EPÍLOGO — ENZO — LA SEMILLA
Noto que Dante está cambiando antes de que nadie más lo vea.
Porque yo fui el primero en cambiar, hace dos años, y reconozco los síntomas: la mirada que se pierde en el mar, las respuestas cortas, las salidas a horas raras. Dante, mi hermano, el segundo, el más frío de los tres, lleva semanas moviéndose como un hombre con un secreto.
Y yo sé lo que es cargar un secreto. Yo cargué uno durante meses y casi me cuesta a la mujer que quiero. Así que no pienso dejar que Dante cargue el suyo solo.
En esta familia, los secretos son una enfermedad hereditaria. Mi padre se los guardó todos y murió solo, rodeado de gente y vacío por dentro. No pienso ver a mi hermano cometer el mismo error. Porque los fuertes, los de verdad, se rompen en silencio. Y nadie se entera hasta que ya es tarde.
Lo espero una noche en la terraza, con dos copas y el mar sonando abajo.
—¿Qué pasa? —me pregunta, al verme, porque Dante nunca espera que nadie lo espere.
—Eso te iba a preguntar yo.
Se tensa. Solo un segundo, pero lo veo. Se sienta, coge la copa, no bebe.
—No pasa nada.
—Mientes fatal. Siempre mentiste fatal.
—¿Es una mujer? —pregunto, al fin.
Me mira. Y en esa mirada, por un instante, veo el miedo de un hombre que se ha enamorado de quien no debía. Y reconozco ese miedo. Porque yo lo sentí, entero, el día que entendí que quería a Valeria.
—No es… —Se pasa la mano por la cara—. No es tan simple.
—Nunca lo es. A mí tampoco me lo fue. Y mira dónde estoy.
—Esto es distinto, Enzo.
—¿Peor?
—Mucho peor.
Y no dice más. Y yo no presiono. Pero antes de irme, le dejo una cosa clara:
—Sea lo que sea, Dante, no lo cargues solo. Yo estuve a punto de perderlo todo por hacer eso. No cometas el mismo error.
Porque a un Ravelli no se le convence con palabras. Se le convence estando ahí, aunque no te llame. Y eso es lo que pienso hacer: estar.
Mientras subo, siento su mirada en mi espalda, y sé que he plantado una semilla. Una que, tarde o temprano, va a brotar.
Porque un imperio como el nuestro no se hereda solo. Se hereda con sus guerras, sus secretos y sus amores imposibles. Y el de Dante, lo intuyo, va a ser el más imposible de todos.
Pero esa es otra historia.