1 ÉRASE UNA VEZ #3
Pedro estuvo a punto de decir que no, pero el Salón de Baile complicaba la respuesta. La música, las luces, la altura y, de manera bastante menos conveniente, la mujer que tenía delante.
—He dicho que no quería venir.
—No es lo mismo.
—Exacto.
Ella asintió despacio.
—A mí tampoco me apetecía demasiado venir.
—¿Y también tienes un Dani?
—No. Lo mío es peor porque he venido voluntariamente. No tengo a nadie a quien echarle la culpa. —Julia echó un vistazo alrededor antes de volver a mirarlo—. ¿Tú de verdad ibas a estar solo una hora?
Pedro tuvo el impulso de comprobar el móvil, pero se detuvo a medio movimiento.
—Ese era el plan.
—¿Era?
—Sigue siéndolo. Más o menos.
Julia asintió despacio.
—Ya. La fiesta debe de estar mejorando.
—No saquemos conclusiones precipitadas.
—Claro.
Lo dijo exactamente como Dani. Pedro la miró y Julia sonrió, sin tener forma de saber por qué acababa de irritarlo un poco más de lo razonable.
La conversación había sobrevivido al príncipe y a cualquier motivo práctico para continuar, pero ninguno parecía tener prisa por terminarla. Pedro se preguntó con quién habría venido ella y dejó la pregunta donde estaba. La explicación era bastante más sencilla: quería seguir hablando con Julia.
—Por cierto —dijo ella—, llevamos un rato criticando desconocidos y ni siquiera sé cómo te llamas.
Pedro sonrió antes de presentarse. Ella hizo lo mismo.
—Julia.
—¿Y qué se supone que eres? —preguntó él.
Pedro se miró el traje oscuro y la máscara negra.
—Una persona que no quería disfrazarse.
—Eso no es un personaje de cuento.
—Es bastante universal.
Julia lo recorrió con la mirada, pensándolo.
—Podrías ser un invitado que se ha equivocado de boda.
—Me sirve.
—La máscara te delata. Has hecho un esfuerzo.
—Venía incluida con la entrada.
—Eso no cuenta como defensa.
—Estoy reconociendo los hechos.
Julia sonrió.
—¿Siempre hablas así?
—Solo cuando me interrogan desconocidas.
—Ya sabes cómo me llamo.
—Cierto. Hemos avanzado mucho.
Pedro descubrió que empezaba a prestar demasiada atención a cuándo sonreía. Para no detenerse demasiado en ello, señaló con la copa hacia su vestido.
—¿Y tú? No consigo identificar el cuento.
—Porque no hay ninguno —dijo Julia, bajando la vista hacia el verde oscuro de la tela—. He venido sin disfraz.
—Llevas máscara.
—Eso no cuenta como defensa.
Pedro reconoció la devolución y Julia negó con la cabeza, satisfecha de haber recuperado sus propias palabras.
En la pista, un hombre acababa de descubrir que bailar con una espada golpeando las piernas de los demás tenía inconvenientes. Se la quitó y se la entregó a una amiga. Al menos alguien estaba aprendiendo aquella noche.
—Mi hermana quería que viniera más disfrazada —dijo Julia mientras lo veía alejarse—. Tenía ideas.
—¿Preocupantes?
—Había peluca.
—Has tomado la decisión correcta.
—Eso pensé.
Pedro volvió a mirar el vestido.
—¿Y eso?
—También es mío —dijo Julia al sorprenderlo mirando—, antes de que empieces a investigar.
—No estaba investigando.
—Estabas mirando —replicó ella, alzando ligeramente una ceja.
—Son cosas distintas.
—Convenientemente.
Pedro sonrió.
—Además, tú has hecho menos esfuerzo —añadió Julia, recorriendo con la mirada su traje oscuro.
—He venido.
—Eso, por lo que cuentas, ha sido un esfuerzo considerable.
—No tienes ni idea.
—Empiezo a hacerme una.
Pedro localizó a Dani al otro lado de la pista, hablando con otro desconocido y sin ninguna intención aparente de regresar. Cabrón. Con bastante afecto, pero cabrón.
—Entonces es culpa suya que estés aquí —dijo Julia siguiendo su mirada.
—Completamente.
—¿Te obliga a salir mucho?
—Él lo llama evitar que me convierta en una persona insoportable.
—¿Y está funcionando? —preguntó Julia con expresión seria. Aguantó apenas un segundo antes de añadir—: Todavía no tenemos suficientes datos. Hay que respetar el método.
Esta vez Pedro se rio de verdad.
—¿Y tú? —preguntó cuando dejó de reír—. Si querías venir, ¿por qué no te apetecía?
Julia miró alrededor antes de responder.
—Porque en casa la idea parecía mejor. Luego llegas, hay cientos de personas, música, todo el mundo parece conocer a alguien... —Se encogió ligeramente de hombros—. No sé. A veces quiero estar en sitios hasta que estoy en ellos.
—Eso sí lo entiendo —dijo Pedro, sonriendo.
—Lo dices como si llevaras años estudiándolo.
—Estoy terminando Criminología.
Julia abrió un poco los ojos. No parecía impresionada; solo interesada, que a Pedro le resultaba bastante más peligroso.
—Vale. Criminología —dijo después de un momento.
—No pongas esa cara.
—No he puesto ninguna cara. Estaba pensando.
—Eso es peor.
Julia sonrió, aunque la curiosidad seguía allí.
—¿Y qué haces exactamente? Porque supongo que estarás harto de que la gente te pida que adivines cosas.
—Bastante. —Pedro buscó una forma de explicarlo sin sonar como la web de la facultad—. Depende mucho de hacia dónde tires después. A mí me interesa por qué alguien cruza una línea sabiendo perfectamente que no debería. Qué hace que una persona normal termine haciendo algo que, en teoría, no haría.
