CAPÍTULO 59
La guerra empieza de madrugada, cuando el mundo todavía está dormido.
No es la primera vez que asalto una casa.
Es la primera vez que lo hago con ella a mi lado, y esa diferencia lo cambia todo.
No porque me distraiga. Al contrario: su presencia me afila.
Porque ahora no lucho por un imperio, ni por una deuda, ni por el orgullo de mi apellido.
Lucho por la mujer que va en el asiento de al lado, con la pistola en el muslo y la mandíbula apretada, mirando por la ventanilla como si llevara toda la vida esperando este momento.
—¿Nerviosa? —pregunto.
—Terrorizada. —Me mira, y sonríe, breve—. Pero no voy a quedarme atrás.
—No lo dudo.
Y no lo dudo, de verdad. La he visto estos tres días, en el campo de tiro y en los mapas, con una determinación que no se aprende.
Y sé que, pase lo que pase esta noche, no va a quedarse atrás.
Porque Valeria ya no se queda atrás. Esa es la lección de este año, la que tanto nos ha costado: que ella no es la que espera.
Es la que avanza. Y esta noche, avanza conmigo.
Y yo, que he entrado en cien guerras solo, descubro que entrar con ella es otra cosa.
Es mejor. Es como si la guerra, por fin, tuviera sentido.
Porque antes luchaba por el imperio, por la familia, por el apellido.
Cosas que heredé y que nunca elegí. Pero a ella sí la elegí yo.
Y ella me eligió a mí. Y eso, en este mundo de lealtades compradas, es lo único que no se compra.
Así que esta noche, si tengo que quemar media isla para que ella duerma tranquila, la quemo.
Y si tengo que morir, muero. Pero no sin antes dejarle el mundo a sus pies.
Le he enseñado en tres días lo que a mí me costó años: a apuntar, a respirar, a no temblar.
Y no es que sea una prodigio. Es que no hay alumna más motivada que la que lleva veintiséis años tragando miedo y por fin puede devolverlo.
Valeria no quiere aprender a disparar. Quiere aprender a no ser nunca más la víctima.
Y eso, más que cualquier talento, la hace peligrosa.
La he visto en el campo de tiro, con el sol cayéndole en la cara, apretando el gatillo con los dientes apretados.
Y cada disparo era una venganza. Contra su madre, contra su padre, contra Diego, contra los Coloma, contra todos los que alguna vez le hicieron creer que no valía nada.
Y yo, que he disparado por negocio toda mi vida, nunca había visto a nadie disparar por algo tan limpio como ella: por recuperarse a sí misma.
Y me enamoré un poco más, viéndola. Porque no hay nada más hermoso que una mujer que deja de huir.
Y no me engaño: tres días no hacen a una soldado.
Sé que en la guerra, mañana, va a tener miedo, y que el miedo le va a temblar en la mano, y que quizá no sea capaz de apretar el gatillo cuando toque.
Pero también sé que va a estar ahí, a mi lado, y que eso vale más que diez sicarios.
Porque su presencia me recuerda por qué lucho.
Y un hombre que lucha con su porqué es imparable.
La finca de los Coloma aparece al final del camino, oscura y maciza contra el cielo. Mis hombres ya están en posición, rodeándola como una red. Vittorio me confirma por el pinganillo que todo está listo. Y yo, con una mano en el volante y la otra en la suya, me giro hacia ella una última vez.
—Si esto sale mal —digo—, sales corriendo. No miras atrás. Prométemelo.
—No. —Me sostiene la mirada—. Si esto sale mal, salimos los dos. O no sale ninguno. Elige.
Y yo, que he pasado la vida dando órdenes, por primera vez no discuto. Porque tiene razón. Porque esto, ahora, es de los dos. Y porque no hay nada en el mundo que me haga dejarla atrás.
—Entonces, juntos —digo.
—Juntos.
Y salimos del coche, y avanzamos hacia la casa, y la noche se rompe en disparos y gritos, y yo entro en la guerra con mi mujer al lado, y por primera vez en mi vida, no siento miedo.
Siento que por fin estoy donde debo estar.
La casa es un laberinto de pasillos oscuros y puertas que se abren a tiros.
Avanzamos espalda con espalda, ella y yo, cubriéndonos, leyéndonos sin hablar.
Y en el fragor de la pelea, entre el humo y la pólvora, la veo: no a la mujer que temblaba en una jaula, sino a la que apunta y dispara y no se derrumba.
Y me enamoro de ella otra vez, allí, en mitad de la sangre, de una forma que no sabía que existía.
Y ella responde. No con palabras, porque no hay tiempo, sino con hechos: cubriéndome la espalda, avisándome de un hombre que sube por la escalera, disparando cuando yo no llego.
Y cada acierto suyo, cada gesto, me confirma lo que ya sabía: que Valeria no es la víctima que conocí.
Es la mujer que siempre estuvo debajo, esperando salir.
Y la guerra, que a otros los destroza, a ella la está revelando.
Y yo, que he visto a hombres valientes doblarse en su primera batalla, la veo a ella, en su primera, erguida y feroz, y siento un orgullo que me llena el pecho hasta no caber.
Pero no me distraigo. No puedo. Porque sé que, en un segundo de descuido, todo esto se acaba.
Y no pienso permitirlo. Así que sigo, con ella a mi lado, despejando habitación por habitación, y en cada una dejo claro quién manda aquí.
Y por primera vez en mi vida, mandar no me sabe a poder.
Me sabe a protección. A la certeza de que, mientras yo esté de pie, nadie va a tocar a esta mujer.
—¡Enzo! —grita Vittorio por el pinganillo—. Sebastián está en el despacho del fondo. Con rehenes. Van a quemar la casa.
Rehenes. La palabra me hiela. Porque sé, sin que me lo diga, a quién han metido en ese despacho.
A su padre.
Y a su madre.
Los dos. Los que la vendieron. Y aun así, cuando se lo digo, veo en su cara algo que me parte: no es odio.
Es miedo. Miedo por ellos. Porque Valeria, con todo lo que le han hecho, no ha aprendido a no quererlos.
Sigue siendo la niña que esperaba en la puerta, y esa niña no soporta la idea de perderlos.
Y yo, que los estrangularía con gusto, entiendo que esto ya no va de mí.
Va de ella. De lo que necesite para poder dormir mañana.
Y haga lo que haga, la voy a apoyar. Porque es su familia, por rota que esté, y yo no soy nadie para quitarle eso.
Ya le he quitado demasiado. Así que esta vez no decido por ella.
Esta vez la sigo. Y si quiere entrar en ese despacho en llamas a salvar a los que la vendieron, entraré con ella.
Y si quiere dejarlos arder, arderán. Es su guerra, su decisión, su familia.
Y yo, por primera vez en mi vida, me limito a estar a su lado.
Porque eso, y solo eso, es lo que me ha pedido.
Y entonces, con Valeria a mi lado y la casa ardiendo, entiendo que la guerra no ha hecho más que empezar.
Y que esta vez no la libro solo: la libro con ella, a su lado, hombro con hombro, sin dejarla atrás jamás.
Hasta que no quede un solo Coloma en pie.
Hasta el final. Porque sin ella no hay victoria que valga.
Y con ella, no hay guerra que no pueda ganar.