ENZO IMPERIO RAVELLI (LIBRO 1) CAPÍTULO 53
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CAPÍTULO 53

Me ha dicho que me quiere.

Y no sé qué hacer con eso.

He matado a hombres, he ganado guerras, he movido millones con una llamada.

Pero delante de tres palabras dichas por la mujer a la que casi pierdo, me quedo sin armas, sin plan, sin respuestas.

Porque no me las merezco. Ese es el problema de fondo, el que llevo arrastrando toda la vida sin querer mirarlo: no me merezco que me quieran.

Y no es una pose, ni falsa humildad, ni una manera de hacerme el interesante.

Es una verdad que me han clavado en los huesos desde niño.

Porque nadie me quiso. Mi madre murió antes de que yo aprendiera a hablar, y mi padre, en lugar de quererme, me adiestró.

Me enseñó a disparar, a negociar, a no llorar, a no pedir.

Pero nunca me enseñó a recibir. Y ahora, con una mujer que me ofrece su amor sin condiciones, me descubro analfabeto: no sé qué se hace con esto, no sé dónde se guarda, no sé cómo se devuelve.

Solo sé que me aterra romperlo. Y que todo lo que he amado, lo he roto.

A Tommaso lo perdí por no llegar a tiempo.

A mi madre la perdí sin haberla tenido. A mi padre lo maté, y no sé si por él o por lo que me hizo.

Toda mi vida es una lista de cosas que quise y se me cayeron de las manos.

Y Valeria es lo último que me queda, lo único que no quiero dejar caer.

Y por eso me entra el vértigo: porque si la pierdo, y con ella lo he estado a punto de perder esta noche, no me queda nada.

Y un hombre sin nada, cuando se acaba el amor, solo le queda el monstruo.

Mi padre me lo enseñó sin decírmelo. Me lo enseñó con cada golpe, con cada silencio, con cada vez que me dijo que los Ravelli no lloran, que los Ravelli no piden, que los Ravelli toman.

Me enseñó que el amor era para los débiles, y que yo no podía ser débil.

Y yo me lo creí. Me lo creí tanto que, cuando el amor por fin me ha encontrado, con la cara de Valeria y la voz rota, no sé qué hacer con él.

Como un hombre al que le dan un violín y le piden que toque: lo agarro, lo sostengo, y no sé ni por dónde se empieza.

Y no es que no quiera. Eso es lo trágico, lo que nadie ve: que quiero.

Quiero quererla bien, quiero ser el hombre que ella cree que soy, quiero dormir sin soñar que todo se rompe.

Pero querer no basta. He pasado veintinueve años aprendiendo lo contrario del amor, y desaprender, a esta edad, es como aprender a caminar de nuevo: torpe, lento, doloroso.

Cada gesto de ternura me cuesta un mundo, cada «te quiero» se me atasca, cada vez que ella me mira con esos ojos me entran ganas de salir corriendo, no porque no la quiera, sino porque no sé estar a la altura de esa mirada.

Porque su mirada me pide algo que no sé dar: que me quede, que confíe, que me deje querer.

Y yo, que he ganado guerras con los ojos cerrados, me descubro cobarde delante de lo más simple del mundo: una mujer que me ha dicho te quiero y espera que yo sepa qué hacer con ello. Y no lo sé. Y me odio por no saberlo.

—¿Enzo? —Su voz me saca del pozo—. ¿Me has oído?

—Te he oído.

—¿Y?

—Y nada. —Me levanto, de espaldas a ella, porque no puedo mirarla—. No deberías quererme.

Y lo digo, y me odio al decirlo, porque sé que suena a autosabotaje, porque sé que es autosabotaje.

Pero no puedo evitarlo. El miedo me habla por la boca, ese miedo viejo que me dice que es mejor apartarla yo antes de que ella se dé cuenta de quién soy y se aparte sola.

Porque duele menos empujar que ser empujado.

Porque prefiero perderla por decisión mía que por su decepción.

Porque soy un cobarde, y los cobardes hacemos esto: romperlo antes de que nos rompan.

Es lo que he hecho toda la vida, sin saberlo.

Con los socios, con los amigos, con cualquiera que se acercara demasiado.

Poner la muralla antes de que llamaran. Y con ella estaba funcionando, por primera vez no había muralla.

Y ahora que me ha dicho te quiero, el instinto me la devuelve, la muralla, ladrillo a ladrillo, y me veo levantándola entre los dos con mis propias manos. Y no sé cómo parar.

Silencio.

—¿Perdona?

—No deberías. —Me giro, y me obligo a mirarla—.

Soy un hombre que te mintió, que te trató de niña, que casi deja que te maten por su descuido.

Un hombre que ha matado a más gente de la que puedes imaginar, y que lo volverá a hacer.

No soy el hombre al que se le dice te quiero, Valeria. Soy el hombre del que se huye.

Ella se levanta, despacio, y se planta delante de mí. Tiene la muñeca vendada, la cara todavía con el golpe del secuestro, y una firmeza en los ojos que me desarma.

—¿Y tú qué sabes de quién soy yo? —dice, bajito—. ¿Qué sabes de lo que yo puedo querer o no querer, soportar o no soportar? Otra vez decidiendo por mí, Enzo. Otra vez diciéndome lo que me conviene. ¿No te has cansado?

Tiene razón. Otra vez. Y aun así, no puedo evitarlo. Porque aceptar su amor significa aceptar que soy digno de él, y eso es un salto que no sé dar.

—No es por ti —digo, al fin—. Es por mí. Porque no sé ser querido sin romperlo. Porque todo lo que quiero, lo destrozo. Porque soy mi padre, Valeria, por más que me pese. Y mi padre no sabía querer. Solo sabía poseer.

—Y sin embargo me abriste la puerta. —Me coge la cara, obligándome a mirarla—. Y me diste papeles y un billete y me dejaste elegir. Y me esperaste. Y viniste a salvarme. ¿Eso lo haría tu padre?

Me callo. Porque no. Porque su padre no, el mío tampoco, y lo sé.

—No eres tu padre —dice ella—. Eres el hombre que mató a su padre, si hace falta. Y yo no quiero al padre. Te quiero a ti. Con tu oscuridad y tus contradicciones y tu forma torpe de querer.

Y yo, que no sé aceptar nada bueno, me quedo ahí, desarmado, con su mano en mi cara y un nudo en la garganta que no me deja hablar.

Quiero decirle mil cosas. Quiero contarle que no es tan fácil, que el miedo no se va con un discurso, que llevo una vida entera sin dormir tranquilo y que no sé si alguna vez podré.

Quiero explicarle que cada vez que me quiere, algo en mí se encoge, esperando el golpe, esperando la traición, esperando que esto, como todo lo bueno, se acabe.

Quiero decirle que me da miedo su amor más que las balas, porque las balas sé esquivarlas y su amor no.

Pero no digo nada. Porque sus dedos en mi cara y su paciencia de no empujar son lo único que, por primera vez en mucho tiempo, me hace querer intentarlo.

Y quizá eso es el amor, para gente como yo: no el arrebato, no la certeza, sino este intento torpe y aterrado de no salir corriendo.

De quedarse. De dejar que alguien te quiera aunque no lo entiendas, aunque no lo merezcas, aunque tiembles entero.

Quizá amar sea eso: temblar y no irse. Y esta noche, delante de ella, por primera vez, no me voy.

Porque lo que me dice es justo lo que no me atrevo a creer.

Y lo que más miedo me da es que, por primera vez, quiero creerlo.