CAPÍTULO 51
La noticia me llega como un golpe en el pecho.
—La han cogido. —Vittorio está pálido, y Vittorio nunca está pálido—. Hace una hora, en Palma. Dos hombres. Se la han llevado a una finca del interior.
No pregunto cómo ha pasado. No pregunto quién. Sé quién, y sé por qué, y sé que la culpa es mía por no haberla protegido, por haber dejado que la distancia entre nosotros me distrajera, por haber estado cuatro noches bebiendo en vez de cuidándola.
Me lo merezco todo. Cada reproche, cada culpa, cada noche sin dormir.
Porque ella me pidió espacio y yo se lo di, en vez de quedarme cerca.
Porque ella se fue de la villa y yo dejé que se fuera, con un orgullo estúpido, en vez de seguirla.
Porque la quise tanto que me olvidé de protegerla.
Y ahora, con la noticia todavía ardiéndome en los oídos, entiendo lo que siempre supe y nunca quise admitir: en mi mundo, el amor no se protege desde lejos.
Se protege matando a todo el que se acerca.
Y yo me dormí. Y por dormirme, ella está en peligro.
No volverá a pasar. Nunca. Aunque tenga que matar a todos los Coloma que quedan sobre la tierra para demostrarlo.
Porque hay una verdad que he tardado demasiado en entender, y es que no se puede estar a medias en esta vida: o estás dentro, con todo, protegiendo con uñas y dientes, o estás fuera, y fuera te quitan lo que más quieres.
Yo estuve a medias estos días, entre el duelo y el orgullo, y casi me cuesta a ella.
Se acabó. A partir de ahora, dentro. Con todo.
Y el que no lo entienda, que se aparte o que muera. No hay tercera opción.
—¿Está viva?
—Sí. La quieren viva. Es el cebo.
Cebo. La palabra me enciende algo que llevaba dormido y que ahora, por fin, encuentra una salida. No es el monstruo que bebe y rompe sillas. Es otra cosa. Es el que protege. El que ha esperado toda la vida a tener algo por lo que matar, y por fin lo tiene.
—Reúne a todos —digo, y mi voz es hielo—. Todos. Los de Mallorca, los de Madrid, los que estén de permiso. Y llama a mi hermano. Esta vez no hay tregua.
—¿Vamos a ir a por ellos?
—Voy a ir yo. —Me levanto, y siento que algo se endereza dentro de mí, como si la rabia, por primera vez en días, me diera una dirección—. Y vosotros vais a aseguraros de que nadie salga vivo de esa finca.
La preparación es rápida. No hay tiempo para planear, y no lo necesito: sé cómo se asalta una casa, sé cómo se rescata a una rehén, sé cómo se mata a un hombre antes de que pueda reaccionar.
Lo he hecho cien veces. Lo que nunca he hecho es hacerlo por amor, y esa diferencia se nota en el pulso, en la claridad, en la certeza de que esta vez no hay error posible.
Matteo y Vittorio reparten posiciones en silencio.
Mi hermano, al otro lado del teléfono, dice que ya van en camino, que aguante, que no haga una locura.
Cuelgo. Las locuras son lo único que me queda.
Porque si espero a que lleguen los refuerzos, si espero a que todo esté perfecto, puede que sea tarde.
Y yo no puedo con «tarde». No puedo con la imagen de ella, atada, asustada, esperándome y yo llegando cuando ya no hay nada que salvar.
Así que no espero. Reúno a los hombres que están ya, los que puedo mover en una hora, y salgo.
Y en el coche, de camino, no pienso en el plan.
Pienso en su cara. En lo que voy a hacerle al primero que la haya tocado.
Porque hay una regla en mi mundo, la única que he respetado siempre: no se toca a la familia.
Y Valeria es mi familia. Es más que mi familia: es la única razón por la que aún quiero seguir vivo.
Y el que ha puesto una mano sobre ella ha roto la regla, y con la regla, su sentencia.
Porque yo no perdono. No en esto. En esto, yo solo cobro.
Porque si me equivoco, ella muere.
Y eso no va a pasar.
Llegamos de noche. La finca está oscura, con las ventanas tapadas y dos centinelas en la puerta.
Los dos caen sin hacer ruido. Luego, la puerta, y dentro, la casa, y yo avanzando con una pistola en cada mano, sintiendo más que viendo, siguiendo el rastro de mi miedo hasta la habitación donde la tienen.
Y cuando la veo, atada a una silla, con un golpe en la cara y los ojos enormes, algo en mí se apaga y se enciende a la vez.
—Enzo —dice, y su voz es un hilo—. Es una trampa.
—Lo sé.
—Te están esperando.
—Que esperen.
No espero a que se abran las puertas. Me muevo yo.
Derribo al primero que cruza, le quito el arma, y el segundo cae antes de entender qué ha pasado.
Los disparos estallan por toda la casa, y yo avanzo entre el humo y los gritos, despejando el camino hacia ella, sin mirar atrás.
Porque no me importa cuántos sean. No me importa si me hieren.
Lo único que me importa está atada a una silla en la habitación del fondo, y voy a llegar, aunque tenga que pasar por encima de todos.
Y mientras avanzo, una sola frase me late en la cabeza, repetida como un tambor: nadie la toca.
Nadie la toca. Nadie la toca. Y el que lo haya hecho, el que haya puesto un dedo sobre su cara, el que haya pensado siquiera en tocarla, va a saber lo que es el infierno antes de que yo le apague la luz.
Porque esta noche no soy el jefe, ni el heredero, ni el hombre de negocios.
Esta noche soy solo esto: un hombre que ama, y que ha venido a recuperar lo suyo.
Y no hay ejército en el mundo que me detenga.
Y entonces se abren las puertas, y ellos entran, y yo, que he pasado cuatro días muerto, por fin estoy vivo.
Y no me detiene nadie. Caen uno a uno, en el pasillo, en la cocina, en la escalera.
Sus gritos se mezclan con los disparos, y yo no oigo nada, solo el tambor en mi pecho y el nombre de ella en mi boca.
Un cuchillo me roza el costado, otro me abre el brazo, y sigo, porque el dolor no existe cuando hay algo más grande que el dolor.
Llego a la puerta de la habitación del fondo, la derribo de una patada, y la veo.
Atada, con la cara marcada, mirándome con unos ojos que son a la vez alivio y miedo.
Y en ese instante, todo el ruido del mundo se apaga, y solo quedamos ella y yo, y la certeza de que he llegado.
De que no era tarde. De que todavía puedo salvarla, y salvarme a mí con ella.
Cruzo la habitación en dos zancadas, le corto las ataduras, y la levanto en brazos sin soltar las armas.
Y cuando sus brazos me rodean el cuello y su cara se entierra en mi hombro, y la siento temblar contra mí, entiendo que no he ganado nada todavía.
Que la guerra empieza ahora. Porque los que han quedado vivos van a venir a por nosotros, y yo voy a tener que elegir entre sacarla de aquí o acabar con todos.
Y no hay elección. Nunca la hubo. No desde el día en que la vi por primera vez en aquella galería, hace un año entero, y no la he soltado desde entonces.
Estalla la guerra.