CAPÍTULO 61
Sebastián Coloma no está muerto.
La bala de Valeria le dio en el hombro, no en el corazón. Lo sé porque lo encuentro arrastrándose por el pasillo trasero, dejando un reguero de sangre sobre las baldosas, con la mano apretada contra la herida y la máscara de loco todavía pegada a la cara.
Y al verlo vivo, siento dos cosas a la vez.
La primera es una decepción fría: Valeria creyó que lo había matado, y no fue así, y tendré que decírselo.
La segunda, más honda, es un alivio perverso: porque ahora puedo hacerlo yo.
No por ella, que ya ha cruzado su línea y no necesita cruzar otra.
Sino por mí. Por todos. Porque este hombre no merece morir rápido, y yo no soy de los que perdonan.
Soy de los que cobran. Y la deuda que tiene con nosotros, con Valeria, con veinte años de niñas vendidas, no se paga con una bala limpia.
Se paga con miedo. Y el miedo, en este pasillo, es mi moneda.
Me quedo un segundo mirándolo arrastrarse, con su sangre haciendo un río sobre las baldosas, y recuerdo todo lo que ha hecho.
La trata. Las niñas. La madre de Valeria, a la que exprimió hasta venderla.
El secuestro. La trampa. El padre de Valeria, muerto en aquel despacho por su culpa.
Y la rabia, esa rabia vieja que llevo domando desde que la conozco, se me sube a la garganta.
Y esta vez, no la domo. La dejo salir. Porque hay hombres que no merecen mi contención. Y este es el primero de la lista.
—Ravelli —escupe, al verme—. Al final la niña no sirvió ni para matarme.
Y esa frase, ese desprecio, es lo que me decide.
Me agacho a su altura. Le quito la pistola de la mano, con calma, y se la pongo en el pecho, justo donde late ese corazón podrido.
—Has vendido niñas durante veinte años —digo, y mi voz es hielo—. Has perseguido a la mujer que amo. Has matado a su padre delante de ella. Y todavía tienes el valor de arrastrarte.
—Es mi negocio —sonríe, ensangrentado—. Tú lo harías igual. Lo has hecho igual, Ravelli. No te hagas el santo conmigo.
—Yo no vendo niños. —Le apoyo el cañón más fuerte—. Y a ella no me la tocas.
Y es verdad, lo que digo. Yo he matado, he robado, he cobrado deudas con sangre.
Pero nunca he vendido a un niño. Esa es la línea que mi padre nunca cruzó y que yo tampoco he cruzado.
Porque hay negocios sucios y hay negocios podridos, y lo de los Coloma es de lo segundo: comprar y vender niñas como quien compra y vende ganado.
Y saber que una de esas niñas fue Valeria, mi Valeria, a los seis años, me revuelve el estómago de una forma que no puedo describir.
Porque cada vez que la he visto llorar por su madre, cada vez que la he visto dudar de si valía algo, era por esto.
Por este hombre. Por este negocio. Y ahora lo tengo delante, herido, arrastrándose, pidiendo clemencia con los ojos aunque la boca le diga bravuconadas.
Y no hay clemencia en mí. No para él. Hay algo más antiguo, más animal: la certeza de que este hombre no va a salir de esta casa con vida.
Y de que yo voy a ser el que se lo quite. Lenta, muy lentamente.
—¿Eso es todo? ¿Una charla y una bala? —Se ríe, y tose sangre—. Qué aburrido. Pensé que serías más creativo.
—No necesito ser creativo contigo. —Me levanto, y lo miro desde arriba, como se mira a un insecto—. Necesito que desaparezcas. Y que el mundo sepa lo que eras.
Y mientras lo digo, voy viendo en su cara, por primera vez, algo distinto a la soberbia: miedo.
Miedo de verdad. Porque hasta ahora, Sebastián Coloma ha jugado siempre con cartas marcadas, con la certeza de que su dinero y su apellido lo blindaban.
Y de pronto, en el suelo de su propia casa, herido y sin escolta, se da cuenta de que el blindaje no existe.
De que está solo. De que yo no soy un socio al que negociar, ni un rival al que engañar.
Soy la factura de veinte años, y he venido a cobrarla.
Y en ese miedo suyo, tan desnudo, tan animal, encuentro una satisfacción que no esperaba: no la de la venganza, que es fría, sino la de la justicia, que es lenta y cálida.
Porque por primera vez en mi vida, lo que voy a hacer no es por negocio.
Es por algo parecido a lo correcto. Y sé que suena raro, viniendo de mí, un hombre que ha hecho tantas cosas incorrectas.
Pero matar a un traficante de niñas no me ensucia las manos.
Me las limpia, un poco, de toda la mierda que he traficado yo.
Porque hay una diferencia entre el lobo y el carroñero, y yo, con todos mis pecados, nunca me he alimentado de niños.
Él sí. Y por eso, esta noche, el carroñero paga.
Y el lobo, por una vez, cobra por algo que se parece a la decencia.
Y entonces, con la pistola de Sebastián en mi mano, le pego un tiro en la otra pierna, y luego en el brazo, y me quedo mirando cómo se retuerce, cómo llora, cómo suplica. Y no siento nada. Ni placer, ni asco. Solo la certeza fría de que estoy saldando una deuda.
Veinte años de niñas vendidas. Una de ellas, la mía.
Y el precio de esa deuda, hoy, es su sangre.
—Esto —le digo, apuntándole a la cabeza— es por Valeria. Por su madre. Por todas las que vendiste. Y por cada noche que ella lloró creyéndose abandonada.
Y por cada niña que nunca volvió a casa.
Por cada madre que firmó llorando. Por cada deuda que se cobró con carne.
Por todo lo que has sido y todo lo que ibas a seguir siendo.
Esto no es una ejecución, Sebastián. Es una clausura.
Y el notario soy yo. Y el precio, tu sangre.
Y no me tiembla el pulso, porque no he venido a matar a un hombre.
He venido a cerrar un capítulo. El capítulo en el que los Coloma podían comprar y vender niñas impunemente.
Ese capítulo, esta noche, se acaba. Contigo.
Y disparo.
El Don Coloma muere en el suelo de su propia casa, entre su sangre y sus escombros, sin nadie que lo llore.
Y la deuda, por fin, queda saldada.
Me quedo un momento de pie, mirando el cuerpo, esperando sentir algo.
Alivio, satisfacción, paz. No llega nada de eso.
Solo un cansancio enorme, y la certeza de que esto no me devuelve nada.
No devuelve a las niñas vendidas, ni los veinte años de Valeria llorando, ni a su padre, ni a su madre.
La sangre no restaura. Solo cierra. Y esta, por fin, está cerrada.
Guardo la pistola y salgo al pasillo, y lo primero que veo es a Valeria, de pie, con los ojos fijos en la puerta por donde he salido.
Y en su cara hay una pregunta que no se atreve a hacer.
Y yo se la respondo antes de que la diga:
—Ya está —digo—. Ha terminado.
Y ella asiente, despacio, y no pregunta más.
Porque los dos sabemos que lo que quedaba por hacer no era cosa suya.
Era mía. Y por una vez, la he hecho. Y la he hecho por nosotros.
La abrazo, y ella se abraza a mí, y nos quedamos ahí, en el pasillo en llamas, entre los muertos y el humo, sosteniéndonos.
Y pienso que esto es lo que significa, de verdad, ser su hombre: no matar por ella, que es fácil.
Sino vivir con lo que mato, para que ella no tenga que hacerlo.
Y hacerlo callado, sin esperar gratitud, porque la única gratitud que necesito es su respiración tranquila contra mi pecho. Y la tengo. Y me basta.