1 ÉRASE UNA VEZ #4
—Ahora ya es tarde —dijo Dani—. Es del instituto. Pedro mordía los Bic cuando estudiaba. Siempre. Hasta que un día uno...
—¿Te explotó en la boca? —preguntó Julia, empezando a sonreír antes de que terminara.
Pedro señaló a Dani.
—¿Ves lo que has hecho?
—Yo no he dicho nada.
—No hacía falta —dijo Julia, llevándose una mano a los labios para contener la risa—. ¿Se te quedó la boca azul?
—No durante tanto tiempo como él va a decir.
—Horas —intervino Dani—. De ahí Blue.
Pedro apuró lo poco que quedaba del gin-tonic.
—Y de ahí que no debas creer ninguna historia que cuente sobre mi adolescencia.
Julia lo miró por encima de la máscara, todavía divertida. La música los obligaba a mantenerse más cerca de lo que habría hecho falta en otro sitio, y Pedro tuvo la incómoda impresión de que el apodo acababa de darle una versión suya demasiado familiar para llevar apenas media hora conociéndose.
—Blue —repitió ella, como si comprobara cómo sonaba.
Pedro sostuvo su mirada un segundo de más.
—No te acostumbres.
—No prometo nada —respondió Julia antes de sonreír.
A su lado, Dani observaba el intercambio con una satisfacción que Pedro reconoció demasiado bien.
—Tú tienes mucho que perder aquí —le advirtió.
—Yo no estoy intentando impresionar a nadie.
Pedro volvió la cabeza hacia él y, cuando miró otra vez a Julia, ella seguía observándolo.
Dani echó un vistazo hacia la barra.
—Voy a dar una vuelta. Ahora os encuentro.
—Qué discreto —dijo Pedro, entrecerrando los ojos.
—No tengo ni idea de qué hablas —respondió Dani mientras ya empezaba a alejarse.
Ni siquiera se había molestado en inventar una excusa creíble; confiaba en que Pedro entendiera lo que estaba haciendo y, por desgracia, lo entendía perfectamente. Julia esperó a que se alejara lo suficiente.
—Blue.
Pedro ni siquiera la miró.
—No.
—No he preguntado nada.
—Todavía.
Julia aguantó apenas un momento.
—Vale. ¿Cuánto tiempo tuviste la boca azul?
Pedro volvió la cabeza hacia ella.
—Sabía que ibas a hacerlo.
—Era inevitable.
—Pregúntale a Dani —dijo Pedro, negando con la cabeza—. Parece decidido a arruinar quince años de amistad en una sola noche.
Julia miró hacia la barra. Dani seguía con la misma cerveza cuya urgente sustitución había justificado su marcha y, al notar que lo observaban, levantó la botella a modo de saludo. Ni siquiera fingía.
—Te ha dejado solo a propósito.
—Gracias. No me había dado cuenta.
—Quizá cree que lo necesitas.
Pedro volvió la cabeza hacia ella. Julia sostuvo su mirada un instante antes de dirigirla hacia la pista con una sonrisa pequeña.
—¿Y tú? ¿No tienes ninguna amiga que deba abandonarte estratégicamente?
—Puede que sea autosuficiente.
—Eso complica mucho las cosas.
El móvil vibró dentro del bolso de Julia.
—Espera. —Lo sacó, leyó la pantalla y perdió la sonrisa apenas un instante antes de guardarlo otra vez—. Perdona. ¿Qué decías?
Pedro había visto el cambio, pero no preguntó.
—Nada importante.
—Vale. —Julia intentó recuperar la sonrisa, aunque esta vez le costó un poco más.
Varias personas abandonaron la pista y otras ocuparon su lugar. Pedro se apartó para dejar pasar a una pareja mientras Julia volvía a mirar por encima de su hombro. Esta vez no fue una de aquellas miradas rápidas hacia la sala: durante un segundo dejó de escucharlo.
