ENZO IMPERIO RAVELLI (LIBRO 1) CAPÍTULO 66
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CAPÍTULO 66

Me caso con él un sábado.

La primera vez que me casé con Enzo Ravelli no fue una boda.

Fue un contrato. Un vestido blanco que me apretaba, una firma que no elegí, un «sí quiero» que me arrancaron junto con el resto de mi vida.

Firmé con una caligrafía que no era mía, temblándome la mano, pensando que acababa de vender lo poco que me quedaba.

Durante mucho tiempo, el anillo me pesó como una cadena.

Era un recordatorio de lo que era: una compra. Una propiedad.

Esta vez es distinto.

No hay cientos de invitados, ni catedral, ni alfombra roja. Hay una playa al atardecer, un cura viejo que sonríe como si supiera que esto, por fin, es de verdad, y mi mano en la suya con el corazón a toda velocidad.

—¿Nerviosa? —me pregunta Enzo, bajito.

—Un poco. —Me río—. Es mi segunda boda contigo. Debería ser experta.

—Esta no cuenta como segunda. —Me aparta un mechón—. Esta es la única que cuenta.

Y es verdad. La otra fue una jaula con forma de ceremonia. Esta es una elección. La diferencia entre que te casen y casarte es toda la diferencia del mundo.

El cura habla y yo no lo escucho. Escucho el mar, el viento, y el corazón de Enzo latiendo al ritmo del mío. Cuando llega el momento y me pregunta si lo quiero, no lo dudo.

—Sí quiero —digo, mirándolo a los ojos, sin que nadie me apunte—. Te quiero. Te elijo. Hoy y todos los días.

Y Enzo, que no llora, que nunca llora, tiene los ojos brillantes cuando me pone el anillo.

—Sí quiero —dice, con la voz ronca—. Te quiero, Valeria. Y te voy a querer hasta que no me queden días.

Nos besamos y el mar aplaude contra las rocas. Y pienso en la niña que fui, la que esperaba en la puerta a que alguien la quisiera. Porque este «sí quiero» me lo he ganado. No me lo ha dado nadie. Y por eso vale tanto.

Y la niña, la de la puerta, por fin se queda quieta. Deja de mirar hacia la calle vacía por la que se fue su madre y mira hacia esta playa, hacia este hombre. Y sonríe, porque entiende, por fin, que no fue ella la que no merecía amor. Fueron ellos los que no supieron darlo.

Esta vez la boda no es una jaula.

Es una puerta abierta.