CAPÍTULO 69
Camilo Coloma firma su sentencia el día que pronuncia su nombre.
No lo conozco en persona, pero sé quién es: el hijo menor de Sebastián, el que se movía en la sombra cerrando los tratos sucios que su padre no quería firmar. Un fantasma con apellido. Y los fantasmas, en mi mundo, no se combaten con dinero. Se combaten con una bala.
No es venganza. Es protección. La diferencia importa, aunque el resultado sea el mismo. Porque mientras Camilo respire, Valeria no va a dormir tranquila. Y yo no puedo dormir si ella no duerme.
—Lo tenemos localizado —dice Vittorio, una noche—. Se esconde en un piso franco de las afueras. Tres hombres con él. Tiene un plan. La quiere viva.
La quiere viva. Esa frase me enciende una rabia tan antigua que me cuesta respirar. Ya pasé por esto una vez, y casi la pierdo. Juré que no volvería a pasar.
—Esta noche —digo—. Vamos esta noche.
Llegamos al piso franco pasada la medianoche.
Es un edificio feo, con la pintura descascarillada y olor a humedad.
Perfecto para un fantasma. Los tres hombres de Camilo caen antes de entender qué pasa.
Luego, la puerta del fondo, y dentro, Camilo Coloma, con la pistola en la mano y el miedo en los ojos.
—Ravelli —dice, y su voz tiembla—. Sabía que vendrías.
—Entonces sabes por qué estoy aquí.
—Por mi padre. Por la guerra.
—No. —Le apunto, con el pulso firme—. Por ella. Porque cometiste el error de pronunciar su nombre.
Y disparo.
Camilo cae, con la sorpresa congelada en la cara. Me quedo un segundo mirando el cuerpo, esperando sentir algo. Y no siento nada, salvo una calma fría, la del que ha cerrado la última puerta. Porque con Camilo muere el último Coloma. Y con el último Coloma, muere la amenaza.
Y yo, que he matado a más hombres de los que puedo recordar, descubro que este, el último, es el único que no me pesa.
Porque lo hice por amor.
Y el amor, en mi mundo, es la única bala que sale limpia.