CAPÍTULO 65
Ser el Don no es lo que imaginaba.
De niño, lo veía como un trono: poder, respeto, miedo. Un sitio desde el que se manda y no se pide. Y ahora que estoy en él, descubro que es más bien una silla incómoda, con vistas a un abismo, rodeada de hombres que esperan a que te caigas.
Mi padre lo hacía parecer fácil. Ahora entiendo que no era fácil. Era teatro. El Don no puede dudar, no puede temblar, no puede mostrar el miedo que lo carcome por dentro. Y yo, que he pasado la vida aprendiendo a no temblar, descubro que el miedo no se va con un título. Se multiplica.
Porque ahora cada reunión es un tablero, y cada palabra una jugada.
Los que eran aliados de mi padre me estudian, esperando un signo de debilidad para clavarme el cuchillo.
Los que eran enemigos, huérfanos de los Coloma, buscan un hueco para volver.
Y yo, sentado en la silla que fue de Rocco, tengo que parecer de piedra mientras por dentro hago equilibrios sobre un alambre.
Y no es que no sepa. Es que el precio de equivocarme ahora no es una pérdida.
Es una guerra. Y una guerra, con ella en mi vida, ya no me la puedo permitir.
Porque antes, cuando era solo el heredero, podía ser temerario.
Ahora, que soy el Don, cada temeridad es una bala que puede alcanzarla a ella.
Y eso me obliga a ser más frío, más calculador, más despiadado de lo que fui nunca.
Y a la vez, por ella, más humano. Es una contradicción que me parte en dos: el monstruo que el trono exige y el hombre que ella necesita.
Y las dos mitades, de momento, conviven. A duras penas.
Porque ahora no respondo solo de mí. Respondo de todos. De mis hermanos, de mis hombres, de las familias que dependen del negocio. Y de ella. De Valeria, que es lo único que me importa de verdad, y que ahora, por ser mía, es también el objetivo de todos los que quieren mi silla.
Y eso me cambió de golpe, el día que me senté aquí.
Porque un heredero puede permitirse el lujo de ser joven y furioso.
Un Don no. Un Don tiene que ser viejo por dentro, aunque por fuera no le salgan canas.
Tiene que calcular cada paso, medir cada palabra, prever cada traición.
Y yo, que siempre fui de los que golpean primero y preguntan después, estoy aprendiendo, a los veintinueve, a preguntar.
A esperar. A pensar en las consecuencias antes que en el golpe.
Y no me sale natural. Me sale a contrapelo, cada vez, como todo lo que hago por ella.
Pero lo hago. Porque sé que si vuelvo a ser el de antes, el impetuoso, el que no mide, será ella la que pague.
Y eso, ni muerto. Así que me trago el orgullo, me muerdo la lengua, y aprendo.
Aprendo a ser el Don que este imperio necesita, no el que mi padre fue.
Aprendo a escuchar a Matteo, a confiar en Vittorio, a delegar lo que antes habría resuelto yo solo a puñetazos.
Y cada noche, cuando me quito la máscara del jefe, me quedo solo con ella y con la certeza de que, por más que el trono me cambie, hay una parte de mí que no se vende: la que la quiere.
Y esa parte, juro, no la va a tocar nadie.
—No pienso esconderte —le dije, la noche que asumí—. No voy a ser como mi padre, que escondía a los suyos y los volvía invisibles. Vas a estar a mi lado. Siempre. Y el que no lo acepte, que se atenga a las consecuencias.
—No quiero esconderme. —Me miró, con esa firmeza suya que me desarma—. Quiero estar donde estés tú.
Y lo dice, y lo hace. Y cada día que la tengo a mi derecha, en este despacho que huele a puro y a poder, el trono se me hace un poco más llevadero.
Porque no es lo mismo gobernar con miedo que gobernar con alguien que te recuerda por qué gobiernas.
Y ella me lo recuerda, sin decirlo, cada vez que me mira.
Con esa mirada suya que me dice, mejor que cualquier palabra, que no estoy solo.
Y que no me va a soltar. Y eso, en este mundo de lealtades compradas, es lo único que no tiene precio.
Porque los hombres se compran, los aliados se alquilan, los miedos se siembran.
Pero el amor, el de verdad, no se compra ni se alquila ni se siembra.
Se gana. Y yo, por fin, me lo he ganado. A ella. Y ella, a mí.
Y así es. Está donde estoy. En las reuniones, a mi derecha, con la cabeza alta y la voz sin temblar. En los entierros, con la mano en la mía. En las noches, en mi cama, recordándome que debajo del Don hay un hombre. Y que ese hombre, sin ella, no sería nada.
Y no es decorativa. Eso es lo que la gente no entiende, y lo que a mí más me enorgullece.
Valeria no está a mi lado para sonreír y callar.
Está para opinar, para frenarme cuando me paso, para recordarme que hay decisiones que no se toman con sangre.
Y sus opiniones, las pocas veces que las da en público, pesan más que las de diez consiglieri.
Porque son las de una mujer que ha vivido el peor lado de este negocio, y que no tiene miedo a decirme que me equivoco.
Y yo la escucho. Porque sé, sin que nadie me lo diga, que es lo único que me separa de convertirme en mi padre.
Y eso no lo voy a permitir. No por mí, que quizá ya estoy perdido, sino por ella.
Porque ella no se merece un Rocco. Se merece un Enzo.
El que la eligió, el que se arrodilló, el que prometió no volver a decidir por ella.
Y ese Enzo, el que quiero ser, es el que cada mañana se sienta en este trono y se repite: no seas él.
Sé tú. Y lo repite, una y otra vez, hasta que se lo cree.
Porque esa es la verdad que mi padre nunca entendió: el monstruo en el trono, si no tiene a nadie que lo quiera, no es un rey. Es un guardián de un imperio vacío. Y yo, por primera vez en la historia de los Ravelli, no estoy vacío.
Estoy lleno de ella.
Y por eso, cuando me siento en la silla de mi padre, no me siento solo. La siento a ella, a mi lado, y el peso de la corona se reparte. Y lo que antes me habría aplastado, ahora, con ella, se puede llevar.
No soy un buen hombre. Sigo siendo un monstruo, con las manos manchadas y el alma a jirones. Pero soy su monstruo. Y un monstruo con reina no es lo mismo que un monstruo solo.
Y esa diferencia, la de no estar solo, lo cambia todo.
Porque un monstruo solo solo sabe destruir.
Un monstruo con reina aprende a proteger.
Y yo, que he pasado la vida destruyendo, descubro que proteger me sienta mejor.
Me sienta a propósito, a razón de ser, a algo parecido a la paz.
Y aunque sé que nunca seré bueno, que mis manos nunca estarán limpias, que mi nombre seguirá dando miedo mucho después de que yo me haya ido, me basta con esto: con que ella me mire sin miedo.
Con que, cada noche, se acueste a mi lado y me diga, en la oscuridad, que me quiere.
Eso, y solo eso, hace que el trono merezca la pena.
Porque al final, todos los imperios se acaban.
Las sillas se heredan y se pierden, el dinero se evapora, el poder cambia de manos.
Lo único que no se pierde, si lo cuidas, es esto.
Es ella. Es la certeza de que, pase lo que pase, hay alguien que te espera al final del día.
Y yo, que nunca tuve nada que esperar, por fin tengo. Y no pienso dejarlo escapar.
Es, por fin, algo parecido a un rey.