ENZO IMPERIO RAVELLI (LIBRO 1) CAPÍTULO 60
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CAPÍTULO 60

El despacho del fondo está ardiendo, y dentro están mis padres.

Lo sé por el grito de Vittorio, que se me clava en el pecho como un puñal.

Mi padre. Y mi madre. La que me vendió y el que me usó.

Y aun así, cuando oigo que están dentro, con Sebastián Coloma y las llamas, no pienso en lo que me hicieron.

Pienso en que son mi sangre. Y en que no voy a dejar que ardan por mi culpa.

Y esa contradicción, la de querer salvarlos, me enfurece.

Porque debería odiarlos. Los odio, a ratos.

Pero el odio y el amor, en mí, siempre han sido la misma agua, y no sé separarlos.

Mi madre me vendió, y aun así, cada noche de mi infancia, deseé que volviera.

Mi padre me usó, y aun así, cada vez que caía, yo lo levantaba.

Y ahora, con los dos dentro de una casa en llamas, no soy capaz de dejarlos morir.

Porque si los dejo morir, una parte de mí muere con ellos.

La parte que todavía espera, en la puerta, a que alguien me quiera.

Y eso es lo que Sebastián sabe. Lo que ha sabido siempre, el cabrón: que mi punto débil no es el miedo.

Es la culpa. Esa culpa heredada de hija que no puede abandonar a los suyos, por más que la hayan vendido y usado y roto.

Y la está usando contra mí, ahora mismo, en esta casa en llamas.

Y yo, que lo sé, entro igual. Porque prefiero morir por ellos que vivir sabiendo que no lo intenté.

—Valeria, no —dice Enzo, agarrándome del brazo—. Es una trampa. Quiere que entres.

—Lo sé.

—Entonces no entres.

—Enzo. —Me suelto, y lo miro—. Toda mi vida he sido la que se queda fuera. La que espera. La que mira desde la puerta. Y se acabó. Esta vez entro yo.

Y antes de que pueda detenerme, echo a correr hacia el despacho.

El humo me muerde los pulmones. El calor me golpea la cara como una bofetada. Pero sigo, porque dentro están ellos, y porque por primera vez en mi vida, la decisión es mía, y he decidido entrar. No como la víctima. Como la que va a sacarlos.

Dentro, Sebastián está de pie, con una pistola en la mano y una sonrisa de loco en la cara. Detrás, atados, están mi padre, pálido y temblando, y una mujer que no reconozco y que, aun así, sé quién es: mi madre. Envejecida, rota, pero mi madre.

Y verla, después de veinte años, no es como lo soñé.

No hay reencuentro, no hay lágrimas, no hay explicación.

Hay una mujer vieja, atada a una silla, con el pelo gris y los ojos vacíos, que ni siquiera me mira.

Y yo, que he imaginado este momento mil veces, que he ensayado los reproches y los abrazos, me quedo sin nada.

Porque la mujer que me vendió no es un monstruo.

Es esto: una vieja rota, asustada, que firmó un papel hace veinte años y se pasó el resto de su vida huyendo de lo que hizo.

Y mirarla, tan pequeña, tan ajena, me da más pena que rabia.

Y eso, la pena, es lo que no esperaba. Y la pena me enfurece, porque no quiero sentir pena por ella.

Quiero odiarla. Me lo he ganado. Pero el odio no viene.

Lo que viene es una tristeza vieja, la de la niña que fui, que por fin entiende que su madre nunca fue la heroína que esperaba ni el monstruo que temía.

Fue solo esto: una mujer rota que se rompió más, y que me arrastró con ella.

Y eso, no sé perdonarlo. Pero tampoco sé condenarlo.

Y en medio de la pena, me cruza una pregunta fría: ¿cómo la ha encontrado?

Veinte años huyendo, y de pronto aquí, atada a una silla, como si la hubieran sacado de un cajón.

Y la respuesta la sé sin que nadie me la diga: los Coloma nunca la perdieron.

La tenían fichada desde el día en que firmó, como se ficha a una deudora, como se ficha a una herramienta que un día puede volver a servir.