Pedro siguió la dirección y vio a un hombre de unos cuarenta años avanzando entre la gente, con traje oscuro y la máscara levantada sobre la frente. No llevaba ningún disfraz reconocible. Se detuvo a saludar a alguien antes de continuar y Julia mantuvo los ojos en él.
Podía ser la persona que estaba esperando. Escarmentado por su demostración de hacía unos minutos, Pedro se guardó la teoría.
El hombre no llegó hasta ellos. A mitad del salón se detuvo para hablar con otro bastante mayor, de esmoquin oscuro y máscara sobria, que estrechó una mano y respondió a un saludo desde lejos casi al mismo tiempo.
Parecía pertenecer al lugar con la misma facilidad con la que Dani pertenecía a cualquier fiesta.
Cuando Pedro volvió a mirar a Julia, ella ya lo estaba observando.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada.
Julia no explicó a quién había mirado y Pedro no insistió. Al volver la vista al salón, vio a Dani pasar cerca de los dos hombres. El mayor lo reconoció, intercambiaron un saludo y un par de palabras, y Dani siguió caminando sin detenerse.
Otra persona que conocía.
—Tu amigo conoce a todo Madrid —dijo Julia, siguiéndolo con la mirada.
—Él asegura que no.
—¿Le crees?
Pedro vio a Dani saludar a alguien más antes de desaparecer entre la gente.
—Cada vez menos.
Julia sonrió y la conversación recuperó el ritmo. Cuando Pedro volvió a mirar hacia el salón, el hombre del traje oscuro ya había desaparecido.
Podía ser cualquiera. Aun así, la posibilidad de que fuera una cita le produjo una molestia pequeña y bastante estúpida que decidió no examinar.
—¿En qué piensas? —preguntó Julia.
—En que se me está acabando la copa.
Ella miró el vaso, donde solo quedaban hielo y una rodaja de lima.
—¿No era tu condición para marcharte?
Pedro bajó la vista. Lo había olvidado.
Sacó el móvil y comprobó la hora. También había pasado más de una hora. Una copa. Una hora. Las dos condiciones cumplidas. Podía marcharse sin que Dani tuviera derecho a protestar. Guardó el teléfono y dejó el vaso vacío en una bandeja, pero no se movió.
Julia esperó un momento.
—¿No te ibas cuando se acabara la copa?
Pedro miró hacia la salida del salón. Podía irse. Esta vez de verdad.
A cierta distancia, Dani apareció entre dos grupos y levantó una mano, preguntando sin palabras si todo iba bien. Pedro respondió con un gesto breve; su amigo sonrió y siguió su camino.
—He decidido concederle un poco más de tiempo —dijo Pedro.
—¿A Dani?
Pedro recorrió el salón con la mirada.
—Al edificio.
—Claro.
—Todavía no lo he visto entero.
—Una decisión puramente arquitectónica.
—Completamente.
Julia asintió con una gravedad que no engañaba a nadie, pero el móvil volvió a vibrar dentro de su bolso.
Dejó de sonreír antes incluso de sacarlo.
Leyó el mensaje sin responder y, cuando guardó el teléfono, buscó brevemente con la mirada el lateral del salón donde antes había aparecido el hombre del traje oscuro.
Pedro lo vio, pero no preguntó.
—Entonces, arquitecto —dijo Julia al volver hacia él—, ¿qué hacemos con el tiempo extra?
Pedro podría haber corregido lo de arquitecto, pero después de utilizar el edificio como excusa para quedarse quizá el título tampoco era del todo injusto. En cualquier caso, ya había cumplido todas las condiciones que se había impuesto para marcharse.
Miró hacia la pista. El príncipe de la capa seguía vivo.
—Podemos esperar un poco —dijo, señalándolo con la mirada—. A ver si aprende algo antes de medianoche.
Julia siguió la dirección y sonrió.
—Vale.
Y se quedó.