CAPÍTULO 52
Me han lavado, me han vendado la muñeca, me han dado un té que no he bebido. Y aun así, sigo temblando.
No es el miedo lo que me tiembla. Es el exceso de vida.
La sensación, extraña y violenta, de haber estado a un paso de perderlo todo y de haber vuelto entera, con las manos libres y el corazón latiendo.
Me toco las muñecas, donde estuvieron las cuerdas, y el dolorcillo sordo me recuerda que estoy viva, que estoy aquí, que salí de aquella casa.
Y no sé cómo se procesa eso. No sé cómo se vuelve a la normalidad después de ver a un hombre matar por ti.
Quizá no se vuelve. Quizá se queda, para siempre, esa gratitud feroz y ese miedo de saber lo que es capaz de hacer por ti.
Y quizá las dos cosas son, en el fondo, la misma.
Me miro en el espejo del baño. Tengo el golpe en la mejilla, morado, y los ojos cansados, y sin embargo hay algo en mi cara que no estaba antes de la finca: una especie de paz rara, la de la que ha visto lo peor y ha sobrevivido.
La de la que ya no se engaña. Porque yo ya no me engaño sobre Enzo.
Sé lo que es. Sé de lo que es capaz. Y lejos de espantarme, hoy, después de que me sacara de aquel infierno, lo que siento es justo lo contrario.
No por el secuestro. Por él. Por la imagen que no se me va de la cabeza: Enzo entrando en aquella habitación como una tormenta, con una pistola en cada mano y los ojos negros de muerte, y yo, atada a la silla, sintiendo por primera vez en mi vida que alguien movía cielo y tierra por mí. Que alguien mataba por mí.
Y la imagen siguiente: él, en el coche de vuelta, con el brazo abierto y la sangre empapándole la camisa, sin soltarme la mano. Sin mirarme, porque no podía. Porque estaba temblando, y Enzo Ravelli no tiembla, salvo, al parecer, cuando me pierde.
Y ese temblor, ese detalle mínimo, es lo que no consigo sacarme de la cabeza.
No las pistolas, no los gritos, no la sangre.
Su mano temblando sobre la mía. Porque me di cuenta, en ese instante, de que el hombre más temido de media España me tenía miedo a mí.
No a que lo mataran. A perderme. Y ese miedo, tan suyo, tan a contracorriente de todo lo que es, es lo que me ha desmontado por dentro.
—Te has hecho daño por mí —digo, al fin.
—He hecho lo que tenía que hacer.
—No. —Me acerco—. Has arriesgado la vida. Has matado a gente. Por mí.
—Por ti mataría a Dios. —Me mira, y sus ojos están cansados y feroces a la vez—. Lo sabes.
Y lo dice sin énfasis, sin melodrama, con la naturalidad del que afirma que el agua moja.
Y es esa naturalidad, más que las palabras, lo que me desarma.
Porque un hombre que amenaza a Dios por ti no es un hombre que te miente.
O lo es, pero no en esto. En esto, en el amor que le sale de los ojos, es del todo sincero.
Y yo, que he dudado de todo en estas dos semanas, de repente no dudo de esto: me quiere.
Me quiere con una fuerza que le cuesta la piel, que le ha costado sangre, que le costará más.
Y saberlo, después de todo, no me alivia.
Me abruma. Porque querer a un hombre así es un peso enorme, y no sé si mis hombros aguantan.
Pero anoche, en aquella habitación, cuando lo vi entrar, no pensé en si mis hombros aguantaban.
Pensé solo en que había llegado. En que no estaba sola.
En que, por primera vez en mi vida, había alguien dispuesto a cruzarse el mundo, y el fuego, y la muerte, para llegar a mí.
Y eso vale más que todas mis dudas juntas.
Por eso estoy aquí, delante de él, con las muñecas marcadas y el pecho a punto de estallar.
Por eso, cuando abro la boca, lo que me sale no es reproche. Es lo otro.
Y lo sé. Lo sé desde hace tiempo, pero hasta hoy no lo he sentido en el cuerpo, en las muñecas todavía marcadas por las cuerdas, en el pecho donde su nombre late como un segundo corazón.
Y entonces, sin pensarlo, sin poder evitarlo, me sale:
—Te quiero.
Se hace un silencio enorme. Él se queda quieto, como si le hubiera disparado.
—Y te odio —añado, y las lágrimas me suben sin permiso—.
Te quiero y te odio a la vez, y no sé cómo se puede sentir tanto por una sola persona.
Me mentiste. Me rompiste. Y aun así, cuando estaban a punto de matarte por mi culpa, lo único que podía pensar era que no soportaría perderte.
¿Qué se hace con eso, Enzo? ¿Cómo se quiere así?
Él no responde. Me mira, con el pecho subiendo y bajando, con la herida del brazo manchando la venda, y en sus ojos hay algo que no le he visto nunca: pánico. El hombre que acaba de asaltar una casa llena de sicarios tiene miedo de tres palabras.
Y yo, que he pasado toda mi vida callándome lo que siento, descubro que decirlo en voz alta, con el amor y el odio enredados, es lo más libre que he sido nunca.
—No tienes que responder —digo, más suave—. Solo quería que lo supieras. Que es verdad. Que te odio por lo que hiciste, y te quiero por todo lo demás. Y que las dos cosas son ciertas a la vez, y no me pidas que elija una, porque no puedo.
—No te lo pido. —Su voz es ronca, rota—. No te pido nada.
—Eso es lo que me mata. —Me río, sin gracia, secándome las lágrimas—. Que no me pidas nada. Que me lo des todo y no me pidas nada a cambio, y luego me mientas, y luego vengas a salvarme arriesgando la vida. Eres la persona más contradictoria que he conocido nunca.
—Contigo, sí.
Nos quedamos en silencio, frente a frente, con la guerra todavía sonando en algún sitio lejano y las heridas de los dos todavía abiertas.
Y yo entiendo, con una claridad que me parte, que esto no se va a arreglar con una conversación.
Que el amor y el odio van a tener que convivir un tiempo, y que quizá nunca se separen del todo.
Y no pasa nada. Esa es la revelación de la noche: que no pasa nada.
Que se puede querer a alguien y odiarlo a la vez, y no explotar, y no morirse, y no elegir.
Que los sentimientos no son compartimentos estancos, sino ríos revueltos, y que en el mismo cauce caben el perdón y la herida, la gratitud y la rabia.
Que lo que sentía por Enzo siempre fue demasiado grande para caber en una sola palabra, y que hoy, por fin, he dejado de forzarlo a caber.
Le quiero. Le odio. Le necesito. Y todo junto, enredado, es mi verdad.
Y ya no pienso pedirle perdón por ella. Porque he pasado demasiados años mutilando lo que siento para que quepa en la versión aceptable, en la que no molesta, en la que no pesa.
Y a él no le importa que pese. A él nunca le ha importado.
Me quiere entera, con mi odio incluido, con mi rabia, con mis contradicciones.
Y por eso, esta noche, no me callo. Le digo lo que siento, todo, sin filtro.
Porque es lo único que puede salvarnos, a los dos: la verdad entera, aunque duela.
Pero también entiendo que, por primera vez, no me da miedo.
Porque lo quiero. Y porque, a mi manera, también lo odio. Y porque las dos cosas juntas, esta noche, son lo más honesto que he sentido en la vida.