Sebastián no necesitó buscarla. Solo necesitó una razón para usarla. Y esa razón soy yo.

—La hija pródiga —dice Sebastián—. Sabía que vendrías. La culpa siempre gana.

—Suéltalos.

—¿O qué? —Se ríe—. ¿Vas a dispararme tú? Tú, que no has matado ni a una mosca.

Y entonces pasa.

Mi padre se mueve. No sé cómo, con las manos atadas y el miedo en los ojos, pero se mueve. Se lanza hacia Sebastián, gritando algo que no entiendo, y hay un disparo, y otro, y yo grito, y todo se vuelve humo y sangre.

Lo que grita, lo entiendo después, cuando ya es tarde: «Corre, hija».

Corre, hija. Dos palabras, las únicas que me ha dicho en toda su vida que no fueran para pedir.

Y las dice mientras se lanza hacia el arma de Sebastián, mientras recibe la bala que iba para mí, mientras cae al suelo con el pecho abierto y los ojos buscándome.

Y yo, paralizada, veo al hombre que me vendió convertirse, en un segundo, en el hombre que me salva.

Y no sé si es amor o culpa o una mezcla de las dos.

Solo sé que me duele como si la bala me hubiera dado a mí.

Y grito. Grito su nombre, grito que no, grito algo que se pierde entre el humo.

Y en ese grito hay veinte años de rabia y de pena y de ese amor feo e innegable que le tengo a un padre que nunca supo quererme.

Y entiendo, con una claridad que me parte, que a lo mejor él también me quiso.

A su manera rota. Y que se lo ha llevado por delante, esa manera rota, justo cuando por fin iba a servir para algo.

Cuando me doy cuenta, mi padre está en el suelo, con un agujero en el pecho, y Sebastián sigue en pie, y yo tengo la pistola levantada, apuntándole, con las manos temblando y el corazón a punto de estallar.

—Déjala —dice Sebastián—. No puedes.

Y tiene razón. No puedo. He entrenado tres días, pero esto no es una diana. Es un hombre. Y yo no soy una asesina.

Pero soy una hija. Y mi padre acaba de morir por mí.

Así que aprieto el gatillo.

El disparo me sacude el brazo entero. Sebastián se tambalea, con la cara desencajada, y cae. Y yo me quedo de pie, en medio del humo, con la pistola humeante y la certeza de que acabo de cruzar una línea de la que no hay vuelta atrás.

Enzo entra en ese momento, con los ojos desorbitados, y me ve. Ve a Sebastián en el suelo, a mi padre muerto, a mi madre llorando, y a mí, con el arma en la mano.

—Valeria...

—Lo he hecho —digo, y mi voz suena rara, lejana—. He disparado. He matado.

Y no sé si lo que siento es horror o alivio.

Solo sé que ya no soy la de antes.

Y que la guerra, por fin, ha terminado.

Fuera, en el resto de la finca, los disparos se van apagando.

Los hombres de Enzo toman el control. La guerra, la de verdad, la de los Coloma, se acaba esta noche.

Y yo, de pie entre los escombros, con la pistola aún en la mano y mi padre muerto en el suelo, no siento lo que debería.

No siento victoria. No siento alivio. Siento un vacío enorme, y dentro del vacío, algo nuevo que aún no sé nombrar.

Algo que ha nacido de apretar un gatillo y ver caer a un hombre.

Algo que me dice que he cruzado una línea, y que ya no hay vuelta atrás.

Y luego está Enzo, entrando por la puerta, y sus brazos alrededor de mí, y su voz diciendo mi nombre una y otra vez, como si no creyera que estoy entera.

Y yo me dejo abrazar, por primera vez sin resistirme, porque necesito que alguien me sostenga.

Y él me sostiene. Y en ese abrazo, entre el humo y la sangre y los muertos, entiendo que esto no ha terminado.

Que las guerras de fuera se ganan. Pero las de dentro, las que llevamos en el pecho, no se ganan nunca del todo. Solo se aprenden a librar.

Pero algo me dice que la nuestra, la de dentro, acaba de empezar.