Érase otra vez 1 ÉRASE UNA VEZ
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Érase otra vez

Érase otra vez

Por Juan Andrade

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1 ÉRASE UNA VEZ

Pedro Salcedo había dicho que no tres veces.

La primera, por mensaje. La segunda, cuando Dani apareció con las entradas.

La tercera, hacía menos de veinte minutos, al salir del metro y descubrir que su amigo seguía caminando hacia la calle de Alcalá como si las negativas, cuando se repetían lo suficiente, acabaran perdiendo valor jurídico.

—Técnicamente, viniste —dijo Dani sin aflojar el paso.

—Técnicamente, me has traído.

—Pedro, has salido del metro, has venido andando hasta aquí y llevas todo el camino protestando. Yo no te he cargado al hombro.

—Bajo protesta.

Dani lo miró de reojo.

—Eso sí ha quedado claro.

Era difícil discutir con alguien que llevaba quince años utilizando la lógica solo cuando le convenía.

Pedro se ajustó la máscara negra, que ya empezaba a molestarle sobre el puente de la nariz, y miró hacia la entrada del Círculo.

Todavía podía irse. El problema era hacerlo delante de Dani, que había conseguido dos entradas para la fiesta de Carnaval y llevaba desde principios de semana comportándose como si aquello constituyera una deuda de gratitud de proporciones históricas.

—Una copa —dijo Pedro—. Y dentro de una hora me voy.

—Sí, sí. Perfecto —respondió Dani con demasiada facilidad.

Pedro lo miró.

—No pongas esa voz.

Dani sonrió sin molestarse en negarlo. Aquello tenía exactamente la credibilidad que Pedro esperaba.

Su amigo había perfeccionado esa técnica mucho antes de que ninguno tuviera edad para entrar en sitios como aquel: dejarlo protestar hasta que se cansara y confiar en que la realidad resolviera la discusión por él. Lo irritante era que funcionaba.

Un grupo pasó junto a ellos camino de la puerta.

Una mujer llevaba vestido rojo y una cesta; el hombre que la acompañaba había resuelto el lobo con unas orejas grises y una cantidad de pelo facial que quizá no pertenecía enteramente al disfraz.

Detrás, alguien avanzaba con una capa tan larga que ya habían conseguido pisársela dos veces.

A la tercera estuvo a punto de tropezar con el bordillo.

—Vamos a acabar en urgencias antes de medianoche —dijo Pedro al verlo recuperar el equilibrio.

—Eso es porque estudias Criminología y ves peligro en todas partes.

—No hace falta estudiar Criminología para saber que una escalera y tres metros de terciopelo son enemigos naturales.

Dani sonrió. Llevaba una máscara más trabajada que la suya y parecía perfectamente cómodo entre la gente, el tráfico de Alcalá y la música que escapaba cada vez que se abrían las puertas. Dani estaba cómodo en casi cualquier sitio. Era uno de sus talentos menos útiles y más envidiables.

—Te va a gustar —dijo.

—No.

—Todavía no hemos entrado.

—Estoy intentando ahorrar tiempo.

Dani siguió hacia la entrada, pero Pedro se demoró un instante.

Desde la acera, el Círculo tenía la clase de presencia que resultaba irritante cuando uno estaba decidido a que algo no le gustara.

La fachada iluminada se levantaba sobre Alcalá sobreviviendo bastante bien al tráfico, a los taxis detenidos donde no debían y a una Cenicienta que fumaba junto a la puerta mientras consultaba el móvil.

Más arriba, Minerva vigilaba Madrid desde la azotea con una paciencia de bronce que probablemente llevaba décadas viendo entrar a gente que había prometido no quedarse mucho.

Pedro alzó la cabeza. No estaba mal, aunque aquella era una concesión estrictamente arquitectónica y no había ninguna necesidad de compartirla.

Dani lo esperaba unos pasos más adelante, con las manos en los bolsillos. Ni siquiera tuvo que llamarlo. Quince años daban para saber cómo bebía alguien el café, qué películas fingía no haber visto y cuáles de sus negativas significaban realmente que no.

Cuando Pedro llegó hasta él, señaló la entrada.

—Una copa y una hora.

—Ni un minuto más.

—Te odio.

No lo era, y los dos lo sabían. Las puertas volvieron a abrirse y la fiesta salió durante unos segundos a la calle: música, conversaciones superpuestas, cristales y una carcajada demasiado alta. El hombre de la capa había conseguido entrar sin matarse. Bien por él.

Dani cruzó primero. Pedro echó una última mirada a Alcalá, más por conservar la satisfacción de saber que todavía podía escapar que porque estuviera considerando hacerlo de verdad, y entró detrás de su amigo.

Dentro hacía demasiado calor. El frío de la calle desapareció en cuanto se cerraron las puertas y lo sustituyeron la calefacción, las conversaciones y una multitud que intentaba quitarse el abrigo sin desmontar el personaje que llevaba debajo.

Una mujer con una corona de ramas se había enganchado el pelo en la cremallera del guardarropa; a su lado, un caballero sostenía el casco bajo el brazo y un móvil entre los dientes mientras buscaba una entrada digital que seguramente había tenido preparada treinta segundos antes.

Pedro se apartó para dejar pasar a una pareja y casi perdió a Dani entre máscaras, vestidos y capas que habían sobrevivido a la entrada con distinta fortuna.

Por encima de las cabezas, el edificio seguía ascendiendo de una manera que no terminaba de entender.

Desde fuera le había parecido grande; desde dentro empezaba a sospechar que, además, era complicado.

