnaval y la fiesta se llamaba Érase una vez.
A aquellas alturas, lo extraordinario habría sido cruzarse con alguien que no pareciera haber escapado de una historia.
—Bueno —dijo Julia mientras esquivaban a una pareja que discutía sobre dónde habían dejado un abrigo—, ya que te has quedado por el edificio, podrías aprovechar para conocerlo.
Pedro reconoció su propia excusa y lamentó haber elegido una que pudiera volverse contra él con tanta facilidad.
—Ya lo conozco.
Julia siguió andando, aunque volvió la cara hacia él.
—Has visto la entrada, La Pecera y el Salón.
—También he visto a Minerva.
—Desde la calle, Pedro —dijo ella, mirándolo con incredulidad.
—Cuenta.
—No. Eso es como decir que conoces el Palacio Real porque has pasado por Ópera.
Pedro soltó una risa.
—Ven —dijo Julia, señalando hacia las escaleras sin detenerse.
Y esta vez él fue con ella sin molestarse en buscar otra razón.
Las escaleras confirmaron enseguida que Julia sabía adónde iba y Pedro no.
La música del Salón los acompañó durante el primer tramo, todavía reconocible, pero fue quedándose abajo hasta convertirse en un golpe sordo que subía por el edificio.
También cambió la fiesta. En las plantas inferiores la gente parecía haberse instalado; allí estaba en movimiento.
Invitados que subían con las copas pegadas al cuerpo, otros que bajaban buscando a alguien, personal con acreditaciones que atravesaba los grupos con una seguridad que Pedro empezaba a envidiar.
Cada rellano ofrecía otro pasillo, otra puerta, otro tramo de escalera.
El Círculo tenía la irritante costumbre de crecer cada vez que él creía haber entendido su tamaño.
—¿Sigues sabiendo dónde estás? —preguntó Julia mientras subían.
—Más o menos.
—Vaya. Una respuesta sincera —dijo ella, mirándolo con sorpresa.
Pedro la siguió por otro giro. No estaba perdido, se dijo.
Para estar perdido hacía falta querer llegar a algún sitio concreto y, de momento, Julia se ocupaba de esa parte.
La explicación tenía defectos, pero le permitió conservar la dignidad hasta que ella se detuvo y le hizo un gesto para que se acercara.
La Fuentecilla ofrecía una pausa respecto al tránsito de las escaleras.
Había gente hablando junto a las paredes, vasos apoyados donde seguramente Antonio Palacios no los había previsto y una luz más tranquila que devolvía a los disfraces sus colores después de las sombras del Salón.
Pedro se acercó al elemento que daba nombre al espacio y lo examinó con la prudencia de quien sospecha que está a punto de recibir una pregunta.
—Tranquilo, no voy a preguntarte qué es —dijo Julia al verlo examinar la Fuentecilla.
—Estaba a punto de agradecértelo.
—No hace falta. Ya sé que no lo sabes. —Julia se apoyó en la barandilla y señaló hacia fuera—. ¿Te acuerdas del techo del Salón de Baile?
—Llevamos fuera diez minutos.
—Era por comprobarlo. Pues estamos por encima.
Pedro miró hacia abajo.
—¿El Salón de abajo?
—Sí.
—¿Abajo dónde? —preguntó, volviendo la vista hacia las escaleras por las que habían llegado.
Julia se rio.
—Más o menos debajo de nosotros.
—Eso no puede ser.
—¿Por qué?
Pedro señaló hacia atrás, como si todo el recorrido que acababan de hacer siguiera allí y pudiera presentarse como prueba.
—Porque hemos subido, girado... no sé cuántas veces.
—Ya, pero el Salón es enorme. —Julia señaló hacia abajo—. El techo llega hasta estas plantas. Nosotros hemos salido de la sala y hemos ido subiendo alrededor, aunque desde dentro no lo parezca.
Pedro miró otra vez hacia abajo. Así sí.
Recordaba perfectamente haber levantado la vista al entrar en el Salón y haber visto el techo muy lejos, pero no había pensado en lo que significaba desde fuera.
Para él, aquella sala se había terminado al cruzar la puerta.
Resultaba que seguía allí, ocupando un enorme hueco dentro del edificio mientras ellos subían a su alrededor.
—Dentro parecía horizontal.
Julia tardó un instante en entenderlo y después se echó a reír.
—Sabes perfectamente lo que quiero decir —protestó Pedro.
—Sí. Pero esa frase no te la voy a perdonar.
Pedro volvió a mirar hacia abajo y consiguió imaginar el Círculo como algo apilado. El Salón seguía debajo de ellos; las vueltas que habían dado no significaban necesariamente que se hubieran alejado tanto como parecía. Al menos empezaba a tener una referencia.
Se quedaron un momento junto a la barandilla.
Allí la música apenas era una vibración y, después del ruido de abajo, ninguno pareció tener prisa por hablar.
Julia sostenía la copa casi vacía y miraba hacia el interior.
Cuando volvió la cara, encontró a Pedro mirándola, y él tardó un poco en apartar los ojos.
—¿Qué?
—Estoy intentando decidir si realmente sabías todo esto o te lo has inventado.
—Cobarde —dijo Julia, manteniéndole la mirada.
Pedro sonrió.
—¿Lo sabías?
—Lo leí antes.
—Ah. Yo pensaba que llevabas años estudiando el edificio por si algún día tenías que explicármelo.
—No sabía que ibas a venir.
—Yo tampoco.
Julia sonrió y ninguno añadió nada durante un instante. Pedro terminó volviendo la vista hacia la Fuentecilla.
—Entonces estamos encima del Salón.
—Más o menos.
—No. —Pedro la miró otra vez—. Ahora que por fin lo entiendo, no puedes decir «más o menos».