CAPÍTULO 68
El cabo suelto tiene nombre: Camilo Coloma.
El hijo de Sebastián. El que no estaba en la finca la noche de la guerra porque cerraba tratos en Madrid, y que se enteró de la muerte de su padre por teléfono.
Desde entonces no ha dejado de moverse. Porque en este mundo el apellido es una carga que se transmite de generación en generación, junto con el rencor. Y Camilo ha heredado las dos cosas.
Me lo dice Matteo una mañana, sin rodeos:
—Camilo está comprando hombres. Y ha preguntado por ti. Cree que tú mataste a su padre. Te ha puesto en su lista.
Se me hiela la sangre. No por miedo, que ya no le tengo miedo a esta gente. Por cansancio. Porque quería creer que la guerra, por fin, era cosa del pasado.
—¿Qué hacemos? —pregunto.
—Enzo ha dado orden de que no salgas de la villa sin escolta.
—No voy a esconderme. —Me levanto—. Ya no me escondo.
Y no es bravuconería. He pasado demasiado tiempo escondida: en los cuadros, en la jaula, en el silencio. Y cada vez que me escondí, no hice más que retrasar lo inevitable. Los monstruos no se van porque te escondas. Se van cuando les plantas cara.
Esa noche se lo digo a Enzo, en la cama, con la luz apagada.
—Matteo me ha contado lo de Camilo.
Noto cómo se le endurece el cuerpo a mi lado, cómo la rabia le sube por la espalda como un animal. Y no me asusta. Porque ese animal, conmigo, nunca ha mordido. Al contrario: siempre ha estado ahí para defenderme.
—No quería que te enteraras todavía —dice, con la voz baja—. Quería resolverlo yo.
—Ya lo sé. —Me giro hacia él—. Y por eso te lo digo: no me escondas las cosas. Lo prometiste. Sin secretos.
—Lo recuerdo. —Me busca la cara en la oscuridad—. Camilo es un problema. Pero es mi problema. Y lo voy a resolver.
—¿Cómo?
—Como se resuelven los cabos sueltos. —Su voz es fría—. Cortándolos.
Y yo, que hace un año me habría horrorizado, me callo.
Porque sé que, en su mundo, hay amenazas que solo se acaban de una manera.
Hace un año creía que la violencia nunca era la respuesta.
Luego me vendieron, me usaron, y aprendí que hay hombres que solo entienden un idioma.
Camilo Coloma, como su padre, es de esos.
—Haz lo que tengas que hacer —digo, al fin—. Pero vuelve a casa.
—Siempre vuelvo. —Me besa la frente—. A ti. A esta casa. A lo que somos. Siempre.