CAPÍTULO 71
ENZO
Dos años después de aquella boda en la playa, me siento en la terraza a ver el atardecer, y pienso que la vida, al final, te da lo que le exiges.
A mí me dio esto: una casa, una mujer, una paz que no creía merecer.
Y un imperio que sigue en pie, pero que ya no es lo que me define.
Lo que me define ahora es otra cosa: la forma en que Valeria me busca con la mano en la cama, sin despertarse.
El olor a café por las mañanas. Saber que, pase lo que pase, hay alguien que me espera.
Y no es un milagro que cayó del cielo. Es un milagro que se construyó a sangre y fuego, con las manos de los dos.
No hay atajos para esto. Hay, simplemente, el trabajo diario de quererse a pesar de todo.
Y yo, que fui un hombre de atajos toda mi vida, aprendí con ella que lo único que no se puede apurar es el amor.
Que hay que dejarlo crecer, regarlo, podarlo.
Y que, cuando por fin florece, no hay nada que se le parezca.
VALERIA
Me siento a su lado, con una taza de café y el mar poniéndose rojo con el atardecer.
—¿En qué piensas? —le pregunto.
—En que me diste todo. —Me mira, y en sus ojos veo la misma devoción de siempre—. Todo lo que no sabía que quería.
—Te di guerra, Enzo. Te di sangre.
—Me diste a ti. —Coge mi mano—. Y eso, con la guerra y la sangre y todo, es lo único que importa.
Y tiene razón. Nos dimos guerra, y sangre, y miedo. Pero también nos dimos esto: una calma ganada a pulso, una casa que es nuestra, un amor que ya no tiembla.
Pienso en todas las mujeres que fui: la niña de la puerta, la que esperaba a un padre que no llegaba; la chica del cuadro, la que se vendió para salvar una deuda; la esposa comprada, la que odiaba al monstruo que la encerraba.
Todas fui yo, una detrás de otra, como muñecas rusas que se abren.
Y debajo de todas estaba esta: la que se sienta a ver el mar con un hombre que la quiere.
No reniego de ninguna. Les agradezco a todas que resistieran.
Porque la mujer que soy ahora es la suma de todas las que fui. Y por fin, me gusto.
—¿Sabes qué? —digo, apoyando la cabeza en su hombro.
—Dime.
—Que si volviera a nacer, y me volvieran a vender, querría que me compraras tú otra vez.
Enzo se ríe, bajo, con esa risa que solo yo escucho.
—Eso es lo más retorcido y lo más bonito que me has dicho nunca.
—Lo aprendí de ti.
Y nos quedamos así, viendo el mar, sabiendo que lo nuestro, torcido y todo, es para siempre.
Porque no fue un cuento de hadas. Fue un cuento de monstruos.
Y a los monstruos, cuando se quieren, el para siempre les sienta bien.