—Eso ya suena menos a folleto —dijo Julia, mirándolo con algo más de atención.
—Gracias.
Ella sonrió y sacó el móvil. Consultó la pantalla apenas un segundo, sin escribir nada, y volvió a guardarlo.
—Venga. Una cosa —insistió.
Pedro acabó cediendo.
—Estás esperando a alguien.
—¿Por el móvil? —preguntó Julia, arqueando ligeramente las cejas.
—Por el móvil y porque llevas un rato mirando hacia el mismo lado.
—También podría estar esperando a una amiga que ha ido al baño.
—Por eso he dicho «a alguien».
Julia se rio.
—Vale. Tramposo, pero vale.
—Ahora tú —dijo Pedro, señalándola con la copa.
—A ver... —Julia lo estudió durante unos segundos—. No querías venir. Eso ya lo sé, así que no cuenta. Pero si de verdad quisieras marcharte, creo que ya lo habrías hecho.
—Creo.
—He dicho que no tengo titulación. Dame margen. —Volvió a recorrerlo con la mirada antes de añadir—: Y te gusta el sitio.
—Eso no te lo he dicho.
—No. Pero cada vez que dejamos de hablar haces...
Julia dejó la frase a medias. Pedro esperó que señalara algo y, casi sin pensarlo, alzó la vista hacia el techo. Cuando volvió a mirarla, ella estaba sonriendo.
—Eso.
—Eso ha sido cruel —dijo Pedro, resoplando.
—Ha sido observación.
—Sin titulación.
—Imagínate cuando estudie.
Pedro ya no recordaba en qué momento había dejado de preocuparse por mantener la conversación. Las preguntas aparecían solas y Julia tenía la costumbre de recuperar una frase varios minutos después, cuando él ya la había olvidado.
—¿Y tú a qué te dedicas?
—Comunicación y eventos. Bueno, estoy acabando —explicó Julia—. He hecho prácticas, algo de producción, acreditaciones... un poco de todo.
—Eso abarca bastante.
—Sí. Una vez estuve en una reunión para decidir cuándo íbamos a hacer la reunión importante. —Negó con la cabeza, recordándolo—. Ese fue un momento bastante bajo.
Pedro se rio. Julia aprovechó para preguntarle por Dani y él resumió como pudo su trabajo en producción cultural.
—¿Y por qué has venido? —preguntó Pedro cuando terminó de explicarlo.
Julia tardó un instante en responder.
—Porque quería venir.
—Eso no responde del todo.
—Ya.
Pedro entendió el límite y no siguió.
—Vale.
Julia le agradeció el cambio de tema con una sonrisa pequeña antes de volver la mirada hacia la pista. La música subió y los obligó a acercarse un poco para seguir oyéndose.
—Mira. Otro que ha aprendido —dijo ella, señalando al hombre que antes llevaba el hocico de lobo y ahora lo sostenía bajo el brazo como la cabeza de un animal recién cazado.
Pedro siguió su mirada.
—Ha elegido beber.
—Una motivación poderosa.
Siguieron hablando mientras la fiesta continuaba moviéndose a su alrededor.
Pasaron de los disfraces que jamás se pondrían a la gente capaz de bailar sobria, de Dani a la absurda dificultad de encontrar un baño en cualquier edificio elegante.
Julia contó cómo una acreditación equivocada había convertido durante veinte minutos a un técnico de sonido en miembro de una delegación institucional, y Pedro se rio lo suficiente para tener que apartar la copa.
Pedro seguía sonriendo cuando vio a Dani acercándose entre la gente con otra cerveza. Su amigo los localizó, miró primero a Pedro y después a Julia y sonrió apenas un poco.
Pedro conocía aquella sonrisa. Mierda.
—Has vuelto —dijo cuando llegó hasta ellos.
—También me alegro de verte —respondió Dani, colocándose a su lado con la naturalidad de quien sabía perfectamente que interrumpía y no pensaba disculparse por ello.
—Julia, este es Dani. Dani, Julia.
—Ah. El responsable —dijo ella al reconocerlo.
Dani volvió la mirada hacia Pedro.
—¿Ya estás hablando mal de mí?
—Solo me ha contado que lo obligaste a venir —explicó Julia.
—«Obligar» es una palabra muy fea. —Dani levantó ligeramente la botella antes de continuar—. Le mandé tres mensajes, dijo que no tres veces y, aun así, aquí está. Yo diría que una parte de él quería venir.
—No manipules las estadísticas.
—Creo que voy entendiendo cómo funciona esto —dijo Julia, sonriendo.
Dani pareció satisfecho. Encontrarse a Pedro hablando voluntariamente con una mujer parecía suficiente para justificar toda la operación.
—Entonces —dijo, mirando a su amigo—, ¿ya te ha contado cuánto le está gustando la fiesta?
—No me está gustando.
—Le gusta el edificio —intervino Julia.
Pedro volvió la cabeza hacia ella.
—Eso era información confidencial.
—No establecimos esas condiciones.
Dani soltó una risa.
—¿Ves? Esto es lo que llevo soportando desde los quince años.
—Tú me has traído.
—Esta noche —dijo Dani antes de beber—. Lo de los otros quince años fue mala suerte.
Julia sonrió. Encajaba con Dani con una facilidad que a Pedro le gustó bastante más de lo que pensaba analizar.
—No le hagas caso —dijo—. Exagera.
—Claro, Blue. Lo que tú digas —respondió Dani, negando con la cabeza.
Pedro se volvió hacia él.
—No.
Julia tardó un segundo en reaccionar.
—¿Blue?
—Ni se te ocurra.