ENZO IMPERIO RAVELLI (LIBRO 1) CAPÍTULO 70
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CAPÍTULO 70

Esto es lo que se siente al ganar, y no se parece a lo que imaginaba.

No hay confeti, ni música, ni la certeza de que todo irá bien para siempre. Hay esto: una casa al borde del mar, un hombre que me mira como si yo fuera el sol, y la calma rara de saber que, por fin, nadie viene a por mí.

Porque lo nuestro nunca fue limpio. Empezó con una deuda, siguió con sangre, y terminará, si termina, con los dos viejos y arrugados mirando el mar, sabiendo que nos quisimos de la única forma que supimos: con las manos manchadas y el corazón a tirones.

Y no lo cambio.

No cambio las noches en vela, ni las lágrimas, ni las mentiras que casi nos rompen.

Porque todo eso, hasta lo más feo, me trajo hasta aquí.

Y no es que no me duela nada. Me duele mi padre, muerto por mí.

Me duele mi madre, que no llegué a perdonar.

Pero el dolor no es incompatible con la felicidad.

La felicidad no es la ausencia de dolor.

Es la capacidad de vivir con él sin que te ahogue.

Y yo, por fin, puedo.

—¿En qué piensas? —me pregunta Enzo, desde la cama, con la voz ronca de sueño.

—En que te quiero. En que esto, lo nuestro, es lo más raro y lo más bonito que me ha pasado.

—Raro y bonito. —Sonríe—. Me gusta. Es un buen resumen.

Y me doy cuenta, escuchando su corazón bajo mi oreja, de que la paz no es un lugar al que se llega. Es una forma de respirar. Y yo, por fin, respiro así. Sin retener el aire, sin mirar por encima del hombro, sin esperar el golpe.

Porque los finales felices no son finales. Son principios disfrazados.