Dani avanzaba como si hubiera dejado algo allí la tarde anterior.

—¿Dónde vas? —preguntó Pedro mientras intentaba no perderlo entre la gente.

—Por aquí.

No era una respuesta, pero resultó ser una dirección. Dani esquivó a un grupo detenido junto al acceso y saludó con dos dedos a una mujer con acreditación, que sonrió al reconocerlo detrás de la máscara.

—Hombre, Aranda. Al final has venido.

—Y he traído a Pedro —dijo Dani mientras ella comprobaba las entradas.

—Contra mi voluntad —añadió él.

La mujer levantó la vista y Dani negó con la cabeza.

—No le hagas caso. Lleva desde el metro protestando.

La mujer se rio. Dani le preguntó por alguien que Pedro no conocía y recibió un «anda por arriba» acompañado de un gesto hacia el interior. Se despidieron con la familiaridad rápida de quienes se habían encontrado muchas veces trabajando y casi nunca habían tenido tiempo para hablar.

—¿Conoces a todo el mundo? —preguntó Pedro cuando se alejaron.

—Qué va. Es que al final siempre acabas coincidiendo con los mismos: técnicos, producción, gente de salas... Bueno, los mismos no, pero ya me entiendes.

Pedro había dejado hacía tiempo de intentar reconstruir de dónde conocía Dani a cada persona. Con él, una llevaba casi siempre a otra.

Siguieron el flujo de invitados. Un cartel anunciaba ÉRASE UNA VEZ entre máscaras y letras doradas, aunque el edificio se resistía a convertirse en decorado: piedra, metal, escaleras y alturas que desde abajo no terminaban de revelarse. La fiesta podía disfrazarlo; ocultarlo era otra cosa.

Pedro vio a Dani tomar otra bifurcación sin vacilar.

—¿Tú has trabajado aquí?

—Alguna vez. Montajes, un par de actos. Cosas sueltas.

—Podrías haber mencionado que conocías el sitio.

Dani lo miró por encima del hombro.

—Te dije que conocía el sitio.

—Dijiste que la fiesta estaba bien.

—También.

Siguieron andando. Dani señaló un par de detalles del edificio al pasar y Pedro acabó mirándolo con cierta desconfianza.

—¿Eso lo sabes de verdad?

—Trabajo en cultura.

—Eso no responde a la pregunta.

Dani se encogió de hombros sin dejar de andar.

—Sé lo suficiente para parecer convincente.

Al llegar a La Pecera, la fiesta cambió de aspecto.

Allí la gente ya no estaba entrando: estaba dentro.

Abrigos fuera, copas en la mano, conversaciones que se formaban y deshacían alrededor de las mesas altas.

También se entendía mejor el tema del Carnaval.

Había cuentos por todas partes, pero nadie parecía haberlo confundido con una función escolar.

Una mujer vestida de negro llevaba un espejo ovalado en lugar de bolso; una bruja bebía cerveza junto a un príncipe que Pedro no supo identificar y una reina discutía con el camarero sobre dónde había dejado la tarjeta.

Aquello estaba mejor de lo que había esperado.

Dani lo observó un momento.

—Has puesto cara.

—Tengo una cara.

—Ya. Esa es la de «esto me está gustando y voy a tardar cinco minutos en encontrarle un defecto».

Quince años. Demasiados.

Pedro miró alrededor y encontró demasiado ruido, demasiada gente y un hombre con armadura de plástico intentando beber vino sin levantarse el visor.

—Sigo sin entender por qué alguien vendría voluntariamente a un sitio con esta cantidad de personas.

—Y, sin embargo, aquí estás.

Pedro decidió no concederle el argumento dos veces. Dani echó a andar hacia el interior.

—¿Adónde vamos? —preguntó mientras lo seguía.

—Al Salón de Baile.

Pedro vio la barra bastante más cerca.

—Antes necesito una copa.

Dani cambió de rumbo sin discutir y encontró un hueco entre una mujer con tiara y un hombre con una espada de plástico a la espalda.

Pidió una cerveza y un gin-tonic sin consultar a Pedro: su ginebra habitual, sin pepino.

Llevaba años oyéndole sostener que meter una hortaliza en una copa no la convertía en sofisticada.

—Podría haber querido otra cosa.

—No querías otra cosa —dijo Dani mientras le tendía el vaso.

Pedro lo probó. Estaba exactamente como lo habría pedido.

—Demasiado hielo.

Dani hizo ademán de recuperarlo.

—Pues devuélvelo.

Pedro apartó la copa antes de que pudiera alcanzarla y bebió otra vez.

—Bueno, tampoco hace falta montar un espectáculo.

Dani sonrió. Hubo una época en que pedía por él para fastidiarlo; en algún momento difícil de precisar había empezado a hacerlo simplemente porque sabía lo que quería. Quince años daban también para eso.

Un hombre se acercó a saludarlo y le habló de un montaje de la semana anterior.

Dani prometió enviarle un contacto al día siguiente y, cuando se marchó, volvió junto a Pedro con la misma naturalidad con la que se había apartado.

Podía conocer a media sala y aun así conseguir que la persona con la que había llegado no se sintiera abandonada.

Dani circulaba. Pedro permanecía. Al final siempre volvían a encontrarse.

Pedro sacó el móvil para comprobar la hora.

—No me puedo creer que lo hayas mirado —dijo Dani.

—He dicho una hora.

—Llevamos quince minutos.

—Diecisiete.

Dani negó con la cabeza.