1 ÉRASE UNA VEZ #2
—Estudias Criminología, no control aéreo.
Pedro guardó el teléfono y levantó el gin-tonic.
—También he dicho una copa.
—Nadie ha especificado cuánto tienes que tardar en beberla.
Pedro volvió a beber mientras La Pecera se llenaba a su alrededor.
Una pareja intentaba hacerse una fotografía sin conseguir encajar la corona de ella; alguien pasó con cuatro copas y la concentración de quien transportaba material radiactivo.
La música llegaba amortiguada desde otra parte del edificio.
No estaba incómodo, que era distinto de estar pasándoselo bien y convenía mantener las categorías separadas.
Dani lo observó por encima de la botella.
—Te está gustando.
—No.
—Has dejado de mirar la salida.
Pedro miró involuntariamente hacia donde creía que estaba y Dani sonrió.
—Eso no demuestra nada.
—Demuestra que no sabes dónde está.
Pedro dejó pasar el golpe. Su amigo estaba genuinamente contento, y él conocía la diferencia entre aquello y su entusiasmo habitual.
De vez en cuando Dani decidía que llevaba demasiados días haciendo exactamente las mismas cosas y organizaba alguna intervención que solía incluir alcohol, desconocidos y una actividad a la que Pedro ya había dicho que no.
El método había dado suficientes resultados como para que siguiera utilizándolo.
—Vale. Termino esto, vemos el Salón de Baile y me voy.
—Claro.
—Deja de decir «claro» así.
Dani bebió para esconder una sonrisa que no estaba escondiendo demasiado.
—Además, antes de las doce no te vas.
Pedro bajó el vaso.
—¿Cómo que no me voy?
—Hay una cosa a medianoche. Y no te la voy a contar porque entonces vas a pasarte la próxima hora explicándome por qué no merece la pena. La ves y después, si quieres, te largas.
—Acabas de cambiar las condiciones después de traerme aquí.
—Sí.
—Eso inspira muchísima confianza.
Dani terminó la cerveza y dejó la botella vacía sobre la barra.
—Vamos. Puedes seguir protestando de camino.
Pedro cogió su copa y lo siguió. Vería el Salón de Baile, darían una vuelta y se marcharía. Lo que ocurriera a medianoche era problema del Pedro de dentro de hora y media, un hombre al que deseó suerte.
Todavía pensaba irse pronto, aunque ya no tenía demasiada prisa. La intención aguantó hasta que Dani abrió una de las puertas y Pedro se olvidó de que estaba intentando ganar una discusión.
El Salón de Baile parecía más grande de lo que el edificio debería permitir.
La luz descendía desde un techo que obligaba a levantar la cabeza y se rompía sobre máscaras, copas y gente en movimiento; al fondo, el escenario concentraba luces más frías alrededor de la cabina del DJ.
La música, amortiguada hasta entonces por puertas y pasillos, adquirió de golpe volumen y cuerpo.
Había cientos de personas y, aun así, la sala parecía capaz de admitir muchas más.
Pedro redujo el paso.
—Es grande.
—Ochocientos metros cuadrados —dijo Dani.
Pedro lo miró.
—¿Te has aprendido los metros cuadrados?
—Trabajo en producción. Importan cuando alguien quiere meter cuatrocientas sillas donde caben trescientas.
—Eso ha sonado a trauma.
—Lo es.
Pedro volvió a mirar hacia arriba. Desde la calle, el Círculo se había impuesto por su tamaño; allí dentro tenía algo distinto. Era solemne sin exigir silencio y lo bastante excesivo para soportar una fiesta de Carnaval sin convertirse en un decorado. Le molestó bastante que le gustara.
Dani se dio cuenta.
—Estás impresionado.
—He visto habitaciones antes.
—Claro.
Pedro decidió no regalarle más y siguió bordeando la pista con él.
Allí los cuentos habían terminado de mezclarse con la fiesta: disfraces que debían de haber necesitado semanas junto a otros resueltos probablemente esa misma tarde.
Una Caperucita discutía con un lobo que intentaba beber sin quitarse el hocico de goma; al segundo intento, él se lo subió hasta la frente y eligió la cerveza.
Cerca del escenario, una reina avanzaba con bastante dignidad hasta que el vestido dejaba ver unas zapatillas deportivas.
Pedro reparaba en esas cosas sin proponérselo.
No era Criminología, pese a lo que Dani insinuaba cuando quería reírse de él.
Simplemente miraba: una mujer que se había quitado los zapatos y los ocultaba bajo una mesa, un hombre tirando discretamente de una capa demasiado larga, alguien con corona buscando desde hacía rato a la persona con la que probablemente había llegado. Detalles sin importancia.
Esa era la ventaja de observar cuando no había nada que resolver.
—Los bailes de Carnaval son anteriores al edificio —dijo Dani mientras seguían avanzando.
Pedro tardó un instante en darse cuenta de que seguía hablando.
—¿Qué?
—Los bailes de máscaras. El Círculo ya los organizaba antes de estar aquí. Desde finales del XIX, creo.
—¿Eso también lo sabes porque trabajas en cultura?
—Estoy empezando a arrepentirme de habértelo explicado.
Pedro sonrió. No costaba entender que la tradición hubiera sobrevivido.
Los disfraces y la música habrían cambiado, pero la idea seguía siendo sencilla: llenar un edificio así de gente dispuesta a no parecerse del todo a sí misma durante unas horas.
