CAPÍTULO 67
La obsesión, con el tiempo, se ha ido volviendo otra cosa.
Antes, quererla era una fiebre: poseerla, controlarla, saber dónde estaba a cada hora. Ahora, casados, con el imperio en calma, descubro que la fiebre se ha convertido en devoción.
Todavía quiero saber dónde está. Pero ya no para controlarla, sino para asegurarme de que está bien. Todavía me despierto de madrugada para mirarla dormir. Pero ya no para poseerla, sino para agradecer que siga aquí.
Porque el que vigila y el que cuida, vistos desde fuera, se parecen.
Los dos miran. Pero el primero aprieta y el segundo sostiene.
Y yo, que pasé un año apretando, aprendo a abrir la mano.
Porque cada vez que aprieto, ella me lo dice con esa calma que me desarma: «no me encierres, Enzo».
Y descubro que abrir la mano, con ella, no es perderla. Es tenerla más.
Esta mañana la veo en la cocina, descalza, con una de mis camisas, preparando café.
Y algo en el pecho se me aprieta. No de deseo.
De una ternura tan grande que no sé dónde meterla.
Nadie me enseñó a ser tierno, y se me nota en la torpeza con la que la rodeo, en cómo me quedo callado cuando quiero decirle mil cosas.
Pero ella lo lee. Lee mi torpeza como lo que es: el idioma de un hombre que no supo querer y que, a tropezones, está aprendiendo.
—Me has estado mirando —dice, sin girarse.
—Siempre.
—Lo sé. —Se gira, sonriendo—. Y me gusta.
Y eso es todo. Eso es nuestro amor. No los grandes gestos, no los anillos. Esto. El café, la camisa prestada, el «me gusta» que me dice que, a su manera, también me vigila. También me posee.
Porque el hogar, descubro, no es un lugar. Es una persona. Y la mía se mueve por esta cocina como si por fin le perteneciera. Y le pertenece. La casa, el imperio, yo. Todo es suyo. Y yo, que fui criado para poseer, descubro que ser poseído por ella es lo mejor que me ha pasado.