Hasta él había aceptado un antifaz negro, aunque había establecido una línea bastante firme en cualquier prenda que pudiera denominarse capa.
Dani volvió a caminar y, esta vez, Pedro lo siguió sin preguntar adónde iban.
Se acercaron al escenario. Detrás de la mesa de mezclas, el DJ llevaba camisa verde y un pequeño gorro del mismo color. Dani levantó una mano.
—¡Peter!
El DJ respondió al saludo y se inclinó hacia ellos después de ajustar algo en los controles.
—Pensaba que al final no te vestías —dijo Dani.
Peter abrió los brazos para que apreciaran la camisa y el gorro.
—Me llamo Peter. Si no hago esto en una fiesta de cuentos, estoy desperdiciando una oportunidad bastante evidente.
Pedro contempló el conjunto.
—Podías haberla desperdiciado.
Peter se rio.
—¿Quién es?
—Pedro. Mi amigo.
—Encantado —dijo Pedro, levantando ligeramente la copa.
Peter volvió a los controles y ellos siguieron bordeando la pista.
En algún momento Pedro dejó de pensar en la hora.
No fue una decisión; simplemente había demasiado que mirar.
Una pareja bailaba con máscaras venecianas demasiado caras para acercarlas a gente con copas; dos mujeres posaban para una fotografía mientras un desconocido esperaba fuera del encuadre sosteniendo tres bolsos y una varita.
En el suelo, una corona de cartón dorado esperaba a que alguien admitiera su pérdida.
Dani se adelantó para saludar a alguien y Pedro se quedó junto al límite de la pista. Esta vez no lo siguió ni buscó la salida.
Fue entonces cuando vio al príncipe.
No supo de qué cuento pretendía haber salido. Llevaba chaqueta blanca con bordados dorados, botas altas y una capa azul casi tan larga como él. Se movía con la solemnidad de quien había invertido demasiado dinero en el disfraz para permitir que pareciera una broma.
La capa tenía otros planes.
Una camarera pasó detrás con una bandeja.
El príncipe retrocedió para dejarla pasar justo cuando alguien pisaba el extremo de la tela.
Hubo un tirón, un traspié y varias copas inclinándose peligrosamente antes de que todos recuperaran el equilibrio.
Pedro había visto venir el desastre y, a pocos pasos, una mujer de vestido verde oscuro y máscara negra también.
El príncipe se recompuso y siguió andando. Al tercer paso volvieron a pisarle la capa.
La mujer bajó la cabeza para ocultar una risa.
—No va a llegar vivo a medianoche.
Pedro tardó un instante en darse cuenta de que hablaba con él.
—Bueno... depende.
—¿De qué?
—De que entienda antes de medianoche que la capa está intentando matarlo.
Ella se rio mientras buscaba al príncipe entre la gente.
—Yo estaba convencida de que se llevaba la bandeja. Tú también lo has visto venir, ¿no?
—Sí.
—Podías haberle avisado.
Pedro miró hacia donde había desaparecido.
—No sé. A esas alturas ya había demasiada gente implicada.
Ella volvió a reírse. Llevaba una máscara negra sencilla y un vestido verde tan oscuro que por momentos parecía negro. Pedro registró ambas cosas y tardó un segundo de más en apartar la vista.
La conversación podía haber terminado allí.
Dos desconocidos habían visto algo gracioso, intercambiado unas frases y podían regresar con la gente con la que hubieran venido, pero ninguno se movió.
Un hombre pasó entre ambos y los obligó a apartarse hacia el mismo lado, dejándolos más cerca de lo necesario.
Pedro levantó la copa para evitar un choque y se volvió demasiado consciente de cómo estaba sujetando el gin-tonic. Estupendo.
—¿Has venido con alguien? —preguntó ella.
Pedro buscó a Dani y lo encontró a cierta distancia, hablando con dos personas.
—Con él.
Ella siguió su mirada.
—¿El de la máscara?
Pedro contempló el salón lleno de gente enmascarada.
—Vas a tener que acotar un poco.
—El que habla con las manos —añadió ella, riéndose.
Dani levantó las dos en ese preciso instante para ilustrar algo de dimensiones considerables.
—Ah. Ese sí —dijo Pedro—. Dani.
—Parece estar pasándoselo bien.
—Dani puede pasárselo bien en una sala de espera si le das diez minutos.
—Es una habilidad.
—Él cree que es una responsabilidad.
Ella siguió observándolo un momento.
—¿Y ha sido idea suya que vinieras?
—¿Se nota? —preguntó Pedro, mirando otra vez hacia Dani.
—Un poco. Cada vez que dices su nombre parece que te deba dinero.
Pedro sonrió.
—Me conoce desde hace demasiado tiempo y cree que eso le da derecho a organizarme la vida.
—¿Y se lo da?
—Esta noche, aparentemente.
—Pero has venido —dijo ella, ladeando la cabeza.
Era exactamente el argumento de Dani y Pedro se negó a perder la misma discusión dos veces.
—Eso está por demostrar.
Ella miró alrededor.
—Estás dentro del edificio.
—Circunstancial.
—Con una copa —añadió, señalando el gin-tonic.
Pedro bajó la vista hacia el vaso, que empezaba a adquirir un peso probatorio preocupante.
—Me la han puesto en la mano.
—¿También contra tu voluntad?
—Hay un patrón de abusos esta noche.
Ella se rio.
—Entonces no te gusta la fiesta.